Llora desconsolado
camino de casa
arrastrando los pies
porque su profesora le ha dicho
delante de sus compañeros
“eres el primero de la clase”
y ahora el más odiado piensa para sí.
Llora desconsolado
camino de casa
arrastrando los pies
porque su profesora le ha dicho
delante de sus compañeros
“eres el primero de la clase”
y ahora el más odiado piensa para sí.
De chiquitín, en la etapa escolar y luego en el instituto se me antojaban los poetas como gente distante que decían cosas ininteligibles, los cuales para definir el amor, una nube, o el olvido necesitaban mil palabras. Había sonetos y pareados y escribir poesía precisaba de elevados conocimientos en “ingeniería literaria“, donde había que hacer que las palabras finales de cada verso rimasen. Los libros que nos hacían leer en la escuela nunca fueron de poesía, así que esta nunca formó parte de nuestras vidas. Luego un buen día cayó en mis manos un libro de un tal Bukowski que no conocía de nada. Entre relato y relato iban insertas ¿poesías?. Esos textos no seguían ninguna regla y se leerían del mismo modo en caso de estar escritas en prosa. Vi entonces la luz. La forma poética podía ser arbitraria, insumisa, antiformalista y podías plasmar lo que te saliera de las falanges a tu antojo, y comencé entonces a juntar palabras, a situarlas en distintas líneas, ¿es esto poesía?. Ni idea. La poesía como todo aquello que pretende ser un arte ha de sugerir, evocar, emocionar, llevarnos al abismo del deseo, de la desesperanza, amarrarnos a la realidad, meter la cabeza en la olla de los recuerdos… Poco ha de importar la forma que adopte cuanto escribimos; ya sea poesía, relatos o novelas.
¿Es poeta el que escribe poesía?. ¿Se puede ser poeta sin haber escrito nunca un verso?.
Hay quien afirma que sí. Ahora bien si alguien nos dice que se siente fontanero y no sabe cambiar un grifo nos lo tomaremos a broma. Con los poetas, ¿hemos de hacer lo mismo, si no han escrito un verso?
¿Tiene el poeta una sensibilidad especial?. Escribir es un oficio como otro cualquiera. El amor que uno pone en sus escritor es el mismo que el ebanista pone en sus muebles el panadero en sus rosquillas o el jardinero en sus rosales, no hay nada especial por tanto en el proceso literario, solo que hay a quien escribir es lo que mejor se le da y decide ganarse la vida con ello.
Me gustas cuando estás muerta
porque pareces como ausente
Dio la vuelta al mundo en setenta y nueve días
a su regreso nuevos países habían nacido
otros sin embargo habían desaparecido
subió al desvan y rebuscó entre los objetos
protegidos por el polvo del olvido
encontró su viejo globo terráqueo
el de los años escolares
en el salón lo examinó con calma
lo hizo girar
el mundo chirrió entre sus manos
“sufre tanto como yo, pensó”
Hay ciudades que te alimentan y te ofrecen sus vísceras para que te prepares un “hígado al oporto” en su calles y plazas. Otras son frías y gélidas, distantes, acorazadas. Son como esas personas a las que no tenemos ningún interés en conocer, y que sólo visitamos por obligación, por ignorancia o como víctimas de un engaño. Hay ciudades grises que son un sumatorio de viviendas clónicas y de ristras de urbanizaciones, otras tienen tanta vida que la derrochan en sus flores, en la alegría de sus gentes, en pintureros amaneceres, en las tapas de los bares, en su clima agradecido. Ciudades a las que se les hinca el diente por todos los costados, que siempre están ahí para darnos la bienvenida justa. Ciudades fieles y leales que no cambian de aspecto, que no han sucumbido aún al tandem del ladrillo y del cemento y nos permiten recordarlas como las vimos en su día. Ciudades discretas que hacen de su sencillez su mejor carta de presentación, no como otras ciudades capitalinas que se pavonean de su nobleza, de su clase y surgen pareados de lo más ingeniosos. Ciudades que son mercados ambulantes en las que todo se vende. Hay ciudades infieles, libertinas, voluptuosas edificadas para el pecado carnal, o para el mangoneo, el robo, el hurto, la prevaricación entre palmeras y clima tropical. Hay ciudades que precisan su tiempo, que no se dan al visitante a buenas y a primeras, que requieren un trato, varias visitas para llegar a un conocimiento profundo de ellas, para ir más allá de lo que todos ven o aparece fotografiado en las guías turísticas. Hay ciudades cuya columna vertebral son siete calles, o una única calle, o un malecón por donde fluye su sangre. Hay ciudades que surgen en medio de la nada, en desiertos, que parecen espejismos. Hay Ciudades-Estado y otras que son estados mentales, idealizadas por el imaginario colectivo. Hay ciudades que las vemos como nos gustaría que fuesen y otras que se impregnan de la desesperanza de sus gentes. Hay ciudades cuya historia reposa en las piedras, en cementerios gigantescos. Demasiadas ciudades y muy poco tiempo
A 10.000 metros de altura
la tierra es maravillosa
¿por eso las azafatas son tan felices?
Deja las pancartas y hablemos
El autobús lo deja en una ciudad extraña que eligió al azar sobre el mapa. El mar lo ve desde la ventana. El piso es suficientemente amplio para él solo. Vacía su maleta, dispone la ropa en el armario color crudo de la habitación y los libros y devedés en la estantería. Seis de cada. Se acomoda en el sofá y mira el calendario. Es diecisiete de enero. Tumbado coge un libro y comienza su lectura. Es un libro de relatos. Lee durante la mañana. Hace una pausa para engullir comida precocinada, que ha comprado en el supermercado de la esquina y después de una siesta de media hora reinicia la lectura. Llora, se emociona, sonríe, se ovilla y se expande en espasmos. A media noche lo acaba y lo tira a la papelera. El día siguiente a las ocho de la mañana coge la película, la primera comenzando por la izquierda, la introduce en el reproductor y la ve una, dos, tres, cuatro, cinco veces seis veces seguidas con una pausa para comer y dormitar. Luego arroja la película en la papelera y duerme.
El día treinta y uno, a las doce de la noche, se incorpora y hace crujir sus huesos. Los libros y deuvedés llenan la papelera. Cierra la bolsa, baja a la calle y la deposita en el contenedor. Respira lentamente. Los humores urbanos lo marean. Se apoya en una farola y atempera el vértigo. La calle está desierta. El frío eriza sus pelos, rebelde, por debajo de su camisa blanca. Se mira en el espejo retrovisor de un coche destartalado, abierto en canal. Conoce esa cara. En el malecón mira las palmeras que arañan el cielo negro. Zarandea una. Le agrada el contacto de la húmeda arena bajo sus pies. Se desnuda y mira el frente acuoso, negro. Contempla las palmas de sus manos, sigue el trazado de las líneas, dónde nacen y dónde mueren. Repara en los lunares ocres, en las uñas perfectamente recortadas, en los ralos pelos del pecho, en su miembro replegado como un erizo de mar.
Se introduce en el mar, cierra los puños y tiembla. El agua cubre sus rodillas, luego la cintura, finalmente el cuello. Sus ojos lagrimean, haciendo el mar más inmenso. Las algas rozan su piel de gallina. Cierra los ojos y se deja ir.
La vida que te espera, side two
Besos de tornillo
caricias
piscinas azuladas
la siesta
las historias del abuelo
el partido del viernes
los fines de semana
el agua de las fuentes
el chocolate a la taza
el agua de lluvia
la tierra húmeda
la casa en el pueblo
la sombra del roble
abrazos familiares
canciones y poemas
multicines
lenguas extrañas
el crujido de la pizza
las manos blancas
las miradas cómplices
calzadas romanas
olas juguetonas
libros alimenticios
ídolos de pared
el folio en blanco
el pan tierno
la marca del reloj
Los funcionarios del estado podrán trabajar desde su casa
Leí esta noticia en el periódico el otro día. Jordi Sevilla, Ministro de administraciones públicas quiere dar la oportunidad de que los funcionarios del estado que tengan conocimientos informáticos y estén dispuestos a trabajar desde sus hogares, puedan hacerlo. El 40% de las horas de su jornada laboral las podrían hacer desde sus casas.
¿cómo sería una mañana en la vida de estos funcionarios, que se acogieran al trabajo en casa?
yo lo veo así.
María tumbada en la cama, bebiendo un zumo de pomelo y comiendo un tostada impregnada de aceite extra virgen, con legañas en los ojos y en camisón, se sitúa frente al ordenador. La cama a su espalda, sin hacer, con la huella aún fresca de su marido, que entra a trabajar en el turno de las seis de la mañana, hace un par de horas. Enciende su pecé, pero antes apura el zumo y limpia con el dorso de la mano las migas que caen sobre el teclado. En el monitor aún apagado ve un reflejo y apenas reconoce en él ese rostro ojeroso de pelo desmañado. Va hasta el baño y se refresca la cara, quitando las legañas de sus ojos enrojecidos.
El ordenador ya está en marcha. Accede a su programa de correo. Tiene diez expedientes pendientes de resolución y toda la mañana por delante. Se viste y baja a comprar el periódico, bajando las escaleras, desde su tercer piso para desentumecerlos músculos. El cielo raso y el luminoso sol le hacen sonreír, reconciliarse con el mundo que nace cada día. LLega hasta la esquina, donde el quiosquero le da los buenos días, entregándole el periódico local. Lo ojea al tiempo que pausadamente da la vuelta a la manzana. Saluda y es saludada por vecinas y conocidas, a las que dedica unos minutos para ponerse al día de sus vidas y de las defunciones ajenas. Ya en casa y antes de nada, resuelve el sudoku matinal, ya que el doctor Beltrán, le ha dicho que es bueno mantener la mente ágil, y echa un vistazo rápido a los periódicos gratuitos que encuentra camino de caso en el expositor del bar en el que almuerza.
Ya en casa, despacha sus asuntos laborales con diligencia y rapidez. Dos horas sin parar, sin nadie que la inoportune, tecleando como alma que lleva el diablo. Luego baja al bar y almuerza su pincho de tortilla poco cuajada y un mosto grande. Se echa un par de cigarros y al mediodia regresa a casa. Finaliza los expedientes antes de lo previsto, prepara un par de informes, los firma con su firma digital, se comunica con el skype con su jefe de sección e incluso chatea con Marcos, otro de los funcionarios dispuestos a trabajar desde su casa. La última hora la dedica a un curso on-line de presupuestos y a las dos de la tarde apaga el pecé y se pone a preparar la comida. Su marido llegará en media hora, hambriento, como siempre.
Comer y beber a la manera de Manuel Vicent
Manuel Vicent es uno de mis escritores favoritos. Empezar el domingo leyendo su columna del periódico El País me alegra la mañana. De sus escritos se aprecia que Vicent es un sibarita, que su paraíso está ligado a los placeres gastronómicos y que un buen plato equivale a la perfección. En este libro que es una autobiografía gastronómica, Vicent hace un repaso por los alimentos que han marcado su existencia desde el pan, las cocas, pasando por las verduras, pescados, arroces y paellas, carnes, postres y licores. Para ello el autor comenta los restaurantes en los que se ha solazado y otros a los que no volvería. Estos son esos libros que ven la luz porque detrás hay una figura pública, un escritor de prestigio en este caso. El libro de apenas 190 páginas, tiene poca chicha, y me ha sabido a poco, vamos que ha sido una “construcción minimalista”. Le falta aliento poético, el mismo que Vicent insufla como nadie en sus escritos. El libro contiene unas recetas en sus últimas páginas y otras intercaladas que “aderezan” sus relatos y anécdotas. Se nombran en el libro muchos personajes; escritores, cineastas…amigos del autor que han estado a su lado compartiendo los manjares.
Hay páginas en las que la boca se hace agua, sobre todo si se lee en las horas previas a las comidas. El libro cuenta con algunas anécdotas hilarantes que acallan el ronroneo gástrico.
Manuel Vicent ha descrito así su libro: «En este libro, junto a unos alimentos terrestres, están mis amigos, mis viajes, siempre acompañados por un aroma que me devuelve a la cocina de aquella vieja casa». Comer y beber a mi manera ha ganado el premio Gourmand de libros de cocina 2006 en la categoría «Best Cookbook Illustrations» en castellano
Me levanté legañoso y mis ojos velados por la bruma matinal y por los copos esponjosos se me antojaron onníricos. El frío erizó los pelos, desde la coronilla hasta el dedo pulgar y las calles estaban blancas, el cielo lloraba blanqueando el asfalto ya acuoso.
Vi pisadas huyendo de mí, en todas las direcciones, que me acosaban, iban y venían, se cruzaban y yuxtaponían, pero no lograba encontrar la mía. El frío era aterrador, el viento silbaba entre los copos y las ramas blandían un saludo inhóspito, frío, hostil.
Finalmente, me situé sobre dos de ellas, contorsionando mi figura, hasta casi posar la nariz en el bordillo y lo conseguí. Eran las mías. Esas pisadas estaban ahí esperando desde el invierno pasado, esperando el momento preciso, la llegada de esta primavera blanca para darme la bienvenida. Contento enfilé la calle tarareando una canción que ya he conseguido olvidar.
70.000 muertos en Iraq, la arbitrariedad política no tiene límite
Dice el refrán, que muerto el perro se acabó la rabia. Pues bien, en este caso muerto el perro, es decir, Sadam Hussein, dictador y asesino múltiple, para más señas, murió ahorcado y la rabia no se acabó, sino que devino en una peste nauseabunda, una cólera multiplicada por todos los rincones, que ha provocado más de setenta mil muertos tras la invasión de Irak por las tropas americanas y el derrocamiento de Sadam Hussein, entonces en el poder.
Hoy Iraq vive una guerra civil, salir a la calle supone en muchos casos un camino sin retorno, y las calles son hipermercados de odio que no cierran durante las veinticuatro horas del día, 365 días al año. Vendrá más muertes, civiles en su mayoría, y las opciones para acabar con la tragedia son mínimas. La espiral de violencia ha degenerado en un torbellino que arrasa todo cuanto encuentra a su caso, convertido en una trituradora de carne. Si algún día cesa la violencia, cosa que dudo, el escenario que se planteará no podrá ser más atroz. Todos saben quienes son los asesinos y una vez lograda la paz, estarán codo con codo, víctimas y verdugos, a no ser que un bando logre erradicar totalmente al otro, algo improbable. Mientras, la guerra de Iraq forma ya parte de nuestros telediarios, todos los días, durante cuatro años vemos coches ardiendo y carne quemada. Ya no hace mella en el espectador lo que vemos. Cuatro años viendo morir gente nos han inmunizado e Iraq parece ya muy lejano. Los dejaremos que se maten entre ellos y los Estados Unidos finalmente cederán y harán volver a sus soldados cuando se den cuenta de que la vida en ese infierno no vale nada.
El placer de disfrutar de los alimentos básicos
A la hora de comer, si he de elegir un plato me decanto por la sencillez. Nada de salsas engañosas, ni deconstrucciones modernistas. Un huevo frito en aceite de oliva virgen es algo extraordinario, cuyo escaso valor de mercado (1-2 euros la docena, dependiendo del tamaño), lo ha vulgarizado, bajo la falsa creencia de que lo bueno hay que pagarlo y que el bajo precio de un producto va asociado a su baja calidad. Falso de principio a fin.
El huevo como decía se ve infravalorado en la restauración, salvo contadas excepciones, como en el caso del restaurante de Lucio en Madrid, que te cobra por unos huevos lo que en otros restaurantes por un chuletón. “Los huevos de Lucio” ya son todo un referente. Nunca he comido los huevos de Lucio pero los que me hago en casa, con el aceite bien caliente, me saben a gloria. Cuando voy de vacaciones, y comienzo el regreso a hogar mi mente ya fantasea con un par de huevos fritos sobre el plato, sólo de pensarlo me relamo.
Lo mismo diré de un tomate madurado por el sol, carnoso, partido por la mitad, con una pizca de sal y un chorro de aceite virgen por encima. Esa es otra exquisitez. Como lo son los pimientos asados condimentandos con ajo bien picadito y aceite, o una ensalada ya sea de tomate o algo más complejo, añadiendo a la lechuga, kiwis, quesos azules, gruyere o parmesano, nueces o avellanas, champiñones frescos, chalotas, huevo duro, ventresca de atún.
Otro plato sencillo pero extraordinario es el gazpacho. Tras pasar por agua hirviendo los tomates, para pelarlos cómodamente, en una batidora disponemos los tomates, el pepino, el pimiento verde, la cebolla, el ajo, la sal, la miga de pan, y un buen chorro de aceite de oliva virgen. Si a la batimos todo bien y lo dejamos enfríar. Si a la hora de comerlo le añadimos, huevo duro y jamón serrano partido en pequeños taquitos, el gazpacho se convierte en salmorejo. En Sevilla probé un salmorejo tan espeso que parecía un puré, pero me supo a gloria.
Hasta un socorrido bocata puede rozar la perfección. En Logroño todavía tenemos hornos artesanos, que fabrican pan bien trabajado, al cual le puedes hincar el diente al día siguiente, sin que se deshaga, como sucede con estas baguettes que venden en las gasolineras, en algunos supermercados como DIA o en los establecimientos que venden chucherías los cuales hornean un pan precocinado, que si lo comes calientes es pasable, pero que en pocas horas se vuelve incomible y al día siguiente se deshace en la boca.
Mi bocata preferido me lo preparo con pan sobado, un poco dorado por el culo, lo parto por la mitad y dispongo una lata de ventresca de atún, con su aceite de oliva y dispongo unos filetes de anchoa, luego le hinco el diente y aquello no tiene precio. Otra verdad es que cuando el pan está bueno, te lo puedes comer también solo y cualquier cosa que lo acompañe será un éxito ya sea unas onzas de chocolate, chorizo, salchichón, tortilla de patatas. Todo se puede poner entre pan y pan. Lentejas también.

Esta foto me encanta.
Las audiencias televisivas e internet
Internet permite que cuando en televisión estrenan series como 24 o Perdidos, los internautas con ADSL, a los que les gusta navegar viento en popa, ya las han visto en sus casas. Esto propicia que series que no han tenido muy buena aceptación en España como Perdidos, en sus dos temporadas anteriores en el caso de estrenarse la tercera temporada, cosa que dudo, una vez la estrenen en televisión, sus auténticos fans ya la tendrán en casa, grabada la temporada en un par de DVD y por tanto no la verán en televisión. Lo que hará aún mayor el fracaso de la serie de cara a las audiencias, porque es imposible cuantificar cuantos cientos de miles de personas ven estas series gracias a internet. Los mismos que luego no cuentan como espectadores.
El Festival de Málaga un fracaso
El año pasado en el Festival de Málaga pasó algo parecido a lo que ha ocurrido en esta edición. Las películas a concurso eran en su inmensa mayoría mediocres. De hecho en los Goya de la última edición solo se llevó algún premio la película AzulOscuroCasiNegro. Las distribuidoras lo saben y prefieren esperar un poco, pensando que marzo es un mes muy tempranero para mostrar una película que luego cuando sea la hora de las votaciones a muchos les quedará muy lejana. Del año pasado destacaría
Los aíres difíciles, Un franco catorce pesetas y AzulOscuroCasiNegro. El premio para Bienvenido a casa no era merecido pues la película al igual que Amor en Defensa propia era bastante mediocre. Ahora que caigo, de Roger Gual también me gustó su película Remake, en especial Juan Diego.
Pueblos en los que pasar las vacaciones veraniegas

Viendo esta foto espero con avidez el verano, los rigores veraniegos, el porrón de cerveza con gaseosa, las tardes atorrantes, el asfalto derretido, el calor que todo lo pudre, el salitre pegado en la piel, las playas abarrotadas, las marabuntas en las carreteras, el estallido de luz, las sandalias para caminar, el gazpacho para comer, botellones de agua para no deshidratarme, las noches interminables, las anheladas vacaciones…
El pueblo de la foto es Cadaqués. Estuve una tarde hace unos veranos caminando por sus calles, y es un lugar en el que no me importaría perderme.
El poder de la imagen y la sensualidad explícita

El poder de la evocación sensual supera con creces a la vulgar pornografía que inunda la red.
Leo que la vida media de un blog dura unos seis meses. Así que continuamente la gente crea y destruye blogs (mejor dicho deja de actualizarlas). Esta blog lleva un par de meses en funcionamiento, así que dentro de otros cuatros meses debería estar en desuso. Ya veremos. De momento las visitas son mínimas, pero cuando uno tiene madera de escritor, eso no importa, escribe para el cajón, para las paredes, para los geranios, para la tierra de los tiestos, para intentar entender mejor lo que vemos, asimilando los noes. Así comienzan todos, en estos andurriales, hasta que un día a veces la flauta suena, y algunos, los menos, logran profesionalizarse. Para los que escribir es como el comer, que haya gente detrás o no poco importa. El ego está a la altura del perejil diciendo burradas a las hormigas gozosas ante la inminente llegada de la primavera.
Me asomo al balcón y veo los tejados blancos. Miro el calendario y no entiendo nada. ¿el cambio climático? ¿una inocentada divina?. Es bonito ver nevar, coger los esponjos copos y lanzarlos contra las paredes.