Entró en el local y pidió una napolitana. La chica detrás del mostrador le respondió en una lengua que él desconocía, así que se encogió de hombros. Él apuntó en dirección a la napolitana y levantó un dedo. Ella la envolvió en un papel y fue a la caja registradora. Él vio como en el display figuraba 1,05 €. Ella dijo unas palabras, que el supuso serían el precio y sacó de su bolsillo la cantidad exacta, que depositó sobre la palma de la chica. Ella se despedió entre consonantes y el dijo un “hasta luego”. Hablaban lenguajes diferentes, si bien la chica sabía perfectamente la lengua de su cliente, pero a pesar de todo se habían entendido. No era tan complicado moverse por Euskal Herria, pensó él según salía del local.