domesticó la soledad
y ahora es su animal de compañía
domesticó la soledad
y ahora es su animal de compañía
Hemos pasado de la era de la construcción a la de la “deconstrucción”. El ladrillo ha muerto.
Al abrir los ojos sentía su cuerpo mojado, los músculos apelmazados, entre muros de agua. Los minutos oficiaban su rito secreto lastrándolo hacía el reino de las sombras. Miró a su alrededor, sin molestarse en bucear en los recuerdos nutricionales, impelido por su ánimo práctico y dejando el trozo de madera al que estaba agarrado optó por otro de mayor tamaño. Ningún vestigio quedaba de embarcación alguna a ras de sus ojos. El vientre de la nao difunta había poblado la superficie de objetos flotantes, antes de dirigirse a la región abisal, pero nada había a la vista de comer o de beber.
Era consciente de que su horizonte vital se ceñía a una poquedad de días, de que su suerte estaba en manos del destino, bajo la apariencia de algún barco que lo viera perdido en ese laberinto marino y se aviniera a rescatarlo.
Su madero salvador le brindaba unas dimensiones que le permitía disponer su cuerpo sobre la superficie, un reducto que lo protegía de la voracidad marina. La bastedad del espacio abierto, los confines repetidos, el linde húmedo lo asfixiaba y mareaba, porque como en una casa de espejos sin reflejo todo era lo mismo y sólo su figura ponía una nota de color en aquel lienzo cerúleo.
Durmió horas. No sabía cuantas ni quería averiguarlo. Su vida se regiría por un código binario: luz y oscuridad. Su cuerpo seco y calentado por el sol, mostraba síntomas de desentumecimiento. Estiró las extremidades, sintió el rugido del estómago y con la palma de la mano a modo de visera, barrió con su mirar trazando un círculo. Algo reclamó su atención. Nadó hasta una madera con destellos acerados. Sobre una astilla halló una escarcela. Miró en su interior con pupilas fulgurosas. Miró al cielo y de haber encontrado rastro de El Señor le hubiera dado las gracias. Regresó a su feudo oscilante, sobre las piernas la escarcela de la que extrajo tres botellas de agua a medio llenar y una docena de latas de conserva desvestidas de su manto de cartón. Su horizonte vital se dilataba con el hallazgo tanto como sus ansias por permanecer. Decidió dejarlo donde la había encontrado, ya que en su guarida no había saliente donde acomodar la mercancía y se demoró en las frías aguas, hasta que tembloroso volvió a la soleada superficie.
La primera noche apenas durmió. El riesgo de caerse en plena noche, de mezclar sueños con agua, de irse al más allá al menor traspié se impuso al pertinaz sueño, dejó un cuerpo extenuado, que ante la contemplación del rosicler se abandonó como un bebé entre los senos maternos….
Tuvo mucha suerte, si el premio gordo consiste en estar vivo. No le esperaba nadie en su hogar. Ningún ladrido, tampoco abrazos de reencuentro en el umbral. Ninguna llamada, correo o SMS. Estaba más solo que la una cuando se fue y nada había cambiado a su regreso, salvo montones de cartas y peticiones de los medios públicos y escritos para contar su historia.
Sobre el colchón sus ojos se empañaron de agua salada. Como si una cama de agua fuera su catre, sentía el oleaje en el cuerpo y echaba de menos su reciente vida binaria. No es que deseara estar allí de nuevo, ante las fauces húmedas del destino, pero allí, durante esos días sintió las entrañas de la vida sobre su piel tostada y reseca, el deseo irrefrenable de ir pasando las páginas de un cuaderno mojado que cada día le ofrendaba.
Y cerró los ojos y no le hubiera importado no abrirlos más porque no se había sentido nunca así de confortado.
Los nombres del aire de Alberto Ruy Sánchez
Los nombres del aire es un libro de sensaciones, de caricias, de atardeceres en la piel, un poema narrado en poco más de cien páginas donde el autor mexicano Alberto Ruy Sánchez nos lleva de la mano a la ciudad imaginada de Mogador, antes de la reconquista en territorio Andaluz, donde Fatma espera el amor apostada en su ventana, en el cuerpo de otra mujer, la sensual Fatma. El baño, el hammam, actúa como punto de encuentro, como una alcazaba de piedra, donde la religión no ha cabida, y el único mandamiento es el roce de la piel, el sacramento de la carne, el altar del deseo, la conjunción única de los cuerpos, masculinos y femeninos.
Una novela que ejecuta una brillante descripción del deseo femenino, perfectamente sugerido y evocado, ese vía crucis de espera y redención, el rechazo de hombres procaces que anhelan el cuerpo de Fatma, que desean verla sometida, sin saber que un alma de aire no puede domeñarse, porque es inasible, que el deseo traza surcos que solo los amantes conocen.
La flor del toronjil de José Antonio Ramírez Lozano
Un nieto quiere saber qué es lo que ocurrió en el pueblo de sus abuelos, en Monsalud. Una vez que el abuelo que dejó su pueblo para morir en la ciudad, y dado que que la parca ha segado la vida bajo sus pies, el nieto se decide hablador. Su abuelo tenía mucho que callar, no quería remover el caldo espeso del rencor y la venganza, así que la sangre fue fagocitada por el silencio, entre las brumas de una guerra civil ocurrida hace siete décadas, pero aún hoy presente. El nieto quiere saber quien delató a su padre y llega a Monsalud, a ese pueblo sin teléfonos ni correos, donde se irá presentando a los muertos que allí moran a la espera del responso eterno. El autor, José Antonio Martínez Lozano pergeña, en poco más de cien páginas, un relato fascinante, con una prosa rica y basta que me ha obligado a tirar cada dos por tres de diccionario, algo estupendo porque a pesar de la bastedad de nuestra lengua casi todos los libros emplean los mismos términos, giros y expresiones. Los diálogos están abonados con buen humor y lo pintoresco de las situaciones no dan lugar al desaliento. Este libro arroja siete resultados en google. Fue ganador de un concurso literario y ha sido editado por la Junta de Castilla y León y me lo encontré de casualidad, descubriendo a un narrador extraordinario que auna una prosa rica con un sentido del humor que sobrevuela cada página haciendo su lectura una auténtica delicia.
José Antonio Ramírez Lozano es autor de libros juveniles; El príncipe de las carcomas(2005) Sopa de sueño y otras recetas de cococina (2004) El tren de los aburridos (2003) Babo (2002) El cuerno de Maltea (1997) El domador de erratas (2001) El mapa de los sueños (2002) Pipirifauna (1992) y las novelas Gárgola(1985) Iscariote (2005) Letanías de San Garabito (2000) El capirote púrpura ; precedido de Bata de cola (2003) con la que me estoy echando unas risas continuas.
El niño con el pijama de rayas
El niño con el pijama de rayas es uno de esos libros de los que todo el mundo habla, que lleva muchas semanas entre los más vendidos en España y le ha granjeado a su autor, John Boyne fama mundial.
En la contraportada del libro un texto del editor anuncia que no habrá sinopsis del libro para no desvelar la trama del mismo. Yo comentaré aquí de qué va el libro así que los que no quieran saber nada del mismo les recomiendo que dejen aquí de leer.
El protagonista es un niño de 9 años llamado Bruno. Vive con sus padres y su hermana Gretel de 12 años en Berlín y un buen día sus padres les dicen que van a mudarse. A (more…)