Leyendo el libro “El último territorio” de Yuri Andrujovich, el autor comienza hablando de lo desconocido que es para Occidente su país, Ucrania. De hecho si me paro a pensar es cierto que de ese país solo conozco el desastre ocurrido en Chernobyl, que se consiguió la independencia de la Unión Soviética hace pocos años, y que tiene un equipo conocido, el Dínamo de Kiev. Eso si hablamos de Ucrania porque si me preguntan por Lituania o Estonia todavía sé menos cosas.

Es curioso como cuando hablamos de globalización parece que todo está intercomunicado, pero esto es cierto en parte. En el comercio sí que es posible que al ir a un supermercado tengamos productos de diferentes partes del globo, pero en cuanto a conocer las culturas de otros países, como los de Europa del Este, Asia o África, prima el desconocimiento absoluto.

De hecho nuestros telediarios solo miran en esa dirección cuando hay un desastre, un maremoto, un tsunami, o unas inundaciones, pero nada se nos dice de su vida cultural, de sus tradiciones, de su manera de ver y entender la vida. Un día un palestino y un judío comentaban en la radio que además de matarse, en Jerusalem y en otras tantas ciudades pasaban otras cosas, que los escritores escribían sus libros, se componían canciones, se estrenaban obras de teatro, que la vida más allá del terror de la guerra y de las mismas escenas de siempre en los telediarios había otra vida que existe pero que no sale en los medios. Solo vende el terror y la barbarie, que está claro que existe pero no es lo único que forma parte del paisaje, afortunadamente.