Cuando el médico le dijo que le quedaban “veinte polvos de vida” sintió como el mundo se le venía encima, el miembro abajo y todo su horizonte se velaba de semen negro. Recabó una segunda opinión y la Tomografía axial computarizada cerebral que le practicaron confirmó el diagnóstico. Tenía un agujero negro en el cerebro que acabaría devorándolo antes o después y cuanto más pensara en el sexo mayor sería el agujero y antes su final.
Creyó encontrar la solución haciéndose cartujo y durante diez años le fue bien. Hasta que un senegalés de poca convicción y descomunales proporciones lo empaló en el refrectorio, dejándolo casi inerte e inoculando de nuevo en su cuerpo el líquido letal.