En el cajero automático se ofuscó y cuando en el panel aparecieron las diferentes banderas su mente su nubló y en lugar del pañuelo rojo y amarillo presionó otra. Su dedo índice actuó por su cuenta y aparecieron letras que no entendía. Trató de mantener la compostura, su corazón a galope, encabritado, aceleró su pulso. Respiró hondo repetidas veces, tratando de serenarse. Tenía que irse de allí con los cien euros, esa era su misión. Una cuestión de vida o muerte.
Recordó que teclas pulsaba las otras veces sobre la pantalla tactil. Lo hizo tres veces, sintió lo mismo que los tedax cuando desactivan una bomba y cortan el cable adecuado. La cuarta vez marcó una cantidad. Agradeció, sonriendo a la cámara que mostraba una imagen en blanco y negro de un tipo larguilucho y mal afeitado, que en lugar de carácteres fueran números lo que apareciesen en pantalla. Lenguaje universal. Marcó el uno, luego dos veces el cero, después la tecla verde. Como en los semáforos, el color verde servía para continuar, para avanzar, para confirmar.
Oyó el estómago del cájero, su rutadera de tripas y luego dos billetes de cincuenta fueron escupidos por su boca estrecha. Los acarició con ternura introduciéndolos cuidadosamente en su cartera. Un extracto ininteligible posterior a los billetes fue arrojado a la papelera. Con la Ikurriña aún fresca en la memoria, dejó el cajero, contento de su astucia y buen hacer. Cuando se lo contara a su madre a la hora de la comida seguro que lo felicitaría. Podían confiar en él, a pesar de todo.