En la biblioteca, mientras tecleaba alegremente y mis dedos corrían sobre el teclado, hilando palabras, frente a mí un hombre tomó asiento. De vez en cuando yo movía el cuello, ladeaba la cabeza y veía su rostro recortándose tras el monitor y como este iba adoptando tonalidades rojizas. Murmuraba por lo bajini, luego movía los brazos, y después de unos minutos sin conseguir entrar en el ordenador, empezó a pegar voces, lo que hizo que una funcionaria de la biblioteca llegase hasta su puesto. Recibió la ayuda con la tez encrespada, su ser furibundo, agitado, sin creerla merecedora de sus miradas de desprecio, dedicándola puyazos visuales, agijonazos de condescendencia, mientras comentaba que los cambios en el nuevo sistema informático sólo habían servido para complicar aún más las cosas. La funcionaria miró el monitor, luego la torre y sin entrar al trapo, como si su ánimo pétreo no estuviera a la intemperie de las desacreditaciones o injurias dijo:
- El ordenador no va porque no está desconectado.
Dicho lo cual, sin añadir adverbios que podían haber empeorado las cosas, como sencillamente, llanamente o simplemente, aplicó el dedo sobre el botón de encendido y el ordenador se puso en marcha.
El hombre ante su impotencia, crecido en su desatino, se defendió atacando:
- parece mentira que dejen los ordenadores apagados.
- Señor, lo habrá apagado el anterior usuario, para que el siguiente que entre lo haga con su propia contraseña, que es el fin de este nuevo sistema, a fin de mantener la privacidad. Ahora introduzca su nif y su contraseña y podrá usarlo durante una hora seguida o bien en dos veces durante el día que sumen como máximo una hora.
Mientras volvía a su mesa de trabajo, dejó al hombre cabeceando, murmurando de nuevo, incapaz de proferir una palabra cordial. Miré a la encendedora de ordenadores como se mira a una Diosa, a un negociador, a un funambulista desafiando el vacío, en resumidas cuentas a un profesional que debe lidiar cada día con una panda de desaprensivos que van con la escopeta cargada, sin atender a razones, recrecidos en su atalaya de imbecilidad desde donde mirar a los demás por encima del hombro.