Gotas de lluvia perlan los parabrisas
y cruje el suelo con mi pisar helado
atravieso arcos de piedra
entre peregrinos que dejan la ciudad
al encuentro del Santo
camino alumbrado por farolas con el ojo a la virulé
cláxones de bienvenida y fragor de motores
conforman la orquesta matinal
las primeras luces estallan en el firmamento
y un lígero cosquilleo eriza mis pelos
de las tahonas el olor a pan recién hecho
solivianta mis jugos
y cruzan ante mí sombras negras
en bicicleta, con monos verdes fosforescentes
veo las mismas caras todas las mañanas
triste, araño las piedras
y cincelo un “NO” con lágrimas sulfúricas
vierto entonces la lava de mi ser humeante
y entre vapores imagino otras vidas
que no me pertenecen, que nunca viviré
dispuesto a romper la baraja y matar al Rey de Copas
a deshacer el círculo y salir por la tangente
a dejarlo todo para no encontrar nada.