Hay fachadas clónicas de colores chillones, con balcones oxidados, en los cuales la gente fuma, tose y esputa, que en el verano se convierten en espejos. Una abuelilla rijosa que con mucho cuidado espera a que no pase nadie bajo su balcón para darle un meneo a su alfombra, lo que su exangüe salud le permite, todos los días a la misma hora ejecuta su tarea, con la precisión de un reloj suizo. Así sabe que son las diez y media. El señor barrigudo del tercero lanza su cigarro a la calle una vez terminado, impactando contra la luna de los coches sin haber provocado aún ningún accidente.
Cofrade de la desidia ha llegado a confraternizar con todos y cada uno de los píxeles de su monitor, y el ratón se ha convertido en su animal de compañía preferido. Lo arriesgó todo y lo cambió por uno inalámbrico pero él siguió a su lado, sobre la mesa, junto al teclado, esperando que lo acaricie cada día con las yemas resecas.
Frente a él ve un trozo de cabeza asomando tras un monitor, luego desaparece y sólo queda el culo del aparato, defecando cables. Se demora, contiene la respiración y aguanta así casi un minuto, rozando su record de 1´03”, luego inserta sus imágenes preferidas en el disco duro de su cerebro, como salvapantallas para al cerrar los ojos verlas.
“Estamos tan cerca de usted” que saltan chipas con la energía estática que atesora. Se siente eléctrico y chisporrotea en su quehacer.
Los cajones gruñen, emitiendo chirridos al cerrarse, reivindicando la jornada completa y la silla se yergue hacia la izquierda. Un día se fue al suelo de bruces y lo ha solucionado con media docena de tuercas autoblocables. El agua además de insípida es blanca y cargada de cal, por eso el jefe dice que en su casa tienen que cambiar de plancha cada año.
La única planta que tenían en la oficina pidió el traslado y se quedaron huérfanos de natura. Lo único verde son las gomas de borrar y el letrero de “salida”. Tras hibernar, en un estado de semiinconsciencia inducida, se ha encerrado en el baño, que no es sino un zulo de dos por dos tratando de encontrar una rendija, una llave, un clic que le transportase a otra realidad. Ha palpado la pared y el suelo al detalle y se ha dado por vencido. Al abrir los ojos nada había cambiado. Olía igual de mal y no había papel higiénico. Examinó el rostro del espejo al detalle y lo imaginó veinte años después, más arrugado, con una tristeza aún mayor en sus ojos, depositada en unas ojeras cada vez mayores, en esa misma oficina, con los mismos compañeros de “hola y adiós”, con el mismo jefe “esto lo quiero para ayer”, con su sueldo de mil raquíticos euros, sentando sus posaderas en esa taza inmunda y sintió un peso que lo abrumaba, que bien podía ser la punzada de la frustración, un ahogo del que surgió un sudor frío, que dio paso a un sonrisa amplia al tiempo que imaginaba el balsámico mar, el rumor las olas, el chiringuito en la playa que regentaba su hermano Ramón que llevaba dos décadas apremiándole para que trabajara con él los meses veraniegos en tierras alicantinas. Salió del baño y sus pasos lo dirigieron de nuevo a la oficina, con la mano sobre la puerta, giró sobre sus talones, bajó las escaleras al trote, corrió por la Gran Vía, con punzadas en el estómago y un flato que le impedía separar la mano del costado. Sacó un billete de autobús que estaba listo para dejar la estación. Por la ventanilla iba dejando una vida, pero creía ir ganando otra, porque pensaba que al igual que la energía, la vida ni se creaba ni se destruía, hasta que uno estaba bajo tierra. Cerró los ojos y durmió con una bandada de ángeles acolchando su reposo de agradables y reconfortantes pensamientos.
January 22nd, 2008 at 7:25 pm
Creo que en realidad debío quedarse dormido en el baño… Negra realidad la que describes. No. Gris…
Gracias por el relato
January 22nd, 2008 at 10:56 pm
prometeo, gracias a ti por leerlo.
saludos.