April 2008


Relatos26 Apr 2008 10:23 am

Ese día el sol caía a plomo sobre las desiertas calles del pueblo. Hacía seis años que no sabía de Laura, la única mujer a la que había amado de verdad. El resto de las mujeres que habían ocupado su vida y por ende su cama sólo habían sido apaños, arreglos, costurones en el alma.

Cuando la herida estaba casi cerrada y no supuraba desesperanza, ahora que estaba casado y tenía dos niños preciosos que inundaban su vida de alegría, recibió una llamada, que lo dejó al teléfono sin palabras. Laura quería verlo de nuevo.

Acordaron verse en un pueblecito equidistante de sus lugares de residencia al que ninguno de los dos había ido anteriormente. Se miraron sin verse, se tocaron sin manos, se reconocieron en la dilatación de las púpilas. Sus cuerpos se abrazaron. Se olieron, se relamieron con el perfume del amor ya perdido.

Ella le confesó que se iba al otro barrio, que en seis meses poco más o menos habría muerto, que ya no había vuelta atrás y que en una de esas tonterías típicas de las mujeres quería verlo de nuevo, sentirlo otra vez, ceñir su cuerpo al suyo.

Él no atinaba a decir palabra, una presa se había fortificado en su garganta, ahogándolo. De sus ojos húmedos manaban goterones que bañanan el rostro de Laura.

Si quieres podemos volver, le dijo. Subirnos a tu coche y hacer juntos esas cosas de las que siempre hablábamos y que luego cualquier excusa impedía. Yo iré detrás tuyo, pero no te vuelvas. Una vez dentro, seré tuya hasta el final de mís días. Tú me llevarás hacia la luz e iluminarás mis días.

Él comenzó a andar según lo acordado. El coche distaba a apenas trescientos metros. Pasó las llaves de mano en mano, nervioso. La oportunidad soñada tanto tiempo se había presentado finalmente y la sensación que experimentaba era una felicidad que escocía, la propia de una erección que resulta placentera y dolorosa al mismo tiempo. Sentía al principio el aliento caliente de Laura en su cuello. Luego no sintió nada y el vacío le colmó. Necesitaba verla una vez más, saber que estaba ahí detrás suyo y sin pensar en nada se volvió.

Laura le miraba desde el medio de la plaza, sabedora de lo que iba a pasar. Le despidió con la mano.

Volvieron a encontrarse meses después. Él le dijo palabras de fuego, que bañaron sus lágrimas, le entregó jirones de su alma, pero ella no podía oirle allí abajo, envuelta en madera, amortajada en tierra.

Religión25 Apr 2008 10:27 am

….Y el Señor Dios dijo a la mujer: “Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará”. (Génesis 3.16)

Ya en la Biblia (en el Génesis) a cuenta del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal que la mujer comió e hizo comer también al hombre, viene pagando por su falta. El castigo que sufrirá según Jesús es el que se cita arriba.

Como los textos sagrados se interpretan muy libremente (basta ver como El Corán puede ser El libro del buen amor, o la arma perfecta para bañar de sangre la tierra) habrá quien entiende dominación por otra cosa, de ahí que luego veamos a diario actos espeluznantes de maridos hacia sus mujeres, compañeras o amantes.

Con respecto a los embarazos Jesús no sabía que existiría la epidural, que según muchas mujeres sería preciso canonizar al que la inventó.

Relatos24 Apr 2008 06:53 pm

Desde que sufre de insomnio tiene más horas extras para pensar que su vida es insignificante.

Relatos23 Apr 2008 03:04 pm

- ¿cuánto?

- a lo sumo seis meses.

Se barruntaba esas luctuosas palabras, había ensayado mil reacciones, pero en el fatídico momento rompió a llorar, mientras el médico lo miraba detrás de sus gafas de pasta.

- ¿opciones?

- Ninguna que sepamos.

- no quiero sufrir.

- Le entiendo, perdí a mi padre en condiciones similares.

Le acercó un ejemplar de El Quijote sin huellas ni dedicatorias, limpio como los chorros del oro.

- Con ochocientas páginas este fin de semana bastará. Si por el contrario decide hacer vida normal, sufrirá dolores, el mal se extenderá por todo su cuerpo, las palabras se reproducirán y finalmente la tinta afectará todos y cada uno de los órganos hasta matarle.

Miró el libro, pasó las yemas de los dedos por la frente, rascó el mentón y agarró el ejemplar con ambas manos.

- Lo siento dijo el doctor despidiéndose.

- Yo también, no crea que no me jode irme así.

Relatos23 Apr 2008 01:52 pm

Baja a la calle con la bata de andar por casa y las zapatillas de felpa. Su cabeza coronada con rulos y redecilla y en las manos varias bolsas de basura. En la escalera dos niños comen pipas alfombrando el suelo de cáscaras. Los recrimina y la mandan a tomar por culo. Que te follen dice el pelirrojo con voz de pito y luego el otro apostilla que es imposible que alguien se la quiera trapiñar, porque es más fea que la bruja de Blair. Se ríen como si hubieran pergeñado el chiste del siglo y Dionisia sale a la calle con los ojos inyectados en sangre y estrecha la bata contra su cuerpo, habida cuenta del viento norte que barre las calles desiertas. Sus pelos enhiestos son alfileres capilares que impiden cualquier ceñimiento. Bajo unos cartones oye unos ronquidos similares al de una taladradora, pero nada que ver con los de su difunto Cipriano. Eso era roncar, todos los demás son vulgares imitadores, sin la menor gracia, ni pulmones. De buena gana le hubiera mandado al quirófano para que le hubieran hecho algo en la napia que alejase de sus oídos ese pertinaz ruido diario nocturno, ese infierno de decibelios en el que iba acumulando noches en vela y una mala sangre que se le revolvió dentro hasta pasarle factura y dejarle el alma en números rojos.

Cuando va a introducir las botellas de cristal en el contenedor verde con forma de iglú, siente que alguien le coge las caderas, aupándola. Puedo sola se defiende. Recibe un pestazo a vinacho rancio y sudor que le hace agarrarse al iglú para no caer vencida por ese maremoto de hediondez expelida por ese mefítico ser. Dame de beber dice la voz. Saca Dionisia las botellas de la bolsa y se las muestra. Me apaño con un culín dice el borracho. Duda si estrellarle la botella en la cabeza o acceder a sus deseos. Le pasa la botella y él se la lleva a la boca. Chupa el gollete y unas gotas formando un reguero oscuro van a parar a su interior. Se relame, sus ojos giran como bolas de billar hasta fijar un punto negro en el centro y tira entonces la botella al suelo. Dionisia censura su proceder. Finalmente el borracho logra atinar y meterla por el agujero. Oyen juntos el ruido del vidrio al romperse. Se le ofrece alguna cosa más al señorito dice Dionisia guasona. Una cabeza de pulpo viscoso se sumerge entre las latas con restos de latas aceitosas y refresco. Rebaña con la lengua los restos de atún, bebe unas gotas de coca cola y cerveza. Se apaña un bocata con mendrugos de pan del día anterior y jamón cocido con una patina blancuzca en la superficie. Engulle con la avidez propia de la última cena. Dionisia lo mira desde el bordillo, a una distancia prudencial que permita correr el aire. Finalmente el borracho se echa un buen regüeldo, da las gracias por el inopinado banquete y se cubre con su nórdico de cartón entre almohadas de cemento.

Dionisia vuelve al portal y allí siguen los dos diablos jugando con sus móviles de última generación, fijando sus caretos en videos improvisados y mientras espera el ascensor piensa cuanto tiempo pasará antes de que el mendigo reciba la visita de esos dos rufianes.

Relatos y Humor23 Apr 2008 12:41 pm

Córrete un poco, le dijo sentados sobre el sofá. Cuando se llevó la mano a la bragueta recibió un tortazo.

Relatos y Humor23 Apr 2008 09:20 am

Ha corrido hacia el portátil y buscando en la red ha encontrado la página que quería, cuandopares.com. Ha introducido la fecha de su última regla, y ha comenzado a blasfemar. Finales de diciembre, dice cabeceando. Joder, otra vez. El día de Nochevieja que no habrá ni Dios en los hospitales habla consigo misma. Lo comenta con Jacobo, su marido, recién llegado del turno de noche y este mira su cara y luego su vientre y le dice que se alegra mucho, aunque su rostro según ella no lo confirme y no sabe si achacarlo a la nocturnidad, quien sabe si también con alevosía o a su pasotismo pero lo deja correr y comienzan los preparativos y las discusiones porque ella con el inalámbrico en la mano quiere decirlo a sus familiares y él todavía no, porque sabe por conocidos que los abortos son normales los primeros meses y no quiere difundirlo a los cuatro vientos y luego pasar un mal rato cada vez que alguien le pregunte sobre el tema, en el caso de que vengan mal dadas.

Y ella lo piensa y a regañadientes acepta, pero deciden fijar una fecha, a comienzos de junio, que apuntan con un rotulador negro sobre el calendario de la cocina, allá después de la primera ecografía y dice acto seguido no encontrarse bien y él deja la casa y viene al poco con una caja de madera con dos kilos de fresones de Palos del tamaño de un riñón, que ella devora mientras el jugo tiñe su boca, y él va a la cocina y trae la leche condensada y la nata montada y tanto monta monta tanto que al final acaban arracimados sobre el sofá, él excitado como nunca porque los pechos de su mujer sin recurrir al aumentax tienen un tamaño soberbio, que a duras penas logra ponderar en las palmas de sus manos y acaban rezongando sobre la alfombra de Ikea, exhaustos, con trozos de fresa debajo del sofá y entre los cojines.

El pequeño Matías llora al fondo del pasillo y tras ponerse los calzones Jacobo sale al rato de su cuarto diciendo que era una falsa alarma; el chupete que se le ha caído. Y ella desde el suelo levanta su pie derecho hacia el arco del triunfo Jacobino. El soldado sin nombre siempre en guardia se da por aludido y presenta armas. Recoge el tubo de nata, y ve que aún queda lo suficiente como para otro asalto, y vuelven a la tarea, él ahora con aprensión pues tiene la sensación de sentirse observado a medida que va entrando en ella, como si ésta tuviera una cámara oculta en las gónadas que registrare sus acometidas, lo cual le inhibe de tal modo que acaba echándose a un lado descorazonado, la mirada anclada en el techo, mientras ella le anima diciéndole y clavando el codo en sus costillas que nunca había comido unas fresas con leche tan a gusto.

Relatos y Humor23 Apr 2008 09:19 am

Marta tras estar toda la noche haciendo largos en la cama, trastabillando sobre su colchón de latex, y desayunar con los ojos como platos soperos estaba a las ocho de la mañana en la puerta de la farmacia, con horario de seven eleven, para comprarse un predictor. El segundo en dos días, a razón de trece euros cada uno. Ha subido las escaleras al galope hasta la cuarta planta, se ha quitado la ropa entre jadeos, con la urgencia de un polvo y ha depositado sus posaderas sobre el retrete, donde tras orinar encima del chisme, ha ido a dar una vuelta por el pasillo, a esperar los cuatro minutos que indicaba el prospecto, pero que se han visto reducido a dos y conteniendo la respiración se ha acercado hasta el lavabo donde le esperaba el veredicto, luego los ojos irrigados, ha notado un calor que le abrasaba las pantorrillas y le subía por la columna como una serpiente juguetona. Ha roto a gritar, sin importarle los vecinos, levantando las manos, como si su equipo hubiera marcado el gol que les diera un título y luego las ha dejado caer sobre su rostro humedecido para finalmente reposarlas sobre su vientre.

Las dos líneas rosas, paralelas, que hubiera deseado que confluyeran en algún punto, por aquello de la significación lo confirmaban.

Lo está.

Libros y Crítica22 Apr 2008 02:12 pm

Pequeñas bienvenidas de Alejandro PalomasDoce historias como ventana abierta al reencuentro, al olvido, a la melancolía. Diversas ciudades; Florencia, San Francisco, Nueva York, Amsterdam, Budapest. Ciudades del mundo y geografía humana. En cada historia fluye lo anecdótico, el desengaño, la desesperanza, el descarrilamiento de trenes afectivos que circulan por vía muerta. No hay posibilidad de enmienda, todo está perdido y sólo queda pues apuntalar el fracaso. Así las hijas no toleran a las madres, las amigas dejan de serlo sin posiblidad de enmienda. Los diálogos apuntalan la vacuidad de sus existencias. Las profesiones artísticas de sus protagonitas; pintoras, escritoras, no les permiten conocerse mejor ni comprender mejor el mundo, así que en su vacío llueve sobre mojado. Alejandro Palomas construye historias, retazos, flecos chorreantes de desesperanza, la cual no trasciende de la letra escrita, por lo que no ha conseguido afectar mi ánimo, como lector. Me he distraido con las historias, leo nombres de ciudades, de calles, observo los desencuentros, con escepticismo vislumbro la situación pero no consigue conmoverme un ápice. El sexo liberador no es más que otro cautiverio de piel donde escribir con sangre las derrotas acumuladas sobre el camino. A pesar de su pertinaz pesimismo, afortunadamente es un calabobos que no impregna, que no anega el espíritu ni las ganas de vivir.

Autor: Palomas, Alejandro
Título: Pequeñas bienvenidas / Alejandro Palomas
Editorial: Barcelona : El Cobre, 2005
Descripción física: 132 p. ; 22 cm
Colección: La diversidad ; 44
ISBN: 84-96095-80-0

Alejandro Palomas es autor también de las novelas, A pesar de todo (2002), El cuaderno del mago : donde aguarda la felicidad (2007), La isla del aire(2005), Tanta vida (2007), El tiempo del corazón (2002).

Relatos22 Apr 2008 02:11 pm

No quería llenar la mesa del escritorio de migas y decidió salir a almorzar a la calle, para lo cual cogió el cuchillo que guardaba en el armario. Lo oculto en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero y se acercó a la panadería donde cumplió el ritual diario. Con un panecillo redondo y hueco dejó la tienda, sacó el cuchillo en plena calle e hizo un corte limpio en el pan que amortajó con una servilleta y guardó en la mochila. Proceder a rellenar el bocadillo era una operación que precisaba hacerse sentado sino quería acabar lleno de lamparones. Lo hizo apoyado en la balaustrada que rodeaba un árbol centenario en el medio de la plaza del Mercado. A su lado, un peregrino le miraba hacer, mientras su mirada se repartía entre la contemplación del mapa de la ciudad, donde afanosamente buscaba como llegar al albergue y los quehaceres de aquel personaje que con mimo iba disponiendo las sardinillas sobre el pan, como quien acicala a un muerto. Las bañó con aceite vegetal, tras horadar la miga y proceder con los dedos a impregnarla. Se levantó y dejó al peregrino con la mirada buceando en el mapa.

Antes de llegar a la biblioteca ya había finiquitado el bocata, se limpió los dedos de aceite y entró en la sala de lectura. Se sentó con cuidado de que el cuchillo no le cercenase media nalga y leyó el periódico. No encontró nada interesante en la sección por palabras, ni a nadie conocido en las esquelas, pero su corazón le pinchaba como si una sombra negra le aguijonease el ánimo y se encaminó a la estantería donde convivían pacíficamente los libros dedicados a las religiones. De un tiempo a esta parte había aflorado en su interior un interés desmedido por conocer la historia de las mismas y al igual que el alumno que busca la luz en el maestro, él quería ir a las fuentes para saciar su sed de conocimiento. Vio el Corán de Mahoma y al agacharse a cogerlo de las baldas inferiores, el cuchillo salió de sus escondrijo y cayó al suelo. Agarró el libro y una señora achaparrada que estaba detrás suyo, desde sus ojos anegados de cataratas, vio por este orden; su rostro barbudo, El Corán en la mano derecha, las asas de la mochila, y un cuchillo que se le antojó como una cimitarra. Despavorida echó a correr, arrastrando la pierna derecha por el pasillo, gritando como una loca que había un terrorista en la sala con una bomba. El subalterno se puso las gafas de cerca y al verla venir embalada se apartó y la señora como si tuviera las astas de un toro a un centímetro saltó sobre la mesa y dio a estrellarse de bruces contra los periódicos de los meses anteriores que amortiguaron su caída.

Sin perder un segundo el subalterno presionó el botón verde que había en el borde debajo de la mesa, junto a dos chicles secos. Un botón previsto únicamente para elementos terroristas. Sonó la alarma. Los que estaban más cerca de la puerta sin esperar más detalles, azuzados por el pitido zumbón de la sirena salieron pitando escaleras abajo hasta agolparse en portón, como si de un día de rebajas se tratara, sin poder salir, como toros bravos en el chiquero, porque el protocolo establecía que en casos así nadie debía salir del recinto, pues se corría el riesgo de que el terrorista no actuara solo.

Siete minutos más tarde las fuerzas de seguridad rodearon el edificio. Un helicóptero desalojó a media docena de hombres que se dispersaron por la azotea, descendiendo luego por las tres plantas del inmueble. En esos momentos Manuel que así se llamaba el presunto terrorista no daba crédito a cuanto veía y miraba con cara de circunstancias el circo que se estaba organizando, mientras su horizonte mental se poblaba de nubarrones cada más negros. Una voz que atronó por un megáfono le instó a no levantarse, a tirar el cuchillo y a poner las manos sobre la cabeza, pero Manuel quería llegar andando hasta el subalterno al cual conocía de sobra, para que diese éste cuenta a las autoridades de aquel malentendido. Con el Corán en un mano y el cuchillo en la otra, avanzó hasta la barricada donde cuatro agentes mantenían aferrados sus fusiles de asalto apuntándole. Esperaban instrucciones. No sabían lo que había dentro de la mochila pero los más suspicaces hablaban de kilos de explosivos, de que esto se veía venir con tanto moro en la ciudad… Murmullos que las fuerzas del orden hacían lo posible por acallar.

A través de los ventanales finalmente dos agentes lograron entrar en la sala, de espaldas al terrorista, y fueron sorteando los estantes hasta quedar a apenas medio metro del sujeto. Manuel siguió avanzando con el arma y el libro en alto. Se paró. Sintió la insoportable levedad del no ser, un eco sordo en comparación con el fragor de la pólvora, escuchó las respiraciones agitadas, la calma chicha y tensa que precede a la tragedia y se dispuso a guardar el cuchillo y el libro en la mochila, y entonces sonaron disparos y antes de que el cuerpo de Manuel tocara el suelo, dos agentes sujetaron su ser moribundo por los hombros, manteniéndolo de pie. Abrieron la mochila y hallaron un libro: Fe, verdad y tolerancia : el cristianismo y las religiones del mundo de Joseph Ratzinger. Miraron en su pecho y sólo encontraron un páramo frío, sin cables ni vida. Sonaron palmas desde el fondo de la sala y todos los allí presentes se felicitaron por la eficaz resolución del conflicto. Dejaron salir a los retenidos, que se fueron aliviados para sus casas con una historia que contar a sus mujeres, hijos, nietos o perros.

El subalterno se acercó hasta los agentes, y entre un amasijo de brazos y piernas azules metió la cabeza y vio a Manuel con barba de dos semanas exangüe y deseó estar él también muerto y dejó el edificio y cruzó el puente y sintió envidia del agua que lamía sus ojos y aunque todos le felicitaran ese día y los sucesivos, porque había hecho lo correcto, cumpliendo con el protocolo según lo establecido en estos casos, sentía las manos llenas de sangre y sobre el pretil miró de soslayo su dedo índice, ese dedo acusador que había supuesto la muerte de su amigo. Todo por un puto libro del que todos hablaban pero que nadie había leído.

Relatos21 Apr 2008 03:23 pm

En la biblioteca, mientras tecleaba alegremente y mis dedos corrían sobre el teclado, hilando palabras, frente a mí un hombre tomó asiento. De vez en cuando yo movía el cuello, ladeaba la cabeza y veía su rostro recortándose tras el monitor y como este iba adoptando tonalidades rojizas. Murmuraba por lo bajini, luego movía los brazos, y después de unos minutos sin conseguir entrar en el ordenador, empezó a pegar voces, lo que hizo que una funcionaria de la biblioteca llegase hasta su puesto. Recibió la ayuda con la tez encrespada, su ser furibundo, agitado, sin creerla merecedora de sus miradas de desprecio, dedicándola puyazos visuales, agijonazos de condescendencia, mientras comentaba que los cambios en el nuevo sistema informático sólo habían servido para complicar aún más las cosas. La funcionaria miró el monitor, luego la torre y sin entrar al trapo, como si su ánimo pétreo no estuviera a la intemperie de las desacreditaciones o injurias dijo:

- El ordenador no va porque no está desconectado.

Dicho lo cual, sin añadir adverbios que podían haber empeorado las cosas, como sencillamente, llanamente o simplemente, aplicó el dedo sobre el botón de encendido y el ordenador se puso en marcha.

El hombre ante su impotencia, crecido en su desatino, se defendió atacando:

- parece mentira que dejen los ordenadores apagados.

- Señor, lo habrá apagado el anterior usuario, para que el siguiente que entre lo haga con su propia contraseña, que es el fin de este nuevo sistema, a fin de mantener la privacidad. Ahora introduzca su nif y su contraseña y podrá usarlo durante una hora seguida o bien en dos veces durante el día que sumen como máximo una hora.

Mientras volvía a su mesa de trabajo, dejó al hombre cabeceando, murmurando de nuevo, incapaz de proferir una palabra cordial. Miré a la encendedora de ordenadores como se mira a una Diosa, a un negociador, a un funambulista desafiando el vacío, en resumidas cuentas a un profesional que debe lidiar cada día con una panda de desaprensivos que van con la escopeta cargada, sin atender a razones, recrecidos en su atalaya de imbecilidad desde donde mirar a los demás por encima del hombro.

Libros y Crítica y novedades21 Apr 2008 01:17 pm

Carlos Ruiz Zafón portada de El juego del ángel

Los libros como las películas han de leerse del tirón, lo cual las obligaciones familiares o laborables a menudo hacen inviable, pero sí que pienso que es interesante leerlos en el menor lapso de tiempo posible, a fin de que la lectura no se dilate en el tiempo y se pierda así la intensidad y las sensaciones de todo orden que deparan la lectura.

Este tocho de Carlos Ruiz Zafón, titulado El juego del ángel, de 667 páginas, en el cual estando ese trasunto de Lucifer por medio se podía haber constreñido a 666 páginas, para haber dado más juego a los amantes de lo anecdótico, me lo he metido entre pecho y espalda este fin de semana, en un cautiverio autoimpuesto entre paredes de celulosa.

El despliegue mediático del nuevo libro de Zafón le ha permito aparecer en todas las revistas, periódicos, emisoras de radio e incluso fue noticia en los telediarios con la presentación del libro en el Liceo. No está mal que se publiciten los libros, la pregunta es por qué se le da tanta pompa a Zafón y no a los otros miles de libros que se publican en España y cuyos autores para nada cuentan con semejante promoción en los medios.

Tras La sombra del viento, que me encantó y una espera de siete años, era presumible que Zafón no se había dejado llevar por las urgencias y que ese plazo de tiempo le había permitido dar a luz el libro que tenía en mente sin ningún tipo de cortapisa o imposición editorial.

Para un escritor, el éxito, además de ver su nombre en la portada de un libro pasa porque sus libros se vendan, pero más importante aun es que además de vender muchos ejemplares estos se lean. Recuerdo que La sombra del viento en mi casa pasó de mano en mano y luego cayó en las de algunos amigos, así que cuando volvió a mi poder lo habían leído más de media docena de personas, con un sólo ejemplar, de ahí que el número de ejemplares vendidos arroje una cifra que luego el número de lectores puede aumentar o disminuir considerablemente.

El juego del ángel, lo he devorado, primero por curiosidad y buena disposición por mi parte, al tratarse de esos libros que uno coge con ganas, ayudado por una prosa nada engolada ni artificiosa que permite ir avanzando por los diferentes capítulos sin apenas esfuerzo, movido por la inercia de los acontecimientos acaecidos y venideros. Zafón pone en boca de sus personajes tanto de Andreas Corelli como de David algunas reflexiones que seguro que el autor tiene en mente, como el hecho de que se desdeñe un libro por el número de ejemplares vendidos, el papel de los intelectuales que se llaman así porque no tienen nada que decir, la vanidad de los escritores que les lleva a pactar con el diablo si es preciso para alimentar su orgullo o la obligación de pasar estos por el aro si se quieren vivir de la literatura, al tiempo que loa la labor de escribir, el derramamiento en tinta, esa disyuntiva entre vivir la vida o escribirla y da algún rapapolvo a los funcionarios y su conducta ineficiente y malencarada. (vuelva usted mañana).

A menudo los escritores centran sus historias en las desventuras de otros escritores como sucede aquí. El protagonista de El Juego del ángel es David Martín un niño que comienza como correveidile en el periódico La voz de la industria mediada la primera quincena del siglo XX en la ciudad de Barcelona, periódico en el que su padre trabaja como vigilante, hasta que le surge la ocasión de manifestar su talento, escribiendo historias para el periódico con la saga “Los misterios de Barcelona”. Enseguida sus escritos calan en el público y Basilio, regente del periódico le insta a dejarlo, despidiéndole de paso, porque está desaprovechando su talento, así que David caerá en manos de dos editores facinerosos, Barrido y Escobillas para los que escribirá la serie “La ciudad de los malditos”, bajo el pseudónimo de Ignatius B, orillando así su ego que deambulará entra las sombras del desconocimiento (pero no tanto como para que ciertas personas le acaben reconociendo).

Durante todos estos años David contará con el amparo y protección de Pedro Vidal, de buena cuna y oficio escritor, compañero de trabajo en La voz de la industria con una cohorte de lameculos a su sombra, el cual le alienta a escribir sus propias historias, sabedor de su talento incomparable. Unidos ambos por un lazo de sangre que Vidal se verá obligado finalmente a confesar si quiere albergar algo de paz.

Hay una joven, Cristina, hija del chofer de Pedro Vidal del que David se enamora desde su más tierna infancia y a la cual le unirá una industria que ambos deciden poner en marcha toda vez que Cristina le ponga al corriente de la situación de Pedro.
Surge de la nada un extraño editor francés de apellido itálico, Andreas Corelli, que le ofrecerá a David una suma a cambio de que le escriba un libro. Una suma que implícitamente conlleva un no por respuesta. Andreas Corelli va y viene como la marea entre los diferentes capítulos, sabedor de su clarividencia y es el personaje sobre el que se cimenta la historia ya que su encargo es el meollo de la historia, al menos en su tramo central, para luego dar paso a las diligencias policiales.

Sabremos de la triste infancia de David, de sus anhelos por leer, por escapar de su mundo de brumas y miseria a través de las páginas de los libros; puertas que lo liberan momentáneamente de su cautiverio, libros leídos a escondidas, de los encontronazos con su padre a cuenta de esas lecturas nocturnas que aumentarán la factura de la electricidad, las cuales para su progenitor no alumbrarán nada bueno, más que llenarle la cabeza de pájaros y el rostro de moratones, al tiempo que afianzan en David la certeza de que las “Grandes Esperanzas” están bien para titular un libro de Dickens pero que rara vez se cumplen en la vida real.

Aparece de nuevo en El juego del ángel El cementerio de los libros olvidados. David a falta de una madre que se ocupe de él y de un padre criando malvas, así como de cualquier pariente o familiar que le suministre algo de cariño o afecto encontrará algo similar en el librero Sempere y en su hijo. Sempere padre será la humanidad y la bondad personificada, ese camino de luz y verdad que siempre permanece firme bajo las mentiras y las asechanzas, bajo las vanidades y los orgullos de escritores letraheridos como David Martín.

La otra protagonista femenina de peso en la historia es Isabella, una joven aguerrida en la que David se ve reflejado, un espíritu indomable donde late la pulsión de la literatura, una joven que quizá propicie la catarsis de David, la única posibilidad de enmienda, de cruzar el umbral del egoísmo para demostrarse asimismo y al mundo su capacidad adormecida de amar al prójimo.

Las fuerzas del orden están presentes también en la piel del inspector Grandes y sus dos perros mastines; Marcos y Castelo. Con el archiconocido rol de poli bueno poli malo. En esos pasajes finales de corte policial, parece Zafón que se nutre de lo visto mil veces en pantalla, para que sus personajes se comporten como tales, y así en lugar de ser la literatura la que nutra el cine, se da la circunstancia inversa, lastrando esos pasajes, como el episodio del funicular.

De una manera mecanicista Zafón abre cada capítulo con una descripción de los cielos de Barcelona según la hora del día o la estación del año, una fórmula como otras empleadas que dilatan el libro en exceso, con pasajes que bien hubieran precisado una poda.

Una vez que David Martín asuma su condición de escritor, la segunda parte del libro es una concatenación de trágicos sucesos, en los cuales David siempre tiene el morro metido, que como un trasunto de la parca, mata todo aquello que toca o sobre lo que fija su mirada. Así el libro trota por la senda de la intriga, la maraña de personajes se va imbricando para ir arrojando algo de la luz a una historia que la bruma va velando, borrando los perfiles de lo verdadero, lo soñado e imaginado.

Es evidente que La sombra del viento como la del ciprés es alargada, y aquí las comparaciones son odiosas pero ineludibles. De hecho Zafón está donde está no por sus libros infantiles, sino por su anterior obra, que le catapultó al estrellato, le hizo vender diez millones de ejemplares, recibir críticas elogiosas que lo situaban junto a autores consagrados y ser traducido a treinta idiomas, así que ahora con este libro hemos de constatar si Zafón ha dado un paso más, si ha pergeñado una obra monumental e imperecedera con trazas de clásico o si más bien ha creado un artificio entrañable y divertido de digestión rápida y olvido momentáneo.

Su anterior obra me cautivó, me sorprendieron sus diálogos, sus personajes poderosos y memorables, su sentido del humor, la creación de atmósferas, su homenaje a la ciudad de Barcelona. En El juego del ángel, el oficio de Zafón es evidente, el talento sobrevuela el relato, pero el resultado no me permite ensalzar esta obra como maestra, ni nada parecido (la maestría de un relato consiste en el poso que deja, la capacidad de emocionarnos, de permitirnos interiorizar los personajes, las situaciones, sus reflexiones). Cumple eso sí su cometido de entretener, de tenerte pegado unas cuantas horas al papel, durante más de seiscientas páginas. Eso ya es un éxito para cualquier escritor, pero siendo Zafón el que escribe y con La sombra del viento detrás, esperaba más, muchísimo más.

Estos reparos no serán óbice para que Zafón despache sin problemas el millón de ejemplares que Planeta ha suministrado en las librerías y muchos más, pero una cosa nada tiene que ver con la otra. Hará las delicias de los barceloneses que irán alimentando sus nostalgia al tiempo que harán memoria colectiva del cambio experimentando por su ciudad durante estas décadas, tras el cambio experimentado con la Exposición Universal.

Por último comentar que resulta gracioso leer el nombre de mi ciudad, entonces provincia de Logroño, al confundir un periodista una entradilla con una tapa de esta ciudad (si se da la circunstancia de que en 1920 Logroño fuese conocido por sus tapas, como si lo es ahora por La calle Laurel “la senda de los elefantes”). Comentar también una errata que he visto; la palabra “urgar” y algunas apreciaciones que hace Vidal, como su comentario acerca de El Premio Nacional de la Crítica, la trata de blancas, el presunto veneno que contienen los puros, o el abarrotamiento de novedades que maneja cada semana Sempere en su librería, aspectos todos ellos más propios de estas últimas décadas, que de comienzos del siglo XX.

Poesías18 Apr 2008 01:03 pm

una miscelánea de esperanzas resfriadas
una mescolanza de palabras desnortadas
un galimatías de versos libertarios
una ensalada de corazones azogados
una combinación de sueños febriles
una amalgama de espejismos opacos
un revoltijo de carne desahuciada
una morralla de ideas apolilladas
una miríada de sueños rabicortos
un fárrago de cometas aventadas
una panoplia de armas oxidadas
un potaje de almas sin pábulo
una almadía alejando el dolor

Humor18 Apr 2008 01:01 pm

A las 9 una mamada
a las 11 una mamada
a las 15 una mamada
a las 21 una mamada
a las 24 una mamada
a las 4 una mamada

(*) mamada equivale a tetada…

Libros y Crítica y pediatría18 Apr 2008 01:00 pm

Mi niño no me come libro de Carlos GonzálezHoy por hoy cuando los niños son pequeños siempre surgen dos temas fundamentales en cualquier conversación sobre ellos; el comer y el dormir. En vista de las desazones generadas, algunos pediatras han visto el cielo abierto, un mercado sin explotar de millones de padres ávidos de información, a la vista de los miles de ejemplares despachados y se han puesto a la tarea escribiendo libros que aborden el dormir y el comer en la infancia.

El debate se ha establecido en un mano a mano entre el Dr. Estivill y Carlos González. El primero en su libro Duérmete, niño: cómo solucionar el problema del insomnio, aboga por un método que a pesar de su dureza (como afirman sus detractores), fija unas pautas de conducta que encaucen al retoño en el hábito del buen dormir (teniendo en cuenta que los desarreglos en el sueño en la infancia se arrastran e inciden en la vida adulta), ha dado muy buen resultado a muchos padres, de ahí que el libro se haya convertido en todo un superventas, como cualquier libro de autoayuda de Paulo Coelho. Por otra parte Carlos González en su libro Bésame mucho adopta un afán protector, un laissez faire, donde el niño ha de tener libertad de movimientos y los padres han de estar alerta para captar las señales, dedicando todo su tiempo y su paciencia a su cuidado, dándoles todo su cariño, desterrando expresiones como “te tiene cogida la sobaquera”, “tiene más cuento que Calleja”, “te tiene cogido el aire”, “son unos pequeños tiranos” etc.

Con relación al tema de la alimentación infantil, en su libro Mi niño no me come, publicado antes de Bésame mucho (2003), Carlos González recurre a una serie de cartas remitidas a la revista Ser Padres, de la cual era el responsable del consultorio sobre lactancia materna. Sobre esas preguntas formuladas, el pediatra expone su teoría, la cual no hace más que seguir la senda del sentido común. Algo tan elemental como afirmar que los niños comen lo que necesitan, que si cierran la boca o vomitan la comida es porque están llenos, y que no se les debe forzar ni obsequiar con regalos, dado que la alimentación es un proceso natural en cualquier criatura, y los niños pequeños hasta una determinada edad comen por instinto, sin que tengan ningún anhelo de tomar el pelo a la madre, mofarse de sus habilidades culinarias o detestar los platos que sus progenitores les preparan con tanto cariño y que tantos malos ratos les hacen pasar.
Desdramatiza el no comer de los niños, afirma que ningún niño morirá desnutrido porque tarde o temprano comerán, si bien deben de hacerlo de un modo natural, sin imposiciones y sin que el tiempo de la comida se convierta en una tortura o un calvario para los padres y lo que es más grave, para los hijos.
Los padres deben estar ojo avizor para detectar posibles alergias, comprender que una enfermad o un malestar hará que el hijo esté más inapetente, que a partir del primer año los niños no comen lo mismo que durante los primeros doce meses, comiendo durante el segundo año lo mismo que cuando tenía 9 meses y no el doble como se podría pensar, aplicando la cuenta de la vieja.
El niño debe comer variado, probar muchos alimentos diversos y todos ellos sanos, con buena variedad de frutas, verduras, carne de pollo, pescados, ternera, leche materna, papillas, dejando de lado los dulces, la sal y las grasas, así como los preparados industriales, en especial los zumos por su alta concentración de azúcares. Si deja medio plato de comida, el problema no es del niño, es de sus padres que calculan mal y le ponen el doble de la comida que precisa.

Dedica también unas páginas a la lactancia materna, basada en el” pecho a demanda”. Esto es, el bebé debe tomar tanta teta como quiera, sin horarios fijos ni inflexibles, sin recurrir a eso tan manido de espaciar las tomas, algo que solo va en beneficio de los padres (que así pueden dormir más horas seguidas por la noche) y no de los hijos (que lloran cuando tienen hambre y así lo hacen saber).
No hay que tomar la regla de los 10 minutos en cada pecho en la lactancia como algo inalterable, porque hay niños que en cinco o en tres minutos ya han mamado suficiente. Arremete también contra la falsa creencia de que la papilla alimenta más que la leche, declarado Carlos González un defensor a ultranza de la leche materna, sin que haya un producto que le pueda hacer sombra, al tratarse del alimento más completo.
Interesante es a su vez es la reflexión acerca de por qué la leche de continuación 2, es más barata que la 1, debido a la competencia que crea la leche de vaca convencional, con más proteínas (perjudiciales por su exceso) pero bastante más barata (ahora con la leche a un euro o más ya no tanto).
Curioso también el caso de las madres que son abroncadas por sus pediatras y los diferentes criterios que se barajan, lo que da a entender que sobre la materia casi todo son incertidumbres, más allá de cuatro cosas que todos parecen tener más o menos claras. A esta incertidumbre contribuye el Apéndice “Un poco de historia” donde vemos como han ido cambiando las dietas infantiles con el transcurrir de los años.

También hace hincapié el autor en no centrar toda la atención en el peso, se ve pronto si un niño está obeso o desnutrido, así que preocupémonos de si el niño está sano o no, si duerme bien, si sigue bien los dedos con la mirada, dejando la báscula para el final, como algo residual y no nuclear en cualquier visita a un pediatra.

Cuando un niño no come, si lo hace para llamar la atención, lo que está demandando es que le dediquen más tiempo, que le lean más cuentos, que jueguen con él, que le ofrezcan más contacto físico, dado que una conducta en la que el niño llora, vomita, se da cabezazos, más que llamar la atención lo que se traduce es en una llamada a una “falta de atención” hacia su persona.

Carlos cuestiona la rigurosidad de los horarios en las comidas, abogando por comer según las circunstancias, esto es, que al cambiar harán que la hora de la comida no siempre sea la misma, que cambie el lugar, la casa (si come donde los abuelos por ejemplo), como sucede con los adultos que no siguen un horario tan estricto, salvo el fijado por las obligaciones laborales. Aboga también por comer entre horas, y hacer pequeñas comidas, cinco al menos, tipo picoteo. Que el bebé pida pecho por la noche no es por tanto vicio pues sino necesidad.

Ojo, no existe el llamado “corte de digestión“, así que se puede bañar a un niño justo después de comer. La conducta alimentaria sana se guía por claves internas (hambre y saciedad) y no por claves externas (presiones, promesas, castigo, publicidad). Los hijos deben comer según sus propias necesidades, no según una tabla de calorías.

El pediatra recomienda no obligar a comer al niño, hasta los 6 meses darle solo pecho, a partir de los 6 meses ofrecerle otros alimentos, introducir los nuevos alimentos de uno en uno, separados con un lapso de una semana, dar el gluten con precaución, no añadir azúcar ni sal a los alimentos, dar el pecho hasta los dos años o más, escurrir los alimentos para no llenarle la barriga con el agua de la cocción.

Se cierra un libro con un divertido relato como epílogo titulado ¿y si nos obligasen a comer a nosotros?, donde se le da la vuelta a la tortilla y son los adultos los que se ven obligados a comer en contra de su voluntad como les sucede a menudo a los más pequeños que se defienden pataleando, cerrando la boca, escupiendo o vomitando aquellos alimentos que les introducen a la boca a la fuerza, a veces con chupete incluido para que se vean obligado a succionarlo.

La gran virtud del libro es que desdramatiza el problema de la alimentación. En nuestra sociedad sería complicado encontrar un niño desnutrido, pero la presión familiar, el qué dirán y el derecho de todo el mundo a dar consejos hacen que si el niño no come como un lima, todo cuanto se le ofrece y en la cantidad ofertad, surjan a las primeras de cambio nubarrones en el ánimo de sus progenitores, que ante cualquier eventualidad, verán problemas, visitas al pediatra y la búsqueda de soluciones inmediatas que alivien sus desvelos.

Autor: González, Carlos (1960-)
Título: Mi niño no me come; consejos para prevenir y resolver el problema
Editorial: Madrid : Temas de Hoy, 1999
Descripción física: 213 p. ; 21 cm
Colección: Vivir mejor
Notas: Bibliografía: p. 209-213
ISBN: 84-8460-384-9
Materias: Educación de niños
Padres e hijos

Autor: González, Carlos (1960-)
Título: Bésame mucho : cómo criar a tus hijos con amor / Carlos González
Editorial: Madrid : Temas de Hoy, 2003
Descripción física: 279 p. ; 21 cm
Colección: Vivir mejor
Notas: Bibliografía: p. 273-279
ISBN: 84-8460-262-1
Materias: Educación de niños
Padres e hijos

Autor: Estivill Sancho, Eduard
Título: Duérmete, niño : cómo solucionar el problema del insomnio infantil / Eduard Estivill y Sylvia de Béjar
Editorial: Barcelona : Círculo de Lectores, 2000
Descripción física: 174 p. ; 21 cm
ISBN: 84-226-8228-1
Materias: Sueño-Trastornos en niños
Autores: Béjar, Sylvia de

Humor18 Apr 2008 10:35 am

No sólo Manolo tiene derecho a darnos la tabarra con su bombo. Hace unos meses leí un libro titulado La venganza de la tierra y puse un comentario al libro. Resulta que a día de hoy casi todas las visitas que recibo provienen de google, vía “la venganza de la tierra”. Hago la búsqueda y veo que aparezco el de 2.510.000 páginas sobre ese resultado. Alucinante. No sé la razón porque seguro que hay críticas más profundas, análisis más en detalle del libro, más científicos, pero las cosas son así y así os las he contado.

Cómo hace tiempo que quité la publicidad de google en la blog, dado que en tres meses sólo había recaudado seis euros, ningún beneficio me reportarán esas visitas, pero con verme ahí entre los diez primeros, me basta, me sobra, alimenta cierta parte intangible de mi ser, al tiempo que me hace recelar cada vez más de google, dado que siempre que busco algo, las primeras posiciones están ocupadas por webs o blogs qué para nada ofrecen la información buscada, de ahí que cualquier pelamingas pueda aparecer entre los primeros, sin merecerlo tanto como otros, como un servidor, pero quién sabe qué criterios sigue google, para posicionar la blogs.

Poesías17 Apr 2008 12:36 pm

Taja el alfanje de Lorenzo
el exangüe manto negro
al alba vehementes remanentes
nutren buzoneras
oquedades palpitantes
sedientas

manchas borrosas vomitan ruido y saliva
la razón juez de la moral sobreseída
ya devenida el alma en río incandescente
de nívea lava
cautiva entre paredes de latex

flujo vital tras la celosía plástica
raudo al retrete rauda de simiente
camposanto del deseo
en vía muerta.

Devaneos17 Apr 2008 12:35 pm

El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Este relato de siete palabras lo escribió Augusto Monterroso, e incluso dijo que no era un relato sino una novela. Le asistió siempre al escritor Guatemalteco, a tenor de sus entrevistas y relatos, cuentos,etc, el sentido del humor. Leo que su viuda ha donado cinco toneladas de papel, en forma de 14.000 libros, cartas.

Recuerdo una entrevista a Paco Umbral en la que decía que si se había mudado tres veces o alguna más de casa era porque no le cabían más libros, que en su última residencia los tenía guardados en una piscina vacía.

Los lectores empedernidos se ven pues faltos de espacio a no ser que recurran a libros de préstamo en las bibliótecas, pero es cierto que apetece tener ciertos libros, ojearlos de vez en cuando, o saber simplemente que te vigilan desde la estantería con un silencio cómplice.

Libros y Crítica17 Apr 2008 10:21 am

Los amantes de silicona Javier Tomeo portadaLa pareja formada por Lupercia y Basilio, el escritor en ciernes Ramón, los muñecos de silicona Big John y Marylin y la voz del narrador conforman este sexteto descacharrante donde abunda el humor. Ramón ha escrito una novela en la que quiere comprometer a un amigo, con el que ha compartido novia durante años. Ante la negativa de éste, cuando menos se aviene a leer su novela y hacer las correcciones ortográficas pertinentes, sin atentar a la esencia del relato. A medida que va recibiendo los diferentes capítulos de la novela, nos la va presentando a nosotros los lectores.

Basilio y Lupercia ya ni si quieren, ni se aman, ni se desean, pero viven todavía bajo el mismo techo, durmiendo en lechos separados. A fin de calmar sus apetencias sexuales recurren a unos muñecos de silicona. Basilio se afana con Marilyn una muñeca de última generación capaz de reproducir sentencias latinas y cantar en alemán y de introducir en el debate sentencias platónicas, incluso de serle fiel a raíz de su minusvalía sexual. Lupercia a su vez recurre a Big John para calmar su furor uterino, dotado de un monumental pene. Todo va bien hasta que una noche encuentran a los muñecos dale que te pego corriéndose una buena juerga. Despechados, los humanos deciden poner fin a esas cornamentas con medidas drásticas.

Javier Tomeo entra a saco con una historia que da mucho juego, al dotar a unos muñecos de silicona concebidos únicamente para dar placer a los humanos, de cierta humanidad, unos sentimientos y reflexiones que les proporcionan su placas base, pero que luego, como en la rebelión de las máquinas son capaces de generar sus propios sentimientos, pensar por sí mismos y tratar de encontrar una salida digna.

Por momentos la historia resulta descacharrante, Tomeo no deja títere con cabeza y aprovecha para dar unos puyazos contra el estado general de la televisión, el monopolio del fútbol, la tragedia del sexo, las consecuencias del pensamiento, los pliegues de la soledad, las secuelas del desamor, abonando todo ello con buenas dosis de humor, de diálogos chispeantes, de una imaginación desbordante puesta al servicio de una novela pornográfica que nada tiene de tal, donde los humanos y los muñecos de silicona con ínfulas de trascendencia se debaten en el amor, en ese difícil equilibrio entre el no poseer y el poseer, que decía Platón, para lidiar con su soledad, sus frustraciones y miedos, en ese hilo de cordura de funámbulo donde los juanetes y la carne marchita hacen cada vez más difícil la permanencia.

Autor: Tomeo, Javier
Título: Los amantes de silicona / Javier Tomeo
Edición: 1ª ed.
Editorial: Bercelona : Anagrama, 2008
Descripción física: 142 p. ; 22 cm
Colección: Narrativas hispánicas ; 426
ISBN: 978-84-339-7164-7

Relatos16 Apr 2008 12:48 pm

Algo le embistió lanzándolo contra un árbol, que se perdió monte arriba. Podía tratarse de un jabalí pero fue todo tan rápido que no podría aseverarlo. A pesar del empellón, no tenía ningún hueso roto, así que se incorporó como buenamente pudo y fue hasta su bicicleta, hecha trizas, reducida a un amasijo de hierros. La cubrió con hojas y follaje y buscó de nuevo el sendero por el que circulaba antes de ser arrollado. La casa rural no estaba lejos, pero el mapa lo había olvidado en un bolsillo del sillín, así que deshizo la escasa distancia recorrida. Su equilibrio era inestable y tuvo que agarrarse a la corteza de un pino para no irse al suelo. Los pájaros sobre su cabeza, revoloteaban alegres, en su mundo aéreo y Mateo no sabía si estaban fuera o dentro de su testa, porque le pitaban los oídos, y su trinar era un chirrido, que le arañaba los tímpanos, provocándole náuseas. Su cuerpo iba manifestándose en el dolor y sentía pinchazos y malestar en piernas y brazos, así como en el vientre y en los pulmones. Tosió y manchó el dorso de la mano de sangre. Tras un estudio minucioso del mapa, toda vez que se hubo orientado, el plan a seguir consistía en seguir las marcas blancas sobre las cortezas de los árboles, que le llevarían a la casa Rural. Miró a su alrededor y encontró una marca. Respiró aliviado, pero sólo fue un espejismo, porque al instante oyó disparos en sordina, monte abajo. Nadie le dijo que aquello fuera un coto de caza, así que debía tratarse de furtivos. Cada pocos metros encontraba la marca y a pesar del malestar generalizado y de los vahídos que le obligaban a descansar a cada rato, sabía que estaba cada vez más cerca de su destino y si bien esta circunstancia no lograba distraer el dolor, al menos le ayudaba a sobrellevarlo sin derrumbarse.

Retazos del sol inasibles como pompas de jabón que dejan de ser tales antes de llegar al suelo, se adivinaban en lo alto, entre las copas de los árboles, dejando el espacio que ocupaba Mateo, entre sombras húmedas. Sonaron más disparos. El ruido era cada vez más intenso y se agachó por miedo a ser de dueño de alguna bala perdida. La espesura le ofrecía múltiples lugares donde guarecerse, desde donde vio a dos personas con pasamontañas y uniforme militar, corriendo entre los árboles, arrastrándose por la tierra, subiendo a las cuerdas amarradas a las dilatadas ramas, ejercitando una coreografía que culminaba con ráfagas de disparos sobre unas dianas blancas con aros negros concéntricos. A su derecha dos personas cavaban una zanja, intercalando las paletadas. No vio una quinta, la que le abordó por detrás, le dio un toque en el hombro y le arreó un culatazo, cuando su rostro estupefacto se giró.

Abrió los ojos y ante sí halló un manto negro que lo envolvía. Esperó unos minutos y cuando sus pupilas se hicieron a la oscuridad, divisó una rendija que filtraba algo de claridad. Hizo amago de levantarse y recibió un coscorrón con una superficie dura que le instó a sentarse. Con las manos en cruz, supo que la estancia apenas tendría dos metros de largo por dos de ancho y algo menos de 1,80 m de altura, lo cual le obligaba a inclinar la cabeza en sus desplazamientos. No había hecho nada que justificara el encierro, así que sin mucha convicción quiso pensar que se trataba de una broma pesada o de una fatal equivocación. Buscó una salida y en el techó vio una trampilla, del tamaño de un ventanuco que golpeó con ambas manos. Era de madera y sus acometidas no consiguieran alabearla, como si hubiera toneladas de cemento sobre ella.

Se sentó entonces sobre el suelo, de tierra y esperó acontecimientos. Una cabeza asomó finalmente en la trampilla.

- Esta noche morirás, perro, le dijo y desapareció.

Mateo cabeceó, como si quisiera así despojarse de su fatal desenlace ¿Morir?, ¿por ir andando en bicicleta por un bosque?¿por haberme perdido?¿por haber visto a unos hombres disparando?. Las preguntas fluían incesantemente, y sólo conseguían sumirlo cada vez más en la desesperación. Si no le habían atado cuando lo apresaron en un principio pensó que era porque entonces no sabían qué hacer con él. Buscó su documentación en los bolsillos y no la halló. Nada había relevante entre sus objetos personales, más allá de la cartera con unos billetes y las tarjetas de crédito. Algo debía haber no obstante, pensó, en sus enseres que había encolerizado a sus raptores, tanto como para querer verlo muerto, pero no debía pensar en ello porque cada minuto que dedicaba a ello, era tiempo baldío. Antes de que la trampilla se cerrase, y sabedor de su sentencia de muerte, había mirado el reloj y visto que eran poco más de la una de la tarde. Le quedaban más o menos siete horas antes de que anocheciera.

Aplicó entonces las manos por la superficie. Comprobó que las paredes eran de tierra y que rascando con las uñas, se desprendía fácilmente y que esa estancia no parecía diseñada para retener a un ser humano sino para acopiar otros avíos, como alimentos, herramientas o municiones.
Dadas las dimensiones de la madriguera, de apenas 6 metros cúbicos, no podía escarbar demasiado porque entonces se anegaría de tierra, y moriría ahogado. Debía por tanto hacer un agujero estrecho, lo justo como para caber estirado y con la suficiente holgura como para poder desalojar la tierra al interior de la guarida. Debía ser también un túnel bien equilibrado que no se alejase de la superficie sino que guardara cierto paralelismo dado que si se sumergía demasiado luego no podría salir.

Una vez decidido el lugar por donde cavaría, aplicó las manos, hizo un agujero que poco a poco le permitió meter la cabeza, luego los brazos y finalmente el cuerpo, hasta que solo se veían las suelas de unas zapatillas deportivas, que luego dejaron la estancia vacía. Convertido en un topo gigante pero sin los pies anteriores cavadores de este, ni su destreza, fue arañando la tierra, horadándola con sus manos. Sentía el aliento terrenal de la muerte, la falta de oxígeno, el cerebro cargado, pero quería morir luchando, y estuvo minutos y horas sin otro quehacer que ir avanzando hacia la salvación, o hacia la muerte, pero en todo caso avanzando, con el único fin de que la parca, dado el caso no le encontrase con la cabeza entre los piernas maldiciendo su suerte, pasivo y contemplativo de su final y cuando creyó que ya había taladrado lo suficiente en sentido horizontal como para alejarse unos metros de su prisión, buscó la salida cavando hacía arriba.

Ahora le caía la tierra sobre la cara, como una lluvia dura y asfixiante de limo y cieno. Cogió todo el aire que sus pulmones le permitieron y movió las manos, arañó el vientre de la tierra con tanta furia, que sentía las cutículas en carne viva, y tragó saliva aderezada con tierra y escuchó los latidos de su corazón a punto de estallarle, y tocó algo duro y rugoso, y filamentos más endebles, y supo que eran las raíces de un árbol y empleó los puños y dio golpes y su cabeza se le iba, los ojos cerrados, y las imágenes se le agolpaban en el cerebro, fogonazos de luz lechosa, los ojos fijos de su hija mirándole desde la cuna, el rostro de su mujer y en su último estertor, el puño salió al exterior y en el último esfuerzo que sus finiquitadas fuerzas le permitían, clavó bien los pies en el interior de su tumba terrenal, cogió impulso y se lanzó hacia arriba, donde la cabeza quedó allí literalmente plantada, como un brote divino, con un sombrero de musgo, de cuya boca se derramaba una lengua de barro y sangre. Vomitó. Alzó los ojos y vio que el cielo perdía brillo, que las últimas luces se apagaban y que el atrezzo estaba ya casi preparado para la función nocturna.

Si pasa la cabeza pasa el cuerpo. Era cierto. Pasó un brazo y luego el otro. Redivivo en ese flotador de tierra. Oyó voces. No se incorporó y arrastrándose llegó hasta una álabe. Sus captores estaban a poco más de una decena de metros. Reptó hasta que las voces se acallaron. Entonces, ya de pie, echó a correr, y vio un río que serpenteaba ladera abajo y decidió seguir su curso, así que se introdujo en él, y lo fue remontando, sorteando las piedras pequeñas y grandes, que le obligaban a subir a ellas a horcajadas para evitarlas. Si la inminente oscuridad se cernía sobre él, estaría de nuevo perdido y para eso no restaba más de media hora. Por el río no podrían seguir su rastro. Tras un salto de agua, vio lo que parecía una cueva, y chorreando entró en ella. Era lo suficientemente espaciosa como para darle cabida, así que se despojó de la ropa y buscó hacer fuego con piedras y palos. No lo consiguió. El frío le hacía tiritar y sentía punzadas en el estómago a las que se sumaban los pinchazos provenientes de sus falanges. Los esputos seguían arrojando su lastre de sangre. Se pegó a la pared, protegido del viento y del chapoteo del agua, y con los brazos sobre la piernas, ovillado, tratando de conservar su escaso calor corporal, dejó que pasaran los minutos, hasta que las primeras luces del alba, iluminaron su escenario vital, y sin haber pegado ojo en toda la noche, muerto de frío y con la mirada perdida, con una determinación que se había hecho añicos pero que aún no le había partido en dos, salió de la cueva, buscó los rayos solares, extendió los brazos y sintió un cosquilleo, un placer tan intenso que le hizo llorar de impotencia.

El cielo estaba raso, y todo hacía indicar que el día sería caluroso, lo que jugaba en su contra. Estrujó la ropa, la secó lo mejor que pudo con las fuerzas propias de un difunto y se la puso de nuevo, como una segunda piel. Dejó el río y caminó por un sendero. Encontró un refugio vacío, donde alguien había hecho fuego tiempo atrás, habida cuentas de los leños tiznados. No encontró alimento. Desde la ventana se veía el valle y los tejados de las casas y sin demora dejó el albergue y se lanzó en esa dirección en la línea recta, y campo atraviesa, por senderos señalizados, trochas y campo abierto, vio vacas y caballos, pero no a sus dueños. Vio algo centellear, un quitamiedos, que asumió como una alucinación, pero al que el ruido de un motor le hizo regresar sobre esa quimera, siguió el sonido como si una banda de ángeles tocaran su liras sólo para él, y llegó hasta el quitamiedos, y entendió porque los llamaban así, porque al acariciar su filo cortante, que tantas vidas quitaba a los motoristas, sintió una felicidad tal que se le quitó de cuajo el miedo, renovado en sus ganas de vivir y saltó sobre el arcén y caminó embobado, la mirada fija y codificada entre los aladares ocres y apelmazados, en las líneas discontinuas y un camionero hizo sonar su bocina y él movió los brazos y convertido en un eccehomo sin cruz ni corona de espinas, pero dueño de un calvario similar, se desplomó.

Meses después Mateo leyó una noticia en la que La Guardia Civil había encontrado varios zulos en bosques de la provincia de Huesca. Miró el mapa con atención y sintió un escalofrío y el café le supo a tierra mojada y la lengua a barro y su hija sentada en sus rodillas, quiso saber por qué lloraba y él que sabía que algún día debía hablar de su experiencia, tremolante, se dispuso a contarle a su niña un cuento, cuyo final feliz no lo hacía menos terrorífico, si bien ya se encargaría él de adornarlo con duendes, elfos y hadas, con árboles que hablasen y libros mágicos, plantas carnívoras y brujos malos con pasamontañas que hacían daño a los demás, pero donde al final y a pesar de no llevar armas siempre vencían los buenos.

Las entrañas de la Tierra
Chufowski ©2008

Next Page »