Relatos


Relatos and Logroño09 Oct 2008 08:44 pm

Espartero bajó de su caballo y vio los leones dormidos, recostados todos ellos sobre su pata izquierda. A su espalda unas figuras envueltas para regalo, tendencias vanguardistas, anhelos ciudadanos, necesidades a satisfacer que impelían a los concejales de turno a llenar la cabeza de la gente con frases ocurrentes en ciudades inventadas que a veces no obstante solucionaban un aprieto.

Caminó a trancas, con pasos cortos, moviendo su pesado cuerpo en dirección a la Concha del Espolón. Allí, resguardados del fulgor de las estrellas, de los alaridos de las lluvias de estrellas, de los coitos de la luna, unos cuantos desheredados, ocultos entre papeles y cartones mostraban sus botellas ultimadas a modo de defensa, como si los reflejos de vidrio o más bien su contenido fuera lo único que les mantuviera con vida, su único alimento fecal, que ingerían y vomitaban, cuando sus estómagos eran ya arcones ajados de soledad y silencios con eco.

Allí se plantó Espartero, en medio de todos ellos. Los hombres de verde hacían la lluvía con sus apéndices de agua, el cielo descorría el manto oscuro y dejaba filtrar los primeros rayos, esos agijones de luz y vida que reconfortarían a todos por igual, dado que de momento el sol no había sido privatizado.

Movió su espada en dirección a un periódico amarillento bajo el cual adivinó unos pelos ralos y grasientos. Hubo un respingo, también gritos, movimiento, injurias, afrentas con botellas y guijarros de pena, y Espartero antaño regente y ahora soporte palomero vio la soledad en esos rostros, certificó su vía crucis en los brazos picados, buscó respuestas sin ni siquiera saber como hacer las preguntas oportunas y le venció la realidad hiperbólica, y como un leño mecido en un venero de lodo y semen se dejó ir hasta su pedestal. Subió en él, asió las bridas de su cabello y tieso, siguió mirando al frente, como había hecho todos estos años, desde que lo habían plantado allí en una plaza en el centro de Logroño.

Relatos05 Oct 2008 08:07 pm

..en busca del tiempo perdido…

Relatos04 Sep 2008 09:32 pm

..una pequeña parte de mí…

Relatos and Humor05 Aug 2008 10:19 pm

Va a la biblioteca a dormir. Cada día del año por la tarde repite el ritual. Coge el libro de la estantería, un mamotreto de mil páginas, se va al fondo de la sala, se acomoda, dispone la cartera y el móvil sobre la mesa, abre el libro por la página 1234 y pocos después, como si la lectura fuera un embrujo, como si el contacto de las yemas con el papel obrara el milagro, irremediablemente cae dormido. Luego, a veces, entreabre los ojos y vuelve poco después a cerrarlos. No ronca y es gratificante estudiar a su lado. Los no avisados lo llaman concentración extrema.

Relatos04 Aug 2008 09:23 pm

Cuando desperté, mi asesino aún estaba allí.

Relatos03 Aug 2008 06:12 pm

El día que dejó su casa no sabía que daría la vuelta al mundo. Regresó cinco años después con millares de historias que contar. Sus amigos flipaban con todo cuanto contaba, pero mucho les extrañó a todos ellos que no tuviera ninguna foto para acreditar aquello que decía. Así, conforme iba desgranando su periplo, descubriendo países a sus amigos y conocidos, fue creciendo el rumor que decía que donde había estado el cuentacuentos era en la cárcel y que todo ese alud de aventuras y circunstancias no eran sino fruto de sus lecturas carcelerias, pues todos sabían que muchos aprovechaban su tiempo a la sombra para estudiar una carrera o instruirse. Así que poco a poco cada vez menos gente se fue interesando por sus historias, hasta que se quedó sólo hablándole a una botella vacía. Un día recibió una carta y junto a las letras una foto que se había hecho en la selva amazónica. No reconoció al tipo de la foto y mesándose las barbas dejó irse en el mar etílico que lo acunaba.

Relatos02 Aug 2008 10:35 pm

Juntaba palabras como quien hace calceta, enhebraba los términos, desbastaba los folios de impurezas y luego ante sus ojos, leía y leía, llenaba los pulmones de viento y de humo de cigarros y enhebró también minutos y horas y días y así llego su final, cubierto de fardos de palabras cosidas a su piel, revestidas a su lengua y aún tuvo fuerzas para escribir su epitafio en una lengua que nadie conocía, cansado más de escribir que de vivir en un mundo hecho a su palabra.

Relatos02 Jun 2008 03:40 pm

Al abrir los ojos sentía su cuerpo mojado, los músculos apelmazados, entre muros de agua. Los minutos oficiaban su rito secreto lastrándolo hacía el reino de las sombras. Miró a su alrededor, sin molestarse en bucear en los recuerdos nutricionales, impelido por su ánimo práctico y dejando el trozo de madera al que estaba agarrado optó por otro de mayor tamaño. Ningún vestigio quedaba de embarcación alguna a ras de sus ojos. El vientre de la nao difunta había poblado la superficie de objetos flotantes, antes de dirigirse a la región abisal, pero nada había a la vista de comer o de beber.
Era consciente de que su horizonte vital se ceñía a una poquedad de días, de que su suerte estaba en manos del destino, bajo la apariencia de algún barco que lo viera perdido en ese laberinto marino y se aviniera a rescatarlo.
Su madero salvador le brindaba unas dimensiones que le permitía disponer su cuerpo sobre la superficie, un reducto que lo protegía de la voracidad marina. La bastedad del espacio abierto, los confines repetidos, el linde húmedo lo asfixiaba y mareaba, porque como en una casa de espejos sin reflejo todo era lo mismo y sólo su figura ponía una nota de color en aquel lienzo cerúleo.
Durmió horas. No sabía cuantas ni quería averiguarlo. Su vida se regiría por un código binario: luz y oscuridad. Su cuerpo seco y calentado por el sol, mostraba síntomas de desentumecimiento. Estiró las extremidades, sintió el rugido del estómago y con la palma de la mano a modo de visera, barrió con su mirar trazando un círculo. Algo reclamó su atención. Nadó hasta una madera con destellos acerados. Sobre una astilla halló una escarcela. Miró en su interior con pupilas fulgurosas. Miró al cielo y de haber encontrado rastro de El Señor le hubiera dado las gracias. Regresó a su feudo oscilante, sobre las piernas la escarcela de la que extrajo tres botellas de agua a medio llenar y una docena de latas de conserva desvestidas de su manto de cartón. Su horizonte vital se dilataba con el hallazgo tanto como sus ansias por permanecer. Decidió dejarlo donde la había encontrado, ya que en su guarida no había saliente donde acomodar la mercancía y se demoró en las frías aguas, hasta que tembloroso volvió a la soleada superficie.
La primera noche apenas durmió. El riesgo de caerse en plena noche, de mezclar sueños con agua, de irse al más allá al menor traspié se impuso al pertinaz sueño, dejó un cuerpo extenuado, que ante la contemplación del rosicler se abandonó como un bebé entre los senos maternos….

Tuvo mucha suerte, si el premio gordo consiste en estar vivo. No le esperaba nadie en su hogar. Ningún ladrido, tampoco abrazos de reencuentro en el umbral. Ninguna llamada, correo o SMS. Estaba más solo que la una cuando se fue y nada había cambiado a su regreso, salvo montones de cartas y peticiones de los medios públicos y escritos para contar su historia.

Sobre el colchón sus ojos se empañaron de agua salada. Como si una cama de agua fuera su catre, sentía el oleaje en el cuerpo y echaba de menos su reciente vida binaria. No es que deseara estar allí de nuevo, ante las fauces húmedas del destino, pero allí, durante esos días sintió las entrañas de la vida sobre su piel tostada y reseca, el deseo irrefrenable de ir pasando las páginas de un cuaderno mojado que cada día le ofrendaba.
Y cerró los ojos y no le hubiera importado no abrirlos más porque no se había sentido nunca así de confortado.

Relatos26 Apr 2008 10:23 am

Ese día el sol caía a plomo sobre las desiertas calles del pueblo. Hacía seis años que no sabía de Laura, la única mujer a la que había amado de verdad. El resto de las mujeres que habían ocupado su vida y por ende su cama sólo habían sido apaños, arreglos, costurones en el alma.

Cuando la herida estaba casi cerrada y no supuraba desesperanza, ahora que estaba casado y tenía dos niños preciosos que inundaban su vida de alegría, recibió una llamada, que lo dejó al teléfono sin palabras. Laura quería verlo de nuevo.

Acordaron verse en un pueblecito equidistante de sus lugares de residencia al que ninguno de los dos había ido anteriormente. Se miraron sin verse, se tocaron sin manos, se reconocieron en la dilatación de las púpilas. Sus cuerpos se abrazaron. Se olieron, se relamieron con el perfume del amor ya perdido.

Ella le confesó que se iba al otro barrio, que en seis meses poco más o menos habría muerto, que ya no había vuelta atrás y que en una de esas tonterías típicas de las mujeres quería verlo de nuevo, sentirlo otra vez, ceñir su cuerpo al suyo.

Él no atinaba a decir palabra, una presa se había fortificado en su garganta, ahogándolo. De sus ojos húmedos manaban goterones que bañanan el rostro de Laura.

Si quieres podemos volver, le dijo. Subirnos a tu coche y hacer juntos esas cosas de las que siempre hablábamos y que luego cualquier excusa impedía. Yo iré detrás tuyo, pero no te vuelvas. Una vez dentro, seré tuya hasta el final de mís días. Tú me llevarás hacia la luz e iluminarás mis días.

Él comenzó a andar según lo acordado. El coche distaba a apenas trescientos metros. Pasó las llaves de mano en mano, nervioso. La oportunidad soñada tanto tiempo se había presentado finalmente y la sensación que experimentaba era una felicidad que escocía, la propia de una erección que resulta placentera y dolorosa al mismo tiempo. Sentía al principio el aliento caliente de Laura en su cuello. Luego no sintió nada y el vacío le colmó. Necesitaba verla una vez más, saber que estaba ahí detrás suyo y sin pensar en nada se volvió.

Laura le miraba desde el medio de la plaza, sabedora de lo que iba a pasar. Le despidió con la mano.

Volvieron a encontrarse meses después. Él le dijo palabras de fuego, que bañaron sus lágrimas, le entregó jirones de su alma, pero ella no podía oirle allí abajo, envuelta en madera, amortajada en tierra.

Relatos24 Apr 2008 06:53 pm

Desde que sufre de insomnio tiene más horas extras para pensar que su vida es insignificante.

Relatos23 Apr 2008 03:04 pm

- ¿cuánto?

- a lo sumo seis meses.

Se barruntaba esas luctuosas palabras, había ensayado mil reacciones, pero en el fatídico momento rompió a llorar, mientras el médico lo miraba detrás de sus gafas de pasta.

- ¿opciones?

- Ninguna que sepamos.

- no quiero sufrir.

- Le entiendo, perdí a mi padre en condiciones similares.

Le acercó un ejemplar de El Quijote sin huellas ni dedicatorias, limpio como los chorros del oro.

- Con ochocientas páginas este fin de semana bastará. Si por el contrario decide hacer vida normal, sufrirá dolores, el mal se extenderá por todo su cuerpo, las palabras se reproducirán y finalmente la tinta afectará todos y cada uno de los órganos hasta matarle.

Miró el libro, pasó las yemas de los dedos por la frente, rascó el mentón y agarró el ejemplar con ambas manos.

- Lo siento dijo el doctor despidiéndose.

- Yo también, no crea que no me jode irme así.

Relatos23 Apr 2008 01:52 pm

Baja a la calle con la bata de andar por casa y las zapatillas de felpa. Su cabeza coronada con rulos y redecilla y en las manos varias bolsas de basura. En la escalera dos niños comen pipas alfombrando el suelo de cáscaras. Los recrimina y la mandan a tomar por culo. Que te follen dice el pelirrojo con voz de pito y luego el otro apostilla que es imposible que alguien se la quiera trapiñar, porque es más fea que la bruja de Blair. Se ríen como si hubieran pergeñado el chiste del siglo y Dionisia sale a la calle con los ojos inyectados en sangre y estrecha la bata contra su cuerpo, habida cuenta del viento norte que barre las calles desiertas. Sus pelos enhiestos son alfileres capilares que impiden cualquier ceñimiento. Bajo unos cartones oye unos ronquidos similares al de una taladradora, pero nada que ver con los de su difunto Cipriano. Eso era roncar, todos los demás son vulgares imitadores, sin la menor gracia, ni pulmones. De buena gana le hubiera mandado al quirófano para que le hubieran hecho algo en la napia que alejase de sus oídos ese pertinaz ruido diario nocturno, ese infierno de decibelios en el que iba acumulando noches en vela y una mala sangre que se le revolvió dentro hasta pasarle factura y dejarle el alma en números rojos.

Cuando va a introducir las botellas de cristal en el contenedor verde con forma de iglú, siente que alguien le coge las caderas, aupándola. Puedo sola se defiende. Recibe un pestazo a vinacho rancio y sudor que le hace agarrarse al iglú para no caer vencida por ese maremoto de hediondez expelida por ese mefítico ser. Dame de beber dice la voz. Saca Dionisia las botellas de la bolsa y se las muestra. Me apaño con un culín dice el borracho. Duda si estrellarle la botella en la cabeza o acceder a sus deseos. Le pasa la botella y él se la lleva a la boca. Chupa el gollete y unas gotas formando un reguero oscuro van a parar a su interior. Se relame, sus ojos giran como bolas de billar hasta fijar un punto negro en el centro y tira entonces la botella al suelo. Dionisia censura su proceder. Finalmente el borracho logra atinar y meterla por el agujero. Oyen juntos el ruido del vidrio al romperse. Se le ofrece alguna cosa más al señorito dice Dionisia guasona. Una cabeza de pulpo viscoso se sumerge entre las latas con restos de latas aceitosas y refresco. Rebaña con la lengua los restos de atún, bebe unas gotas de coca cola y cerveza. Se apaña un bocata con mendrugos de pan del día anterior y jamón cocido con una patina blancuzca en la superficie. Engulle con la avidez propia de la última cena. Dionisia lo mira desde el bordillo, a una distancia prudencial que permita correr el aire. Finalmente el borracho se echa un buen regüeldo, da las gracias por el inopinado banquete y se cubre con su nórdico de cartón entre almohadas de cemento.

Dionisia vuelve al portal y allí siguen los dos diablos jugando con sus móviles de última generación, fijando sus caretos en videos improvisados y mientras espera el ascensor piensa cuanto tiempo pasará antes de que el mendigo reciba la visita de esos dos rufianes.

Relatos and Humor23 Apr 2008 12:41 pm

Córrete un poco, le dijo sentados sobre el sofá. Cuando se llevó la mano a la bragueta recibió un tortazo.

Relatos and Humor23 Apr 2008 09:20 am

Ha corrido hacia el portátil y buscando en la red ha encontrado la página que quería, cuandopares.com. Ha introducido la fecha de su última regla, y ha comenzado a blasfemar. Finales de diciembre, dice cabeceando. Joder, otra vez. El día de Nochevieja que no habrá ni Dios en los hospitales habla consigo misma. Lo comenta con Jacobo, su marido, recién llegado del turno de noche y este mira su cara y luego su vientre y le dice que se alegra mucho, aunque su rostro según ella no lo confirme y no sabe si achacarlo a la nocturnidad, quien sabe si también con alevosía o a su pasotismo pero lo deja correr y comienzan los preparativos y las discusiones porque ella con el inalámbrico en la mano quiere decirlo a sus familiares y él todavía no, porque sabe por conocidos que los abortos son normales los primeros meses y no quiere difundirlo a los cuatro vientos y luego pasar un mal rato cada vez que alguien le pregunte sobre el tema, en el caso de que vengan mal dadas.

Y ella lo piensa y a regañadientes acepta, pero deciden fijar una fecha, a comienzos de junio, que apuntan con un rotulador negro sobre el calendario de la cocina, allá después de la primera ecografía y dice acto seguido no encontrarse bien y él deja la casa y viene al poco con una caja de madera con dos kilos de fresones de Palos del tamaño de un riñón, que ella devora mientras el jugo tiñe su boca, y él va a la cocina y trae la leche condensada y la nata montada y tanto monta monta tanto que al final acaban arracimados sobre el sofá, él excitado como nunca porque los pechos de su mujer sin recurrir al aumentax tienen un tamaño soberbio, que a duras penas logra ponderar en las palmas de sus manos y acaban rezongando sobre la alfombra de Ikea, exhaustos, con trozos de fresa debajo del sofá y entre los cojines.

El pequeño Matías llora al fondo del pasillo y tras ponerse los calzones Jacobo sale al rato de su cuarto diciendo que era una falsa alarma; el chupete que se le ha caído. Y ella desde el suelo levanta su pie derecho hacia el arco del triunfo Jacobino. El soldado sin nombre siempre en guardia se da por aludido y presenta armas. Recoge el tubo de nata, y ve que aún queda lo suficiente como para otro asalto, y vuelven a la tarea, él ahora con aprensión pues tiene la sensación de sentirse observado a medida que va entrando en ella, como si ésta tuviera una cámara oculta en las gónadas que registrare sus acometidas, lo cual le inhibe de tal modo que acaba echándose a un lado descorazonado, la mirada anclada en el techo, mientras ella le anima diciéndole y clavando el codo en sus costillas que nunca había comido unas fresas con leche tan a gusto.

Relatos and Humor23 Apr 2008 09:19 am

Marta tras estar toda la noche haciendo largos en la cama, trastabillando sobre su colchón de latex, y desayunar con los ojos como platos soperos estaba a las ocho de la mañana en la puerta de la farmacia, con horario de seven eleven, para comprarse un predictor. El segundo en dos días, a razón de trece euros cada uno. Ha subido las escaleras al galope hasta la cuarta planta, se ha quitado la ropa entre jadeos, con la urgencia de un polvo y ha depositado sus posaderas sobre el retrete, donde tras orinar encima del chisme, ha ido a dar una vuelta por el pasillo, a esperar los cuatro minutos que indicaba el prospecto, pero que se han visto reducido a dos y conteniendo la respiración se ha acercado hasta el lavabo donde le esperaba el veredicto, luego los ojos irrigados, ha notado un calor que le abrasaba las pantorrillas y le subía por la columna como una serpiente juguetona. Ha roto a gritar, sin importarle los vecinos, levantando las manos, como si su equipo hubiera marcado el gol que les diera un título y luego las ha dejado caer sobre su rostro humedecido para finalmente reposarlas sobre su vientre.

Las dos líneas rosas, paralelas, que hubiera deseado que confluyeran en algún punto, por aquello de la significación lo confirmaban.

Lo está.

Relatos22 Apr 2008 02:11 pm

No quería llenar la mesa del escritorio de migas y decidió salir a almorzar a la calle, para lo cual cogió el cuchillo que guardaba en el armario. Lo oculto en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero y se acercó a la panadería donde cumplió el ritual diario. Con un panecillo redondo y hueco dejó la tienda, sacó el cuchillo en plena calle e hizo un corte limpio en el pan que amortajó con una servilleta y guardó en la mochila. Proceder a rellenar el bocadillo era una operación que precisaba hacerse sentado sino quería acabar lleno de lamparones. Lo hizo apoyado en la balaustrada que rodeaba un árbol centenario en el medio de la plaza del Mercado. A su lado, un peregrino le miraba hacer, mientras su mirada se repartía entre la contemplación del mapa de la ciudad, donde afanosamente buscaba como llegar al albergue y los quehaceres de aquel personaje que con mimo iba disponiendo las sardinillas sobre el pan, como quien acicala a un muerto. Las bañó con aceite vegetal, tras horadar la miga y proceder con los dedos a impregnarla. Se levantó y dejó al peregrino con la mirada buceando en el mapa.

Antes de llegar a la biblioteca ya había finiquitado el bocata, se limpió los dedos de aceite y entró en la sala de lectura. Se sentó con cuidado de que el cuchillo no le cercenase media nalga y leyó el periódico. No encontró nada interesante en la sección por palabras, ni a nadie conocido en las esquelas, pero su corazón le pinchaba como si una sombra negra le aguijonease el ánimo y se encaminó a la estantería donde convivían pacíficamente los libros dedicados a las religiones. De un tiempo a esta parte había aflorado en su interior un interés desmedido por conocer la historia de las mismas y al igual que el alumno que busca la luz en el maestro, él quería ir a las fuentes para saciar su sed de conocimiento. Vio el Corán de Mahoma y al agacharse a cogerlo de las baldas inferiores, el cuchillo salió de sus escondrijo y cayó al suelo. Agarró el libro y una señora achaparrada que estaba detrás suyo, desde sus ojos anegados de cataratas, vio por este orden; su rostro barbudo, El Corán en la mano derecha, las asas de la mochila, y un cuchillo que se le antojó como una cimitarra. Despavorida echó a correr, arrastrando la pierna derecha por el pasillo, gritando como una loca que había un terrorista en la sala con una bomba. El subalterno se puso las gafas de cerca y al verla venir embalada se apartó y la señora como si tuviera las astas de un toro a un centímetro saltó sobre la mesa y dio a estrellarse de bruces contra los periódicos de los meses anteriores que amortiguaron su caída.

Sin perder un segundo el subalterno presionó el botón verde que había en el borde debajo de la mesa, junto a dos chicles secos. Un botón previsto únicamente para elementos terroristas. Sonó la alarma. Los que estaban más cerca de la puerta sin esperar más detalles, azuzados por el pitido zumbón de la sirena salieron pitando escaleras abajo hasta agolparse en portón, como si de un día de rebajas se tratara, sin poder salir, como toros bravos en el chiquero, porque el protocolo establecía que en casos así nadie debía salir del recinto, pues se corría el riesgo de que el terrorista no actuara solo.

Siete minutos más tarde las fuerzas de seguridad rodearon el edificio. Un helicóptero desalojó a media docena de hombres que se dispersaron por la azotea, descendiendo luego por las tres plantas del inmueble. En esos momentos Manuel que así se llamaba el presunto terrorista no daba crédito a cuanto veía y miraba con cara de circunstancias el circo que se estaba organizando, mientras su horizonte mental se poblaba de nubarrones cada más negros. Una voz que atronó por un megáfono le instó a no levantarse, a tirar el cuchillo y a poner las manos sobre la cabeza, pero Manuel quería llegar andando hasta el subalterno al cual conocía de sobra, para que diese éste cuenta a las autoridades de aquel malentendido. Con el Corán en un mano y el cuchillo en la otra, avanzó hasta la barricada donde cuatro agentes mantenían aferrados sus fusiles de asalto apuntándole. Esperaban instrucciones. No sabían lo que había dentro de la mochila pero los más suspicaces hablaban de kilos de explosivos, de que esto se veía venir con tanto moro en la ciudad… Murmullos que las fuerzas del orden hacían lo posible por acallar.

A través de los ventanales finalmente dos agentes lograron entrar en la sala, de espaldas al terrorista, y fueron sorteando los estantes hasta quedar a apenas medio metro del sujeto. Manuel siguió avanzando con el arma y el libro en alto. Se paró. Sintió la insoportable levedad del no ser, un eco sordo en comparación con el fragor de la pólvora, escuchó las respiraciones agitadas, la calma chicha y tensa que precede a la tragedia y se dispuso a guardar el cuchillo y el libro en la mochila, y entonces sonaron disparos y antes de que el cuerpo de Manuel tocara el suelo, dos agentes sujetaron su ser moribundo por los hombros, manteniéndolo de pie. Abrieron la mochila y hallaron un libro: Fe, verdad y tolerancia : el cristianismo y las religiones del mundo de Joseph Ratzinger. Miraron en su pecho y sólo encontraron un páramo frío, sin cables ni vida. Sonaron palmas desde el fondo de la sala y todos los allí presentes se felicitaron por la eficaz resolución del conflicto. Dejaron salir a los retenidos, que se fueron aliviados para sus casas con una historia que contar a sus mujeres, hijos, nietos o perros.

El subalterno se acercó hasta los agentes, y entre un amasijo de brazos y piernas azules metió la cabeza y vio a Manuel con barba de dos semanas exangüe y deseó estar él también muerto y dejó el edificio y cruzó el puente y sintió envidia del agua que lamía sus ojos y aunque todos le felicitaran ese día y los sucesivos, porque había hecho lo correcto, cumpliendo con el protocolo según lo establecido en estos casos, sentía las manos llenas de sangre y sobre el pretil miró de soslayo su dedo índice, ese dedo acusador que había supuesto la muerte de su amigo. Todo por un puto libro del que todos hablaban pero que nadie había leído.

Relatos21 Apr 2008 03:23 pm

En la biblioteca, mientras tecleaba alegremente y mis dedos corrían sobre el teclado, hilando palabras, frente a mí un hombre tomó asiento. De vez en cuando yo movía el cuello, ladeaba la cabeza y veía su rostro recortándose tras el monitor y como este iba adoptando tonalidades rojizas. Murmuraba por lo bajini, luego movía los brazos, y después de unos minutos sin conseguir entrar en el ordenador, empezó a pegar voces, lo que hizo que una funcionaria de la biblioteca llegase hasta su puesto. Recibió la ayuda con la tez encrespada, su ser furibundo, agitado, sin creerla merecedora de sus miradas de desprecio, dedicándola puyazos visuales, agijonazos de condescendencia, mientras comentaba que los cambios en el nuevo sistema informático sólo habían servido para complicar aún más las cosas. La funcionaria miró el monitor, luego la torre y sin entrar al trapo, como si su ánimo pétreo no estuviera a la intemperie de las desacreditaciones o injurias dijo:

- El ordenador no va porque no está desconectado.

Dicho lo cual, sin añadir adverbios que podían haber empeorado las cosas, como sencillamente, llanamente o simplemente, aplicó el dedo sobre el botón de encendido y el ordenador se puso en marcha.

El hombre ante su impotencia, crecido en su desatino, se defendió atacando:

- parece mentira que dejen los ordenadores apagados.

- Señor, lo habrá apagado el anterior usuario, para que el siguiente que entre lo haga con su propia contraseña, que es el fin de este nuevo sistema, a fin de mantener la privacidad. Ahora introduzca su nif y su contraseña y podrá usarlo durante una hora seguida o bien en dos veces durante el día que sumen como máximo una hora.

Mientras volvía a su mesa de trabajo, dejó al hombre cabeceando, murmurando de nuevo, incapaz de proferir una palabra cordial. Miré a la encendedora de ordenadores como se mira a una Diosa, a un negociador, a un funambulista desafiando el vacío, en resumidas cuentas a un profesional que debe lidiar cada día con una panda de desaprensivos que van con la escopeta cargada, sin atender a razones, recrecidos en su atalaya de imbecilidad desde donde mirar a los demás por encima del hombro.

Relatos16 Apr 2008 12:48 pm

Algo le embistió lanzándolo contra un árbol, que se perdió monte arriba. Podía tratarse de un jabalí pero fue todo tan rápido que no podría aseverarlo. A pesar del empellón, no tenía ningún hueso roto, así que se incorporó como buenamente pudo y fue hasta su bicicleta, hecha trizas, reducida a un amasijo de hierros. La cubrió con hojas y follaje y buscó de nuevo el sendero por el que circulaba antes de ser arrollado. La casa rural no estaba lejos, pero el mapa lo había olvidado en un bolsillo del sillín, así que deshizo la escasa distancia recorrida. Su equilibrio era inestable y tuvo que agarrarse a la corteza de un pino para no irse al suelo. Los pájaros sobre su cabeza, revoloteaban alegres, en su mundo aéreo y Mateo no sabía si estaban fuera o dentro de su testa, porque le pitaban los oídos, y su trinar era un chirrido, que le arañaba los tímpanos, provocándole náuseas. Su cuerpo iba manifestándose en el dolor y sentía pinchazos y malestar en piernas y brazos, así como en el vientre y en los pulmones. Tosió y manchó el dorso de la mano de sangre. Tras un estudio minucioso del mapa, toda vez que se hubo orientado, el plan a seguir consistía en seguir las marcas blancas sobre las cortezas de los árboles, que le llevarían a la casa Rural. Miró a su alrededor y encontró una marca. Respiró aliviado, pero sólo fue un espejismo, porque al instante oyó disparos en sordina, monte abajo. Nadie le dijo que aquello fuera un coto de caza, así que debía tratarse de furtivos. Cada pocos metros encontraba la marca y a pesar del malestar generalizado y de los vahídos que le obligaban a descansar a cada rato, sabía que estaba cada vez más cerca de su destino y si bien esta circunstancia no lograba distraer el dolor, al menos le ayudaba a sobrellevarlo sin derrumbarse.

Retazos del sol inasibles como pompas de jabón que dejan de ser tales antes de llegar al suelo, se adivinaban en lo alto, entre las copas de los árboles, dejando el espacio que ocupaba Mateo, entre sombras húmedas. Sonaron más disparos. El ruido era cada vez más intenso y se agachó por miedo a ser de dueño de alguna bala perdida. La espesura le ofrecía múltiples lugares donde guarecerse, desde donde vio a dos personas con pasamontañas y uniforme militar, corriendo entre los árboles, arrastrándose por la tierra, subiendo a las cuerdas amarradas a las dilatadas ramas, ejercitando una coreografía que culminaba con ráfagas de disparos sobre unas dianas blancas con aros negros concéntricos. A su derecha dos personas cavaban una zanja, intercalando las paletadas. No vio una quinta, la que le abordó por detrás, le dio un toque en el hombro y le arreó un culatazo, cuando su rostro estupefacto se giró.

Abrió los ojos y ante sí halló un manto negro que lo envolvía. Esperó unos minutos y cuando sus pupilas se hicieron a la oscuridad, divisó una rendija que filtraba algo de claridad. Hizo amago de levantarse y recibió un coscorrón con una superficie dura que le instó a sentarse. Con las manos en cruz, supo que la estancia apenas tendría dos metros de largo por dos de ancho y algo menos de 1,80 m de altura, lo cual le obligaba a inclinar la cabeza en sus desplazamientos. No había hecho nada que justificara el encierro, así que sin mucha convicción quiso pensar que se trataba de una broma pesada o de una fatal equivocación. Buscó una salida y en el techó vio una trampilla, del tamaño de un ventanuco que golpeó con ambas manos. Era de madera y sus acometidas no consiguieran alabearla, como si hubiera toneladas de cemento sobre ella.

Se sentó entonces sobre el suelo, de tierra y esperó acontecimientos. Una cabeza asomó finalmente en la trampilla.

- Esta noche morirás, perro, le dijo y desapareció.

Mateo cabeceó, como si quisiera así despojarse de su fatal desenlace ¿Morir?, ¿por ir andando en bicicleta por un bosque?¿por haberme perdido?¿por haber visto a unos hombres disparando?. Las preguntas fluían incesantemente, y sólo conseguían sumirlo cada vez más en la desesperación. Si no le habían atado cuando lo apresaron en un principio pensó que era porque entonces no sabían qué hacer con él. Buscó su documentación en los bolsillos y no la halló. Nada había relevante entre sus objetos personales, más allá de la cartera con unos billetes y las tarjetas de crédito. Algo debía haber no obstante, pensó, en sus enseres que había encolerizado a sus raptores, tanto como para querer verlo muerto, pero no debía pensar en ello porque cada minuto que dedicaba a ello, era tiempo baldío. Antes de que la trampilla se cerrase, y sabedor de su sentencia de muerte, había mirado el reloj y visto que eran poco más de la una de la tarde. Le quedaban más o menos siete horas antes de que anocheciera.

Aplicó entonces las manos por la superficie. Comprobó que las paredes eran de tierra y que rascando con las uñas, se desprendía fácilmente y que esa estancia no parecía diseñada para retener a un ser humano sino para acopiar otros avíos, como alimentos, herramientas o municiones.
Dadas las dimensiones de la madriguera, de apenas 6 metros cúbicos, no podía escarbar demasiado porque entonces se anegaría de tierra, y moriría ahogado. Debía por tanto hacer un agujero estrecho, lo justo como para caber estirado y con la suficiente holgura como para poder desalojar la tierra al interior de la guarida. Debía ser también un túnel bien equilibrado que no se alejase de la superficie sino que guardara cierto paralelismo dado que si se sumergía demasiado luego no podría salir.

Una vez decidido el lugar por donde cavaría, aplicó las manos, hizo un agujero que poco a poco le permitió meter la cabeza, luego los brazos y finalmente el cuerpo, hasta que solo se veían las suelas de unas zapatillas deportivas, que luego dejaron la estancia vacía. Convertido en un topo gigante pero sin los pies anteriores cavadores de este, ni su destreza, fue arañando la tierra, horadándola con sus manos. Sentía el aliento terrenal de la muerte, la falta de oxígeno, el cerebro cargado, pero quería morir luchando, y estuvo minutos y horas sin otro quehacer que ir avanzando hacia la salvación, o hacia la muerte, pero en todo caso avanzando, con el único fin de que la parca, dado el caso no le encontrase con la cabeza entre los piernas maldiciendo su suerte, pasivo y contemplativo de su final y cuando creyó que ya había taladrado lo suficiente en sentido horizontal como para alejarse unos metros de su prisión, buscó la salida cavando hacía arriba.

Ahora le caía la tierra sobre la cara, como una lluvia dura y asfixiante de limo y cieno. Cogió todo el aire que sus pulmones le permitieron y movió las manos, arañó el vientre de la tierra con tanta furia, que sentía las cutículas en carne viva, y tragó saliva aderezada con tierra y escuchó los latidos de su corazón a punto de estallarle, y tocó algo duro y rugoso, y filamentos más endebles, y supo que eran las raíces de un árbol y empleó los puños y dio golpes y su cabeza se le iba, los ojos cerrados, y las imágenes se le agolpaban en el cerebro, fogonazos de luz lechosa, los ojos fijos de su hija mirándole desde la cuna, el rostro de su mujer y en su último estertor, el puño salió al exterior y en el último esfuerzo que sus finiquitadas fuerzas le permitían, clavó bien los pies en el interior de su tumba terrenal, cogió impulso y se lanzó hacia arriba, donde la cabeza quedó allí literalmente plantada, como un brote divino, con un sombrero de musgo, de cuya boca se derramaba una lengua de barro y sangre. Vomitó. Alzó los ojos y vio que el cielo perdía brillo, que las últimas luces se apagaban y que el atrezzo estaba ya casi preparado para la función nocturna.

Si pasa la cabeza pasa el cuerpo. Era cierto. Pasó un brazo y luego el otro. Redivivo en ese flotador de tierra. Oyó voces. No se incorporó y arrastrándose llegó hasta una álabe. Sus captores estaban a poco más de una decena de metros. Reptó hasta que las voces se acallaron. Entonces, ya de pie, echó a correr, y vio un río que serpenteaba ladera abajo y decidió seguir su curso, así que se introdujo en él, y lo fue remontando, sorteando las piedras pequeñas y grandes, que le obligaban a subir a ellas a horcajadas para evitarlas. Si la inminente oscuridad se cernía sobre él, estaría de nuevo perdido y para eso no restaba más de media hora. Por el río no podrían seguir su rastro. Tras un salto de agua, vio lo que parecía una cueva, y chorreando entró en ella. Era lo suficientemente espaciosa como para darle cabida, así que se despojó de la ropa y buscó hacer fuego con piedras y palos. No lo consiguió. El frío le hacía tiritar y sentía punzadas en el estómago a las que se sumaban los pinchazos provenientes de sus falanges. Los esputos seguían arrojando su lastre de sangre. Se pegó a la pared, protegido del viento y del chapoteo del agua, y con los brazos sobre la piernas, ovillado, tratando de conservar su escaso calor corporal, dejó que pasaran los minutos, hasta que las primeras luces del alba, iluminaron su escenario vital, y sin haber pegado ojo en toda la noche, muerto de frío y con la mirada perdida, con una determinación que se había hecho añicos pero que aún no le había partido en dos, salió de la cueva, buscó los rayos solares, extendió los brazos y sintió un cosquilleo, un placer tan intenso que le hizo llorar de impotencia.

El cielo estaba raso, y todo hacía indicar que el día sería caluroso, lo que jugaba en su contra. Estrujó la ropa, la secó lo mejor que pudo con las fuerzas propias de un difunto y se la puso de nuevo, como una segunda piel. Dejó el río y caminó por un sendero. Encontró un refugio vacío, donde alguien había hecho fuego tiempo atrás, habida cuentas de los leños tiznados. No encontró alimento. Desde la ventana se veía el valle y los tejados de las casas y sin demora dejó el albergue y se lanzó en esa dirección en la línea recta, y campo atraviesa, por senderos señalizados, trochas y campo abierto, vio vacas y caballos, pero no a sus dueños. Vio algo centellear, un quitamiedos, que asumió como una alucinación, pero al que el ruido de un motor le hizo regresar sobre esa quimera, siguió el sonido como si una banda de ángeles tocaran su liras sólo para él, y llegó hasta el quitamiedos, y entendió porque los llamaban así, porque al acariciar su filo cortante, que tantas vidas quitaba a los motoristas, sintió una felicidad tal que se le quitó de cuajo el miedo, renovado en sus ganas de vivir y saltó sobre el arcén y caminó embobado, la mirada fija y codificada entre los aladares ocres y apelmazados, en las líneas discontinuas y un camionero hizo sonar su bocina y él movió los brazos y convertido en un eccehomo sin cruz ni corona de espinas, pero dueño de un calvario similar, se desplomó.

Meses después Mateo leyó una noticia en la que La Guardia Civil había encontrado varios zulos en bosques de la provincia de Huesca. Miró el mapa con atención y sintió un escalofrío y el café le supo a tierra mojada y la lengua a barro y su hija sentada en sus rodillas, quiso saber por qué lloraba y él que sabía que algún día debía hablar de su experiencia, tremolante, se dispuso a contarle a su niña un cuento, cuyo final feliz no lo hacía menos terrorífico, si bien ya se encargaría él de adornarlo con duendes, elfos y hadas, con árboles que hablasen y libros mágicos, plantas carnívoras y brujos malos con pasamontañas que hacían daño a los demás, pero donde al final y a pesar de no llevar armas siempre vencían los buenos.

Las entrañas de la Tierra
Chufowski ©2008

Relatos10 Apr 2008 04:49 pm

En el lugar convenido se reunieron. Besos apasionados en la calle y ella le indicó con el índice la fachada del edificio donde pasarían la noche. Él no conocía la ciudad, y aparcó su coche en una calle en rampa próxima al inmueble.Cogidos de la mano subieron en el ascensor al tiempo que amasaban su cuerpos, sin amansar el deseo que los consumía, sino espoleándolo.
Sobre el frío terrazo se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo, al tiempo que sus ropas iban dejando un reguero de prendas, que les indicaría el camino de vuelta llegado el caso, hasta el baño, un reducto mínimo donde una bañera con churretes les esperaba. Desnudos entraron en la bañera, que llenaron y ella demostrando sus habilidades vegetales, jugó con la alcachofa de la ducha, luego con el pepino de su amante, que fue cogiendo tal volumen que ella dijo entre gritos “verde que te quiero verde, como el pepino que voy a comerme”. El jabón de ducha corría por sus cuerpos, crecían nubes de espuma, mientras él como un ciego se asía los relieves corporales de ella, hurgaba en sus oquedades, buscando sus pies dolientes como un costalero.
El agua no estaba lo suficientemente caliente y sus zonas capilares se erizaron. Oyeron un ruido, que no supieron si procedía del inmueble. Contuvieron la respiración, oyendo el retumbar de sus latidos y concluyeron que el extraño sonido provenía de la puerta. Ella le miró fijamente y él supo que tenía que ir a echar un vistazo. El pepino era ahora una guindilla roja, huidiza y chorreante y su cuerpo temblaba por el frío y el miedo.

Dudó si debía ir en busca de algún cuchillo o arma blanca con el que repeler un posible ataque. Sin pensarlo entró y salió de la cocina con un rodillo y corrió con los pies descalzos y una toalla como único atuendo hacia la entrada. Alguien estaba tratando de entrar en el piso, arañando la puerta. La llave entró y un cuerpo se desplazó hacia el interior de la vivienda dando tumbos. A pesar de la cogorza, el visitante vio una figura extraña a su lado, con algo en la mano y fue capaz de asestarle un puñetazo en el estómago, a modo de presentación. El rodillo rodó por el suelo, pero para entonces ella ya había salido de la ducha, y había presenciado el ataque y estaba tan nerviosa como asustada y con el rodillo en su mano derecha le arreó un rodillazo al intruso con tal virulencia que de su boca manó sangre y su cuerpo se desplomó hacia atrás golpeando en el radiador. El intruso aun tenía las llaves en la mano.

No había sido buena idea quedar en ese piso de estudiantes para verse, su prima debía haberse asegurado de que nadie les molestaría durante su estancia de fin de semana. El intruso de complexión hercúlea se había reincorporado a trompicones y tenía a la mujer agarrada del cuello, alzándola del suelo con una sola mano mientras su cuello se convertía en una guitarra de seis cuerdas. La balanceó y la lanzó contra el cristal que enmarcaba la cómoda. Ella voló y chocó y cayó trazando un ángulo de noventa grados y su cabeza encontró poco después el suelo formando una línea casi perfecta. Su amante, de nuevo en pie, recrecido en el dolor y la furia, cogió el rodillo y le asestó un golpe en la entrepierna y otro en la cabeza al visitante cuando esté se replegó de dolor, con las manos en los genitales, como si el mero hecho de posar allí sus yemas, calmara el dolor de los huevos. Para asegurarse, le golpeó de nuevo en el suelo repetidas veces con el rodillo y con la rodilla, ejecutando llaves de pressing catch, que le había enseñado su sobrino “El enterrador” y cuando lo vio inmovilizado, pero todavía vivo, cubrió su boca con cinta adhesiva negra y ató su manos a la espalda con un mantel de cocina.
Mientras pensaba cómo solucionar la papeleta, cogió la botella de ron del intruso que milagrosamente permanecía intacta, de pie junto a la puerta, y la despachó a morro, con largos tragos, al tiempo que su cerebro procesaba lo sucedido. Bastante ofuscado llamó al 112, pidió tres ambulancias, y no pudo informar sobre su paradero, a duras penas podía pronunciar el nombre de la ciudad, y la mujer de la centralita creyó que bromeaba, así que le colgó y luego perdería el equilibrio cayendo sobre su amante alineada.

La prima llego dos días después y tuvo que forzar la puerta para entrar, y vio toallas con sangre seca, un amasijo de cuerpos, botellas por el suelo hechas añicos y reconoció a su prima, al novio de su prima y a su novio y a pesar de que parecían muertos les pegó una patada a cada uno en vaya usted a saber la parte y luego golpeó su cabeza contra el marco de la puerta, porque a fin de cuentas todo había sido culpa suya y marcó el 112 y quiso contarles lo que había pasado y no supo determinar el alcance de las lesiones y se aturulló con las preguntas y cuando llegaron los facultativos llamó al 091, y dijo ser culpable de tres crímenes, que no serían tales, porque lo único que allí había fenecido era el afán aventurero propio de las incandescencias adolescentes, reemplazado en el futuro por encuentros reglados, sin sobresaltos, en cualquier Parador de la geografía nacional.

Relatos10 Apr 2008 04:42 pm

A las 9,15 apareció por la consejería con el paraguas chorreando, colgó la chaqueta y prendió el ordenador y una vez hubo introducido la contraseña y bloqueado el terminal, se fue a la salita de reuniones donde le esperaban tres compás con los que estuvo charlando hasta pasadas las diez. Luego, de nuevo en su puesto, un compañero la requirió para echar un cigarro, y ella que no estaba acostumbrada a dar un no por respuesta le acompañó a la calle, donde fumaron bajo los soportales y a las diez y media pasadas, finalmente, se acomodó en su silla giratoria, miró con desdén la pila de papeles que había encima de la mesa, y que asomaban como chiquillos traviesos entre los cajones y se afanó con unos expedientes que sobre una silla se alzaban más de metro y medio sobre el suelo.

Pasadas las once y media decidió darse una tregua. Estiró los brazos y las piernas, se desperezó y decidió salir a almorzar. Regresó pasadas las doce y ya estaba de nuevo su amigo jugueteando con dos centelleantes monedas entre sus dedos invitándola a una café solo en la maquina contigua a la sala de reuniones. A su regreso de café tras el chute de cafeína y la impresión de documentos varios, poco antes de las doce y media, el compañero situado frente a ella a un costado del pasillo, le hizo una señal con los ojos y ella como un resorte cogió la chaqueta y los dos se perdieron por el pasillo en dirección al ascensor, buscando la calle.

Tras el cigarro ya era la una, y con las pilas cargadas, excitada por la cafeína y por los cigarros de antes, durante y después, cogió fuerzas para seguir peleando con los expedientes hasta las dos de la tarde. Mientras, atendió unas cuantas llamadas, hastiada, porque todas las llamadas, dos en una hora, una del marido y otra del hijo a los que atendió simultáneamente con el fijo y el móvil, eran para ella, acabando baldada, arrellanada sobre la silla. Miró entonces aliviada su reloj y su rostro se distendió al comprobar que las manecillas indicaban las dos. Fue entonces a la salita a tomarse un café solo en compañía de otros menesterosos, comentando la marcha del día, las andanzas de los hijos universitarios en época de exámenes, la sequía que se avecinaba. Pasadas las dos, ya no había que atender al público, luego no había requerimientos personales, y el teléfono en caso de sonar podía esperar. Pasadas las dos y media regresó a su puesto y estuvo leyendo con grandes risotadas los correos electrónicos recibidos en su buzón, la mayoría powerpoint donde se mostraban fotos de un polaco fornido, mensajes de autoayuda con música de piano o mensajes encadenadas en pos de la salvación no sólo personal sino mundial

Los más madrugadores fueron abandonando la oficina. Poco antes de las tres, le pidió a su compañero que no apagara el ordenador al irse, porque quería echar unas partidas al tetris y ese emplazamiento le venía mejor, en caso de que algún jefe de servicio se paseara por allí, pasadas las tres de la tarde, hora tras la cual sólo quedaban en la oficina ella y dos compis más. Sacó entonces un libro y entre página y página fueron cayendo los minutos hasta las cuatro y cuarto de la tarde, momento en el cual, después de siete horas en la oficina y muchas menos en su puesto de trabajo, se alzó, cogió la chaqueta y el paraguas y se fue para su casa.

Next Page »