bastaron para salvarme.
no esperes a oír al portazo para correr tras ella
ni a escuchar un te quiero para regalarte
no creas que el futuro está lejos
porque sabes que todos los días son hábiles
no busques palabras en los libros
sino encuentra caricias en la piel
no esperes el acorde que haga timbrar tu alma
azuza a tu voz interior
da ese paso que te separa tanto de ella como de ti
no busques respuestas en los poemas
porque sólo los muertos no mienten
no subas hasta la cima porque te faltará el aire
haz lo que te salga de las narices
incinéralo todo con tus llamas dragónicas si te place
pero dejá el sofá, ponte en movimiento
y recela de los poemas que empiezan en NO
quizá algún día mis dedos devengan amnésicos
o no encuentre en los cajones más folios
y sobren entonces todas la palabras
y esconda los bolígrafos
y apague el portátil
y dedique mi tiempo a mirarte a los ojos
a tomarte a las cinco
a enseñarte mi casa en las nubes
y así demostrarte la inexistencia de Dios
o quizá no y entonces le pida consejo
y bese su túnica
y acaricie su pelo
y hurgue en su flanco
y recibe una hostia
y me diga: “Chufowski, levántate y escribe”
y coja mis bolis
y enchufe el portátil
y airee mis folios
y obvie tus ojos
no puedo ofrecerte viajes intergalácticos
ni un todo incluido en estaciones espaciales
tampoco cruceros surcando los lejanos mares
mi capital no sabe de capitales
sí de paseos por parques y pocos reales
de pueblos perdidos por montes y valles
te arrimo mis manos de largas falanges
y cuentos paridos y estados mentales
y un prismático para que espies las nubes
y sigas el rastro de estrellas ausentes
te entrego mi amor, mucho o poco, tásalo tú
porque los adverbios son como las palabras falaces
y de ex en ex, creo que este amor finalmente es
no es mucho la verdad, pero así no hay engaño
si no hay príncipe azul no habrá daño.
cumplir un sueño por tantos soñado
caminos de asfalto lo van alejando
el dedo pulgar hacia el cielo apuntando
borrando los rastros
tajando los lazos
desatar sin reparo cordones filiales
perderse a sí mismo
disperso en el todo.
escribir los recuerdos
los gratos momentos
arañar los contornos “soledad desollada”
libertad malnacida
alumbrada
alimentar el diario
sin años
sin días
masa uniforme de tiempo descarriada
muchos te ayudan
te cantan
te animan
te adoptan
insuflan tus velas
los alejas de ti
queriéndote cerca
y Alaska te espera
y te acoge
para devorarte
sus ríos de plata
sus bosques frondosos
las fauces brillantes
de lobos
de osos
de silvestres raíces
cruzaste la raya
ovillo de carne
que vuelves al vientre
febril y vencido
el último rayo estalla en tu rostro
al irte anhelas una mano
una voz
un sonido
el calor de la piel
dos ecos
repartir la dicha
sin reparar cantidades
el cielo se eclipsa
te lleva consigo
el sueño cumplido
los ojos cerrados
cuando quise donar mis palabras
me dijeron: no son aptas
son anémicas
precisas millones de glóbulos rojos
me quedé pálido, blancos los ojos
sangre estéril pobre de leucocitos
¿qué puedo hacer, pregunté angustiado?
si mi anhelo es donar, darlo todo
-hijo mío, si en verdad
éstos son sus deseos
con buena fe y celeridad
haga esto ya sin rodeos
haga cada día una fiesta
apure la copa, exprima el jugo
de la noche oscura, fume hasta desaparecer
tras la nube blanca, corra en todas las direcciones,
alimente el cuerpo y el espíritu, lea mucho y variado
no cuente los días y archive los instantes perdurables
consúmase en cada orgasmo, viértase al río de la vida inacabada
ame con tanta pasión que sienta temblar el mundo bajo los pies desnudos
y si aún así no lo logra, no done,
y no sufra, que escritores hay demasiados,
donantes, afirmo, no tantos
tinta vertida y perdida, negra como la sangre
A pesar de llevar tres días muerto nadie creía en él. Nunca obtuvo parabienes, y en su paso al más allá, los de más aquí, congregados frente a la zanja abierta, más por curiosidad que por otra clase de sentimiento, no lo recordaban con afecto. Todos sus vecinos, la escasa docena y media que constaban censados en los archivos municipales, contaban anécdotas tras el entierro a cual más hirientes, que tenían como protagonista al difunto. No entró con buen pie en el pueblo hacía más de treinta años. Su aspecto greñudo, mal afeitado, la túnica raída y su penetrante mirada, generó los primeros enfrentamientos, las primeras disputas. Luego, cuando su voz se desparramó por el valle, cuando sus ideas libertarias tronaron entre los olivos, sucediendo al trinar de los pájaros, sus palabras fraternales, puras, despojadas de cualquier sombra de maldad, se volvieron contra él, en forma de fuego, de piedras, de agua, de agravios. Podía entonces haber cogido su macuto, en el que guardaba sus escasas pertenencias y encontrar nuevos horizontes, ensanchar el mundo con su límpida mirada y su corazón renovable, donde la ignorancia y la ignominia, que a menudo van de la mano, no sólo en los diccionarios, no hubiera cebado de tal modo la naturaleza humana en esos lares, pero decidió quedarse. Estaba dispuesto a ayudar a quien se lo pidiera, a ser un buen escuchante, pero nadie quería saber de él, tenerlo cerca, salvo para ajusticiarlo, vilipendiarlo, convertirlo en blanco de las críticas y del odio negro y cetrino de las gentes. Pensó que el tiempo le daría la razón, que la verdad como el olivo no necesitaba apenas riego para florecer, para dar sombra, abrigo y sustento al necesitado, pero los años poblaron su cara de luengas barbas, de arrugas y marchitó su mirada, antaño alegre, o acaso sus ojos se entornaron. Su espíritu, no obstante, conservaba la frescura del alba, la alegría infantil, pero en su interior sabía que el final estaba a la vuelta de la esquina, en ese pueblo donde paradójicamente todas las casas eran circulares. Transcurrida una semana de la defunción, los dieciocho vecinos fueron convocados por el alcalde a la lectura del testamento del muerto. La cifra de un millón de euros cayó de la boca del alcalde con la fuerza de un doblón centelleante, que provocó el delirio entre los vecinos, que se miraban y se abrazan entusiasmados. Quisieron entonces mudar su comportamiento anterior, pero ya era tarde. Algunos dieron muestras de arrepentimiento, incluso suavizaron el tono de las ofensas, que quedaron reducidas a divertidas anécdotas, despojadas de atributos negativos. El alcalde, el único vecino que había mantenido la distancia con el difunto, viendo la escena, las caras compungidas de ambición, las pupilas brillantes, el afán por acelerar el reparto, supo entonces que ese gesto, sin duda de buena voluntad, no era otra cosa que la donación de una fosa común al aire libre, vacía, donde se irían acumulando los cuerpos de los vecinos, engalanados con rencillas presentes y sin duda futuras, embalsamados de odios atávicos, inagotables, sin cruces, ni féretros, ni RIP, ni flores, ni losas de piedra, ni familiares postrados cada domingo después de misa. Sólo sería una porción de tierra más, nada particular, que hozarían los animales en busca de alimento, bajo la sombra de los olivos, el trinar de los pájaros y la mirada compasiva y celestial del difunto.
nos arrastramos como vaquetas
espumando el camino con babas
nuestro calmo transitar
no es querencia de quietudes
ni vértigo del presente
sino la mirada de un viejo
que se ha bebido las tardes
nos movemos pesarosos
portando mundos cálcicos
en el borde de la tapias
los peligros nos acechan
no son machetes bruñidos
ni blancas armas del alba
sino el amante y su ira
que brama, supura y tirita
sentido baboso y cornudo
más que un saco de caracoles
Los poemas son puzzles
que se deben agitar antes de usar
las palabras entonces vuelan, caen, se asientan
los significados se alteran
su jugo no es ya miel sino acíbar o viciversa
el tiempo los macera, edulcora
los convierte en anécdotas
o en hojas secas que mece el viento
y el sol seca y mata.
el mundo cabe en un libro
tu risa en un poema
mis ganas en un dedal
el universo contiene mil estrellas
tus caricias mis anhelos
mi sed apagada en tu piel
la noche devora el silencio
tu voz mis delirios
mi ego el centrismo
la metalurgia del deseo
funde los metales del sexo
tu hoja de parra
mi semilla maldita
me entrego como un palimpsesto virgen
viejo
ajado
roto
usado
corrupto
para que hagas de lo pretérito
presente y si quieres futuro
en ti dejo el buril y un alud de horas muertas
a las que dar vida en tu afán creador
el amor inalámbrico no sabe de cables
de cordones umbilicales, de promesas
se alimenta de ondas y facturas
se vierte en el ambiente por las tres habitaciones
sin vernos, sin tocarnos, sin olernos
las luces parpadean en el modem
un corazón tricolor que no deja de latir
y yo me reinicio cada día
buscas respuestas en el teclado
y solo oyes un ruido metálico
una risa masticada y devuelta
y el reflejo de un rostro malhumorado.

Si tú no estás soy un columpio vacío, mojado por la lluvia y quemado por el sol, sin niños, ni gritos, ni lloros, ni risas, ni nada.
cada uno aportó su granito de arena
hasta que finalmente
el planeta
se desertizó
Es la evolución sin etapas
las palabras gastadas por el uso
la palmada en la espalda
el anticipo a cuenta
las cuatro estaciones
lo irremediable lo sabido
el sonido del trueno tras el rayo
el suelo que pisamos firme y embreado
lo que todos saben de nosotros
la máscara de piel que vestimos
el olor que expelemos
lo evidente, tangente, sensorial
la manta sobre las piernas
la mecedora vacía.
Si alguien te dice que tienes estilo al caminar
al vestir al escribir al comer nueces
tienes dos opciones
alardear de tu estilo y afianzar tu previsibilidad
o desandar el camino hasta volver al origen
ese tronco placentero del que manaste
buscar tu yo desestilado
en el espejo roto y en el agua turbia de una pila bautismal
bendecir el caos
ser una alma heterogena fragmentaria
un puzzle de carne con más piezas
que las que vienen en la caja
así no serás ya una marca
un producto cifrado
una señal de identidad
el faro en la loma
lo que todos esperan
un significante con significado trillado y vacío de contenido.
Serás tú mismo el que elija los afijos de tu raíz
altéralos a tu antojo, create y desconstrúyete a ti mismo
no bendigas la permanencia
porque la película de tu vida
no tendrá fotogramas ni títulos de crédito
solo risas y aplausos enlatados
Pues gracias a Prometeo que me lo ha recordado en un comentario, hace un año que nos dejamos caer por la red, y así golpe a golpe, pulsación a pulsación hemos cumplido un año desde aquella presentación. Así que daros las gracias a ese puñado de lectores que se pasan por aquí de vez en cuando, que comentan lo que escribo, entre esos cientos de millones de blogs que alimentan el ciberespacio. Espero seguir por aquí un tiempo más, aporreando el teclado, perdido en ese mar de pixel. Ya de paso ahí tenéis una carta para San Valentín que escribí el año pasado, por si hay alguna palabra o frase que os pueda ser útil con vuestras parejas.
mientras duermes ausculto la noche
con pupilas vencidas
oigo la nada
o quizá el sonido de un televisor
o una paloma buscando acomodo
siento tu vientre espumoso erizado
su sube y baja
como el trazado de una carretera secundaria
o una ola de un mar cualquiera
sigo las curvas de tu cuerpo con las yemas
y me erizo me ovillo me retraigo
me derroto me detengo bajo la almohada
y los minutos caen en el despertador
como azadones sobre el asfalto
sin desvelarla
labro palabras yacentes
entre el sudor y el semen
y el mañana es el ahora
dentro de veinticuatro horas

En El País venía ayer un artículo hablando del Kindle. El Kindle es un aparatito de 18 cm de largo por 13 cm de ancho y 300 gramos de peso, como el de la foto, con una pantalla digital, donde leer los libros que el aparatito almacena en una memoria, con capacidad para 200 libros. Podrán también descargarse 90.000 títulos. Nos dicen que cuando nos vayamos de viaje, nos podemos llevar toda nuestra biblioteca de viaje. ¿quién lee 200 libros en vacaciones?. A mí con llevarme un par de ellos voy sobrado.
Hasta la fecha con los libros virtuales hemos comprobado que su venta ha sido un fracaso en toda regla. Para mí lo bueno de un libro es su tacto, su presencia física. Si después de pasar ocho horas currando delante de la pantalla de un ordenador, llego a casa, me quito los zapatos, me pongo las zapatillas de andar por casa, me tumbo en la cama y para dedicarme a pasar un buen rato de lectura he de coger este aparatito, Kindle, como si se tratara de un consola y dejarme los ojos delante de una pantalla digital estoy apañado. Mientras los editores publiquen libros, y estos sean de papel, yo seguiré leyéndolos mientras me sea posible. La idea de leer un libro en una pantalla no me seduce nada. He leído alguno en formato pdf en un monitor y no he disfrutado nada de la experiencia. Quizá para leer el periódico o algún artículo vale, pero un libro conlleva crear un ambiente, de iluminación, falta de sonido, cogerlo entre tus manos, acariciar las tapas, acariciar su lomo, deslizar las yemas por las palabras de tinta, incluso oler su aroma de libro recién impreso si es nuevo.
Además estas dimensiones 18×13 no tienen en cuenta que nos puede gustar leer libros de arte, de cocina, de fotografía donde deleitarnos con fotografías de buen tamaño, que estos kindle no pueden ofrecernos.
A mi me gusta ir a la estantería y ojear un libro, no depender al 100% de la wikipedia o de internet, para abastacerme de información. Si se produce un formateo virtual, vamos listo, toda la información a freír churros, ya sean mp3, películas o libros. A mí me gusta saber donde los tengo y que aspecto tienen, ver el careto del autor, leer la sinópsis del libro. Pequeñas cosas que hacen de la lectura un placer.
El pequeño Bill era osado y atrevido. En las fiestas Navideñas, pasaba de escribir cartas a los Reyes Magos, porque según él eso era algo del pasado, una costumbre arcaica que solo hacía deforestar los bosques y enriquecer a las compañías postales. Pasó la tarde delante de la pantalla de su ordenador portátil trasteando por la red. Visitó la página web de Los tres Reyes Magos pero lo que buscaba no lo halló. Entró tambien en foros, pero al final la misma información aperecía una y otra vez en todas las páginas, lo que le llevó a plantearse si internet no era un camelo, donde un porcentaje altísimo de web ofrecían exactamente lo mismo. Consiguió un número de teléfono que creyó sería su salvación. Mientras esperaba oír una voz humana hubo de aguantar estoicamente media docena de villancios. Después de dar sus datos personales finalmente un tal José se ofrecía a hablar con él. Bill le dijo lo que quería y José hubo de contenerse para no romper a reír. Lo siento mucho dijo, pero los Reyes Magos, no disponen de correo electrónico, de momento, dijo al intuir que lo que oía al otro lado de la línea eran sollozos. Bill no podía creer que en plena era de la información, la forma más rápida de hacer saber a los Reyes los regalos que quería, fuese escribiendo una carta. Pero se mantuvo en sus trece y no escribió su carta. El día de Reyes no obstante bajo el arbol iluminado había cajas con papel de regalo y dentro de ellas, los regalos que quería. Extrañado preguntó a su madre cómo era posible que los Reyes, Baltasar, su preferido en su caso, supiera sin habérselo escrito. Su madre, le dijo, que lo de la carta era sólo un trámite, porque los Reyes, sabían perfectamente qué regalos eran los que cada niño quería. A Bill le pareció que la conexión telepática era aún mejor que la conexión virtual y que los Reyes eran más listos de lo que se creía.