Denuncia08 May 2008 05:44 pm

Leo que más de 400 personas de 612 han renunciado a unos estudios consideradas V.P.O, del arquitecto Toyo Ito. Visto así uno piensa que la gente tiene unas miras muy altas. Luego lees la noticia y te enteras de que son estudios de 45 m2 con una habitación. Si la noticia no dice el precio, puedes pensar que la gente quiere la bacalada gorda, barata y que no pese. El caso es que mirando por ahí, y lo mío me ha costado llego al meollo del asunto. El precio es de 120.000 Euros más IVA, cantidad nada desdeñable para estudios de una habitación y de protección oficial, que suelen costar la mitad que en el mercado libre. Esto hace que según como te den la noticia y los datos presentados cambie radicalmente la perspectiva del asunto. Eso lo saben bien los políticos y a eso juegan. Dirán que no mienten, pero si no te dan toda la información y te haces un juicio sesgado, para el caso viene a ser lo mismo.

Devaneos08 May 2008 12:48 pm

Leo en la revista Mujer Hoy un artículo de la periodista Julia Navarro que un joven que ha aprobado una oposición se ha tenido que trasladar a vivir lejos de su familia, a la que solo puede ver los fines de semana. Dice que ha pedido el traslado pero todavía no se lo han concedido. Cuando leo estas cosas alucino. Si alguien está dispuesto, primero a sacrificarse para aprobar una oposición y segundo para no ver crecer a su hijo por un puesto de trabajo, no puede acaso canalizar ese esfuerzo en buscar un trabajo en la ciudad o cercanías donde viva su mujer y su retoño?.

Dice el artículo que el hombre es licenciado en ciencias políticas, pero que opositó porque no encontró nada de lo suyo. ¿No hay un solo puesto de trabajo en su ciudad para él?. ¿no es preferible tener un trabajo de mierda, aunque no sea como licenciado en ciencias políticas, si puedes vivir junto a tu mujer y ver crecer a tu hijo, que ser funcionario y verlos solo un día a la semana?.

El artículo trataba de sacar los colores al Estado, el cual se presentaba como el culpable de esta trágica situación. En las oposiciones al Estado ya sabes que si apruebas, te puede tocar cualquier rincón del Estado, luego no vas engañado cuando opositas a ellas.
Además siempre te queda la opción de aprobar y renunciar si el destino no te conviene. Casos como estos proliferan, pero no lo acabo de ver. Creo que aquí el problema lo tiene el fulano que ha aprobado la oposición, que no debe tener las ideas claras acerca de qué quiere hacer con su vida y lo que es más grave, con la de su familia.

Antes las familias se movían juntas, de ciudad en ciudad, de país en país. Ahora se dan más casos de maridos y mujeres que viven separados unos de otros por sus respectivos trabajos, sin que ninguno de los dos esté dispuesto a mover ficha, echando la culpa a un tercero (el Estado, la hipoteca…), que no les permite la reagrupación familiar.

Tengo un amigo que se piró a vivir a Alemania, después de que ella viviera aquí una temporada. Se querían e hicieron bueno eso que canta el maestro Romero de “mi casa está donde estás tú“. Ahora para algunos primero va el trabajo, luego la mujer, y luego el hijo. Mal asunto. Lo más probable es que acaben separándose, y sino al tiempo, porque “amor a lo lejos amor de pendejos” que dicen los venezolanos.

Por último decir que si este fulano aprobó una oposición estatal, no le sería difícil sacarse alguna de las plazas que oferte su comunidad, o el ayuntamiento de su ciudad, ya que en el caso de aprobarlas, no saldría de su provincia o de su ciudad y si no la aprueba siempre puede estar en listas y currar de interino.
Estas cosas hay que tenerlas en mente a la hora de opositar para que luego no pasen estas “trágicas situaciones“. Y antes de echar balones fuera, y criticar al Estado o a terceras personas, que siempre es el camino más fácil para quitarse el muerto de encima, deberían hacer un ejercicio de autocrítica y ver cuales son sus escalas de valores y preferencias en esta vida.

Libros y Crítica07 May 2008 12:20 am

Los nombres del aire es un libro de sensaciones, de caricias, de atardeceres en la piel, un poema narrado en poco más de cien páginas que le valió al autor mexicano Alberto Ruy Sánchez el Premio Xavier Villaurrutia, donde nos lleva de la mano a la ciudad imaginada de Mogador, en lo era el Al-Andalus, donde Fatma espera el amor apostada en su ventana, en el cuerpo de otra mujer, la sensual Fatma. El baño, el hammam, actúa como punto de encuentro, como una alcazaba de piedra, donde la religión no ha cabida, y el único mandamiento es el roce de la piel, el sacramento de la carne, el altar del deseo, la conjunción única de los cuerpos, masculinos y femeninos.

Una novela que ejecuta una brillante descripción del deseo femenino, perfectamente sugerido y evocado, ese vía crucis de espera y redención, el rechazo de hombres procaces que anhelan el cuerpo de Fatma, que desean verla sometida, sin saber que un alma de aire no puede domeñarse, porque es inasible, que el deseo traza surcos que solo los amantes conocen.

Libros y Crítica06 May 2008 10:20 am

Un nieto quiere saber qué es lo que ocurrió en el pueblo de sus abuelos, en Monsalud. Una vez que el abuelo que dejó su pueblo para morir en la ciudad, y dado que que la parca ha segado la vida bajo sus pies, el nieto se decide hablador. Su abuelo tenía mucho que callar, no quería remover el caldo espeso del rencor y la venganza, así que la sangre fue fagocitada por el silencio, entre las brumas de una guerra civil ocurrida hace siete décadas, pero aún hoy presente. El nieto quiere saber quien delató a su padre y llega a Monsalud, a ese pueblo sin teléfonos ni correos, donde se irá presentando a los muertos que allí moran a la espera del responso eterno. El autor, José Antonio Martínez Lozano pergeña, en poco más de cien páginas, un relato fascinante, con una prosa rica y basta que me ha obligado a tirar cada dos por tres de diccionario, algo estupendo porque a pesar de la bastedad de nuestra lengua casi todos los libros emplean los mismos términos, giros y expresiones. Los diálogos están abonados con buen humor y lo pintoresco de las situaciones no dan lugar al desaliento. Este libro arroja siete resultados en google. Fue ganador del Premio Fray Luis de León de Creación Literaria en 2006 y ha sido editado por la Junta de Castilla y León, que es la que otorga estos premios y me lo encontré de casualidad, descubriendo para mi bien a un narrador extraordinario que auna una prosa rica con un sentido del humor que sobrevuela cada página haciendo su lectura una auténtica delicia.

José Antonio Ramírez Lozano es autor de libros de poesía, de libros juveniles; El príncipe de las carcomas(2005) Sopa de sueño y otras recetas de cococina (2004) El tren de los aburridos (2003) Babo (2002) El cuerno de Maltea (1997) El domador de erratas (2001) El mapa de los sueños (2002) Pipirifauna (1992) y las novelas Gárgola(1985) Iscariote (2005) Letanías de San Garabito (2000) El capirote púrpura ; precedido de Bata de cola (2003) con el que me estoy echando unas risas continuas.

Humor30 Apr 2008 07:28 pm

- que niña tan mona, ¿cómo se llama?

- Mencía

- ¿encía?, vaya nombre más raro

- Encía no, Mencía.

- ¿Encía?

- !!!!!Mencía, coño!!!!, como demencia pero sin la de.

- Oiga, aquí si hay alguna demente es usted.

- Mencía, se llama Mencía, como encía pero con una eme delante de la e de España.

- Ah, Mencía, que nombre más raro.

- No tiene nada de raro, es un nombre medieval, de su época más o menos..

- ¿cómo dice?.

- Digo que no es un nombre raro, es especial, anacrónico en todo caso, como Leonor hasta hace cuatro días.

- Siendo la niña china, raro no me negará que es.

- ¿China?. Señora, esta niña es más española que usted y yo juntas. Tiene doce apellidos castellanos, oriunda de Santa Gadea del Cid.

- No sé que decirla, como ahora todos los niños son importados, ya no los distingo.

- Señora, se importan los platanos, los coches, pero no los niños.

- Tanto monta, monta tanto, querida…..

Humor30 Apr 2008 02:30 pm

Gracias a Dios puede dar Pajares de residir en España, de haberlo hecho en Estados Unidos seguramente a estas horas ya estaría muerto. Al verlo empuñar un arma, 112 polícias le hubieran dado el alto, y el Pajares que es un cachondo les hubiera enseñado su pistolón, les diría que es de juguete, mostrándola antes sus ojos, pero para entonces ya tendría plomo suficiente en el cuerpo como para hacerse una armadura.

Relatos30 Apr 2008 02:27 pm

Al abrir los ojos sentía su cuerpo mojado, los músculos apelmazados, entre muros de agua. Los minutos oficiaban su rito secreto lastrándolo hacía el reino de las sombras. Miró a su alrededor, sin molestarse en bucear en los recuerdos nutricionales, impelido por su ánimo práctico y dejando el trozo de madera al que estaba agarrado optó por otro de mayor tamaño. Ningún vestigio quedaba de embarcación alguna a ras de sus ojos. El vientre de la nao difunta había poblado la superficie de objetos flotantes, antes de dirigirse a la región abisal, pero nada había a la vista de comer o de beber.
Era consciente de que su horizonte vital se ceñía a una poquedad de días, de que su suerte estaba en manos del destino, bajo la apariencia de algún barco que lo viera perdido en ese laberinto marino y se aviniera a rescatarlo.
Su madero salvador le brindaba unas dimensiones que le permitía disponer su cuerpo sobre la superficie, un reducto que lo protegía de la voracidad marina. La bastedad del espacio abierto, los confines repetidos, el linde húmedo lo asfixiaba y mareaba, porque como en una casa de espejos sin reflejo todo era lo mismo y sólo su figura ponía una nota de color en aquel lienzo cerúleo.
Durmió horas. No sabía cuantas ni quería averiguarlo. Su vida se regiría por un código binario: luz y oscuridad. Su cuerpo seco y calentado por el sol, mostraba síntomas de desentumecimiento. Estiró las extremidades, sintió el rugido del estómago y con la palma de la mano a modo de visera, barrió con su mirar trazando un círculo. Algo reclamó su atención. Nadó hasta una madera con destellos acerados. Sobre una astilla halló una escarcela. Miró en su interior con pupilas fulgurosas. Miró al cielo y de haber encontrado rastro de El Señor le hubiera dado las gracias. Regresó a su feudo oscilante, sobre las piernas la escarcela de la que extrajo tres botellas de agua a medio llenar y una docena de latas de conserva desvestidas de su manto de cartón. Su horizonte vital se dilataba con el hallazgo tanto como sus ansias por permanecer. Decidió dejarlo donde la había encontrado, ya que en su guarida no había saliente donde acomodar la mercancía y se demoró en las frías aguas, hasta que tembloroso volvió a la soleada superficie.
La primera noche apenas durmió. El riesgo de caerse en plena noche, de mezclar sueños con agua, de irse al más allá al menor traspié se impuso al pertinaz sueño, dejó un cuerpo extenuado, que ante la contemplación del rosicler se abandonó como un bebé entre los senos maternos….

Tuvo mucha suerte, si el premio gordo consiste en estar vivo. No le esperaba nadie en su hogar. Ningún ladrido, tampoco abrazos de reencuentro en el umbral. Ninguna llamada, correo o SMS. Estaba más solo que la una cuando se fue y nada había cambiado a su regreso, salvo montones de cartas y peticiones de los medios públicos y escritos para contar su historia.

Sobre el colchón sus ojos se empañaron de agua salada. Como si una cama de agua fuera su catre, sentía el oleaje en el cuerpo y echaba de menos su reciente vida binaria. No es que deseara estar allí de nuevo, ante las fauces húmedas del destino, pero allí, durante esos días sintió las entrañas de la vida sobre su piel tostada y reseca, el deseo irrefrenable de ir pasando las páginas de un cuaderno mojado que cada día le ofrendaba.
Y cerró los ojos y no le hubiera importado no abrirlos más porque ahora sabía en qué consistía estar vivo.

Poesías29 Apr 2008 12:37 pm

Habla con él como si lo tuviera delante y sintiera su aliento. Les asusta verla así, como dirige las palabras a un cuadro, a una estantería, como se hace a un lado en el sofá para sentarse a su lado, como atusa la pelambrera de la nada, como ocupa su lado del colchón al acostarse. En lo demás rige bien. No descuida su trabajo de cajera, ni tampoco a su hija adolescente, pero cuando llega a casa, al sentarse a comer empieza el espectáculo. Le habla a su marido de lo bien que le va en el trabajo, de los progresos de la hija en el instituto y de sus buenas notas, de lo caro que está el pan y la leche, de lo mal que está el mundo en general y lo pormenoriza dándole los titulares de las noticias que ha leído en periódicos gratuitos. Sus padres y hermanos alentados por los psiquiatras, le animan a olvidarlo, le dicen que a los muertos hay que dejarlos descansar donde se merecen, en su reino de sombras, pero ella sigue en sus trece, pues no entiende como se puede recordar a alguien olvidándolo.

Han pasado doce años y parece que fue ayer. Rompió su silencio una semana después de enterrarlo y a partir de entonces se dirigiría al difunto como si estuviera vivo, mirándola, diciéndole cosas que la hacían reír y llorar al mismo tiempo.

La noche pasada al entrar en el cuarto de su hija, esta cogió su mano, la miró a los ojos y le dijo que sabía lo que había estado haciendo todo esto tiempo, desde la muerte de su padre. Puso su mano en el corazón y le dijo:
- Papá ahora está aquí, déjalo ir, su recuerdo está a salvo conmigo, vivirá ya por siempre en nosotras dos, te lo juro.

Esa noche ocupó su lado del colchón como había hecho siempre y antes de caer rendida, sintió como una mano de seda le abrazaba, labios de hielo besaban su cuello, le susurraban palabras quedas que sólo ella entendía. Era la hora de la despedida y con los ojos anegados no tuvo valor de girarse y verlo por última vez.

Libros y Crítica27 Apr 2008 09:45 am

Tras Maxence Fermine una amiga me recomendó los libros de relatos de Anna Gavalda, también Gala y uno que se aviene con facilidad a las recomendaciones a la hora de leer, me pillé Quisiera que alguien me esperara en algún lugar.

Son trece relatos que en Francia han sido todo un éxito de ventas. Lo cierto es que más allá de su localismo, con chistes que allí entenderán pero que yo no le veo la gracia, hay situaciones hilarantes, universales que provacarán la carcajada de cualquier persona en cualquier parte del mundo. Anna maneja bien los diálogos, muy pegados a la calle compone situaciones desternillantes, con mucho sentido del humor y mala leche. Hay relatos donde una mujer tras todo el periplo del embarazo recibe la noticia de un aborto indeseado, dos jóvenes que ven como un jabalí les destroza el auto del padre de uno de ellos, una escritora que ya se ve en el Olimpo de los dioses, hasta que recibe un portazo en las narices…
Te ríes y pasas un buen rato entretenido. Unos relatos calan más que otros, pero a grandes rasgos es una aproximación verista de lo que nos toca vivir en el día a día; las ansias por enamorarnos, una versión del mito de Orfeo, los anhelos de cualquier escritor…

Relatos26 Apr 2008 09:15 pm

Durante años él alimentó su buzón con cartas, que ella, tras comprobar el remitente guardaba en un cajón bajo llave. No pensaba abrirlas, quería cobrarse su venganza, carta a carta, palabra a palabra, letra a letra. Un día como otro cualquiera, traicionándose asímisma sentada en la mesa de escritorio miró el cajón, sacó la llave y dispuso sobre la mesa 144 cartas, correspondientes a doce años, a razón de una por mes. Cogió la más antigua y la abrió. Su cara adoptó el mismo color que el papel amarillento. Un papel tan vacío como la sensación que ahogaba su estómago. Con mueca de fastidio, abrió una segunda carta y una tercera y una cuarta. Le llevó un buen rato abrir todas las cartas y después de la repetitiva tarea administrativa, sobre la mesa una montaña de papeles amarillentos plantaban cara a una mirada de desprecio.

Siempre les habían gustado los juegos, a los dos. Eso fue lo que primero le gustó de él, su capacidad de sorpresa, su comportamiento volátil, el viento que le oxigenaba el cerebro y lo hacía moverse como una veleta. Esa fue la cara y también su cruz.

Cogió el montón de papeles y se encaminó hasta la chimenea. Cuando ya se disponía a alimentar el fuego con las mudas misivas giró sobre sí misma y volvió a la mesa con uno de los folios en su mano callosa. Lo dispuso sobre la mesa, estiró el papel lo mejor que pudo, y pasó la superficie más ancha de la punta de un lapiz y entonces, como de la mano de un artista ante su musa, brotaron las palabras escondidas, dibujándose sobre la superficie, bajo una caligrafía que ella tan bien conocía.

Leyó entonces todas y cada una de las cartas, y las lágrimas fueron sumándose, dibujando ríos en su rostro, buscando los surcos que las arrugas y el tiempo habían cincelado en él. Le faltaba el aliento. Por eso no quería haber leído antes ninguna carta, porque entonces estaría perdida, más todavía y no podría ya ni vivir ni morir en paz, agitada por palabras que estarían ya por siempre rondando por su cerebro, alimentando sus fantasías, amueblando su realidad, abriendo sus entrañas al cuervo negro que la rondaba.

Relatos26 Apr 2008 10:23 am

Ese día el sol caía a plomo sobre las desiertas calles del pueblo. Hacía seis años que no sabía de Laura, la única mujer a la que había amado de verdad. El resto de las mujeres que habían ocupado su vida y por ende su cama sólo habían sido apaños, arreglos, costurones en el alma.

Cuando la herida estaba casi cerrada y no supuraba desesperanza, ahora que estaba casado y tenía dos niños preciosos que inundaban su vida de alegría, recibió una llamada, que lo dejó al teléfono sin palabras. Laura quería verlo de nuevo.

Acordaron verse en un pueblecito equidistante de sus lugares de residencia al que ninguno de los dos había ido anteriormente. Se miraron sin verse, se tocaron sin manos, se reconocieron en la dilatación de las púpilas. Sus cuerpos se abrazaron. Se olieron, se relamieron con el perfume del amor ya perdido.

Ella le confesó que se iba al otro barrio, que en seis meses poco más o menos habría muerto, que ya no había vuelta atrás y que en una de esas tonterías típicas de las mujeres quería verlo de nuevo, sentirlo otra vez, ceñir su cuerpo al suyo.

Él no atinaba a decir palabra, una presa se había fortificado en su garganta, ahogándolo. De sus ojos húmedos manaban goterones que bañanan el rostro de Laura.

Si quieres podemos volver, le dijo. Subirnos a tu coche y hacer juntos esas cosas de las que siempre hablábamos y que luego cualquier excusa impedía. Yo iré detrás tuyo, pero no te vuelvas. Una vez dentro, seré tuya hasta el final de mís días. Tú me llevarás hacia la luz e iluminarás mis días.

Él comenzó a andar según lo acordado. El coche distaba a apenas trescientos metros. Pasó las llaves de mano en mano, nervioso. La oportunidad soñada tanto tiempo se había presentado finalmente y la sensación que experimentaba era una felicidad que escocía, la propia de una erección que resulta placentera y dolorosa al mismo tiempo. Sentía al principio el aliento caliente de Laura en su cuello. Luego no sintió nada y el vacío le colmó. Necesitaba verla una vez más, saber que estaba ahí detrás suyo y sin pensar en nada se volvió.

Laura le miraba desde el medio de la plaza, sabedora de lo que iba a pasar. Le despidió con la mano.

Volvieron a encontrarse meses después. Él le dijo palabras de fuego, que bañaron sus lágrimas, le entregó jirones de su alma, pero ella no podía oirle allí abajo, envuelta en madera, amortajada en tierra.

Religión25 Apr 2008 10:27 am

….Y el Señor Dios dijo a la mujer: “Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará”. (Génesis 3.16)

Ya en la Biblia (en el Génesis) a cuenta del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal que la mujer comió e hizo comer también al hombre, viene pagando por su falta. El castigo que sufrirá según Jesús es el que se cita arriba.

Como los textos sagrados se interpretan muy libremente (basta ver como El Corán puede ser El libro del buen amor, o la arma perfecta para bañar de sangre la tierra) habrá quien entiende dominación por otra cosa, de ahí que luego veamos a diario actos espeluznantes de maridos hacia sus mujeres, compañeras o amantes.

Con respecto a los embarazos Jesús no sabía que existiría la epidural, que según muchas mujeres sería preciso canonizar al que la inventó.

Relatos24 Apr 2008 06:53 pm

Desde que sufre de insomnio tiene más horas extras para pensar que su vida es insignificante.

Relatos23 Apr 2008 03:04 pm

- ¿cuánto?

- a lo sumo seis meses.

Se barruntaba esas luctuosas palabras, había ensayado mil reacciones, pero en el fatídico momento rompió a llorar, mientras el médico lo miraba detrás de sus gafas de pasta.

- ¿opciones?

- Ninguna que sepamos.

- no quiero sufrir.

- Le entiendo, perdí a mi padre en condiciones similares.

Le acercó un ejemplar de El Quijote sin huellas ni dedicatorias, limpio como los chorros del oro.

- Con ochocientas páginas este fin de semana bastará. Si por el contrario decide hacer vida normal, sufrirá dolores, el mal se extenderá por todo su cuerpo, las palabras se reproducirán y finalmente la tinta afectará todos y cada uno de los órganos hasta matarle.

Miró el libro, pasó las yemas de los dedos por la frente, rascó el mentón y agarró el ejemplar con ambas manos.

- Lo siento dijo el doctor despidiéndose.

- Yo también, no crea que no me jode irme así.

Relatos23 Apr 2008 01:52 pm

Baja a la calle con la bata de andar por casa y las zapatillas de felpa. Su cabeza coronada con rulos y redecilla y en las manos varias bolsas de basura. En la escalera dos niños comen pipas alfombrando el suelo de cáscaras. Los recrimina y la mandan a tomar por culo. Que te follen dice el pelirrojo con voz de pito y luego el otro apostilla que es imposible que alguien se la quiera trapiñar, porque es más fea que la bruja de Blair. Se ríen como si hubieran pergeñado el chiste del siglo y Dionisia sale a la calle con los ojos inyectados en sangre y estrecha la bata contra su cuerpo, habida cuenta del viento norte que barre las calles desiertas. Sus pelos enhiestos son alfileres capilares que impiden cualquier ceñimiento. Bajo unos cartones oye unos ronquidos similares al de una taladradora, pero nada que ver con los de su difunto Cipriano. Eso era roncar, todos los demás son vulgares imitadores, sin la menor gracia, ni pulmones. De buena gana le hubiera mandado al quirófano para que le hubieran hecho algo en la napia que alejase de sus oídos ese pertinaz ruido diario nocturno, ese infierno de decibelios en el que iba acumulando noches en vela y una mala sangre que se le revolvió dentro hasta pasarle factura y dejarle el alma en números rojos.

Cuando va a introducir las botellas de cristal en el contenedor verde con forma de iglú, siente que alguien le coge las caderas, aupándola. Puedo sola se defiende. Recibe un pestazo a vinacho rancio y sudor que le hace agarrarse al iglú para no caer vencida por ese maremoto de hediondez expelida por ese mefítico ser. Dame de beber dice la voz. Saca Dionisia las botellas de la bolsa y se las muestra. Me apaño con un culín dice el borracho. Duda si estrellarle la botella en la cabeza o acceder a sus deseos. Le pasa la botella y él se la lleva a la boca. Chupa el gollete y unas gotas formando un reguero oscuro van a parar a su interior. Se relame, sus ojos giran como bolas de billar hasta fijar un punto negro en el centro y tira entonces la botella al suelo. Dionisia censura su proceder. Finalmente el borracho logra atinar y meterla por el agujero. Oyen juntos el ruido del vidrio al romperse. Se le ofrece alguna cosa más al señorito dice Dionisia guasona. Una cabeza de pulpo viscoso se sumerge entre las latas con restos de latas aceitosas y refresco. Rebaña con la lengua los restos de atún, bebe unas gotas de coca cola y cerveza. Se apaña un bocata con mendrugos de pan del día anterior y jamón cocido con una patina blancuzca en la superficie. Engulle con la avidez propia de la última cena. Dionisia lo mira desde el bordillo, a una distancia prudencial que permita correr el aire. Finalmente el borracho se echa un buen regüeldo, da las gracias por el inopinado banquete y se cubre con su nórdico de cartón entre almohadas de cemento.

Dionisia vuelve al portal y allí siguen los dos diablos jugando con sus móviles de última generación, fijando sus caretos en videos improvisados y mientras espera el ascensor piensa cuanto tiempo pasará antes de que el mendigo reciba la visita de esos dos rufianes.

Relatos y Humor23 Apr 2008 12:41 pm

Córrete un poco, le dijo sentados sobre el sofá. Cuando se llevó la mano a la bragueta recibió un tortazo.

Relatos y Humor23 Apr 2008 09:20 am

Ha corrido hacia el portátil y buscando en la red ha encontrado la página que quería, cuandopares.com. Ha introducido la fecha de su última regla, y ha comenzado a blasfemar. Finales de diciembre, dice cabeceando. Joder, otra vez. El día de Nochevieja que no habrá ni Dios en los hospitales habla consigo misma. Lo comenta con Jacobo, su marido, recién llegado del turno de noche y este mira su cara y luego su vientre y le dice que se alegra mucho, aunque su rostro según ella no lo confirme y no sabe si achacarlo a la nocturnidad, quien sabe si también con alevosía o a su pasotismo pero lo deja correr y comienzan los preparativos y las discusiones porque ella con el inalámbrico en la mano quiere decirlo a sus familiares y él todavía no, porque sabe por conocidos que los abortos son normales los primeros meses y no quiere difundirlo a los cuatro vientos y luego pasar un mal rato cada vez que alguien le pregunte sobre el tema, en el caso de que vengan mal dadas.

Y ella lo piensa y a regañadientes acepta, pero deciden fijar una fecha, a comienzos de junio, que apuntan con un rotulador negro sobre el calendario de la cocina, allá después de la primera ecografía y dice acto seguido no encontrarse bien y él deja la casa y viene al poco con una caja de madera con dos kilos de fresones de Palos del tamaño de un riñón, que ella devora mientras el jugo tiñe su boca, y él va a la cocina y trae la leche condensada y la nata montada y tanto monta monta tanto que al final acaban arracimados sobre el sofá, él excitado como nunca porque los pechos de su mujer sin recurrir al aumentax tienen un tamaño soberbio, que a duras penas logra ponderar en las palmas de sus manos y acaban rezongando sobre la alfombra de Ikea, exhaustos, con trozos de fresa debajo del sofá y entre los cojines.

El pequeño Matías llora al fondo del pasillo y tras ponerse los calzones Jacobo sale al rato de su cuarto diciendo que era una falsa alarma; el chupete que se le ha caído. Y ella desde el suelo levanta su pie derecho hacia el arco del triunfo Jacobino. El soldado sin nombre siempre en guardia se da por aludido y presenta armas. Recoge el tubo de nata, y ve que aún queda lo suficiente como para otro asalto, y vuelven a la tarea, él ahora con aprensión pues tiene la sensación de sentirse observado a medida que va entrando en ella, como si ésta tuviera una cámara oculta en las gónadas que registrare sus acometidas, lo cual le inhibe de tal modo que acaba echándose a un lado descorazonado, la mirada anclada en el techo, mientras ella le anima diciéndole y clavando el codo en sus costillas que nunca había comido unas fresas con leche tan a gusto.

Relatos y Humor23 Apr 2008 09:19 am

Marta tras estar toda la noche haciendo largos en la cama, trastabillando sobre su colchón de latex, y desayunar con los ojos como platos soperos estaba a las ocho de la mañana en la puerta de la farmacia, con horario de seven eleven, para comprarse un predictor. El segundo en dos días, a razón de trece euros cada uno. Ha subido las escaleras al galope hasta la cuarta planta, se ha quitado la ropa entre jadeos, con la urgencia de un polvo y ha depositado sus posaderas sobre el retrete, donde tras orinar encima del chisme, ha ido a dar una vuelta por el pasillo, a esperar los cuatro minutos que indicaba el prospecto, pero que se han visto reducido a dos y conteniendo la respiración se ha acercado hasta el lavabo donde le esperaba el veredicto, luego los ojos irrigados, ha notado un calor que le abrasaba las pantorrillas y le subía por la columna como una serpiente juguetona. Ha roto a gritar, sin importarle los vecinos, levantando las manos, como si su equipo hubiera marcado el gol que les diera un título y luego las ha dejado caer sobre su rostro humedecido para finalmente reposarlas sobre su vientre.

Las dos líneas rosas, paralelas, que hubiera deseado que confluyeran en algún punto, por aquello de la significación lo confirmaban.

Lo está.

Libros y Crítica22 Apr 2008 02:12 pm

Pequeñas bienvenidas de Alejandro PalomasDoce historias como ventana abierta al reencuentro, al olvido, a la melancolía. Diversas ciudades; Florencia, San Francisco, Nueva York, Amsterdam, Budapest. Ciudades del mundo y geografía humana. En cada historia fluye lo anecdótico, el desengaño, la desesperanza, el descarrilamiento de trenes afectivos que circulan por vía muerta. No hay posibilidad de enmienda, todo está perdido y sólo queda pues apuntalar el fracaso. Así las hijas no toleran a las madres, las amigas dejan de serlo sin posiblidad de enmienda. Los diálogos apuntalan la vacuidad de sus existencias. Las profesiones artísticas de sus protagonitas; pintoras, escritoras, no les permiten conocerse mejor ni comprender mejor el mundo, así que en su vacío llueve sobre mojado. Alejandro Palomas construye historias, retazos, flecos chorreantes de desesperanza, la cual no trasciende de la letra escrita, por lo que no ha conseguido afectar mi ánimo, como lector. Me he distraido con las historias, leo nombres de ciudades, de calles, observo los desencuentros, con escepticismo vislumbro la situación pero no consigue conmoverme un ápice. El sexo liberador no es más que otro cautiverio de piel donde escribir con sangre las derrotas acumuladas sobre el camino. A pesar de su pertinaz pesimismo, afortunadamente es un calabobos que no impregna, que no anega el espíritu ni las ganas de vivir.

Autor: Palomas, Alejandro
Título: Pequeñas bienvenidas / Alejandro Palomas
Editorial: Barcelona : El Cobre, 2005
Descripción física: 132 p. ; 22 cm
Colección: La diversidad ; 44
ISBN: 84-96095-80-0

Alejandro Palomas es autor también de las novelas, A pesar de todo (2002), El cuaderno del mago : donde aguarda la felicidad (2007), La isla del aire(2005), Tanta vida (2007), El tiempo del corazón (2002).

Relatos22 Apr 2008 02:11 pm

No quería llenar la mesa del escritorio de migas y decidió salir a almorzar a la calle, para lo cual cogió el cuchillo que guardaba en el armario. Lo oculto en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero y se acercó a la panadería donde cumplió el ritual diario. Con un panecillo redondo y hueco dejó la tienda, sacó el cuchillo en plena calle e hizo un corte limpio en el pan que amortajó con una servilleta y guardó en la mochila. Proceder a rellenar el bocadillo era una operación que precisaba hacerse sentado sino quería acabar lleno de lamparones. Lo hizo apoyado en la balaustrada que rodeaba un árbol centenario en el medio de la plaza del Mercado. A su lado, un peregrino le miraba hacer, mientras su mirada se repartía entre la contemplación del mapa de la ciudad, donde afanosamente buscaba como llegar al albergue y los quehaceres de aquel personaje que con mimo iba disponiendo las sardinillas sobre el pan, como quien acicala a un muerto. Las bañó con aceite vegetal, tras horadar la miga y proceder con los dedos a impregnarla. Se levantó y dejó al peregrino con la mirada buceando en el mapa.

Antes de llegar a la biblioteca ya había finiquitado el bocata, se limpió los dedos de aceite y entró en la sala de lectura. Se sentó con cuidado de que el cuchillo no le cercenase media nalga y leyó el periódico. No encontró nada interesante en la sección por palabras, ni a nadie conocido en las esquelas, pero su corazón le pinchaba como si una sombra negra le aguijonease el ánimo y se encaminó a la estantería donde convivían pacíficamente los libros dedicados a las religiones. De un tiempo a esta parte había aflorado en su interior un interés desmedido por conocer la historia de las mismas y al igual que el alumno que busca la luz en el maestro, él quería ir a las fuentes para saciar su sed de conocimiento. Vio el Corán de Mahoma y al agacharse a cogerlo de las baldas inferiores, el cuchillo salió de sus escondrijo y cayó al suelo. Agarró el libro y una señora achaparrada que estaba detrás suyo, desde sus ojos anegados de cataratas, vio por este orden; su rostro barbudo, El Corán en la mano derecha, las asas de la mochila, y un cuchillo que se le antojó como una cimitarra. Despavorida echó a correr, arrastrando la pierna derecha por el pasillo, gritando como una loca que había un terrorista en la sala con una bomba. El subalterno se puso las gafas de cerca y al verla venir embalada se apartó y la señora como si tuviera las astas de un toro a un centímetro saltó sobre la mesa y dio a estrellarse de bruces contra los periódicos de los meses anteriores que amortiguaron su caída.

Sin perder un segundo el subalterno presionó el botón verde que había en el borde debajo de la mesa, junto a dos chicles secos. Un botón previsto únicamente para elementos terroristas. Sonó la alarma. Los que estaban más cerca de la puerta sin esperar más detalles, azuzados por el pitido zumbón de la sirena salieron pitando escaleras abajo hasta agolparse en portón, como si de un día de rebajas se tratara, sin poder salir, como toros bravos en el chiquero, porque el protocolo establecía que en casos así nadie debía salir del recinto, pues se corría el riesgo de que el terrorista no actuara solo.

Siete minutos más tarde las fuerzas de seguridad rodearon el edificio. Un helicóptero desalojó a media docena de hombres que se dispersaron por la azotea, descendiendo luego por las tres plantas del inmueble. En esos momentos Manuel que así se llamaba el presunto terrorista no daba crédito a cuanto veía y miraba con cara de circunstancias el circo que se estaba organizando, mientras su horizonte mental se poblaba de nubarrones cada más negros. Una voz que atronó por un megáfono le instó a no levantarse, a tirar el cuchillo y a poner las manos sobre la cabeza, pero Manuel quería llegar andando hasta el subalterno al cual conocía de sobra, para que diese éste cuenta a las autoridades de aquel malentendido. Con el Corán en un mano y el cuchillo en la otra, avanzó hasta la barricada donde cuatro agentes mantenían aferrados sus fusiles de asalto apuntándole. Esperaban instrucciones. No sabían lo que había dentro de la mochila pero los más suspicaces hablaban de kilos de explosivos, de que esto se veía venir con tanto moro en la ciudad… Murmullos que las fuerzas del orden hacían lo posible por acallar.

A través de los ventanales finalmente dos agentes lograron entrar en la sala, de espaldas al terrorista, y fueron sorteando los estantes hasta quedar a apenas medio metro del sujeto. Manuel siguió avanzando con el arma y el libro en alto. Se paró. Sintió la insoportable levedad del no ser, un eco sordo en comparación con el fragor de la pólvora, escuchó las respiraciones agitadas, la calma chicha y tensa que precede a la tragedia y se dispuso a guardar el cuchillo y el libro en la mochila, y entonces sonaron disparos y antes de que el cuerpo de Manuel tocara el suelo, dos agentes sujetaron su ser moribundo por los hombros, manteniéndolo de pie. Abrieron la mochila y hallaron un libro: Fe, verdad y tolerancia : el cristianismo y las religiones del mundo de Joseph Ratzinger. Miraron en su pecho y sólo encontraron un páramo frío, sin cables ni vida. Sonaron palmas desde el fondo de la sala y todos los allí presentes se felicitaron por la eficaz resolución del conflicto. Dejaron salir a los retenidos, que se fueron aliviados para sus casas con una historia que contar a sus mujeres, hijos, nietos o perros.

El subalterno se acercó hasta los agentes, y entre un amasijo de brazos y piernas azules metió la cabeza y vio a Manuel con barba de dos semanas exangüe y deseó estar él también muerto y dejó el edificio y cruzó el puente y sintió envidia del agua que lamía sus ojos y aunque todos le felicitaran ese día y los sucesivos, porque había hecho lo correcto, cumpliendo con el protocolo según lo establecido en estos casos, sentía las manos llenas de sangre y sobre el pretil miró de soslayo su dedo índice, ese dedo acusador que había supuesto la muerte de su amigo. Todo por un puto libro del que todos hablaban pero que nadie había leído.

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