Hay noticias que al leerlas te dejan hecho polvo. Una mujer es apaleada por veinte jóvenes, chicos y chicas adolescentes, de la edad de su hijo. La agredida estaba en su casa cuando oyó ruidos en la verja, donde había cuatro chicos y una chica de 15-17 años. Comenzó a lo tonto, pero entre los veinte jóvenes le rompieron un dedo, le soltaron bofetones, tortazos y la cosa no pasó a mayores porque apareció un familiar de la víctima, cuando ya se disponían a arrastrarla por las escaleras y a saber qué atrocidades más. Los jóvenes lo hicieron por pasar un buen rato, por hacer algo diferente y divertido, empleando una violencia ciega y lo que tiene más recochineo, grabándolo, porque en estos casos siempre hay algún imbécil con el móvil registrando la agresión, que luego colgarán en internet, lo cual permitirá afortunadamente poner cara a los agresores y ponerlos a disposición judicial. La mujer agredida como es de esperar está hecha polvo, física y anímicamente. Hoy ha sido ella, pero mañana puede ser su madre, su hijo, cualquiera. La violencia ciega no discrimina y se ceba con todos por igual.

En la misma página del periódico viene otra noticia de características similares. En este caso son cinco jóvenes de 18-22 años que raparon las cejas y la cabeza a un chico con discapacidad intelectual, sufriendo la víctima cortes y contusiones, mientras otros dos jóvenes que no participaron en la agresión, grabaron la agresión con sus móviles.
Sería interesante analizar la reacción de los padres de los agresores. Si considerarán estos hechos como una chiquillada de jóvenes descentrados, o si actuarán con mano dura y les harán entrar en razón. Ya sabemos que los padres no les podrán dar una tunda a sus hijos, por su viles actos, ni si quiera un tortazo, tampoco un cachete, porque correrían el riesgo de ser denunciados.

Siempre ha habido peleas en los colegios e institutos pero era porque alguien te había insultado, porque habían mentado a tu madre de mala manera, porque jugando a fútbol te hacían una entrada por detrás con mala intención. Había una “causa-efecto”, pero ahora la vejación se convierte en una rutina por parte de los agresores, en una actividad excitante, sin que haya causas ni motivos, como el que mata por placer.

Estas noticias exponen a mi parecer un problema muy serio. Los poderes públicos y en especial los padres deben saber que hacen sus hijos adolescentes e intentar a todo costa que si cometen actos atroces como estos, no los vuelvan a cometer, que les hagan entender el daño y el dolor físico y moral que ocasionan con sus detestables acciones, que el respeto es la base de la convivencia.
Luego, al pensar que habrá jovenes que se recreen con las palizas grabadas, sacando pecho y diciendo, mira, mira, esa patada en la cabeza a esa zorra se la di yo, mientras miran embobados las pantallas digitales de sus móviles de última generación me hace vomitar.