Leer en el periódico que el Banco Santander alcanzará este año 10.000 millones de euros de beneficios y ponerme a temblar es todo uno. Empresas que logran beneficios extraordinarios todos los años, mientras el capital queda en manos de cuatro multimillonarios es el pan nuestro de cada día, al que nosotros nos corresponden las miguitas, como a las palomas del parque. Los empleados de la entidad bancaria apenas verán aumentar sus salarios y los clientes si les quitan alguna comisión pueden darse con un canto en los dientes hasta quedarse como Doña Rogelia.

La apertura de los mercados permite el desembarco por estos lares de empresas extranjeras que en lugar de avivar la competencia y facilitar las cosas a los clientes, llegan a acuerdos para fijar tarifas parejas, como hacen las compañías de móviles y así a “río revuelto ganancia de pescadores”.

Los empresarios de la construcción, como antes los banqueros, ¿recuerdan al eximio Mario Conde, figura a imitar por los jóvenes economistas y laureado en las Universidades?, son ahora el espejo en el que mirarse, gente emprendedora y adinerada que a golpe de ladrillo hacen fortunas increíbles y presiden club de fútbol.

En Madrid el suelo edificable comentaba el periódico el otro día que está en manos de unas pocas familias de clase bien. Si la energía ni se crea ni se destruye, con el capital pasa algo parejo. La gran mayoría tenemos lo justo para no amotinarnos y los que controlan el cotarro y manejan los hilos siguen enriqueciéndose por los siglos de los siglos.

Las cuentas salen, quien hace una década tenía cien millones de pesetas y compró media docena de pisos, diez años después podrá venderlos por el doble o por el triple. No está mal. Todo ello sin aportar nada de valor a nuestra economía. Sin generar un sólo puesto de trabajo. Solo especulando.