Salió de dudas entonces, tras leer la poesía que su hijo de doce años había escrito. Lo miró, no ya con amor filial, sino como se mira un montaña de cumbres nevadas, que podemos tapar con las manos a simple vista pero que siempre será inaccesible. El niño no entendía por qué su padre lloraba, cubriendo su cara con las manos, tratando de esconderse, cuando todos decían que la suya era una poesía alegre. Ese día perdió un hijo y su mujer se quitó un peso de encima, carga que le torturaba desde hacía más de una década.