Decía ser un ecologista radical, uno de esos que de tanto beber cervezas danesas acabaron pensando en verde, cuyas acciones en esa materia eran tan inanes como el eslogan referido. Libraba una batalla interna porque a pesar de su espíritu medioambiental no conseguía materializar ninguna de sus ideas naturistas. Así se desplazaba al trabajo en su cuatro por cuatro, mientras fumaba por la ventanilla, dejando en la guantera el bocata de atún que cada mañana su mujer le preparaba, reemplazándolo por un emparedado que extraía de una máquina, forrado de plástico, al igual que la botella de refresco que bebía y los cuatro cafés que ingería durante la mañana y hasta las tres de la tarde. Quería cambiar las cosas, iniciar una revolución mundial, y quería comenzarla por sí mismo, pero la desidia y la comodidad ceñida a sus músculos como un guante le impedían llevar a cabo sus propósitos. Mañana cambio, se decía al acostarse, mientras se quitaba los calcetines e incluso dejaba la bicicleta en la entrada, con las llantas relucientes, las ruedas infladas, y el mono fosforescente que lo haría visible entre los penachos de sombras y las primeras luces incipientes del día, la misma bicicleta que su mujer tras llevar a los hijos al colegio, guardaría en el armario.
Su batalla tenía varios frentes abiertos, porque ante su jefe nunca encontraba la frase exacta, aquella que plasmara su sentir, su aburrimiento sideral, su escasa motivación, sus horas amontonadas junto a la planta de plástico que flanqueaba el monitor, y en su presencia, asomaba a su rostro una mueca cómica, algo parecido a una sonrisa, propiciada por el estiramiento de los labios en direcciones contrarias y decía a todo que sí, era entonces el más servil, el más obediente, el escuchante perfecto, el secretario ideal, una pieza insustituible en boca de su superior.
En casa era su mujer la que acentuaba su pesar, ella le adoraba, y él se sentía dichoso y afortunado, pero infeliz, si es que tal cúmulo de sensaciones podían definirse con ese adjetivo. Desde el día después de la boda, hacía ocho años, había querido romper con ella. Se ofuscó con los monosílabos y dijo sí, cuando quería decir no y mientras traían al mundo al que sería su primer hijo, cuando él en el lecho iba a confesarle a ella sus sentimientos, abrir su corazón y su cerebro a la luz de la verdad, buscando la fuerza en las membranas del deseo, ella le tapó la boca con su tanga rosa, comprado para la ocasión, y lo copuló toda la noche hasta dejarlo exhausto. La segunda vez que ella propuso aumentar la familia, él estaba pero no era y el barrio ganó una familia modelo, a la vieja usanza, remembranza de años en los que todos eran como uno, y la única unidad debía ser nacional.
Ante sus progenitores su angustia se acrecentaba, ya que él siempre sería el pequeño. Lo era con diez años, lo fue con veinte y lo seguiría siendo con cuarenta y creía y sentía como tal que los diminutivos eran una sutil ofensa, una mofa incruenta, de la que él no quería formar parte. El conocimiento mutuo le resultaba frustrante, sabía que aunque se presentara antes ellos como un pellejo arrugado, calvo y gordo, desdentado y ojeroso, con el mundo colgado de las pestañas y los cinco continentes en el arcón de sus pupilas, seguiría siendo su niño, su retoño en flor, la sangre de su sangre. Su madre lo miraba con ojos felinos, entre exclamaciones y frases hechas, ojos que radiografiaban e incluso escaneaban su alma, cual cosa que sea, al instante, sin recabar cita previa. El dictamen era tan raudo como veraz y dejaba el visitante la casa abatido abrumado bajo el peso de las certezas y apuntillado por su impotencia y cobardía, sin poder ocultar su desamparo, rumiando su desdicha, mascullando palabras ininteligibles. Pensaba a modo de consuelo lo bonito que era el preludio del amor, las incendiarias caricias, las confesiones al oído, los datos ofrecidos con cuentagotas, los paseos por los parques, el arrullo de las miradas cómplices, instantes donde todo era nuevo y cada palabra, cada confesión, eran piedras que cimentaban un refugio común que el sexo atechaba.
No quería dirigirse a su casa porque sabía lo que ocurriría. Ella, a pesar de su bondad, no exenta de condescendencia, cogería su cabeza, como un melón maduro y lo reposaría sobre su regazo, rebuscaría en su cabello buscando el fantasma de algún piojo, calmándolo con su hablar quedo, envolvente y beatífico, y él se dejaría ir, abandonando poco a poco la orilla de la tragedia, el holocausto de sus pesares, para desempolvar la balanza e ir situando las cosas a cada lado, y llegar a la misma conclusión de siempre. Pero esa tarde, mientras su madre le despedía desde la ventana, diciendo algo inaudible tras el cristal, no se dirigió al coche, sino que echó a andar, sin rumbo fijo, paladeando la inminente libertad, que ofrecía el desconocimiento de sus actos posteriores. Dejó su teléfono móvil apagado sobre el lomo de una papelera, a la vista. A un señor que afirmaba desde un trozo de cartón con letras vacilantes y ebrias que tenía hambre, le entregó su cazadora y su corbata. A medida que se despojaba de parte de su patrimonio el gozo le alimentaba más que la desazón, así que a lo largo de la avenida, fue regalando objetos, llegando a la conclusión de que sus bolsillos eran dos diminutos bolsos de viaje. Alguien hizo amago de saludarle, incluso le dijo hola, pero al instante se retrajo, pidiendo excusas por la confusión. Supo entonces que la transformación estaba siendo efectiva, que bastaba un leve cambio de imagen, la perdida de unas cuantas señas de identidad, para obrar la transformación. La barba negreaba su rostro y su pelo sudado por la carrera, le conferían un aspecto desgreñado. Así fue como poco a poco, esa noche acabaría casi desnudo, dormitando bajo unos cartones, reclamando el frío de la noche para sí, y para los que dormían próximos a él. Lo había dejado todo, pero no había ido detrás de ningún Dios crucificado. Nadie anduvo sobre las aguas para convencerlo de su divinidad, ni multiplicó los panes duros que ingirió como cena, ni tampoco convirtió el agua en vino. Allí no había dioses ni crucificados ni resucitados, sólo ecologistas urbanos, que cómo él habían dado el paso, roto los lazos, y poco a poco escarbando, hasta dejar las uñas a ras de la cutícula, habían despedido el mundo real, para morar ya y quien sabe si por siempre en el subsuelo, en el humus libertario, donde no había jornadas programadas, ni reuniones familiares. Tampoco profesores, correos electrónicos, ni comidas frente al televisor. Un mundo sucio, herrumbroso, herido de podredumbre y soledad, del que quería formar parte, para demostrarle que era capaz de cambiar su destino por el desatino de sus acciones. No sabía si volvería alguna vez a la superficie, a los días de cemento. No se alimentaría ya más de la basura de la tele, de esos residuos visuales, sino de basura tangible, olorosa, nauseabunda. Sintió en su interior una fuerza inaudita, propia del ímpetu de la adolescencia, y halló así constatación a su desvarío. Su naturaleza le mandaba señales de agradecimiento, señales que cualquiera que lo viera en ese estado, tiritando, asomado entre los cartones sería incapaz de interpretar como un renacimiento sino más bien como un estertor. Pero a él, que a pesar del frío se mantenía lúcido no le importó ver esos rostros, porque su Nuevo Mundo nada tenía que ver con el de ellos.