No es centenaria la Gran Vía de Logroño
sí un erial de granito y cemento
parrilla veraniega donde la carne
la pone el sufrido paseante
que busca una sombra bajo las palmeras tropicales
o en bancos que chamuscan los traseros
vía siempre en boca de todos
festín dialéctico de los políticos
su semblanza de pista de aterrizaje
sus farolas de diseño
sin un triste carril bici
que la abra en canal
donde sumergirnos
una gran vía muerta
donde los coches te lamen el cogote
mientras te hidratas
con un café con hielo en el Tostapan.
Para qué escribir
si todos los libros escritos
y los venideros
reposan en las baldas
de mi cerebro
y su tinta
corre por mis venas
No hay espacio suficiente para albergar su vacío.
Despúes de lanzarse desde un octavo piso
y morir en el acto
subió las escaleras,
y de una azadaza decapitó
a la que hasta el día que le dejó
fue su TODO.

El ser humano siempre anhela superar sus límites y muchas veces los plasma en uno de los libros más estúpidos que existen, me refiero al libro de los Guinnes, donde uno puede vanagloriarse ante la humanidad de haber estado cuatro días y medio pegando patadas a un balón sin que tocase el suelo, o estar treinta días andando en bici sin descansar.
Este hombre de la foto, del que vemos media cara, no tiene pinta de estar gozando mucho con lo que está haciendo, que no es otra cosa que nadar, su cara es el paradigma del esfuerzo. Lo que se ve detrás de ese cabeza embutida en un gorro blanco es el Everest. El mozo está a más de cinco mil metros de altura, nadando un kilómetro, jugándose el tipo, porque el agua esta solo dos grados por encima de cero, respirando a duras penas, porque apenas hay aire tan cerca del cielo celestial.
¿Por qué lo hace, se preguntará algún curioso?. Para concienciar a la gente sobre el calentamiento global responderá el nadador británico. Sea como fuera, la foto me ha impactado. Viendo las burbujas uno pudiera pensar que el nadador se halla en una jacuzzi y que esas burbujas están conquislleando sus miembros apelmazados por el frío.
Qué me quiten lo nadao diría el británico al salir del agua, tiritando, gozoso de haber hecho otra proeza más que añadir a su curriculo heroíco.
Me viene en mente, una letra de Joaquín Sabina, de su canción Me pido primer..
“mi primera frontera se llamaba Joaquín”.
Hasta que no reconocemos nuestros límites no somos capaces de saltárnoslos, superarlos, derribarlos, ningunearlos. Por eso hemos de explorarnos, a fondo, masturbáción incluida si es preciso, para saber lo que somos capaces de dar. Y como antes hablaba de records absurdos y ahora de masturbaciones pues finalizo comentando que un tal Tudor Rosca, que con esa nombre seguramente será actor porno, tiene el record mundial en la materia, tras haber conseguido masturbarse 36 veces en 24 horas (y de nuevo me viene a la cabeza unos versos del Robe, de su canción Pedrá “La vida desperdiciada, ¡tanta lefa para nada! “). Tras semejante esfuerzo, Tudor que seguramente acabaría pasado de Rosca, pidió una bolsa de hielo y un poco de loción para enfríar y tonificar su herramienta. Lo que todavía no sabemos (!!y me tortura tanta duda!!) es si el mocete es donante o no, y no hablo de órganos.
Habida cuenta de que nuestra existencia es breve y el tiempo dedicado al ocio aún más, es menester seleccionar con tino los libros a leer, aunque esta constato que es una opinión muy poco secundada, dado que la mayoría de la gente, en el caso de que lea algún libro, no hace tantas cábalas, sino que acaba recurriendo a ese libro “del que todo el mundo habla”, sin importarles un bledo, la calidad literaria del mismo, o lo que es más importante, lo que pueden sacar en claro de su lectura, arrostrados por la popularidad de autores tales como Falcones, Larsson, Diehl, Asensi, Navarro, Sierra, etc.
Hace un tiempo que me regalaron, a petición propia, la heptalogía de Marcel Proust, titulada En busca del tiempo perdido. Llevaban ya los 7 volúmenes un buen tiempo cubriendo su epidermis de polvo en una estantería, hasta que un día, sin medir bien el alcance de mi acto, abrí el primer volumen. Un par de meses después me encuentro a punto de acabar el segundo volumen y con muchas ganas de empezar el tercero. No he llegado al ecuador ni mucho menos. Pero este no es el típico libro, como sucede en muchas películas donde todo queda atado al final, donde hay un misterio que resolver, un asesino al que poner cara, un malo que pagará por sus actos, no, el libro de Proust se disfruta página a página, es un universo, donde cabe todo, un arcón de recuerdos, del que el autor va echando mano, al tiempo que nos rememora sus vivencias y lo hace con una prosa que repele las frases cortas, de ahí que desde que comienzas un párrafo hasta que lo acabas lo más probable es que hayas perdido el hilo del mismo y debas volver una y otra vez sobre el mismo, algo que echará para atrás a una legión de lectores, máxime en una era como la nuestra basada en el titular, de ahí el éxito de periódicos gratuitos que se reducen a una impresión de meros titulares, donde estos son casi tan extensos como el cuerpo de la noticia, que dejan fuera de campo y no invitan a reflexión alguna, porque está claro que lo que se pretende es que la gente ni piense se formule juicio alguno sobre las cosas que suceden a su alrededor.
Como decía Extremoduro, “va a subir la marea (roja, añado yo) y se lo va a llevar todo, no veas si noto la fuerza”. Sí, la marea roja ha subido y muchos hemos sido muy felices, pero tras el resacón futbolero y la exaltación patria, hay que volver a lo de siempre, a la alta tasa de desempleo, a los muertos en la carretera, al abandono escolar, a los velos islámicos que amortajan la estulticia ajena, a las mujeres asesinadas por su condición de tales, a sufrir las consecuencias del calentamiento global, a los vertidos de crudo, a los robots que ya son casi humanos (al menos en apariencia), un escenario pues, alejado de los campos de fútbol, donde librar la auténtica batalla por la supervivencia, en donde una casaca roja con un escudo de tela es tanta protección como lo es la fina piel.