
Hay quien comienza la casa por el tejado, algunos lo hacen por el baño, o eso parece.

Hay quien comienza la casa por el tejado, algunos lo hacen por el baño, o eso parece.
Llegó a las calles altas del pueblo coronado por una iglesia abandonada y una muralla con vistas al río, surcado por un puente medieval. El sol le abrasaba y buscó cobijo bajo los anchos contrafuertes de la iglesia. Deambuló y tomó fotos del paisaje. Agradeció estar solo en ese paraje idílico. Abajo, el agua del río se movía contemplativa y calma, sin prisas, quizá porque era domingo y a las tres de la tarde, el tiempo se suspendía y balanceaba en el limbo del ocio y el arrullo de la voz que expedían los televisores. Leyó la información recogida en unos carteles que explicaban el nacimiento de la iglesia, y datos sobre los disciplinantes, conocidos como Picaos, que en ese pueblo en Semana Santa se arreaban en la espalda entre 800 y 1000 zurriagazos para ser luego picados por el práctico, brotando entonces la sangre. Imaginando la escena y con la tensión en los pies buscó cobijo bajo el alero de una casa de piedra, en cuya fachada había un contador monofásico. Metió la mano por la hendidura abierta y desgarrándose la piel, tocó algo que parecía un cable, tiró de él y todo se apagó al instante. Seguía con la mano en el cable, pero con una sola mano no podía deshacer el entuerto. Dos mil ochocientos años después, encontraron a un ser con la mano metida en un artilugio que no supieron identificar, al igual que unos carácteres de una cultura arcaica que aún recurría a la escritura para comunicarse.


las mujeres olvidadizas de Cortázar
Al coger en la biblioteca un libro con los cuentos completos/1 de Cortázar e irlo hojeando encontró media docena de recibos de préstamo, olvidados por los usuarios, que recogían los nombres y apellidos de los mismos, el título de la obra, el número de ejemplar, así como la fecha de préstamo y devolución. María, Ana Carmen, Leonor, Patricia, Raquel y Josefina habían leído ese mismo libro, o al menos lo habían manoseado, estrechado contra su pecho, vertido sus lágrimas sobre sus hojas, agitado entre sonrisas o bostezos. No encontró un sólo rastro de lectores masculinos, olvidadizos, al menos, así que a fin de equilibrar la balanza decidió preñar su vientre con su recibo, al tiempo que quitaba los de ellas, para poder afirmar luego con pruebas evidentes y notorias que Cortázar era y es un escritor para hombres, porque las mujeres no están para cuentos.
Quedaron en verse a las dos de la tarde. Cuando cruzó la esquina, ella le estaba esperando malhumorada. En el lugar acordado dos relojes que sobresalían de la fachada de una farmacia y de una tienda de chucherías, marcaban hora y temperaturas diferentes. Lo de la temperatura, le daba lo mismo, ni frío ni calor, pero que hubiera una diferencia horaria de cinco minutos lo desazonó. Ella le soltó a bote pronto, así de entrada, que odiaba a los hombres que siempre llegaban o se venían demasíado tarde, así como los que se venían o llegaban demasiado pronto,que buscaba un hombre puntual, exacto, preciso, ni sobrado, ni corto de tiempo. Sin darle opción a réplica, se despidió dándole la espalda, con la promesa de no verle nunca jamás. No existes más para mí, fueron las cinco palabras que le apuntalaron al asfalto.
A fin de restablecer el equilibrio orgánico y natural de las cosas, de poner un poco de orden en ese caos inopinado, entró en la tienda de chucherías y mientras compraba gominolas, barquillos y pistachos, le dijo a la dependienta, una cría que aparentaba tener doce años a pesar de tener los dientes amarillos, que el reloj de la entrada no iba bien. La joven le miró y se encogió de hombros. El viernes viene el encargado, habla con él si quieres. Agradeció el gesto y entró en la farmacia. Compró dos cajas de condones por hacer algo de gasto, y le comentó a la gruesa mujer de bata blanca que le entregó la bolsa con la compra que el reloj de la entrada fallaba. Al leer sobre la bata, que no se trataba de una ayudante de farmacia, sino de la mismísima farmaceútica, le apremió con la mirada, no había excusas posibles. La mujer le acompañó fuera, miró los tres relojes; el suyo de muñeca y los dos de la fachada y dijo que el suyo iba como la seda, al segundo. Llevaba razón.
No podía esperar hasta al viernes, así que por la noche, mientras la ciudad dormía, hizo el mismo camino de la mañana, trasegando unos tragos de ron. Alcanzó el punto donde su pretendiente lo había declarado inexistente. La remembranza del adios acaloró su ánimo, el alcohol enardeció la belicosidad agazapada, y llevado por un movimiento inconsciente, automático, cuajado de odio, lanzo dos piedras al aire. El tiempo se detuvo, su aliento también. No había querido sincronizar su reloj con el de ella cuando se besaron en la discoteca la primera vez y supo entonces que si perder era sólo cuestión de tiempo, estar allí a las cuatro de la madrugada, tiritando de frío, maldiciendo por un amor evaporado, también era perder el tiempo. Tiró su reloj junto a las piedras y los cristales rotos y camino de casa, sin tiempo y sin espacio para el remordimiento, apuró la botella hasta caer poco después redondo sobre la cama, mientras el cosmos, el planeta, el techo, giraban sobre él como las manecillas de un reloj al que no pensaba dar cuerda.
Sus poemas eran tan profundos que nunca vieron la luz
Permite sentirte solo, triste y abandonado en cualquier rincón del mundo.
cuando quise donar mis palabras
me dijeron: no son aptas
son anémicas
precisas millones de glóbulos rojos
me quedé pálido, blancos los ojos
sangre estéril pobre de leucocitos
¿qué puedo hacer, pregunté angustiado?
si mi anhelo es donar, darlo todo
-hijo mío, si en verdad
éstos son sus deseos
con buena fe y celeridad
haga esto ya sin rodeos
haga cada día una fiesta
apure la copa, exprima el jugo
de la noche oscura, fume hasta desaparecer
tras la nube blanca, corra en todas las direcciones,
alimente el cuerpo y el espíritu, lea mucho y variado
no cuente los días y archive los instantes perdurables
consúmase en cada orgasmo, viértase al río de la vida inacabada
ame con tanta pasión que sienta temblar el mundo bajo los pies desnudos
y si aún así no lo logra, no done,
y no sufra, que escritores hay demasiados,
donantes, afirmo, no tantos
tinta vertida y perdida, negra como la sangre
A pesar de llevar tres días muerto nadie creía en él. Nunca obtuvo parabienes, y en su paso al más allá, los de más aquí, congregados frente a la zanja abierta, más por curiosidad que por otra clase de sentimiento, no lo recordaban con afecto. Todos sus vecinos, la escasa docena y media que constaban censados en los archivos municipales, contaban anécdotas tras el entierro a cual más hirientes, que tenían como protagonista al difunto. No entró con buen pie en el pueblo hacía más de treinta años. Su aspecto greñudo, mal afeitado, la túnica raída y su penetrante mirada, generó los primeros enfrentamientos, las primeras disputas. Luego, cuando su voz se desparramó por el valle, cuando sus ideas libertarias tronaron entre los olivos, sucediendo al trinar de los pájaros, sus palabras fraternales, puras, despojadas de cualquier sombra de maldad, se volvieron contra él, en forma de fuego, de piedras, de agua, de agravios. Podía entonces haber cogido su macuto, en el que guardaba sus escasas pertenencias y encontrar nuevos horizontes, ensanchar el mundo con su límpida mirada y su corazón renovable, donde la ignorancia y la ignominia, que a menudo van de la mano, no sólo en los diccionarios, no hubiera cebado de tal modo la naturaleza humana en esos lares, pero decidió quedarse. Estaba dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera, a ser un buen escuchante, pero nadie quería saber de él, tenerlo cerca, salvo para ajusticiarlo, vilipendiarlo, convertirlo en blanco de las críticas y del odio negro y cetrino de las gentes. Pensó que el tiempo le daría la razón, que la verdad como el olivo no necesitaba apenas riego para florecer, para dar sombra, abrigo y sustento al necesitado, pero los años poblaron su cara de luengas barbas, de arrugas y marchitó su mirada, antaño alegre, o acaso sus ojos se entornaron. Su espíritu, no obstante, conservaba la frescura del alba, la alegría infantil, pero en su interior sabía que el final estaba a la vuelta de la esquina, en ese pueblo donde paradójicamente todas las casas eran circulares. Transcurrida una semana de la defunción, los dieciocho vecinos fueron convocados por el alcalde a la lectura del testamento del muerto. La cifra de un millón de euros cayó de la boca del alcalde con la fuerza de un doblón centelleante, que provocó el delirio entre los vecinos, que se miraban y se abrazan entusiasmados. Quisieron entonces mudar su comportamiento anterior, pero ya era tarde. Algunos dieron muestras de arrepentimiento, incluso suavizaron el tono de las ofensas, que quedaron reducidas a divertidas anécdotas, despojadas de atributos negativos. El alcalde, el único vecino que había mantenido la distancia con el difunto, viendo la escena, las caras compungidas de ambición, las pupilas brillantes, el afán por acelerar el reparto, supo entonces que ese gesto, sin duda de buena voluntad, no era otra cosa que la donación de una fosa común al aire libre, vacía, donde se irían acumulando los cuerpos de los vecinos, engalanados con rencillas presentes y sin duda futuras, embalsamados de odios atávicos, inagotables, sin cruces, ni féretros, ni RIP, ni flores, ni losas de piedra, ni familiares postrados cada domingo después de misa. Sólo sería una porción de tierra más, nada particular, que hozarían los animales en busca de alimento, bajo la sombra de los olivos, el trinar de los pájaros y la mirada compasiva y celestial del difunto.
la curiosidad mató no sólo al gato
Al oír ruidos en la planta de abajo se tiró al suelo, sobre el frío terrazo gris, y pegó la oreja. Se levantó luego con la oreja fría y el corazón acelerado. Aquel estruendo no podía ser otra cosa que un disparo. Quiso llamar a la policía pero antes quería cerciorarse de sus sospechas. Llamó al timbre sin despegar el pulgar. Nadie le abrió. Subió de nuevo a casa y marcó el número de su amigo Vicente que allí vivía. No hubo respuesta. Pegó entonces la oreja a la puerta y creyó oír un leve murmullo, una voz entrecortada, suplicante, que iba y venía del más allá. Se abalanzó con el hombro repetidas veces sobre la puerta, pero ésta no cedió. Sacó entonces una tarjeta plastificada sustraída del bolso de la madre, y tras hacerla pasar por la cerradura tras varios intentos, la puerta se abrió. Sin relamerse con su proeza, se encaminó hacia la voz. Detrás de una cortina una figura se recortaba, los brazos en alto, la voz ahogada. Tropezó con el fleco de la alfombra, descorrió la cortina y fue a caer sobre el ser agonizante, adelantando las manos a modo de protección. El plástico cortante le rebanó la garganta al abuelo de Vicente, que murió en el acto, con la cabeza flotando sobre un charco de sangre. En el suelo su madre le miraba, con afecto, denotando un amor infinito. Recogió la tarjeta, la limpió bajo el chorro del grifo, recuperando su inmaculada presencia, pero manteniendo la consistente sonrisa de su propietaria, y la guardó en su bolsillo. Cerró la puerta de la calle tras él y bajó las escaleras. En el rellano estaba Vicente al que estrechó en su brazos depositando un beso en su mejilla derecha. Entonces Vicente no sabía nada de Judas, tampoco de sus besos. Despidió a su amigo extrañado tratando de adivinar que contenía esa mirada licuada, vaporosa, esquiva, más propia de un adulto que de un niño.
Regresó del rastro callejero exultante, aferrando en su mano un ejemplar que había buscado durante años sin éxito en un sinfín de librerías. Un trasunto del que fuera el libro de cabecera de su abuelo, extraviado en sucesivas mudanzas. Se acomodó en el sofá, pasó las páginas con extremo cuidado, como si las yemas fueran bisturís en una intervención a vida o muerte. Algunas estaban pegadas y le costó trabajo separarlas con el abrecartas. El papel amarillento certificaba la vida apurada, las horas empolvadas. Halló pelos, pétalos secos de rosas blancas, manchas ocres más vividas en su centro, recortes de prensa y sintió un escalofrío al coger una fotografía en blanco y negro de una pareja que miraba al objetivo con las corvas vacías, que hacía de linde entre las dos partes de las que constaba el volumen.
La dejó en su sitio, pero la visión instantánea había alterado sus sentidos, astillado su equilibrio, amenazado su cordura y moldeado sus miedos. Cogió de nuevo la foto, esta vez con los ojos cerrados y al voltearla y abrirlos, leyó la inscripción en la que un tal Cesáreo les deseaba un feliz enlace, allá por el mes de abril del año 68. Sobrepuesto a la angustia, examinó la fotografía, reconoció la habitación, la lámpara de ocho brazos, el espejo barroco, el cortinaje suntuoso, a la pareja casada vestida para la ocasión, su idéntica sonrisa, su mirada ausente (ahora vacía).
En el rastro, el tendero se negó a devolverle el dinero a pesar de no que había transcurrido ni una hora desde la provechosa venta, pero él se empeñó en dejarle allí el libro, quitándose de encima la fuente de sus desvelos, alejándose sin volver la vista atrás. De vuelta a casa, mientras subía las escaleras sudoroso, decidió que nunca jamás compraría libros de segunda mano, dado que su corazón no aguantaría sorpresas similares, así como tampoco haría que le fuesen devueltos los libros prestados, porque a saber que esconderían estos en sus vientres paginados.
Me cuesta a creer a alguien hablando de problemas que no les afectan: subida de precios, vivienda, alquileres, educación, inmigración, violencia callejera, etc. Los políticos que hablan en nombre del pueblo, no saben nada de estos problemas, porque viven en su burbuja de cristal, ajenos del mundanal ruido y de los problemas del pueblo en cuyo nombre se expresan. Decía el otro día un señor en el programa callejeros, que para tratar con los marginales, había que ser uno de ellos. Él lo era, por eso le respetaban y podía trabajar con ellos. Esa es la clave. ¿Son nuestros políticos pueblo?. No.
nos arrastramos como vaquetas
espumando el camino con babas
nuestro calmo transitar
no es querencia de quietudes
ni vértigo del presente
sino la mirada de un viejo
que se ha bebido las tardes
nos movemos pesarosos
portando mundos cálcicos
en el borde de la tapias
los peligros nos acechan
no son machetes bruñidos
ni blancas armas del alba
sino el amante y su ira
que brama, supura y tirita
sentido baboso y cornudo
más que un saco de caracoles
Han llegado a casa dando bandazos y ahora está sobre ella a horcajadas y musita algo, palabras balbuceantes, mancas, mostrencas, jadeantes. La voltea y se funden los cuerpos desnudos; fricción de pieles, de carnes mórbidas, bamboleantes, flanes de deseo, amortajados en sábanas blancas. Tira airada el despertador de un manotazo contra la pared, que cae desnucado, abierto en canal, eviscerado de baterías. Quiero algo de luz dice, no seré horadada por la oscuridad, por un empuje funerario y encrespado, y enciende la lámpara de forma fálica, que cubre con la tanga. Frotan sus caras, tornándose rojas; pelea de lenguas, que besan, que lamen, prologando la intermitencia del colmado. Quiero que se calle, grita una de ellas. Estamos sólas mi amor, le dice al oído, introduciendo la punta de su lengua serpentina hasta el yunque de su amante, dejándola sorda y muda de placer, provocándole vértigos de ansiedad y herrumbre en el paladar. !Que se calle!, no lo soporto más y ella también quiere que ella se calle, porque esos gritos la horripilan y pone su mano en la boca de ella, que momentos después resulta incompleta. Echa en falta el meñique. Cesan los gritos y mana la sangre. En su entrepierna, mientras, su amante toca las teclas de una sinfonía apasionada “in crescendo“, sin principio ni final. Quiere aplaudir, festejar el evento, pero solo tiene un brazo que mueve con desgana. Sigue la música y la intérprete llega al punto cenital y su escuchante gime y jadea, se vierte, y grita !Dios por qué me has abandonado!, porque le encanta decir eso cuando llega al climax, creerse también una Diosa, y cae sobre la cama con una sola pierna, nublados los sentidos por la pasión, y gritan al unísono !al demonio la luz!, y las abrasa el tizón nocturno, y siente la levedad del cuerpo evanescente, pero consigue pulsar el interruptor y su cuerpo, sólo es un rostro, ya sin boca, ni ojos, ni nariz, únicamente un matojo de pelo cejijunto, que el polvo consumado dispersa, devorada finalmente por sí misma.
Los poemas son puzzles
que se deben agitar antes de usar
las palabras entonces vuelan, caen, se asientan
los significados se alteran
su jugo no es ya miel sino acíbar o viciversa
el tiempo los macera, edulcora
los convierte en anécdotas
o en hojas secas que mece el viento
y el sol seca y mata.
¿hay vida más allá de google?

Me dice un amigo que sabe mucho de posicionamiento que en las blogs tiene que haber muchas fotos, que no puede ser todo textos, porque entonces no resultan nada atractivas. Pues bien, como hoy es domingo, y ni Dios trabajó ese día, o eso dicen, ahí va una foto de mi alimento preferido, el aceite. En esa balda tengo mi selección de aceites (y un vinagre), que empleo para regar el pan tostado que me lubrifica por dentro en los desayunos, y por fuera, porque todos sabemos lo bien que viene el aceite sobre la piel. Mucho mejor que el aceite Johnson.
un ejército de hormigas tomó mi encimera
una nube negra en movimiento
eché agua sobre la nube
y ocurrió el genocidio
no oí sus gritos de dolor
sus quejidos de pena
huyeron a su escondrijo
recogiendo a las difuntas
no las he vuelto a ver
pero sé que siguen ahí al acecho.
el mundo cabe en un libro
tu risa en un poema
mis ganas en un dedal
el universo contiene mil estrellas
tus caricias mis anhelos
mi sed apagada en tu piel
la noche devora el silencio
tu voz mis delirios
mi ego el centrismo
la metalurgia del deseo
funde los metales del sexo
tu hoja de parra
mi semilla maldita
Cuando contaba la edad de 63 años, a punto de jubilarse, finalmente logró que le publicaran un libro. Si tienes un título ya tienes la novela, o el poema había oído siempre. Él tenía su novela de 123 páginas, incluyendo las que van en blanco, pero no tenía título. Lo consultó con su editor. Barajaron varios nombres, pero algo había en su obra que no hermanaba bien con ninguna denominación. Un título, unas pocas palabras, eran una burla, un ultraje a su obra, densa, compleja, universal. De pronto vio la luz, corrió hacia su manuscrito y escribió en un folio en blanco el título, no ya provisional, sino definitivo, porque el flechazo fue tal, que creía haber sido picado con una lanza como Jesús en la cruz, y se llevó la mano al costado para comprobar que todo estaba en orden y el único derramamiento había sido un corrida sensorial y abstracta. Meses después “Las obras completas” de Agustín, que así fue como finalmente se tituló, copaban los escaparates de todo el país.