La postal no llegó a su destino y el amor que sentía por su chico se redujo a una lonja sin edificar. Cosas de la vida, pensaba Lidia, sentada sobre la moqueta de su habitación. Qué raro es esto del amor. Hoy te gusta alguien y luego te gusta cada vez menos, hasta dejar de gustarte. Fíjate en tu padre, le decía su madre, “los príncipes azules también destiñen y nosotras también por muchos potingues que nos echemos encima”. Ya sé de dónde me viene esta vena fatalista pensaba Lidia esbozando una mueca de sonrisa.
Sus amigas cuchicheaban entre ellas sobre los chicos de clase, y su tiempo lo ocupaban en describir minuciosamente la anatomía de cada uno de ellos. Los chicos eran escaparates ante los que asomarse y canjear su compañía por sonrisas, besos y algo de acción. Las rupturas, encuentros y reencuentros se sucedían siguiendo ciclos regulares, que permitían hacer predicciones e incluso apuestas sobre futuros enlaces. No había dinero de por medio pero sí, carcasas de móvil, cromos, canicas, juegos de ordenador que hacían las veces de medio de pago. Y así a lo tonto conoció a Héctor. Le llamó la atención la falta de cualquier atributo que lo diferenciase de la masa. Nada especial había en su peinado, no portaba la camiseta de algún grupo de moda, ni pantalones caídos, ni zapatillas deportivas, tampoco pendientes, ni piercings. Los trayectos que hacían ambos en autobús, sin hablarse, los empleaba ella en hurgar en la fachada de él, como quien escruta un cuadro.
Ni siquiera sabía si le parecía guapo. Lo sabré cuando le hable. Y hablaron mucho y se rieron todavía más. Él fue a Madrid con sus compañeros de clase a pasar dos días y quedó en enviarle una postal, pues este y no otro era el deseo de esta, que le pidió al despedirse.
En la plaza Mayor sentado sobre un banco de piedra, al abrigo de los soportales, con la postal en la mano le contó una anécdota que le había sucedido con un perro diminuto, también que había visto a una actriz española de voz aguardentosa cuyo nombre era tan difícil de escribir como de pronunciar, y que la echaba mucho de menos, más de lo humanamente soportable.
En el reencuentro, ella le recriminó que no hubiera cumplido su palabra de enviarle una postal. Él le dio su palabra de que la había escrito y que la postal había sido enviada, pero ella dudó, y él vio que los nubarrones que divisaba por la ventana del autobús entraban dentro de él y que su corazón se agitaba. Esa misma tarde lo dejaron.
El chico no mentía. Tengo en mi mano la postal y es preciosa.
February 16th, 2007 at 3:54 am
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February 16th, 2007 at 9:51 am
Le echaré un vistazo. Gracias.