Episodios Regionales.
Devaneos de un Logroñés desnortado.
I. La senda de los elefantes.
Enfiló la calle Laurel con paso vacilante. Quería huir de la sombra viscosa, la presencia espectral que le asustaba, un presagio que como el verbo, luego se haría carne, que lo acechaba al salir de cada bar. A pesar de la desazón dio cuenta de unas orejitas trisconas en El Perchas, se zampó una zapatilla en Juan y Pinchamé, después un cojunudo en El Simpatía, pidió un matrimonio (no sabemos si homosexual o heterosexual) en el Blanco y Negro, unas patatas bravas en el Jubera, ultimó un pincho moruno en el Paganos, degustó la untuosa y chorreante tetilla casi líquida que se desparramó por su gaznate y antes de dejar la senda se ventiló un tío Agus. Todo ello lo regó con vino crianza de la tierra de marcas varias: Prometedor, Presagio, Pergamino, Latente, Antaño…..
Se dejó veinte euros en poco más de media hora por La Senda de los Elefantes, pero en algo debía gastar su botín, se decía así mismo, como si invertirlo en solazar sus sentidos con buenos manjares y caldos fuera menos pecado que dilapidarlo frente a una máquina tragaperras de luces magnetizadoras.
Con el entendimiento brumoso por la ingesta del néctar granate, antes de irse al suelo, trastabillando, se agarró a una figura hercúlea que lo mantuvo en pie, elevado del suelo medio palmo, pataleando como un bebé en una trona. Le costaba respirar, pero la soga cárnica en su cuello, con forma de mano cuyo dorso recorrían venas abultadas como cinceladas por un picapedrero, lejos de aminorar la presión, presentaba cada vez una mayor rigidez.
Cuando su oreja derecha estuvo a la altura de los labios de esa especie de Poseidón, éste con una voz que parecía provenir de un pozo sin eco, le detalló que lo iba a abrir de arriba abajo en busca de lo que le había robado.
- Me haré unas morcillas con tu sangre si es necesario, dijo el forzudo. Esa fue su carta de presentación.
Luego lo estrelló contra la pared, como un plato en un día de furia o de celebración, y tras patearle los riñones, le instó a hablar.
-¿Dónde está?.
Las manos en la zona lumbar. La cara congestionada.
- Lo siento, no soy nada curioso. Me importan un bledo tus preguntas.
El puñetazo, por otra parte esperado cuando uno se sobrepasa de listo, sonó como el crujido de una nuez quebrada por el cascanueces.
Un venero de sangre corrió desde su nariz hasta abrevar en su boca.
- Dulce, ¡cómo a mí me gusta!…no me vendrá mal algo de glucosa. ¿Ladrón yo?, Qué va, yo sólo soy un jardinero que poda cactus al amanecer, el hijo bastardo de la noche, el alma solitaria de la fiesta, el que cierra los bares, un náufrago del presente desoyendo los cantos de sirena del mañana, ¡ese soy yo!, no quien tú buscas.
El siguiente puñetazo le inflamó la carne que circunda el ojo, amoratándolo.
- Mátame si quieres, arráncame la piel a tiras si te va ese rollo, me ofrezco como tu San Bartólome particular, préndeme fuego, decapítame, empálame, sea tu voluntad, pero no contestaré a tus preguntas. Picas piedra.
El verdugo calibró la situación. Si tensaba demasiado la cuerda, lo más probable es que aquello acabara mal para su víctima, y aún peor para él, en el caso de no recuperar el dinero.
- Está bien, vamonos a picar algo tú y yo. Lo incorporó y en volandas lo llevó hasta la barra de un bar anejo, donde comieron una ración de setas y una brocheta de sepia a la plancha mal descongelada. La camarera se interesó por la salud del damnificado. Los ojos de ella mostraban sorpresa y miedo pero también el arrojo necesario para hacer una llamada a los maderos.
- Esta es su última voluntad antes de morir, le dijo guiñándole un ojo y acercándole un billete de cincuenta euros por debajo de una servilleta, donde estaba escrito el nombre del bar con letras negras rodeando un escudo, atravesado por dos espadas en aspa.
La camarera guardó el billete, orilló su curiosidad y les sacó unos mejillones, y unos calamares a la romana.
- Esto resucita a un muerto, musitó, para sus adentros el Lázaro del siglo XXI, porque apenas era capaz de articular palabra. A pesar de los golpes, de la cara descompuesta, seguía tomándose a broma su situación. A uno no le zurran la badana todos los días pensó.
- Pocas cosas hay más sabrosas que un mejillón de roca en su jugo. El día que suban de precio, entonces todos reconocerán sus virtudes. Somos siempre así de estúpidos.
Al lado suyo el verdugo asintió, levemente sorprendido por lo cabal de las apreciaciones de ese guiñapo.
- A ver, centremos la situación.
Poniendo una mano rocosa en el pescuezo del retenido le obligó a mirar hacia abajo. Creyó este entonces que su atacante era un maniaco sexual, el cual tras mostrarle su entrepierna abultada, le ofrecería luego chorizo de cantimpalo a modo de estilete, ensartándolo, que lo sodomizaría antes, para luego tirarlo como a un perro eviscerado en cualquier cuneta. Pero no, aunque el señor X se ruborizó discretamente al comprobar el efecto que su voluminoso paquete había causado en su presa, le hizo ladear el cuello, hasta fijar la mirada en un reflejo metálico, proveniente de un arma bien lustrada que asomaba por encima del pantalón
- Una buena suma, eh. Tres mil euros justos. Seis billetes de quinientos. Unos pocos gramos. Una superficie mínima. Un mínimo orificio.
- Te ofrezco la última oportunidad de salir con vida de esto.
- El calcio es bueno para la memoria. Una tabla de quesos me vendría muy bien
La mano fue en busca del arma.
- Está bien, está bien, te daré lo que buscas, pero no aquí.
La calle comenzaba a llenarse de gente que buscaba un rato de ocio gastronómico probando los pimientos, las carnes, los champiñones, las setas de la tierra, degustando las creaciones de los bares que jalonaban la calle ofreciendo todos ellos diferentes tapas. No era la Laurel otra cosa que, además de visita obligada de todo turista a su paso por Logroño, un punto de encuentro adecuado donde dejar apartado el estrés semanal, el aliento de la crisis, el lugar propicio para la charla, la risa y la celebración: una manifestación pues del goce de vivir.
Apartados del bullicio, bajo la sombra estéril, dada la hora, de un árbol frondoso, cantó.
- Lo gasté.
- Imposible.
- Lo gasté.
- Imposible.
- Lo gastt.
- Imposible
- Lo gassss
- Imposible
- Lo gaaaa
- Imposible
- Lo ggggg
- Imposible
- Looooo
- Imposible
- ellll
- Imposible.
Caían los puñetazos, las letras, también los dientes. El Ratoncito Pérez de buena gana se hubiera declarado en huelga ante tamaña labor.
Le tomó el pulso. Vivía. Podó la camisa dejándola sin mangas de un par de tirones. Bajó sus pantalones. Dos piernas blancas, de pelo ralo y rodillas resecas afloraron hiriendo la negra noche con un sarpullido de algodón. Por debajo del calzoncillo asomaba un trozo de papel sonrosado con trazas de billete. Lo giró. Del ano asomaba un cordel, una porción de hilo insignificante, sólo aparente para ojos escrutadores. Tiró con cuidado. Hubo un suspiro y luego otro, y otro más, o quizá fueran estertores. Surgieron como por arte de magia tres bolas chinas, trasparentes. De su interior, tras pasarlas por el agua de un botellín que siempre llevaba consigo, extrajo cuatro billetes. Cogió el quinto del calzón, y encontró otros cuatro billetes verdes en el pantalón tirado bajo el banco. Total dos mil novecientos euros.
Matar por una cantidad ridícula. Miró los montes difuminados, en lontananza, bajo un cielo que se apagaba y hubiera querido perderse en cualquiera de ellos, de buena gana hubiera arrojado el móvil y su cartera al contenedor, se hubiera desprendido de su identidad y de la ropa, y recobrado su vida anterior, la que tenía antes de entrar a trabajar para el Sr. Majestic, pero sabía que no podía escapar, lo sabía desde hacía mucho tiempo. Desde que las voces interiores fueron bramidos, convertido él también en una bestia, puro instinto. Matar le calmaba, aplacaba sus ansias y le daba una tranquilidad que ninguna otra actividad le profería. No era felicidad, era otra cosa, un alivio momentáneo el que experimentaba al apretar el gatillo o emplear sus manos letales.
El puño cerrado del perro apaleado, se distendió y allí encontró otros ochenta euros, hechos un zurullo. Extrajo entonces de su cartera veinte más y completo la cifra. Tres mil. Sonaba tan bien como toda cifra redonda. Misión cumplida. Se sintió un buen profesional. Miró su reloj. Tiempo de ejecución: 88 minutos. Erguido y ufano como un guerrero sabedor de su poder, curtido en mil batallas, pasó bajo el Arco del Revellín también llamado Puerta de Carlos V.
Frente al Parlamento el chófer del Sr. Majestic abrió la puerta del Audi metalizado.
- Entra, dijo una voz nacida de las vísceras del auto.
Está fuera de peligro, afirmó un sanitario dirigiéndose a un compañero, tras comprobar las constantes vitales del tullido. El cual, acto seguido, fue devorado por el estómago de una ambulancia que lo llevaría al San Pedro, sin obligarle, o ese era su deseo, al menos de momento, a rendir cuentas. (more…)