Han llegado a casa dando bandazos y ahora está sobre ella a horcajadas y musita algo, palabras balbuceantes, mancas, mostrencas, jadeantes. La voltea y se funden los cuerpos desnudos; fricción de pieles, de carnes mórbidas, bamboleantes, flanes de deseo, amortajados en sábanas blancas. Tira airada el despertador de un manotazo contra la pared, que cae desnucado, abierto en canal, eviscerado de baterías. Quiero algo de luz dice, no seré horadada por la oscuridad, por un empuje funerario y encrespado, y enciende la lámpara de forma fálica, que cubre con la tanga. Frotan sus caras, tornándose rojas; pelea de lenguas, que besan, que lamen, prologando la intermitencia del colmado. Quiero que se calle, grita una de ellas. Estamos sólas mi amor, le dice al oído, introduciendo la punta de su lengua serpentina hasta el yunque de su amante, dejándola sorda y muda de placer, provocándole vértigos de ansiedad y herrumbre en el paladar. !Que se calle!, no lo soporto más y ella también quiere que ella se calle, porque esos gritos la horripilan y pone su mano en la boca de ella, que momentos después resulta incompleta. Echa en falta el meñique. Cesan los gritos y mana la sangre. En su entrepierna, mientras, su amante toca las teclas de una sinfonía apasionada “in crescendo“, sin principio ni final. Quiere aplaudir, festejar el evento, pero solo tiene un brazo que mueve con desgana. Sigue la música y la intérprete llega al punto cenital y su escuchante gime y jadea, se vierte, y grita !Dios por qué me has abandonado!, porque le encanta decir eso cuando llega al climax, creerse también una Diosa, y cae sobre la cama con una sola pierna, nublados los sentidos por la pasión, y gritan al unísono !al demonio la luz!, y las abrasa el tizón nocturno, y siente la levedad del cuerpo evanescente, pero consigue pulsar el interruptor y su cuerpo, sólo es un rostro, ya sin boca, ni ojos, ni nariz, únicamente un matojo de pelo cejijunto, que el polvo consumado dispersa, devorada finalmente por sí misma.