Podría decirte que no puedo vivir sin ti, que la espera me cercena el ánimo, que las horas son losas en tu ausencia, que me enciendo al roce a tu contacto, que tus palabras me arrullan, que tu aliento me da vida, que tus besos me llevan hasta el abismo del deseo, que tus caricias calman la bestia que hay en mí, que no me importa el mañana, que el presente contigo es total, pétreo, sin fisuras, que podría ir hasta el Polo Norte de rodillas y cruzar los cinco océanos a braza para tenerte siempre cerca, que ningún poeta podría adjetivar nunca tu belleza, ningún arquitecto construir una historia más sólida que la nuestra, que ningún amante se entregará nunca como yo, que un aprendiz de mago también sabe echar “polvos mágicos”.

Podría decirte que cuando te conocí, Cupido se cebó conmigo, me tocó la lotería, los amaneceres fueron todavía más hermosos, la razón se me nubló, mi corazón se encabritó y por las noches recé con los ojos arrasados, incrédulo de mi dicha.

Podría seguir diciendo que emborrachado de amor “los del 112” tuvieron que reanimarme de sucesivos comas etílicos, que cuando tu rostro se contrarió, en mi alma brotaron espinas, que con tus sueños trencé los míos, que nos fundimos muchas veces tratando de ser sólo uno, que dibujé un firmamento con estrellas fugaces para cumplir tus deseos, que nuestro amor “sin papeles” no precisa de firmas.

Podría matarte por amor, amarte hasta morir, morirme en tu ausencia, amarnos tanto que resultásemos grotescos, alardear a los cuatro vientos de nuestro amor perruno, incondicional, insuperable.

Podría plagiar poesías en tu nombre, loar tu figura, sacarte los colores, empinar el codo en la Laurel y haciendo eses, hacerlo en los portales.

Podría decir muchas cosas, demasiadas, pero guardaré silencio, porque cuando tú me miras, sabes perfectamente decodificar mis silencios y las palabras sobran.