Envió una foto al periódico local y se la publicaron. Llegó al hogar y su mujer fue la primera en recibir la buena nueva, mientras sacaba la ropa recién centrifugada de la lavadora. Él le explicó todo el proceso, qué es lo que le movió a sacar la cámara de la funda y presionar el click, no en cualquier momento como hacen muchos, no. Tenía que esperar el momento, no siempre se presenta, y hay que estar muy atento pues dura fracciones de segundo y luego todo cambia, deja de ser igual, no sólo el río fluye, el aire también sopla diferente cada momento aunque ningún filósofo haya dicho nunca nada al respecto. Me detuve detrás de un coche en cuclillas. Sentí las pantorrillas duras y los pinchazos me obligaron a incorporarme. El sol estaba a mis espaldas iluminando mi plano sin llegar a fundirlo. Entonces los actores entraron en escena. Tibiamente se cogieron las manos, apenas un roce, una caricia, luego fueron juntando sus cuerpos hasta que sus bocas trazaron una simetría inigualable. Era el momento exacto, el equilibrio perfecto. Las manos de ella rodeaban la espalda de él que le correspondía situando una de las manos por encima de la cadera. La titulé “amor con extraño”. Dejó la foto sobre la mesa de la cocina, junto al frutero. Cuando ella acabó la labor le echó un vistazo rápido. Los ojos duplicaron su tamaño y su desidia anterior fue reemplazada por un súbito interés hacia esa fofografía. Le llamó la atención lo bien hecha que estaba y por un instante creyó reconocer en el hombre a su amante.