Después de recibir la llamada telefónica, con el móvil aun en la mano, perplejo, decidió esperar a sus compañeros de piso para hacerles partícipes de la misiva. Cuando los tres hermanos Rodríguez, aparecieron en tropel por la puerta, procedentes de la facultad, Manuel les dijo en la cocina, a bocajarro, sin preámbulos, que le iban a dar un accésit. Los ojos inquisitivos, mezcla de angustia y pesar, inquirían más información, pues a todas luces nadie sabía de qué estaba hablando. Procedió entonces a detallar todo el proceso, su afición por la poesía, cómo había enviado unos poemas a multitud de concursos por toda la geografía nacional, y cómo hacía menos de dos horas, le habían llamado para comentarle lo del accésit. El tiempo se detuvo, los minutos desaparecieron entre nubes de humo, y el mundo detenido sobre su eje, comenzó de nuevo a girar, cuando a la palabra accésit se sumó la palabra premio y el término dinero, con la cantidad exacta del mismo. La algarabía destronó el silencio reinante, se sucedieron los abrazos, los gritos de júbilo, el ¡coño, así que eres un jodido poeta!, el ¡joder, esto hay que celebrarlo a lo grande! el ¡cagüen la puta, hoy cerramos todos los bares y va a arder Troya! y sin más dilación, quitaron el cazo con agua del fuego, dejaron los spaguettis en la alacena, y bajaron al bar de la esquina. Dieron cuenta de unos bocatas de calamares y a las once, se encaminaron a la zona de bares. Sólo había un par de ellos abiertos, algo normal tratándose de un martes. Manuel corría con los gastos y la alegría era manifiesta, abrazados, cantaban las canciones que el camarero gustosamente o no tanto, ponía atendiendo a sus peticiones, sin objeciones, siendo ellos los únicos usuarios, moviendo las cabezas al compás de los guitarrazos e imitando la voz perruna del cantante. Afortunadamente para ellos, el karaoke abría todos los días del año, y a medianoche, achispados, viva estampa del gozo entraron en el local. Estaban los de siempre, unos acodados en la barra, con la mirada fija en el brocal de sus vasos entre vapores etílicos, que los transportaban a otros lugares, otros en las mesas, extáticos como figuras de bronce, o sobre el escenario, cantando esas canciones que formaban parte de sus vidas y finalmente de las de los demás escuchantes que como fumadores pasivos habían inhalado esas melodías durante años.
Después de tres rondas de chupitos, alternando tequila y orujo, subieron los cuatro al escenario y pidieron una canción de Los Suaves. El más alto de los tres hermanos llevaba la voz cantante y su voz cazallera se extendió por el local, como el lametazo de una vaca, viscoso y pegadizo. No se le entendía nada, a lo que contribuía la mala acústica del local y el estado lastimero del micrófono, pero los allí congregados sobre el escenario, tanto como los espectadores, conocían la canción al dedillo, así que entre unos y otros, en una sola voz, cantaban
….Corre el tiempo y vuelan prisas y poco a poco la gente se marcha solo ‘Pardao’ en su acera mojada guarda sus cosas despacio con calma, unas monedas en su gorra raída en su bolsa una botella mediada y en sus noches pensiones baratas. Y nadie sabe cómo pasa su vida nadie se entera cómo su vida pasa. ‘Pardao’ le llaman en la plaza porque aunque llueva el canta y no se marcha…..
Al finalizar la canción, sonaron las palmas y aplausos, no tanto por la destreza vocal del mayor de los Rodríguez, sino por lo acertado de canción elegida. Cogió este el micro y como colofón dijo que su amigo les iba a leer una poesía, y pidió un tema instrumental para acompañarle en su travesía. El Himno Nacional, Vangelis, Hevia, era los grupos propuestos para embadurnar con música la lírica del presunto poeta. Finalmente, y a fin de contentar a personal se optó por Hevia, y Manuel más corto que perezoso, se arrimó al micrófono con cautela como si éste estuviera electrificado, lo cogió con cuidado, como si tuviera en sus manos un miembro, y lo acercó a su labios, agarrando la parte no prepucial, con sendas manos . Carraspeó y al oír las gaitas comenzó a declamar tímidamente. La música eclipsaba su voz, así que el pequeño de los Rodríguez le asestó un codazo en el costado a Manuel, que le hizo proferir unos insultos, que alguien entre el público creyó a él destinado, y el cual replicó lanzando su botella coronita sobre el escenario, con certera puntería, pues cinco segundos después de que la botella sobrepasara el umbral del escenario, Manuel caía el suelo redondo. Sus amigos extrañados decían que estas cosas sólo pasaban en los estadios de fútbol, pero asustados ante la inconsciencia de su amigo, y la sangre que manaba de su ceja derecha, llamaron a un taxi y se dirigieron al hospital. La sangre explícita, aceleró los trámites. Quiso saber la enfermera si había sido el accidente consecuencia de la práctica deportiva y si en ese caso estaba federado. Manuel que ya había vuelto en sí, dijo no encontrarse muy bien, no estar en plenitud de facultades, físicas ni mentales, pero que lo último que recordaba era la visión de una botella dirigida a su cabeza, cuando estaba en un escenario recitando su poema “viagra para un amor hiperbólico”. Mientras le vendaba la cabeza, la enfermera que afirmó estar más aburrida que una ostra se interesó por la historia de Manuel, el cual le habló de su accésit. Al oír esta palabra, le cortó en seco, dispuso su mano gorda y blanca sobre la suya y le miró con una expresión bovina, desde del muro de hormigón de sus ojos grises, con expresión maternal. No es grave dijo. Mi hijo los tiene a menudo y se recupera enseguida. Manuel la miró tratando de entrever una señal oculta, un mensaje en clave que ella trataba de transmitirle, pero no había rastro de dobles sentidos, de mensajes capeados o encebollados, sino palabras nucleares, sin más abrigo que su significado directo. Ya, replicó él, sin saber qué decir. Luego le comentó lo sucedido en el bar. Le cosieron la brecha abierta sobre la ceja y le dieron el alta. Los hermanos, que aprovecharon el tiempo para dormitar en la sala de espera frente a un pantalla de plasma apagada, lo acogieron como al héroe que vuelve de una batalla sangrienta, dejando atrás piras de cadáveres y terrenos humeantes, y notaron algo nuevo en su mirada, que achacaron a los nueve puntos que llevaba en la ceja. Tío, un nueve, dijo el mediano, un puto sobresaliente, que cabronazo. Manuel que no tenía cuerpo para bromas, cerró los ojos y de dejó llevar. Los cuatro regresaron al piso, cuando comenzaba a clarear. Se repartieron por las habitaciones. Manuel cerró la puerta tras de sí, se quitó los zapatos, comprobó el estado del vendaje y antes de acostarse cogió su diccionario de dos volúmenes y se fue a la letra a. Halló la palabra accésit y dirigió su dedo anular a la palabra siguiente, encontrando así la respuesta, la llave de ese cofre de incertidumbre que la enfermera había puesto sin saberlo en sus manos, rompiendo entonces a reír estentóreamente La cabeza del mediano de los Rodríguez se asomó por el hueco dejado por la puerta entreabierta. Estoy bien, dijo Manuel.
En la cama reflexionó si no era mucho el precio a pagar por sus aficiones literarias, si acaso le convenían, si no era más cómodo dedicarse a otros menesteres, dejar de ser un maldito poeta, o un poeta maldito y solazarse con otras aficiones menos peligrosas. Había consumido más de la mitad del dinero que recibiría a cuenta por su premio esa noche y mientras sus ojos se cerraban, su cerebro iba generando, frases, palabras, rimas, sonidos, una sintaxis onírica que al día siguiente le conduciría como cada mañana a su mesa de escritorio, donde los bolígrafos y el papel esperaban sus caricias y su calor.
February 28th, 2008 at 12:37 pm
es una de mis canciones favoritas. Relato entretenido. Me hace recordar mis años universitarios.