Estaba sentado esta tarde en un banco de la plaza del Espolón y hacía frío. Brillaba el sol pero no calentaba lo suficiente. Entonces los vi. Él iba sin camiseta, agarrando a ella de la cintura con una mano y con una botella de vino en la otra. A cada paso se besaban, el cogía su cabeza con fuerza, como un portero agara un balón y luego juntaban sus bocas y se besaban. Los dos estaban borrachos y andaban haciendo eses. Su larga barba y los cabellos largos le daban un aire mesiánico. Se agarraban para no caerse. Entonces vieron un rosal y fueron hacia él. Se acercaron hacia una rosa blanca y no la arrancaron, sino que la acercaron hasta sus narices. Primero la olió él, luego ella. Él dijo algo que no oí y ella rió, estallando en carcajadas, luego volvieron a besarse y se alejaron haciendo eses. Es posible que al día siguiente con la tajada que llevaban encima no recuerden nada, pero lo que está claro que se quieren más que nadie.