Desde la ventana divisaba el edificio de enfrente. Llevaba varios meses oyendo ruidos desde hora temprana. Con los primeros rayos del alba, las máquinas comenzaban a funcionar. No notaba grandes cambios en el inmueble, al menos en la fachada. Alguien había decidido remozar un edificio antiguo y cualquier tarea suponía semanas. Los empleados de la obra eran extranjeros, lo sabía porque hablaban en un lengua que él no conocía. Los miraba desde detrás de la cortina, cuando asomados al balcón sacaban el bocata y la botella de vino, entre risas, cimentando una alegría contagiosa, a la hora del almuerzo. Luego subían al tejado, sin ninguna protección, quitaban y ponían tejas, con los ladrillos hacían chimeneas y movían los cubos de pintura. Sufría por ellos, creía que en cualquier momento alguno de ellos se precipitaría al vacío engrosando así esa lista que cada dos por tres aparecía en los medios. Una lista sangrienta de cuya autoría nunca nadie se ponía de acuerdo. No querían llevar casco porque hacía calor, ni atarse con cuerdas porque retardaba sus movimientos y los hacía torpes. Apelar al sentido común. Esa era la frase que se decía siempre en los momentos luctuosos, pero él sabía que algún día escucharía un ruido seco, detrás del visillo, como un arbol cuando cae sobre el asfalto y sabía que sus vaticinios de nada servirían porque había cosas que eran inevitables