yo que me moría por morir en tus brazos
por barrenar tu pena
por ser único para ti
que al roce de tu piel me inmolaba cada madrugada

los anocheceres como gatos en los tejados
pegábamos la hebra con la luna
y nos creíamos algo importante
con nuestras sonrisas a juego con la noche

domesticamos luego el ansia
las horas grises engulleron el entusiasmo
los ojos entonces no se encontraron y los cuerpos no se rozaron
el volumen de la televisión líaba el porro de la desazón

el portazo marcó el final
los dedos en la barbilla
la mirada distraída

el mercado del amor se cobró dos víctimas más
mientras Cupido seguía a lo suyo
enlazando existencias.