Relatos


Relatos and Actualidad and Humor28 Jan 2010 04:22 pm

Sonsonete en el pasillo, toses, quejíos. Trastabillear, caer, besar el suelo. Buscar los enchufes, las esquinas más mordaces. Golpear hacer ruido, y gritar, runfar. Sentada con los brazos abiertos, esperando ser alzada. Rebuscar en los juguetes, tirar, dispersar, aporrear, mirar concentrado desvelando la esencia de una tortuga de peluche, el mecanismo de un puzzle, los reflejos del metal. Chupar la alfombrar, arañar, lamer el suelo, horadar el parqué, mover las sillas, degustar las nubes de polvo, las toallitas humedas, chuperreteo de falanges, coprofagia inconsciente. Seguir runfando. Buscando la manilla de la puerta, a años luz de su cogote. De nuevo al suelo, esta vez sin manos, llorar, pulmones a plena máquina, mejillas encendidas. Zapatilla volando, calcetín también, propulsada por el pasillo, gateando, huyendo, buscando la fría porcelona del vater. Verticalidad en desequilibrio. Caer o no caer: he ahí el coscorrón. Cualquier rincón es lo suficientemente grande para esconderse, cualquier agujero lo bastante grande para el trajín de dedos, cualquier momento apto para llorar.
Microdescanso interrumpido.
Ya voy..ya vooooy..ya vooooooooy….

Relatos11 Jan 2010 08:12 pm

Lo mejor de las Navidades es que siempre se acaban.

Relatos and Literatura02 Feb 2009 03:51 pm

Episodios Regionales.
Devaneos de un Logroñés desnortado.

I. La senda de los elefantes.

Enfiló la calle Laurel con paso vacilante. Quería huir de la sombra viscosa, la presencia espectral que le asustaba, un presagio que como el verbo, luego se haría carne, que lo acechaba al salir de cada bar. A pesar de la desazón dio cuenta de unas orejitas trisconas en El Perchas, se zampó una zapatilla en Juan y Pinchamé, después un cojunudo en El Simpatía, pidió un matrimonio (no sabemos si homosexual o heterosexual) en el Blanco y Negro, unas patatas bravas en el Jubera, ultimó un pincho moruno en el Paganos, degustó la untuosa y chorreante tetilla casi líquida que se desparramó por su gaznate y antes de dejar la senda se ventiló un tío Agus. Todo ello lo regó con vino crianza de la tierra de marcas varias: Prometedor, Presagio, Pergamino, Latente, Antaño…..
Se dejó veinte euros en poco más de media hora por La Senda de los Elefantes, pero en algo debía gastar su botín, se decía así mismo, como si invertirlo en solazar sus sentidos con buenos manjares y caldos fuera menos pecado que dilapidarlo frente a una máquina tragaperras de luces magnetizadoras.
Con el entendimiento brumoso por la ingesta del néctar granate, antes de irse al suelo, trastabillando, se agarró a una figura hercúlea que lo mantuvo en pie, elevado del suelo medio palmo, pataleando como un bebé en una trona. Le costaba respirar, pero la soga cárnica en su cuello, con forma de mano cuyo dorso recorrían venas abultadas como cinceladas por un picapedrero, lejos de aminorar la presión, presentaba cada vez una mayor rigidez.
Cuando su oreja derecha estuvo a la altura de los labios de esa especie de Poseidón, éste con una voz que parecía provenir de un pozo sin eco, le detalló que lo iba a abrir de arriba abajo en busca de lo que le había robado.
- Me haré unas morcillas con tu sangre si es necesario, dijo el forzudo. Esa fue su carta de presentación.
Luego lo estrelló contra la pared, como un plato en un día de furia o de celebración, y tras patearle los riñones, le instó a hablar.
-¿Dónde está?.
Las manos en la zona lumbar. La cara congestionada.
- Lo siento, no soy nada curioso. Me importan un bledo tus preguntas.
El puñetazo, por otra parte esperado cuando uno se sobrepasa de listo, sonó como el crujido de una nuez quebrada por el cascanueces.
Un venero de sangre corrió desde su nariz hasta abrevar en su boca.
- Dulce, ¡cómo a mí me gusta!…no me vendrá mal algo de glucosa. ¿Ladrón yo?, Qué va, yo sólo soy un jardinero que poda cactus al amanecer, el hijo bastardo de la noche, el alma solitaria de la fiesta, el que cierra los bares, un náufrago del presente desoyendo los cantos de sirena del mañana, ¡ese soy yo!, no quien tú buscas.
El siguiente puñetazo le inflamó la carne que circunda el ojo, amoratándolo.
- Mátame si quieres, arráncame la piel a tiras si te va ese rollo, me ofrezco como tu San Bartólome particular, préndeme fuego, decapítame, empálame, sea tu voluntad, pero no contestaré a tus preguntas. Picas piedra.
El verdugo calibró la situación. Si tensaba demasiado la cuerda, lo más probable es que aquello acabara mal para su víctima, y aún peor para él, en el caso de no recuperar el dinero.
- Está bien, vamonos a picar algo tú y yo. Lo incorporó y en volandas lo llevó hasta la barra de un bar anejo, donde comieron una ración de setas y una brocheta de sepia a la plancha mal descongelada. La camarera se interesó por la salud del damnificado. Los ojos de ella mostraban sorpresa y miedo pero también el arrojo necesario para hacer una llamada a los maderos.
- Esta es su última voluntad antes de morir, le dijo guiñándole un ojo y acercándole un billete de cincuenta euros por debajo de una servilleta, donde estaba escrito el nombre del bar con letras negras rodeando un escudo, atravesado por dos espadas en aspa.
La camarera guardó el billete, orilló su curiosidad y les sacó unos mejillones, y unos calamares a la romana.
- Esto resucita a un muerto, musitó, para sus adentros el Lázaro del siglo XXI, porque apenas era capaz de articular palabra. A pesar de los golpes, de la cara descompuesta, seguía tomándose a broma su situación. A uno no le zurran la badana todos los días pensó.
- Pocas cosas hay más sabrosas que un mejillón de roca en su jugo. El día que suban de precio, entonces todos reconocerán sus virtudes. Somos siempre así de estúpidos.
Al lado suyo el verdugo asintió, levemente sorprendido por lo cabal de las apreciaciones de ese guiñapo.
- A ver, centremos la situación.
Poniendo una mano rocosa en el pescuezo del retenido le obligó a mirar hacia abajo. Creyó este entonces que su atacante era un maniaco sexual, el cual tras mostrarle su entrepierna abultada, le ofrecería luego chorizo de cantimpalo a modo de estilete, ensartándolo, que lo sodomizaría antes, para luego tirarlo como a un perro eviscerado en cualquier cuneta. Pero no, aunque el señor X se ruborizó discretamente al comprobar el efecto que su voluminoso paquete había causado en su presa, le hizo ladear el cuello, hasta fijar la mirada en un reflejo metálico, proveniente de un arma bien lustrada que asomaba por encima del pantalón
- Una buena suma, eh. Tres mil euros justos. Seis billetes de quinientos. Unos pocos gramos. Una superficie mínima. Un mínimo orificio.
- Te ofrezco la última oportunidad de salir con vida de esto.
- El calcio es bueno para la memoria. Una tabla de quesos me vendría muy bien
La mano fue en busca del arma.
- Está bien, está bien, te daré lo que buscas, pero no aquí.
La calle comenzaba a llenarse de gente que buscaba un rato de ocio gastronómico probando los pimientos, las carnes, los champiñones, las setas de la tierra, degustando las creaciones de los bares que jalonaban la calle ofreciendo todos ellos diferentes tapas. No era la Laurel otra cosa que, además de visita obligada de todo turista a su paso por Logroño, un punto de encuentro adecuado donde dejar apartado el estrés semanal, el aliento de la crisis, el lugar propicio para la charla, la risa y la celebración: una manifestación pues del goce de vivir.
Apartados del bullicio, bajo la sombra estéril, dada la hora, de un árbol frondoso, cantó.
- Lo gasté.
- Imposible.
- Lo gasté.
- Imposible.
- Lo gastt.
- Imposible
- Lo gassss
- Imposible
- Lo gaaaa
- Imposible
- Lo ggggg
- Imposible
- Looooo
- Imposible
- ellll
- Imposible.
Caían los puñetazos, las letras, también los dientes. El Ratoncito Pérez de buena gana se hubiera declarado en huelga ante tamaña labor.
Le tomó el pulso. Vivía. Podó la camisa dejándola sin mangas de un par de tirones. Bajó sus pantalones. Dos piernas blancas, de pelo ralo y rodillas resecas afloraron hiriendo la negra noche con un sarpullido de algodón. Por debajo del calzoncillo asomaba un trozo de papel sonrosado con trazas de billete. Lo giró. Del ano asomaba un cordel, una porción de hilo insignificante, sólo aparente para ojos escrutadores. Tiró con cuidado. Hubo un suspiro y luego otro, y otro más, o quizá fueran estertores. Surgieron como por arte de magia tres bolas chinas, trasparentes. De su interior, tras pasarlas por el agua de un botellín que siempre llevaba consigo, extrajo cuatro billetes. Cogió el quinto del calzón, y encontró otros cuatro billetes verdes en el pantalón tirado bajo el banco. Total dos mil novecientos euros.
Matar por una cantidad ridícula. Miró los montes difuminados, en lontananza, bajo un cielo que se apagaba y hubiera querido perderse en cualquiera de ellos, de buena gana hubiera arrojado el móvil y su cartera al contenedor, se hubiera desprendido de su identidad y de la ropa, y recobrado su vida anterior, la que tenía antes de entrar a trabajar para el Sr. Majestic, pero sabía que no podía escapar, lo sabía desde hacía mucho tiempo. Desde que las voces interiores fueron bramidos, convertido él también en una bestia, puro instinto. Matar le calmaba, aplacaba sus ansias y le daba una tranquilidad que ninguna otra actividad le profería. No era felicidad, era otra cosa, un alivio momentáneo el que experimentaba al apretar el gatillo o emplear sus manos letales.
El puño cerrado del perro apaleado, se distendió y allí encontró otros ochenta euros, hechos un zurullo. Extrajo entonces de su cartera veinte más y completo la cifra. Tres mil. Sonaba tan bien como toda cifra redonda. Misión cumplida. Se sintió un buen profesional. Miró su reloj. Tiempo de ejecución: 88 minutos. Erguido y ufano como un guerrero sabedor de su poder, curtido en mil batallas, pasó bajo el Arco del Revellín también llamado Puerta de Carlos V.

Frente al Parlamento el chófer del Sr. Majestic abrió la puerta del Audi metalizado.

- Entra, dijo una voz nacida de las vísceras del auto.

Está fuera de peligro, afirmó un sanitario dirigiéndose a un compañero, tras comprobar las constantes vitales del tullido. El cual, acto seguido, fue devorado por el estómago de una ambulancia que lo llevaría al San Pedro, sin obligarle, o ese era su deseo, al menos de momento, a rendir cuentas. (more…)

Relatos07 Jan 2009 10:25 pm

Cuando supo de su pérdida, sintió tal vacío que creyó ser devorada por la nada.

Relatos06 Jan 2009 08:25 pm

En lugar de tomar partido por una o por otra, decidió jugarlo y levantar la copa triunfal hasta emborracharse.

Relatos04 Jan 2009 11:14 pm

El día de su boda su mujer le regaló una brújula a fin de que nunca perdiera el norte.

Relatos and Logroño09 Oct 2008 08:44 pm

Espartero bajó de su caballo y vio los leones dormidos, recostados todos ellos sobre su pata izquierda. A su espalda unas figuras envueltas para regalo, tendencias vanguardistas, anhelos ciudadanos, necesidades a satisfacer que impelían a los concejales de turno a llenar la cabeza de la gente con frases ocurrentes en ciudades inventadas que a veces no obstante solucionaban un aprieto.

Caminó a trancas, con pasos cortos, moviendo su pesado cuerpo en dirección a la Concha del Espolón. Allí, resguardados del fulgor de las estrellas, de los alaridos de las lluvias de estrellas, de los coitos de la luna, unos cuantos desheredados, ocultos entre papeles y cartones mostraban sus botellas ultimadas a modo de defensa, como si los reflejos de vidrio o más bien su contenido fuera lo único que les mantuviera con vida, su único alimento fecal, que ingerían y vomitaban, cuando sus estómagos eran ya arcones ajados de soledad y silencios con eco.

Allí se plantó Espartero, en medio de todos ellos. Los hombres de verde hacían la lluvía con sus apéndices de agua, el cielo descorría el manto oscuro y dejaba filtrar los primeros rayos, esos agijones de luz y vida que reconfortarían a todos por igual, dado que de momento el sol no había sido privatizado.

Movió su espada en dirección a un periódico amarillento bajo el cual adivinó unos pelos ralos y grasientos. Hubo un respingo, también gritos, movimiento, injurias, afrentas con botellas y guijarros de pena, y Espartero antaño regente y ahora soporte palomero vio la soledad en esos rostros, certificó su vía crucis en los brazos picados, buscó respuestas sin ni siquiera saber como hacer las preguntas oportunas y le venció la realidad hiperbólica, y como un leño mecido en un venero de lodo y semen se dejó ir hasta su pedestal. Subió en él, asió las bridas de su cabello y tieso, siguió mirando al frente, como había hecho todos estos años, desde que lo habían plantado allí en una plaza en el centro de Logroño.

Relatos05 Oct 2008 08:07 pm

..en busca del tiempo perdido…

Relatos04 Sep 2008 09:32 pm

..una pequeña parte de mí…

Relatos and Humor05 Aug 2008 10:19 pm

Va a la biblioteca a dormir. Cada día del año por la tarde repite el ritual. Coge el libro de la estantería, un mamotreto de mil páginas, se va al fondo de la sala, se acomoda, dispone la cartera y el móvil sobre la mesa, abre el libro por la página 1234 y pocos después, como si la lectura fuera un embrujo, como si el contacto de las yemas con el papel obrara el milagro, irremediablemente cae dormido. Luego, a veces, entreabre los ojos y vuelve poco después a cerrarlos. No ronca y es gratificante estudiar a su lado. Los no avisados lo llaman concentración extrema.

Relatos04 Aug 2008 09:23 pm

Cuando desperté, mi asesino aún estaba allí.

Relatos03 Aug 2008 06:12 pm

El día que dejó su casa no sabía que daría la vuelta al mundo. Regresó cinco años después con millares de historias que contar. Sus amigos flipaban con todo cuanto contaba, pero mucho les extrañó a todos ellos que no tuviera ninguna foto para acreditar aquello que decía. Así, conforme iba desgranando su periplo, descubriendo países a sus amigos y conocidos, fue creciendo el rumor que decía que donde había estado el cuentacuentos era en la cárcel y que todo ese alud de aventuras y circunstancias no eran sino fruto de sus lecturas carcelerias, pues todos sabían que muchos aprovechaban su tiempo a la sombra para estudiar una carrera o instruirse. Así que poco a poco cada vez menos gente se fue interesando por sus historias, hasta que se quedó sólo hablándole a una botella vacía. Un día recibió una carta y junto a las letras una foto que se había hecho en la selva amazónica. No reconoció al tipo de la foto y mesándose las barbas dejó irse en el mar etílico que lo acunaba.

Relatos02 Aug 2008 10:35 pm

Juntaba palabras como quien hace calceta, enhebraba los términos, desbastaba los folios de impurezas y luego ante sus ojos, leía y leía, llenaba los pulmones de viento y de humo de cigarros y enhebró también minutos y horas y días y así llego su final, cubierto de fardos de palabras cosidas a su piel, revestidas a su lengua y aún tuvo fuerzas para escribir su epitafio en una lengua que nadie conocía, cansado más de escribir que de vivir en un mundo hecho a su palabra.

Relatos02 Jun 2008 03:40 pm

Al abrir los ojos sentía su cuerpo mojado, los músculos apelmazados, entre muros de agua. Los minutos oficiaban su rito secreto lastrándolo hacía el reino de las sombras. Miró a su alrededor, sin molestarse en bucear en los recuerdos nutricionales, impelido por su ánimo práctico y dejando el trozo de madera al que estaba agarrado optó por otro de mayor tamaño. Ningún vestigio quedaba de embarcación alguna a ras de sus ojos. El vientre de la nao difunta había poblado la superficie de objetos flotantes, antes de dirigirse a la región abisal, pero nada había a la vista de comer o de beber.
Era consciente de que su horizonte vital se ceñía a una poquedad de días, de que su suerte estaba en manos del destino, bajo la apariencia de algún barco que lo viera perdido en ese laberinto marino y se aviniera a rescatarlo.
Su madero salvador le brindaba unas dimensiones que le permitía disponer su cuerpo sobre la superficie, un reducto que lo protegía de la voracidad marina. La bastedad del espacio abierto, los confines repetidos, el linde húmedo lo asfixiaba y mareaba, porque como en una casa de espejos sin reflejo todo era lo mismo y sólo su figura ponía una nota de color en aquel lienzo cerúleo.
Durmió horas. No sabía cuantas ni quería averiguarlo. Su vida se regiría por un código binario: luz y oscuridad. Su cuerpo seco y calentado por el sol, mostraba síntomas de desentumecimiento. Estiró las extremidades, sintió el rugido del estómago y con la palma de la mano a modo de visera, barrió con su mirar trazando un círculo. Algo reclamó su atención. Nadó hasta una madera con destellos acerados. Sobre una astilla halló una escarcela. Miró en su interior con pupilas fulgurosas. Miró al cielo y de haber encontrado rastro de El Señor le hubiera dado las gracias. Regresó a su feudo oscilante, sobre las piernas la escarcela de la que extrajo tres botellas de agua a medio llenar y una docena de latas de conserva desvestidas de su manto de cartón. Su horizonte vital se dilataba con el hallazgo tanto como sus ansias por permanecer. Decidió dejarlo donde la había encontrado, ya que en su guarida no había saliente donde acomodar la mercancía y se demoró en las frías aguas, hasta que tembloroso volvió a la soleada superficie.
La primera noche apenas durmió. El riesgo de caerse en plena noche, de mezclar sueños con agua, de irse al más allá al menor traspié se impuso al pertinaz sueño, dejó un cuerpo extenuado, que ante la contemplación del rosicler se abandonó como un bebé entre los senos maternos….

Tuvo mucha suerte, si el premio gordo consiste en estar vivo. No le esperaba nadie en su hogar. Ningún ladrido, tampoco abrazos de reencuentro en el umbral. Ninguna llamada, correo o SMS. Estaba más solo que la una cuando se fue y nada había cambiado a su regreso, salvo montones de cartas y peticiones de los medios públicos y escritos para contar su historia.

Sobre el colchón sus ojos se empañaron de agua salada. Como si una cama de agua fuera su catre, sentía el oleaje en el cuerpo y echaba de menos su reciente vida binaria. No es que deseara estar allí de nuevo, ante las fauces húmedas del destino, pero allí, durante esos días sintió las entrañas de la vida sobre su piel tostada y reseca, el deseo irrefrenable de ir pasando las páginas de un cuaderno mojado que cada día le ofrendaba.
Y cerró los ojos y no le hubiera importado no abrirlos más porque no se había sentido nunca así de confortado.

Relatos26 Apr 2008 10:23 am

Ese día el sol caía a plomo sobre las desiertas calles del pueblo. Hacía seis años que no sabía de Laura, la única mujer a la que había amado de verdad. El resto de las mujeres que habían ocupado su vida y por ende su cama sólo habían sido apaños, arreglos, costurones en el alma.

Cuando la herida estaba casi cerrada y no supuraba desesperanza, ahora que estaba casado y tenía dos niños preciosos que inundaban su vida de alegría, recibió una llamada, que lo dejó al teléfono sin palabras. Laura quería verlo de nuevo.

Acordaron verse en un pueblecito equidistante de sus lugares de residencia al que ninguno de los dos había ido anteriormente. Se miraron sin verse, se tocaron sin manos, se reconocieron en la dilatación de las púpilas. Sus cuerpos se abrazaron. Se olieron, se relamieron con el perfume del amor ya perdido.

Ella le confesó que se iba al otro barrio, que en seis meses poco más o menos habría muerto, que ya no había vuelta atrás y que en una de esas tonterías típicas de las mujeres quería verlo de nuevo, sentirlo otra vez, ceñir su cuerpo al suyo.

Él no atinaba a decir palabra, una presa se había fortificado en su garganta, ahogándolo. De sus ojos húmedos manaban goterones que bañanan el rostro de Laura.

Si quieres podemos volver, le dijo. Subirnos a tu coche y hacer juntos esas cosas de las que siempre hablábamos y que luego cualquier excusa impedía. Yo iré detrás tuyo, pero no te vuelvas. Una vez dentro, seré tuya hasta el final de mís días. Tú me llevarás hacia la luz e iluminarás mis días.

Él comenzó a andar según lo acordado. El coche distaba a apenas trescientos metros. Pasó las llaves de mano en mano, nervioso. La oportunidad soñada tanto tiempo se había presentado finalmente y la sensación que experimentaba era una felicidad que escocía, la propia de una erección que resulta placentera y dolorosa al mismo tiempo. Sentía al principio el aliento caliente de Laura en su cuello. Luego no sintió nada y el vacío le colmó. Necesitaba verla una vez más, saber que estaba ahí detrás suyo y sin pensar en nada se volvió.

Laura le miraba desde el medio de la plaza, sabedora de lo que iba a pasar. Le despidió con la mano.

Volvieron a encontrarse meses después. Él le dijo palabras de fuego, que bañaron sus lágrimas, le entregó jirones de su alma, pero ella no podía oirle allí abajo, envuelta en madera, amortajada en tierra.

Relatos24 Apr 2008 06:53 pm

Desde que sufre de insomnio tiene más horas extras para pensar que su vida es insignificante.

Relatos23 Apr 2008 03:04 pm

- ¿cuánto?

- a lo sumo seis meses.

Se barruntaba esas luctuosas palabras, había ensayado mil reacciones, pero en el fatídico momento rompió a llorar, mientras el médico lo miraba detrás de sus gafas de pasta.

- ¿opciones?

- Ninguna que sepamos.

- no quiero sufrir.

- Le entiendo, perdí a mi padre en condiciones similares.

Le acercó un ejemplar de El Quijote sin huellas ni dedicatorias, limpio como los chorros del oro.

- Con ochocientas páginas este fin de semana bastará. Si por el contrario decide hacer vida normal, sufrirá dolores, el mal se extenderá por todo su cuerpo, las palabras se reproducirán y finalmente la tinta afectará todos y cada uno de los órganos hasta matarle.

Miró el libro, pasó las yemas de los dedos por la frente, rascó el mentón y agarró el ejemplar con ambas manos.

- Lo siento dijo el doctor despidiéndose.

- Yo también, no crea que no me jode irme así.

Relatos23 Apr 2008 01:52 pm

Baja a la calle con la bata de andar por casa y las zapatillas de felpa. Su cabeza coronada con rulos y redecilla y en las manos varias bolsas de basura. En la escalera dos niños comen pipas alfombrando el suelo de cáscaras. Los recrimina y la mandan a tomar por culo. Que te follen dice el pelirrojo con voz de pito y luego el otro apostilla que es imposible que alguien se la quiera trapiñar, porque es más fea que la bruja de Blair. Se ríen como si hubieran pergeñado el chiste del siglo y Dionisia sale a la calle con los ojos inyectados en sangre y estrecha la bata contra su cuerpo, habida cuenta del viento norte que barre las calles desiertas. Sus pelos enhiestos son alfileres capilares que impiden cualquier ceñimiento. Bajo unos cartones oye unos ronquidos similares al de una taladradora, pero nada que ver con los de su difunto Cipriano. Eso era roncar, todos los demás son vulgares imitadores, sin la menor gracia, ni pulmones. De buena gana le hubiera mandado al quirófano para que le hubieran hecho algo en la napia que alejase de sus oídos ese pertinaz ruido diario nocturno, ese infierno de decibelios en el que iba acumulando noches en vela y una mala sangre que se le revolvió dentro hasta pasarle factura y dejarle el alma en números rojos.

Cuando va a introducir las botellas de cristal en el contenedor verde con forma de iglú, siente que alguien le coge las caderas, aupándola. Puedo sola se defiende. Recibe un pestazo a vinacho rancio y sudor que le hace agarrarse al iglú para no caer vencida por ese maremoto de hediondez expelida por ese mefítico ser. Dame de beber dice la voz. Saca Dionisia las botellas de la bolsa y se las muestra. Me apaño con un culín dice el borracho. Duda si estrellarle la botella en la cabeza o acceder a sus deseos. Le pasa la botella y él se la lleva a la boca. Chupa el gollete y unas gotas formando un reguero oscuro van a parar a su interior. Se relame, sus ojos giran como bolas de billar hasta fijar un punto negro en el centro y tira entonces la botella al suelo. Dionisia censura su proceder. Finalmente el borracho logra atinar y meterla por el agujero. Oyen juntos el ruido del vidrio al romperse. Se le ofrece alguna cosa más al señorito dice Dionisia guasona. Una cabeza de pulpo viscoso se sumerge entre las latas con restos de latas aceitosas y refresco. Rebaña con la lengua los restos de atún, bebe unas gotas de coca cola y cerveza. Se apaña un bocata con mendrugos de pan del día anterior y jamón cocido con una patina blancuzca en la superficie. Engulle con la avidez propia de la última cena. Dionisia lo mira desde el bordillo, a una distancia prudencial que permita correr el aire. Finalmente el borracho se echa un buen regüeldo, da las gracias por el inopinado banquete y se cubre con su nórdico de cartón entre almohadas de cemento.

Dionisia vuelve al portal y allí siguen los dos diablos jugando con sus móviles de última generación, fijando sus caretos en videos improvisados y mientras espera el ascensor piensa cuanto tiempo pasará antes de que el mendigo reciba la visita de esos dos rufianes.

Relatos and Humor23 Apr 2008 12:41 pm

Córrete un poco, le dijo sentados sobre el sofá. Cuando se llevó la mano a la bragueta recibió un tortazo.

Relatos and Humor23 Apr 2008 09:20 am

Ha corrido hacia el portátil y buscando en la red ha encontrado la página que quería, cuandopares.com. Ha introducido la fecha de su última regla, y ha comenzado a blasfemar. Finales de diciembre, dice cabeceando. Joder, otra vez. El día de Nochevieja que no habrá ni Dios en los hospitales habla consigo misma. Lo comenta con Jacobo, su marido, recién llegado del turno de noche y este mira su cara y luego su vientre y le dice que se alegra mucho, aunque su rostro según ella no lo confirme y no sabe si achacarlo a la nocturnidad, quien sabe si también con alevosía o a su pasotismo pero lo deja correr y comienzan los preparativos y las discusiones porque ella con el inalámbrico en la mano quiere decirlo a sus familiares y él todavía no, porque sabe por conocidos que los abortos son normales los primeros meses y no quiere difundirlo a los cuatro vientos y luego pasar un mal rato cada vez que alguien le pregunte sobre el tema, en el caso de que vengan mal dadas.

Y ella lo piensa y a regañadientes acepta, pero deciden fijar una fecha, a comienzos de junio, que apuntan con un rotulador negro sobre el calendario de la cocina, allá después de la primera ecografía y dice acto seguido no encontrarse bien y él deja la casa y viene al poco con una caja de madera con dos kilos de fresones de Palos del tamaño de un riñón, que ella devora mientras el jugo tiñe su boca, y él va a la cocina y trae la leche condensada y la nata montada y tanto monta monta tanto que al final acaban arracimados sobre el sofá, él excitado como nunca porque los pechos de su mujer sin recurrir al aumentax tienen un tamaño soberbio, que a duras penas logra ponderar en las palmas de sus manos y acaban rezongando sobre la alfombra de Ikea, exhaustos, con trozos de fresa debajo del sofá y entre los cojines.

El pequeño Matías llora al fondo del pasillo y tras ponerse los calzones Jacobo sale al rato de su cuarto diciendo que era una falsa alarma; el chupete que se le ha caído. Y ella desde el suelo levanta su pie derecho hacia el arco del triunfo Jacobino. El soldado sin nombre siempre en guardia se da por aludido y presenta armas. Recoge el tubo de nata, y ve que aún queda lo suficiente como para otro asalto, y vuelven a la tarea, él ahora con aprensión pues tiene la sensación de sentirse observado a medida que va entrando en ella, como si ésta tuviera una cámara oculta en las gónadas que registrare sus acometidas, lo cual le inhibe de tal modo que acaba echándose a un lado descorazonado, la mirada anclada en el techo, mientras ella le anima diciéndole y clavando el codo en sus costillas que nunca había comido unas fresas con leche tan a gusto.

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