Yo también aprendí a escribir “de oído”
Yo también aprendí a escribir “de oído”
La pizza, la gastronomía italiana y la pasta al dente
Los Italianos, que basan su alimentación en la pasta, han hecho de la pizza todo un arte. Algo tan sencillo como la pizza es una delicia. La pizza no precisa de grandes florituras ni recargamientos para degustarla. Mis favoritas son las más sencillas, aquellas de masa fina y crujiente, con tomate natural por encima, cocinado lentamente al fuego durante horas y especiado, mozzarella y orégano fresco. La mínima expresión de la pizza es la “pizza blanca”, la cual consiste en hornear la pizza y echarle por encima solo aceite de oliva virgen. La gente que va a Italia, dice a menudo !pero si solo comen pasta y no hay quien la coma de lo dura que está!.
Aquí tenemos restaurantes que hacen la pasta, la cuecen y la dejan en el frigorífico y cuando algún comensal la pide, generalmente niños, le dan un calentón y la sirven.
En Italia la pasta se hace al momento, cuando la pides es cuando la hierven, y te la sirven “al dente”, dura, que cuesta masticarla, pero ojo, no está cruda. A los que están acostumbrados a dejar la pasta cociendo y quitarla del fuego, como el que cocina unas lentejas en la olla, es comprensible que la pasta al dente en Italia no le guste, y sus comidas en ese país resulten un fiasco tras otro.
Las mejores pizzas las he comido en Sicilia, en los camping, los cuales en sus hornos de leña preparaban unas pizzas que quitaban el sentido. Cada día nos sabían más ricas. El nombre de la pizza de cada día estaba en consonancia con el lugar donde nos encontrábamos así que en nuestro deambular por la Isla degustamos la pizza Catanese, pizza acquario, Ericlea Pizza y otras de sugerente nombre como la “pizza blancanieves” solo con mozzarella y orégano. La peor pizza de todas la comí en Cefalú, un lugar turístico de la Isla, en un restaurante. Esa noche añoramos las pizzas del camping, el cantar de las chicharras, el cielo estrellado y los chupitos de grappa, un licor que te deja el estómago a fuego vivo.
El otro yo pavimenta lo sonidos
atiborra la nada con manos llenas de arena
susurra al oído de la noche palabras de viento
archiva los reproches y los guarda bajo llave
se enamora de los pájaros y empolla por la noche
alimenta su futuro con cruces en el calendario
busca formas extrañas en las palmas de las manos
se enciende cuando el odio lo rocía
contrae los ojos creyendo entender algo
borra las fronteras de tiza con los pies desnudos
vuela su cometa cegado por el sol
regala frases de palabras esdrújulas:
ávido de féminas incólumes…..
desdeña lo común sintiéndose único
El otro yo pestañea ante el espejo pero yo sigo ahí
La religión y la fórmula del éxito
Es curioso que un país como España que se proclama en su constitución como aconfesional (artículo 16: Ninguna confesión tendrá carácter estatal), buena parte de los días festivos sean de carácter religioso. Entre las festividades se incluyen Jueves Santo y Viernes Santo, Navidad y Año nuevo, Nuestra Señora la Asunción, el Día de todos los muertos o el día de Reyes. Luego están las fiestas locales que generalmente llevan también el nombre de algún santo (san Bernabé, San Mateo, Santiago…). Fiestas internacionales como las del Trabajo, las nacionales como el día de la Constitución. Si vamos a las fiestas locales, se asocian siempre a los santos, con romería y visita a la ermita, celebración gastronómica mediante. Más allá de las creencias de cada cual, si nos paramos a pensar, sería triste que de un plumazo desaparecieran de nuestras ciudades y pueblos todo aquello que tiene elmentos religiosos. Esto es, que de noche a la mañana desaparecieran, las catedrales las iglesias y ermitas presentes en todos los municipios, así como todos aquellos cuadros o tallas escultóricas dedicadas a los santos, a Jesús, a María…. La religión nos ha dejado un legado monumental incuestionable. Ciudades como Roma no serían concebibles sin sus iglesias, o que decir por ejemplo de la Ciudad del Vaticano. No existiría. Otras ciudades como Burgos, León, Salamanca, Sevilla, Barcelona tienen catedrales que son de obligada visita, insertas en los cascos antiguos de las villas, en las que encontramos los trazados primigenios, los vestigios medievales que muchas aún hoy conservan para nuestro deleite.
En otro orden de cosas las novelas históricas que abordan temas religiosos tienen muy buena acogida entre los lectores, convirtiéndose en superventas, copando las listas de libros más vendidos mes a mes. La catedral del mar de Ildefonso Falcones lleva ya un millón de libros vendidos, La hermandad de la sábana Santa de Julia Navarro ha sido un pelotazo, con traducción a veinte lenguas y ya se prepara su versión cinematográfica. El Código da vinci y Ángeles y Demonios que hablaban sobre el santo grial (sangre real) y los Illuminati respectivamente han convertido a su autor Dan Brown en multimillonario. Otro libros como Los caballeros de Salomón ha despachado un millón y medio de ejemplares en los USA, con los templarios como material. El autor español Javier Sierra arrasa en los Estados Unidos con su libro “La cena secreta“. Son solo algunos casos de escritores que han encontrado en el terreno histórico-religioso la fórmula mágica que les ha llenado los bolsillos con un público entregado a las historias que versan sobre sábanas santas, templarios, sangres reales, catedrales en construcción, inquisidores, el camino de santiago…
Los funcionarios del estado podrán trabajar desde su casa
Leí esta noticia en el periódico el otro día. Jordi Sevilla, Ministro de administraciones públicas quiere dar la oportunidad de que los funcionarios del estado que tengan conocimientos informáticos y estén dispuestos a trabajar desde sus hogares, puedan hacerlo. El 40% de las horas de su jornada laboral las podrían hacer desde sus casas.
¿cómo sería una mañana en la vida de estos funcionarios, que se acogieran al trabajo en casa?
yo lo veo así.
María tumbada en la cama, bebiendo un zumo de pomelo y comiendo un tostada impregnada de aceite extra virgen, con legañas en los ojos y en camisón, se sitúa frente al ordenador. La cama a su espalda, sin hacer, con la huella aún fresca de su marido, que entra a trabajar en el turno de las seis de la mañana, hace un par de horas. Enciende su pecé, pero antes apura el zumo y limpia con el dorso de la mano las migas que caen sobre el teclado. En el monitor aún apagado ve un reflejo y apenas reconoce en él ese rostro ojeroso de pelo desmañado. Va hasta el baño y se refresca la cara, quitando las legañas de sus ojos enrojecidos.
El ordenador ya está en marcha. Accede a su programa de correo. Tiene diez expedientes pendientes de resolución y toda la mañana por delante. Se viste y baja a comprar el periódico, bajando las escaleras, desde su tercer piso para desentumecerlos músculos. El cielo raso y el luminoso sol le hacen sonreír, reconciliarse con el mundo que nace cada día. LLega hasta la esquina, donde el quiosquero le da los buenos días, entregándole el periódico local. Lo ojea al tiempo que pausadamente da la vuelta a la manzana. Saluda y es saludada por vecinas y conocidas, a las que dedica unos minutos para ponerse al día de sus vidas y de las defunciones ajenas. Ya en casa y antes de nada, resuelve el sudoku matinal, ya que el doctor Beltrán, le ha dicho que es bueno mantener la mente ágil, y echa un vistazo rápido a los periódicos gratuitos que encuentra camino de caso en el expositor del bar en el que almuerza.
Ya en casa, despacha sus asuntos laborales con diligencia y rapidez. Dos horas sin parar, sin nadie que la inoportune, tecleando como alma que lleva el diablo. Luego baja al bar y almuerza su pincho de tortilla poco cuajada y un mosto grande. Se echa un par de cigarros y al mediodia regresa a casa. Finaliza los expedientes antes de lo previsto, prepara un par de informes, los firma con su firma digital, se comunica con el skype con su jefe de sección e incluso chatea con Marcos, otro de los funcionarios dispuestos a trabajar desde su casa. La última hora la dedica a un curso on-line de presupuestos y a las dos de la tarde apaga el pecé y se pone a preparar la comida. Su marido llegará en media hora, hambriento, como siempre.
Comer y beber a la manera de Manuel Vicent
Manuel Vicent es uno de mis escritores favoritos. Empezar el domingo leyendo su columna del periódico El País me alegra la mañana. De sus escritos se aprecia que Vicent es un sibarita, que su paraíso está ligado a los placeres gastronómicos y que un buen plato equivale a la perfección. En este libro que es una autobiografía gastronómica, Vicent hace un repaso por los alimentos que han marcado su existencia desde el pan, las cocas, pasando por las verduras, pescados, arroces y paellas, carnes, postres y licores. Para ello el autor comenta los restaurantes en los que se ha solazado y otros a los que no volvería. Estos son esos libros que ven la luz porque detrás hay una figura pública, un escritor de prestigio en este caso. El libro de apenas 190 páginas, tiene poca chicha, y me ha sabido a poco, vamos que ha sido una “construcción minimalista”. Le falta aliento poético, el mismo que Vicent insufla como nadie en sus escritos. El libro contiene unas recetas en sus últimas páginas y otras intercaladas que “aderezan” sus relatos y anécdotas. Se nombran en el libro muchos personajes; escritores, cineastas…amigos del autor que han estado a su lado compartiendo los manjares.
Hay páginas en las que la boca se hace agua, sobre todo si se lee en las horas previas a las comidas. El libro cuenta con algunas anécdotas hilarantes que acallan el ronroneo gástrico.
Manuel Vicent ha descrito así su libro: «En este libro, junto a unos alimentos terrestres, están mis amigos, mis viajes, siempre acompañados por un aroma que me devuelve a la cocina de aquella vieja casa». Comer y beber a mi manera ha ganado el premio Gourmand de libros de cocina 2006 en la categoría «Best Cookbook Illustrations» en castellano
Me levanté legañoso y mis ojos velados por la bruma matinal y por los copos esponjosos se me antojaron onníricos. El frío erizó los pelos, desde la coronilla hasta el dedo pulgar y las calles estaban blancas, el cielo lloraba blanqueando el asfalto ya acuoso.
Vi pisadas huyendo de mí, en todas las direcciones, que me acosaban, iban y venían, se cruzaban y yuxtaponían, pero no lograba encontrar la mía. El frío era aterrador, el viento silbaba entre los copos y las ramas blandían un saludo inhóspito, frío, hostil.
Finalmente, me situé sobre dos de ellas, contorsionando mi figura, hasta casi posar la nariz en el bordillo y lo conseguí. Eran las mías. Esas pisadas estaban ahí esperando desde el invierno pasado, esperando el momento preciso, la llegada de esta primavera blanca para darme la bienvenida. Contento enfilé la calle tarareando una canción que ya he conseguido olvidar.
70.000 muertos en Iraq, la arbitrariedad política no tiene límite
Dice el refrán, que muerto el perro se acabó la rabia. Pues bien, en este caso muerto el perro, es decir, Sadam Hussein, dictador y asesino múltiple, para más señas, murió ahorcado y la rabia no se acabó, sino que devino en una peste nauseabunda, una cólera multiplicada por todos los rincones, que ha provocado más de setenta mil muertos tras la invasión de Irak por las tropas americanas y el derrocamiento de Sadam Hussein, entonces en el poder.
Hoy Iraq vive una guerra civil, salir a la calle supone en muchos casos un camino sin retorno, y las calles son hipermercados de odio que no cierran durante las veinticuatro horas del día, 365 días al año. Vendrá más muertes, civiles en su mayoría, y las opciones para acabar con la tragedia son mínimas. La espiral de violencia ha degenerado en un torbellino que arrasa todo cuanto encuentra a su caso, convertido en una trituradora de carne. Si algún día cesa la violencia, cosa que dudo, el escenario que se planteará no podrá ser más atroz. Todos saben quienes son los asesinos y una vez lograda la paz, estarán codo con codo, víctimas y verdugos, a no ser que un bando logre erradicar totalmente al otro, algo improbable. Mientras, la guerra de Iraq forma ya parte de nuestros telediarios, todos los días, durante cuatro años vemos coches ardiendo y carne quemada. Ya no hace mella en el espectador lo que vemos. Cuatro años viendo morir gente nos han inmunizado e Iraq parece ya muy lejano. Los dejaremos que se maten entre ellos y los Estados Unidos finalmente cederán y harán volver a sus soldados cuando se den cuenta de que la vida en ese infierno no vale nada.
El placer de disfrutar de los alimentos básicos
A la hora de comer, si he de elegir un plato me decanto por la sencillez. Nada de salsas engañosas, ni deconstrucciones modernistas. Un huevo frito en aceite de oliva virgen es algo extraordinario, cuyo escaso valor de mercado (1-2 euros la docena, dependiendo del tamaño), lo ha vulgarizado, bajo la falsa creencia de que lo bueno hay que pagarlo y que el bajo precio de un producto va asociado a su baja calidad. Falso de principio a fin.
El huevo como decía se ve infravalorado en la restauración, salvo contadas excepciones, como en el caso del restaurante de Lucio en Madrid, que te cobra por unos huevos lo que en otros restaurantes por un chuletón. “Los huevos de Lucio” ya son todo un referente. Nunca he comido los huevos de Lucio pero los que me hago en casa, con el aceite bien caliente, me saben a gloria. Cuando voy de vacaciones, y comienzo el regreso a hogar mi mente ya fantasea con un par de huevos fritos sobre el plato, sólo de pensarlo me relamo.
Lo mismo diré de un tomate madurado por el sol, carnoso, partido por la mitad, con una pizca de sal y un chorro de aceite virgen por encima. Esa es otra exquisitez. Como lo son los pimientos asados condimentandos con ajo bien picadito y aceite, o una ensalada ya sea de tomate o algo más complejo, añadiendo a la lechuga, kiwis, quesos azules, gruyere o parmesano, nueces o avellanas, champiñones frescos, chalotas, huevo duro, ventresca de atún.
Otro plato sencillo pero extraordinario es el gazpacho. Tras pasar por agua hirviendo los tomates, para pelarlos cómodamente, en una batidora disponemos los tomates, el pepino, el pimiento verde, la cebolla, el ajo, la sal, la miga de pan, y un buen chorro de aceite de oliva virgen. Si a la batimos todo bien y lo dejamos enfríar. Si a la hora de comerlo le añadimos, huevo duro y jamón serrano partido en pequeños taquitos, el gazpacho se convierte en salmorejo. En Sevilla probé un salmorejo tan espeso que parecía un puré, pero me supo a gloria.
Hasta un socorrido bocata puede rozar la perfección. En Logroño todavía tenemos hornos artesanos, que fabrican pan bien trabajado, al cual le puedes hincar el diente al día siguiente, sin que se deshaga, como sucede con estas baguettes que venden en las gasolineras, en algunos supermercados como DIA o en los establecimientos que venden chucherías los cuales hornean un pan precocinado, que si lo comes calientes es pasable, pero que en pocas horas se vuelve incomible y al día siguiente se deshace en la boca.
Mi bocata preferido me lo preparo con pan sobado, un poco dorado por el culo, lo parto por la mitad y dispongo una lata de ventresca de atún, con su aceite de oliva y dispongo unos filetes de anchoa, luego le hinco el diente y aquello no tiene precio. Otra verdad es que cuando el pan está bueno, te lo puedes comer también solo y cualquier cosa que lo acompañe será un éxito ya sea unas onzas de chocolate, chorizo, salchichón, tortilla de patatas. Todo se puede poner entre pan y pan. Lentejas también.

Esta foto me encanta.
Las audiencias televisivas e internet
Internet permite que cuando en televisión estrenan series como 24 o Perdidos, los internautas con ADSL, a los que les gusta navegar viento en popa, ya las han visto en sus casas. Esto propicia que series que no han tenido muy buena aceptación en España como Perdidos, en sus dos temporadas anteriores en el caso de estrenarse la tercera temporada, cosa que dudo, una vez la estrenen en televisión, sus auténticos fans ya la tendrán en casa, grabada la temporada en un par de DVD y por tanto no la verán en televisión. Lo que hará aún mayor el fracaso de la serie de cara a las audiencias, porque es imposible cuantificar cuantos cientos de miles de personas ven estas series gracias a internet. Los mismos que luego no cuentan como espectadores.
El Festival de Málaga un fracaso
El año pasado en el Festival de Málaga pasó algo parecido a lo que ha ocurrido en esta edición. Las películas a concurso eran en su inmensa mayoría mediocres. De hecho en los Goya de la última edición solo se llevó algún premio la película AzulOscuroCasiNegro. Las distribuidoras lo saben y prefieren esperar un poco, pensando que marzo es un mes muy tempranero para mostrar una película que luego cuando sea la hora de las votaciones a muchos les quedará muy lejana. Del año pasado destacaría
Los aíres difíciles, Un franco catorce pesetas y AzulOscuroCasiNegro. El premio para Bienvenido a casa no era merecido pues la película al igual que Amor en Defensa propia era bastante mediocre. Ahora que caigo, de Roger Gual también me gustó su película Remake, en especial Juan Diego.
Pueblos en los que pasar las vacaciones veraniegas

Viendo esta foto espero con avidez el verano, los rigores veraniegos, el porrón de cerveza con gaseosa, las tardes atorrantes, el asfalto derretido, el calor que todo lo pudre, el salitre pegado en la piel, las playas abarrotadas, las marabuntas en las carreteras, el estallido de luz, las sandalias para caminar, el gazpacho para comer, botellones de agua para no deshidratarme, las noches interminables, las anheladas vacaciones…
El pueblo de la foto es Cadaqués. Estuve una tarde hace unos veranos caminando por sus calles, y es un lugar en el que no me importaría perderme.
El poder de la imagen y la sensualidad explícita

El poder de la evocación sensual supera con creces a la vulgar pornografía que inunda la red.
Leo que la vida media de un blog dura unos seis meses. Así que continuamente la gente crea y destruye blogs (mejor dicho deja de actualizarlas). Esta blog lleva un par de meses en funcionamiento, así que dentro de otros cuatros meses debería estar en desuso. Ya veremos. De momento las visitas son mínimas, pero cuando uno tiene madera de escritor, eso no importa, escribe para el cajón, para las paredes, para los geranios, para la tierra de los tiestos, para intentar entender mejor lo que vemos, asimilando los noes. Así comienzan todos, en estos andurriales, hasta que un día a veces la flauta suena, y algunos, los menos, logran profesionalizarse. Para los que escribir es como el comer, que haya gente detrás o no poco importa. El ego está a la altura del perejil diciendo burradas a las hormigas gozosas ante la inminente llegada de la primavera.
Me asomo al balcón y veo los tejados blancos. Miro el calendario y no entiendo nada. ¿el cambio climático? ¿una inocentada divina?. Es bonito ver nevar, coger los esponjos copos y lanzarlos contra las paredes.
Hace tiempo decidí que cuando iría a la biblioteca cogería para leer, libros al azar, cansado de haberme metido entre pecho y espada, libros varios que poblaban las listas de los más vendidos. Cansado y aburrido después de leer, La Catedral del mar, La hermandad de la sábana Santa, El salón de ámbar, El origen perdido, Los muros de Jericó, El imperio de los dragones, El anillo y otros tantos de temática similar, llegué a la conclusión que a la hora de leer un libro no me dejaría llevar por los dictados del mercado, por esos libros que
abarrotan los escaparates de las librerías, libros que te meten por los ojos y todo el mundo compra al hacer un regalo, y esos mismos libros que en las revistas de fin de semana cuando se le pregunta a algún famoso qué libro está leyendo siempre aparecen en cantar. No sé si porque realmente lo están leyendo o porque les suena de haberlo visto en las librerías. La catedral del mar lleva ya un millón de ejemplares vendidos y no es un libro extraordinario ni nada parecido, pero el mercado tiene estas cosas.
Ahora voy a la biblioteca y cojo un libro al azar. No me ha dado mal resultado porque así tuve el placer de leer “A las que aman” de Aleksandar Tisma y “El último territorio” de Yuri Andrujovich. Dos libros que no están entre los más vendidos pero que cuentan historias interesantes y permiten conocer a dos autores de otras latitudes, gracias a la editorial Acantilado que está publicando las obras de autores eslavos.
¿Qué sabemos de los países del Este?
Leyendo el libro “El último territorio” de Yuri Andrujovich, el autor comienza hablando de lo desconocido que es para Occidente su país, Ucrania. De hecho si me paro a pensar es cierto que de ese país solo conozco el desastre ocurrido en Chernobyl, que se consiguió la independencia de la Unión Soviética hace pocos años, y que tiene un equipo conocido, el Dínamo de Kiev. Eso si hablamos de Ucrania porque si me preguntan por Lituania o Estonia todavía sé menos cosas.
Es curioso como cuando hablamos de globalización parece que todo está intercomunicado, pero esto es cierto en parte. En el comercio sí que es posible que al ir a un supermercado tengamos productos de diferentes partes del globo, pero en cuanto a conocer las culturas de otros países, como los de Europa del Este, Asia o África, prima el desconocimiento absoluto.
De hecho nuestros telediarios solo miran en esa dirección cuando hay un desastre, un maremoto, un tsunami, o unas inundaciones, pero nada se nos dice de su vida cultural, de sus tradiciones, de su manera de ver y entender la vida. Un día un palestino y un judío comentaban en la radio que además de matarse, en Jerusalem y en otras tantas ciudades pasaban otras cosas, que los escritores escribían sus libros, se componían canciones, se estrenaban obras de teatro, que la vida más allá del terror de la guerra y de las mismas escenas de siempre en los telediarios había otra vida que existe pero que no sale en los medios. Solo vende el terror y la barbarie, que está claro que existe pero no es lo único que forma parte del paisaje, afortunadamente.
En tránsito hacia ninguna parte (cuarta parte)
Isma, se asomó a la ventana. Si quería escapar ésta era su única opción. A escasa distancia del balcón había una escalera de incendios, del edificio anexo. El piso era pequeño, reducido a un salón con cocina americana, un sofá coma y un diminuto baño. Hizo acopio de algunas latas en conserva, introdujo el móvil y la cartera en la mochila y haciendo malabarismos, sobre el alféizar, se estiró lo suficiente como para agarrarse al lateral de la escalera. Una vez en ella, descendió hasta pisar tierra firme. Echó un vistazo a su alrededor. Nadie parecía haber reparado en su trepidante descenso hacia la salvación. Paró un taxi y pidió que lo llevasen a la estación de trenes. Necesitaba unos momentos de tranquilidad para poner en orden las ideas. La chica que lo visitó le dijo que había sido atropellado. No lo recordaba, pero tenía el cuerpo dolorido, y los brazos y piernas remendados. Lo más sorprendente fue la visita de sus padres en su domicilio.
El rencor había dado paso al escepticismo. Alguien les tenía que haber avisado. Seguro que era la chica. Quien si no. Entonces tal vez fuera cierto que eran novios. La chica era atractiva, pero no era exactamente su tipo, le faltaban carnes y en su cara notó un aire de suficiencia y altivez que lejos de agradarle, se le antojaba como un muro infranqueable. Qué hacía huyendo se preguntaba. ¿Adonde ir?. No tenía fuerzas para empezar otra vez de cero. Dio orden al taxista de que diese media vuelta.
El calor se pegaba a los cuerpos, que se defendían en forma de ríos sudor y ropas empapadas. Rosauro se espabiló. Al incorporarse no había una parte de su cuerpo que no le doliese, no tenía años para hacer sentadas, tampoco para echarse cabezadas sobre un frío suelo con la puerta como respaldo. Su mujer, enfrente suyo, lo miraba con ojos tristes, barriendo el suelo con la mirada, sin decir nada. Volvió a golpear la puerta. La ira asomó en sus pupilas. O abres ahora mismo, o echo la puerta abajo, dijo, reforzando las palabras con sus puños, machacando la madera. Le hizo gracia. Siempre deseó decir aquello alguna vez, emular a los héroes de las películas que resolvían todos los problemas y salvaban a la humanidad si era menester en menos de un par de horas, lo que duraba la película. La puerta cedió lo suficiente para que Rosauro introdujese la puntera del zapato y luego haciendo palanca lograse abrirla del todo. Isabel le siguió. Enseguida se percataron de que allí no había nadie. El desorden creado encima de la cama, y la ventana entreabierta, evidenciaban la huida. Isabel se asomó, al ver la escalera, comprobó que su retoño se había escapado de nuevo. Tuvo ganas de poner fin a todo aquello, de descansar, pero sus firmes creencias católicas no permitían el suicidio. Finalmente, abatida se lanzó sobre la cama. Rosauro trató de consolarla. Es inútil, dijo Isabel, no podemos seguir así. Es evidente que no quiero vernos. Lo más conveniente es que nos volvamos al pueblo. Ya sabe dónde estamos. No tenemos edad para jugar al gato y al ratón. Rosauro no quería oír esas palabras que le quemaban, pero su mujer estaba en lo cierto. Su hijo del que no sabían nada hacía años, estaba vivo, tenía novia, vivía en la ciudad. Era mucho más de lo que sabían de él antes de la llamada.
Recogieron sus cosas en la pensión y en autobús de línea fueron a la estación. A la noche ya estaban de vuelta en el pueblo. Todo estaba tal como lo dejaron. Daba la impresión de que en su pueblo nunca sucedía nada, tan solo el cementerio iba agrandándose con el pasar de los años. Los días se repetían sin alteración alguna, sin sobresaltos. Sus vecinas, apostadas sobre un tronco que hacía las veces de banco, alzaron las cabezas en señal de saludo, al verlos abrir la puerta de su hogar. Era reconfortante volver a casa. Las cosas no habían salido como hubieran deseado, pero saber que su hijo estaba vivo les bastaba. La foto que Regina le había dado a Isabel en la que se veía a la pareja feliz, era un tesoro que Isabel situó en su pecho, junto al corazón. Esa noche después de tantos meses dormiría en paz.
Isma subió los cinco pisos aceleradamente, como si el demonio lo azuzase con un tridente. Se asustó al ver la puerta entreabierta y más al comprobar que sus padres no estaban en el rellano, ni dentro del apartamento. Junto a la mesilla encontró un diminuto pendiente. Era de su madre. Marcó el teléfono del pueblo.
Diga, diga. Isma, eres tú, demandó la voz materna ¿verdad?. Hijo nos gustaría verte. No sabemos que te ocurre, pero por favor, ven. Somos viejos. ¿Vendrás?. Iré, pero no sé cuando. Está bien, está bien hijo mío. Te queremos. Cuida de Regina, es una mujer estupenda.
El cosquilleo en el muslo le avisaba de que acababa de recibir un mensaje. Regina quería que se reuniesen a las doce en la plaza Mayor, debajo del reloj. Iría, la plaza le gustaba. Esa y todas las plazas. Eran sin lugar a dudas los espacios más agradables de las ciudades. Privadas del tráfico rodado se erigían como punto de encuentro, donde se daban cita los jóvenes nocturnos antes de salir de marcha, las parejas acarameladas, los abuelos que se reunían por las tardes para charlar, las madres que despreocupadas dejaban a sus chiquillos corretear sobre el empedrado, artistas, mendigos. Decidió ir caminando. Había un buen trecho que recorrer, pero tenía más de una hora por delante.
Regina lo vio llegar, escondida detrás de una columna. Ismael miró el reloj de la torre, luego miró su muñeca. Daba vueltas en círculo, miraba distraídamente a la gente que caminaba. Sigilosamente Regina fue avanzando por el interior de los soportales, hasta situarse próximo a Ismael, el cual se había sentado en el suelo, con las palmas de las manos sobre la cara. Comenzó a gimotear. Soy estúpido. No vendrá, decía para así, moviendo la cabeza, pero lo suficientemente alto para que Regina lo oyese. El gimoteo dio paso a unos sollozos que fueron ganando en intensidad a medida que Ismael se convulsionaba, con lágrimas surcando su rostro, y cayendo al vacío desde el dorso de las manos.
¿Un mal día?, preguntó ella
Ismael no se volvió al oír la voz.
Ayer no morí de chiripa. Ahora no sé quien soy. Mi novia me resulta una extraña. No sé ni por qué estoy aquí ahora, llorando como una magdalena. Desconozco la causa de mi aflicción. A resultas del accidente, apenas logro recordar algunas cosas, y lo que recuerdo lo olvido casi de inmediato ¿puede ser peor?.
¿te apetece que vayamos tú y yo a comer un bocata de calamares al “Tiburón blanco”?.
¿calamares? Dijo Ismael incorporándose, alegre. Creo recordar que me encantan.
Pues vamos, dijo ella cogiéndole de la mano.
Ismael reparó en ella. Le parecía una chica muy guapa, más aún al sonreír ¿será Regina?.
Anduvieron cien metros hasta llegar al bar, del que salía un aroma a fritanga que avivó los jugos gástricos de la pareja.
¿Adonde vamos? preguntó Ismael.
En el rostro de Regina asomó la preocupación en forma de una mueca que le hizo fruncir el ceño y rechinar los dientes.
¡Vamos para adentro, dijo él, guiñándole un ojo, haciéndole una señal con la mano!
Luis, que sean dos completos, uno con mayonesa, otro con ketchup y dos cañas bien frías, dijo estrechando la mano del camarero.
Cuanto tiempo Isma, ¿qué tal andas?
Creo que todo va ir de maravilla, dijo apretando la mano de Regina que ya estaba a su lado, ¿verdad?.
© Chufowski
La publicidad que alienta la violencia

En el año 2005 vimos como en Francia muchos jóvenes salieron a las calles y la emprendieron con cuanto mobiliario urbano encontraron a su paso. Los coches aparcados en las calles también resultaron mal parados. El 5 de noviembre de 2005 se quemaron en una sola noche 1.295 vehículos. Las noches anteriores la cifra fue más bajo pero tampoco despreciable. El otro día caminando por Reinosa, vi un coche que llevaba en sus puertas un anuncio de una compañía aseguradora. Ni corto ni perezoso eché la foto, que es la que he puesto.
Al leer mensaje publicitario me vinieron varias cosas a la mente. Si ahora se retiran de la circulación anuncios que atentan contra la condición de la mujer como el de la marca Dolce&Gabbana, otros podríamos decir que dan alas a los violentos.
Si los publicistas quieren darle un toque más macarrilla al anuncio les propongo un texto un poco más fuerte.
“tu todo riesgo a un precio que querrás patearlo, destrozarlo y prenderle fuego. Llama a tus amigos del barrio y disfruta, lo bien destrozado bien sabe”.
No solo en Francia hay energúmenos que dilapidan su tiempo destrozando lo que no es suyo y rompen espejos retrovisores o le prenden fuego a los coches en las calles o en los garages, para demostrar a sus amigos que son más chulos que un ocho y que son capaces de hacer cualquier cosa (siempre con la violencia como telón de fondo). Anuncios así les servirá a más de uno para decir “hostia puta, mira, si me lo ponen en bandeja”. “¿no pone ahí que lo abolle?”. Muchos jóvenes no saben lo que es la ironía ni los dobles sentidos, así que mejor no jugar con fuego.
El trabajo y la riqueza la excusa idónea para acabar con el medio ambiente
Los políticos saben que la naturaleza humana es débil, que el egoísmo y la necesidad se anteponen a muchas otras creencias y valores. Saben que al que no tiene trabajo le importará muy poco tener a su alrededor un paisaje estupendo, un río caudaloso, un tupido bosque, si pasa las tardes en el bar esperando encontrar un trabajo que le permita tener unos ingresos, porque la naturaleza enriquece los sentidos, calma el ánimo y alimenta el espíritu, pero no el estómago.
Ahora en Soria, los políticos han dado luz verde para construir en un paraje protegido. La gente se les echa encima. Los políticos, que no son tontos, aunque muchos lo parezcan, le ponen a los lugareños el caramelo en la boca. Edificando aquí se crearán “x” puestos de trabajo, dicen. De este modo la batalla ya no se plantea en términos de si los terrenos donde se pretende proteger son o no urbanizables, de si se trata o no de un paraje protegido, del impacto que tendrá en la flora, en fauna de la zona, en los recursos hídricos y naturales esas nuevas construcciones, sino que lo que los políticos muy hábilmente hacen es obligarles a elegir entre destrozar el medioambiente u obtener como recompensa un puñado de puestos de trabajo y riqueza, mucha riqueza para la zona, dicen los promotores.
Los políticos creen que todos tenemos un precio y más cuando la necesidad aprieta. Así que en zonas deprimidas, el nivel de resistencia ciudadana será menor, preveen. Les toca elegir entre preservar su medio ambiente u obtener unos presuntos puestos de trabajo.
Seguro que los políticos se salen con la suya. En Almería, con la demolición del hotel El Algarrobico se encontraron con muchos ciudadanos en contra, que veían en ese hotel, la oportunidad de prosperar, de conseguir trabajo, de generar riqueza en la zona y atraer al turismo.
En Soria nada apunta que vaya a ser diferente. Cuando cierras centrales nucleares los lugareños tampoco están conformes, porque aunque el beneficio es “general” el malestar particular e individual, es mucho, pues el cierra de la central conlleva perder el puesto de trabajo. Todo es comprensible, y esto nuestros políticos lo saben de sobra. Así que ellos prometiendo puestos de trabajo y riqueza ponen la piedra en el tejado de los lugareños, suscitando el debate, creando la división de pareceres entre ellos, de los cuales surgirán encarnizados detractores y defensores con este proyecto.