Relatos


Relatos09 Apr 2008 11:17 am

No ganaba mil euros al mes, sino muchos más gracias a las ventas de sus libros, sus charlas y conferencias, sus columnas en los periódicos y revistas, pero escribió un libro sobre los Mileuristas, que generó una segunda y última parte, La generación de las mil emociones y ella lo asumió como un libro de ficción, como quien escribe un libro de viajes con un mapamundi en el sobaco o habla del amor sin haberse enamorado. Ella nos iba a hablar con detalle de ese grupo de personas heterógeno unidos por un sueldo parejo, de como vivían con sus familias, de cómo vivían estos jóvenes el auge de lo gay, de la delgadez, de lo orgánico y lo ecológico y aspectos similares de transcedental importancia, y quizá ese distanciamiento, exento de pesadumbres, acaloramientos, reproches, estrecheces y cuentas infinitas, fuera la clave para alcanzar la verdad, para examinar el problema en toda su extensión y magnitud y por eso Manuel que tuvo la suerte de encontrarse un libro de la autora dejado por ésta junto a 39 ejemplares más en la línea 6 del metro, cuando se dirigía al trabajo, decidió que quería también su parte del pastel y escribiría entonces un ensayo sobre los maltratos, al que llamaría “Lista sangrienta: goteo sin final” , él, que lo único que aporreaba era el teclado de su ordenador cuando su jefe le apremiaba para cerrar el mes contable cada mes, él, que había recibido más cariño del que nunca podría dar, él, que sabía de maltratos lo mismo que las flores de desfiles, él que nada sabía de melocotones helados sino de subidones de speed.

Relatos07 Apr 2008 09:03 pm

Miraba los tejuelos de los libros deambulando entre las estanterías, de país en país, de estilo en estilo. Arribó a la sección de la literatura italiana y encontró un puñado de autores para él desconocidos, excepto Camilleri, Baricco y los clásicos. Cogió uno al azar de un tal Piglia, y leyó sobre su vida, y el escritor era argentino, el cual como muchos otros argentinos tenía apellido itálico, algo nada extraño si nos atenemos a los jugadores de fútbol argentinos que hay en nuestra liga Española. Se encaminó con el libro hacia el mostrador. Cuando le llegó su turno, le comentó a la funcionaria que ese libro de un tal Piglia estaba en la sección destinada a los escritores Italianos cuando ese señor lo único que tenía de tal, era el apellido. La funcionaria cogió el libro, miró al usuario, volvió de nuevo la mirada al libro y sentenció con los ojos como dos brasas que aún son capaces de dar un buen plato de chuletas al sarmiento:

- no siempre depende de eso.

El usuario cabeceó atónito ante una contestación que no se esperaba. Si le hubiera replicado que ella no tenía competencias sobre el asunto, que debía hacer un escrito dirigiéndolo a la sección correspondiente, o que no le viniese con chorradas con la mañana que llevaba, se hubiera conformado, replegado, asumiéndolo con naturalidad, y quiso entonces preguntar de qué dependía, porque sino dependía el emplazamiento de los libros en sus respectivas estanterías y países, de la nacionalidad del escritor, aquello sería un caos y tendría que echar mano del ordenador, lo cual detestaba, pero la funcionaria ya lo había despachado, había dejado el libro junto a los libros devueltos y bajando las escaleras se preguntó si había hecho lo correcto, si acaso le importaría a alguien el que Piglia hubiese sido sentenciado a un exilio administrativo por culpa de un error funcionarial.

Se tomó un café solo en la máquina de la planta baja y regresó. El subalterno ya había devuelto los libros a sus estanterías, a Piglia también. Lo liberó sin miramientos, cogiendo las nueve obras del autor, en tres veces, retornándolo a su hogar, un hogar incompleto, porque no había ninguna estantería dedicada a los escritores argentinos, pero los dejó en el vientre de una estantería donde se apilaban aquellos libros pertenecientes a la literatura en lengua castellana. La probabilidad de que alguien se percatase del cambio era un riesgo a asumir, pero cuando salió de la biblioteca, respiró aliviado, porque sabía que Piglia llegado el momento, se lo agradecería, aunque él no fuese “El último lector” ni tampoco el primero, porque de hecho no había leído nada suyo.

Relatos and Humor04 Apr 2008 02:57 pm

Hacía un calor de mil demonios sobre la campa desierta y todavía faltaba un rato antes de que el sol fuera borrado del firmamento. Sonó entonces sobre el escenario una batería, a la que se sumó el bajo y las guitarras eléctricas. Poco después el cantante con una capa púrpura por si había que salir volando, un gorro mexicano y el rostro pintado de blanco como una geisha, comenzó a cantar provocando el delirio. El humo de los porros creaba una bruma artificial, nubes embriagadoras, que velaban los movimientos del cantante, que en el suelo asemejaba una culebra, la cual giraba sobre sí mismo y se enroscaba, lo cual en la distancia podía entenderse como una autofelación o una invitación a su ejercicio. Sonaban las palmas y los gritos y las gargantas del público ayudaban y a menudo reemplazaban a la del cantante, que dejaba hacer, gozoso, al comprobar como sus canciones ya eran himnos generacionales que los allí congregados se sabían a pies juntillas, hasta el último gemido y requiebro de su voz arcillosa.

Cayeron bragas sobre el escenario, que el cantante olisqueó y luego hizo como si escupiera, como si se hubiera tragado media docena de pelos, lo cual encendió al público aún más, luego se las puso en la cadera y giró sobre ellas, dando pasos de baile sobre el escenario mientras cantaba el clásico “Putitas para el amor

“…siempre fuiste una putón, putón verbenero arrabalero, pero se me acabó el dinero y se me acabó el amor y lo que es peor el ron, así que adiós”…

cayeron también plátanos que impactaron sobre el cuerpo del cantante, que los cogió y peló con cuidado, como si fuera fruta madura cuando de hecho era un arma arrojadiza. Ayudó luego a una chica a subir con él al escenario y se tumbó en el suelo y la chica se puso a horcajadas sobre él mientras le pelaba el plátano y le arrancaba la braga a mordiscos y cubiertos por la capa la gente cantaba el estribillo de otro temazo “cuervo negro”..

“cuervo negro, bicho, déjame en paz, o te arrancaré las plumas y los ojos y tu sangre y me haré un gazpacho…”

Se levantó entonces un aire fresco que hizo encogerse a la concurrencia, frotarse las palmas y luego arrejuntarse los unos contra los otros, buscando algo de calor y todos juntos cantaron “El blues del chupapollas”, con los móviles en lo alto echando fotos en todas las direcciones, creando un climax de procacidad desmedida que se desató cuando el cantante llegó al momento cumbre con el tema ”chupa como una mujer lo que nunca tendrás como el hombre” y las parejas entonces se acaramelaron, y los que estaban solos buscaron a alguien huérfano como ellos y se rebozaron en el suelo reseco, las manos se buscaron, en frenesí de cremalleras, en fricciones de minifaldas, en bocas anhelantes, en cuerpos en pos de un deseo vertical, y el cantante que se dio cuenta del asunto, ante un público entregado al deseo, quiso añadir más leña al fuego y se derramó con un tema que fue un exitazo en el 69 “Los orificios del amor” y al tiempo que explicaba en su canción la funcionalidad de cada uno de ellos, el público que se la sabía de memoria se iba anticipando a la letra, y cuando llegaba el momento aquel bacanal era una masa informe de piel desnuda, reseca y resoplante, una bestia agonizante de placer, saciando un deseo atávico, entregado al delirio de la carne, a la impureza del desatino, llenando la campa de polvos, en una orgía que luego algunos vieron en sus casitas en internet, en lo que se conocería luego, como el “Revolcón Rock” que dado su habida repercusión social, solo tuvo una edición, pero donde sus asistentes confesaron haber vivido una experiencia incomparable, única e irrepetible.

Relatos04 Apr 2008 12:19 pm

Destrozada por la muerte de Coqui vagaba con los ojos acuosos por la casa. Fue al velatorio arrastrando los pies por la calles de Lorquí, al encuentro de cada esquina como si cada roce, por fricción, aliviase su pena y permaneció allí toda la tarde, recibiendo las muestras de afecto de todos aquellos que habían conocido a la dicharachera Coqui siempre alegre y juguetona, esa compañera fiel incapaz de dejar tirada a nadie. Por la noche, sin más que hacer que asumir los hechos consumados y dispuesta a acumular días y meses que cauterizarán las heridas del alma, recogió las cenizas de su perra en el tanatorio y las dejó en un bote de conserva junto a un retrato sobre el televisor, en el que aparecían las dos juntas, en una playa, una moviendo el rabo y la otra con una sonrisa propia de una niña ensimismada. Cada ladrido vertido en la calle era una remembranza de su Coqui y se durmió pensando si las perras irían al cielo y si en ese caso valdría la pena irse al más allá en su búsqueda o al más aquí al día siguiente, a la perrera municipal en busca de una sustituta, porque su casa devorada por un silencio sin eco, ni ladridos era como el primer fascículo de la muerte, buzoneado a su pesar, titulado Soledad.

Relatos03 Apr 2008 03:30 pm

Él lo entiende todo a la primera, algo nada extraño si las conversaciones tratan de chismorreos, pero su compañera de trabajo le explica las mismas cosas cuatro o cinco veces, sin modificar ni un ápice su exposición, introduciendo continuamente ese “escuuuucha” que a él le sabe a rayos. Se lo dijo la primera vez, que ella le contó todo sobre los amores de Pacorrón. Pero ella siguió erre que erre, y él la mira entre el enfado y la condescendencia porque no sabe si le repite las cosas tantas veces porque ella es así o porque cree que él es corto de entendederas de ahí que ella deba emplearse a fondo. Desgraciadamente para él cuando debe solucionarle alguna duda informática a su compañera, no bastan las palabras, porque ella lo quiere todo por escrito, porque los informáticos son unos pesados, que se explican fatal de mal.

Relatos03 Apr 2008 03:28 pm

Le quedaban pocos metros para llegar a su hogar cuando vio en la calle a una niña mirando en todas las direcciones con gesto contrariado. La calle estaba en obras y las zanjas y las vallas amarillas estaban dispuestas a lo largo de la acera. Examinó los pies de la niña, y vio que ésta estaba situada sobre la acera en una baldosa roja con ornamentos florales que asemejaban una hoja de vid. Algo había que le impedía continuar. No vio ninguna herida o lesión aparente que imposibilitasen a la niña seguir su camino, ni ningún familiar cerca, así que pensó que debía tratarse de otra cosa, algo más propio del mundo infantil, dotado de un corpus normativo que los adultos ignoran.

Lo comprendió enseguida, no hacía mucho que él también había sido expulsado de la república de la infancia y campeaba ahora por los cascos rotos y estridencias de la adolescencia. Se agachó entonces hasta situarse su cabeza a la altura de la de la niña y golpeó su hombro derecho con los dedos de la mano izquierda al tiempo que le hacía una inclinación con la cabeza como si estuviera pescando y el hilo fuera su cuello. A la niña, recelosa, le pudo más el amor propio que la desconfianza y subió a las espaldas del chico. Atravesaron la zanja, sortearon dos vallas y pasaron de largo las baldosas blancas. Entonces la niña apretó el hombro del joven que se agachó desalojando la carga. La niña se lo agradeció sonriendo en un lengua que desconocía y la vio marchar delante de él a la pata coja, sobre las baldosas rojas, hasta llegar a su portal y desaparecer.

Miró entonces a ambos lados de la calle desierta e hizo un amago que rectificó a tiempo, pues llevaba meses con molestias en su pierna derecha y su miedo venció al amor propio y caminó hasta el portal e introdujo las llaves en el bombín con la sombra de la derrota tiznando su ánimo.

Relatos01 Apr 2008 09:12 pm

Creía que si tenía un sueño que cumplir su vida valdría algo. No sabía cuánto, pero intuía que algo más que esa sensación de vacío que lo hacía levitar desde que se había jubilado. Probó con la música, con la literatura, con las partidas de cartas e incluso con los bailes de salón. Se inscribió en todos los cursos que ofrecía el ayuntamiento para los de su condición y de su rendimiento a pesar de ser óptimo, no derivó ninguna satisfacción más allá del trabajo bien hecho y las felicitaciones de sus profesores.

Un día perdido en la sierra, en una excursión de fin de semana, mientras contemplaba el cielo azul, sin impurezas, contempló obnubilado un olivo. Se acercó a él con cautela, como si alguien lo estuviera observando. Con pasos cortos llegó hasta la corteza del árbol y pegando la oreja entendió su soledad, su gritar silencioso, su firmeza arrebujada. Supo que lo amaba, y el olivo a pesar de su timidez acusó la caricia con un agitar tremolante de sus ramas. Cayeron al suelo algunas olivas, que llevó a su boca lentamente, como si la ofrenda carnal no requiriese más apremio que la sensación de placidez que le embargaba. El zumo de las olivas se desparramó por sus labios, una agua dorada y alimenticia cuyo amargor le hizo ensalivar más de la cuenta. Comprendió que era su alma gemela, su trasunto vegetal y sin demora buscó alguna caseta, desandando el camino que le había llevado al olivar. El sol de justicia le hacía abrazar las escasas sombras que dejaban los árboles. Finalmente llegó a un cortijo donde un señor menguado le miraba desde el umbral. El extraño quiso saber de quién eran esos olivos y obtuvo una respuesta inmediata y monosilábica. Míos, replicó el hombre. La oferta del extranjero a todas luces desmedida, era propia de una furor capitalino, habitual en esos señoritos de ciudad que se creían capaces de comprarlo todo, pero el lugareño, no tenía prisa, sabedor de que la muerte rondaba cerca, así que lo invitó a echar unos tragos del botijo, a tomar asiento en una mecedora e incluso a pasar unos días con él. El extraño dio por buenas las explicaciones del viejo y su interés por tenerlo allí confinado el tiempo necesario para saber si sería capaz de superar la prueba. Durante tres meses el extraño acompañó al viejo al campo, le ayudó en las labores agrícolas y dio testimonio de su pulcritud en sus acciones del perfeccionamiento en cada una de sus tareas, revestidas de un esmero y devoción que el viejo no había conocido nunca antes en su años en el campo.

Una noche después de cenar, mientras la noche devoraba las últimas luces, el viejo dijo haber tomado una decisión. Aceptaba la oferta pero se reservaba el derecho a pasar cuando quisiera a ver sus dominios así como a retirar 30 litros de aceite al año. El extraño asintió y lloró como nunca antes había llorado o quizá sí lo hubiera hecho antes, pero nunca por esas razones. Sintió que la felicidad le embargaba y que si no lloraba se ahogaría, así que lloró sin miedo, sin contemplaciones, sin remordimientos, lloró y lloró durante toda la noche y a la mañana siguiente encontró al viejo tieso sobre la cama. Bajo el jergón asomaba un papel. El extraño leyó con los ojos empañados una caligrafía embriagada como helechos borrachos

“te esperé durante media vida y finalmente apareciste. Ahora puedo dormir en paz”.

Enterró al viejo en un promontorio detrás de la caseta, con dos ramas de olivo improvisó una cruz y se encaminó al olivar con una sensación en el estómago que le empañó los ojos de nuevo.

Relatos12 Mar 2008 03:39 pm

En el nuevo aplicativo informático que implantó la biblioteca descubrió que se podían pedir libros, en la sección dedicada a las desideratas, así que ni corto ni perezoso, introdujo el nombre del libro y del autor, así como la editorial y el año de publicación, que deseaba que la biblioteca adquiriese. Pasó unos días, inició sesión introduciendo su número de usuario y su contraseña y en el apartado destinado a las desideratas hechas por el usuario constató desolado que la petición del libro solicitado había sido denegada.
Se personó minutos después en la biblioteca y con todo el buen ánimo del que era capaz fue a dar con la persona que se encargaba de autorizar las compras, la Sra. Cenzano. Le pidió cortesmente que se sentara y le preguntó si se encontraba bien, pues sus ojos desorbitados, iracundos y su respiración agitada, al tiempo que le preocupaban le hacían sentir incómoda.
Si no hemos comprado ese libro que nos ha solicitado es porque el autor es un perfecto desconocido, y en las cuatro librerías con las que trabajamos en esta ciudad no estaba disponible. De todos modos, si en esta biblioteca no lo hemos adquirido siempre le queda la posibilidad de comprarlo por internet, o directamente a la editorial.
¿Cómo dijo que se llamaba?, le preguntó la señora.
No importa respondió él, con los ojos apuntando a la papelera, como si quisiera desintegrarla.
Quisiera saberlo dijo ella.
Él le pasó el carnet y ella sonrió bamboleando la testa adelante y atrás.
Supongo que tendrá algún ejemplar en su casa.
Catorce.
¿comprados?

¿todos?

Guarda las facturas.
No.
Lo suponía.
Traígame un par de ellos y veremos si puedo conseguirle unos euros y colocarlo entre las novedades.
El dinero me es igual, no escribo por dinero.
Ya, respondió la señora, como todos, al tiempo que le entregaba un libro de poesías de una tal Paloma Cenzano Aguirre.

Relatos09 Mar 2008 04:59 pm

Pronunció las tres palabras del tirón y la piedra se movió, permitiendo su acceso al húmedo interior.

Relatos09 Mar 2008 04:48 pm

A fin de pagar unas deudas vendió sus secretos en eBay. No sabía que su marido había sido el comprador, oculto bajo el nick de El sepulturero. Sin más demora, una vez los tuvo en poder procedió a incinerarlos. Esa noche su mujer tuvo pesadillas ahumadas, jaquecas y a la mañana siguiente se levantó con los ojos fuera de las órbitas y con la cabeza, según su palabras, como si le hubieran practicado una lobotomía.

Relatos09 Mar 2008 12:50 pm

Después de votar, le embargó la misma sensación que obtenía cuando se masturbaba; la propia de una acción estéril.

Relatos and Humor07 Mar 2008 10:43 pm

Cuando nació Lucía en el año 2014, su padre tuvo que ir a hacer los papeles del libro de familia y pagó religiosamente la tasa que la SGAE imponía a los recién nacidos, toda vez que quedó demostrado, que un bebé era una unidad de almacenamiento, como lo eran reproductores de MP8, los soportes de grabación como casetes, cintas de vídeo, tarjetas de memoria o los discos duros, incluso un señor de Alcorcón tuvo que pagar dicha tasa, porque su loro, se sabía algunas canciones de Bisbal que reproducía una y otra vez, sin el permiso, claro está, del artista.

Relatos and Humor07 Mar 2008 05:07 pm

Dio la vuelta al mundo con la esperanza de que a su regreso tuviera material suficiente para escribir un par de libros, tras dos años en el dique seco. Los tres meses siguientes a su llegada los pasó ordenando 745.678 fotos digitales. Las clasificó por años, meses y días, por continentes y países. Separó las dedicadas a los paisajes, de otras en las que aparecía él o la gente que había conocido en su aventura, incluso puestos a perder el tiempo las clasifico por el sexo de los retratados. Sentado en su escritorio, recordó las anécdotas vividas, las amistades hechas, los bellos amaneceres y las puestas de sol, los mares de plata, la sensación de felicidad y libertad que le había acompañado y supo que recrear todo aquello en un papel, sería echarlo todo a perder y movido por su egoismo se tomó la tarde libre, dispuesto al día siguiente a reemprender su viaje hacia ninguna parte, o hacia todas las partes, según se mire.

Relatos07 Mar 2008 04:08 pm

…una pequeña parte de mí….
- ¿pequeña?
- ¿has dicho pequeña?
- pequeña no, eres un vulgar ente mononeuronal micropénico…

Relatos07 Mar 2008 02:03 pm

Iban los dos en el vagón, mirando a través de la ventana. Los rayos solares espejeaban sobre los árboles, nutrían las huertas, creaban policromías al lamer el río. Cándida dirigía la mirada a la ventana y luego a su marido Cándido, sentado frente a ella, él cual comenzaba a dormitar, cerrando los ojos y tratando de abrirlos pesarosamente, como el naufrago opugnando a su fatal destino. El traqueteo de la locomotora sobre los raíles, permitió en Cándida la eclosión de pensamientos negros, tristes, desoladores, macabros, a los que no sólo no puso freno, sino que alentó, tratando de recordar, de abonar esa flor del mal que se abría paso en su interior, fantaseando si era necesario. Esa semana había sido una más, nada especial, a pesar de las festividades. Si antaño la playa le resultaba irresistible, cautiva del sol, doblegada y mecida por las olas salvajes, ensimismada en la música de los chiringuitos, esposada al tedio complaciente de los días de hotel y playa, ahora todo aquello no hacía sino enervar su ánimo, encresparla, en una confrontación y alteración constante, donde Cándido era el acreedor mudo de todos sus reproches, de todas las pataletas, el culpable de los sueños irrealizados, de las esperanzas evaporadas, de las promesas incumplidas. Sí, ese que tenía en frente suyo y no otro, era el responsable único de su desazón, de su pesar, de encontrarse en vía muerta, desde hacía ya unos meses, emplazada en una tristeza que se alimentaba día a día, de rencor, de odio y encono hacia su marido. Miró sus manos y las imaginó sobre el cuello de él, cómo este se retorcería, la miraría extrañado, creyéndola incapaz de hacer algo así, y poco después, una vez muerto, sola, recorrería el mundo a su libre albedrío, reina y señora de sus momentos y acciones. Vio entonces un túnel que se aproximaba y sin pensarlo dos veces se abalanzó sobre él. El vagón, se demoró unos minutos en el vientre de la montaña para dejar luego la oquedad, buscando la luz. En el vagón, iluminado de nuevo, yacía el cuerpo inerte de Cándida, sobre el que Cándido, arrodillado lloraba desconsolado. En otras circunstancias, hace cuarenta y cuatro años, cuando se enamoraron, no le hubiera importado lo más mínimo morir en sus brazos, sin importarle el cómo, sin oponer resistencia, pero ahora, en ese cara a cara continuo, ya no se trataba de dos corazones latiendo cómo uno sólo, sino de dos vísceras sonrosadas que libraban un cuerpo a cuerpo donde sólo podía quedar uno en pie, en ese amor aciago, no ya complementario, sino excluyente. Cándido, avisó al revisor y confesó su crimen. El perito médico dictaminaría poco después, que fue un paro cardiaco, la causa de la muerte de Cándida, y que el estrangulamiento, sin pruebas fehacientes del mismo, en el caso de haber tenido lugar fue a posteriori, por lo que ya no sería un caso criminal, sino moral, que su confesor habría de resolver. Entre las pertenencias de Cándida el viudo halló un bote de pastillas precintado y una prescripción médica, fechada una semana antes, en la que el Doctor Roldán había escrito algo con una letra tan enmarañada, que Cándido sólo entendió una única palabra, que venía en rojo y doblemente subrayada; corazón.

Relatos06 Mar 2008 02:01 pm

Rodrigo quería ser Director General de Tránsitos y Pasillos, pero el cometido encomendado fue ir al archivo a preparar la documentación que había que envíar al Archivo General a finales de la semana. Subió las escaleras, ya que no había ascensor, y accedió a la planta siguiente. Esta tenía una estructura similar a la de un laberinto, lo que explicaba que tres personas que no se conocían de nada, hermanadas en su perdición, le pidieran encarecidamente, no que les dijera cómo salir de allí, sino que les llevara hasta la mismísima puerta, donde estaba el cartel verde plastificado con la palabra Salida. Hecha la buena obra del día, sin tiempo que perder, fue a las estanterías destinadas para el archivo de la documentación de su área administrativa. Su labor consistiría en ordenar las 300 cajas de los cinco últimos años, quitar los clips, las gomas, los papelitos amerillos y poner a lapicero una codificación especial, tanto en la caja, como en las carpetas que las completaban. Las dos primeras horas trabajó afanado, sin levantar la vista de la mesa, donde reposaba su trabajo, sin reparar en quienes le saludadan, le invitaban a tomar café, y se presentaban estrechando su mano o anticipando sus mejillas al tratarse de su primer día.

Antes de las once, sentía pinchazos en el cuello, que le crujía al moverlo, y decidió recoger las cajas dispersas por el suelo, guardarlas y tomarse un respiro. Las estanterías se corrían sobre unos raíles, las cuales costaba trabajo mover, dado el peso que soportaban, y la falta de aceite. Apoyado sobre una de ellas, hizo fuerza y la desplazó medio metro. Hecho el hueco necesario, se tumbó en el suelo e introdujo la caja en la señal dejada junto a la pared. Veía sus pies sobresaliendo por la popa de la estantería, vertida en el pasillo. El Director General de Tránsitos y Pasillos para su mal, no los vio, tropezó con ellos y salió despedido, impactando su cabeza contra la encuadernadora, con tal fario que sus rostro quedó inserto en las espirales metálicas. Cuando lo sacaron de allí, aún respiraba, aunque moriría minutos después camino del hospital. Antes de que Rodrigo pudiera incorporarse, recibió un pisotón en la tibia que le hizo perder el sentido. No encontraron mala fe, dolo, ni responsabilidad alguna de Rodrigo en la muerte de Martín, resumida como una circunstancia trágica, pero una investigación llevada a cabo por la Inspección de Servicios esa misma mañana, determinó que Rodrigo estaba llevando a cabo tareas que no eran de su competencia, lo cual dado que tenía un contrato temporal y vulneraba claramente lo establecido en el convenio, la ley obligaba a sus empleadores a hacerle un contrato indefinido. A fin de evitar un escándalo, le ofrecieron un trato. Rodrigo, vuelto en sí, pero con el rostro blanco y afectado por la muerte de Martín, al que apreciaba, conocedor de todos los planes de éste para la jubiliacón que obtendría el año próximo, llevándose la mano al tobillo, manifestó su deseo de ser Director General de Tránsitos y Pasillos, ofreciéndose a realizar al menos la misma excelsa labor que había hecho Martín durante sus años en el cargo. Los mandamases se miraron, y pidieron un receso antes de tomar una decisión. Firma aquí, le dijeron poco después, el puesto es tuyo. A Rodrigo lo llevaron en camilla a la planta inferior, y de allí al hospital. Detectaron, en las pruebas practicadas, un pequeño trombo que requería hospitalización. Tenía unos pocos días por delante para construir una historia, si es que alguien mostraba curiosidad por su meteórico ascenso. Ya se veía con su uniforme azul, su gorra de plástico, dirigiendo el tráfico por el pasillo, haciéndolo más fluido, manejando las manos como un director de orquesta. Así se durmió, para siempre, con una amplía sonrisa. El trombo, fue un trombón que subió hasta su cerebro a la velocidad del rayo, fulminándolo horas después de su ingreso.

Relatos05 Mar 2008 04:21 pm

contador monofásico 46Llegó a las calles altas del pueblo coronado por una iglesia abandonada y una muralla con vistas al río, surcado por un puente medieval. El sol le abrasaba y buscó cobijo bajo los anchos contrafuertes de la iglesia. Deambuló y tomó fotos del paisaje. Agradeció estar solo en ese paraje idílico. Abajo, el agua del río se movía contemplativa y calma, sin prisas, quizá porque era domingo y a las tres de la tarde, el tiempo se suspendía y balanceaba en el limbo del ocio y el arrullo de la voz que expedían los televisores. Leyó la información recogida en unos carteles que explicaban el nacimiento de la iglesia, y datos sobre los disciplinantes, conocidos como Picaos, que en ese pueblo en Semana Santa se arreaban en la espalda entre 800 y 1000 zurriagazos para ser luego picados por el práctico, brotando entonces la sangre. Imaginando la escena y con la tensión en los pies buscó cobijo bajo el alero de una casa de piedra, en cuya fachada había un contador monofásico. Metió la mano por la hendidura abierta y desgarrándose la piel, tocó algo que parecía un cable, tiró de él y todo se apagó al instante. Seguía con la mano en el cable, pero con una sola mano no podía deshacer el entuerto. Dos mil ochocientos años después, encontraron a un ser con la mano metida en un artilugio que no supieron identificar, al igual que unos carácteres de una cultura arcaica que aún recurría a la escritura para comunicarse.

Relatos05 Mar 2008 02:59 pm

Al coger en la biblioteca un libro con los cuentos completos/1 de Cortázar e irlo hojeando encontró media docena de recibos de préstamo, olvidados por los usuarios, que recogían los nombres y apellidos de los mismos, el título de la obra, el número de ejemplar, así como la fecha de préstamo y devolución. María, Ana Carmen, Leonor, Patricia, Raquel y Josefina habían leído ese mismo libro, o al menos lo habían manoseado, estrechado contra su pecho, vertido sus lágrimas sobre sus hojas, agitado entre sonrisas o bostezos. No encontró un sólo rastro de lectores masculinos, olvidadizos, al menos, así que a fin de equilibrar la balanza decidió preñar su vientre con su recibo, al tiempo que quitaba los de ellas, para poder afirmar luego con pruebas evidentes y notorias que Cortázar era y es un escritor para hombres, porque las mujeres no están para cuentos.

Relatos05 Mar 2008 01:44 pm

Quedaron en verse a las dos de la tarde. Cuando cruzó la esquina, ella le estaba esperando malhumorada. En el lugar acordado dos relojes que sobresalían de la fachada de una farmacia y de una tienda de chucherías, marcaban hora y temperaturas diferentes. Lo de la temperatura, le daba lo mismo, ni frío ni calor, pero que hubiera una diferencia horaria de cinco minutos lo desazonó. Ella le soltó a bote pronto, así de entrada, que odiaba a los hombres que siempre llegaban o se venían demasíado tarde, así como los que se venían o llegaban demasiado pronto,que buscaba un hombre puntual, exacto, preciso, ni sobrado, ni corto de tiempo. Sin darle opción a réplica, se despidió dándole la espalda, con la promesa de no verle nunca jamás. No existes más para mí, fueron las cinco palabras que le apuntalaron al asfalto.

A fin de restablecer el equilibrio orgánico y natural de las cosas, de poner un poco de orden en ese caos inopinado, entró en la tienda de chucherías y mientras compraba gominolas, barquillos y pistachos, le dijo a la dependienta, una cría que aparentaba tener doce años a pesar de tener los dientes amarillos, que el reloj de la entrada no iba bien. La joven le miró y se encogió de hombros. El viernes viene el encargado, habla con él si quieres. Agradeció el gesto y entró en la farmacia. Compró dos cajas de condones por hacer algo de gasto, y le comentó a la gruesa mujer de bata blanca que le entregó la bolsa con la compra que el reloj de la entrada fallaba. Al leer sobre la bata, que no se trataba de una ayudante de farmacia, sino de la mismísima farmaceútica, le apremió con la mirada, no había excusas posibles. La mujer le acompañó fuera, miró los tres relojes; el suyo de muñeca y los dos de la fachada y dijo que el suyo iba como la seda, al segundo. Llevaba razón.

No podía esperar hasta al viernes, así que por la noche, mientras la ciudad dormía, hizo el mismo camino de la mañana, trasegando unos tragos de ron. Alcanzó el punto donde su pretendiente lo había declarado inexistente. La remembranza del adios acaloró su ánimo, el alcohol enardeció la belicosidad agazapada, y llevado por un movimiento inconsciente, automático, cuajado de odio, lanzo dos piedras al aire. El tiempo se detuvo, su aliento también. No había querido sincronizar su reloj con el de ella cuando se besaron en la discoteca la primera vez y supo entonces que si perder era sólo cuestión de tiempo, estar allí a las cuatro de la madrugada, tiritando de frío, maldiciendo por un amor evaporado, también era perder el tiempo. Tiró su reloj junto a las piedras y los cristales rotos y camino de casa, sin tiempo y sin espacio para el remordimiento, apuró la botella hasta caer poco después redondo sobre la cama, mientras el cosmos, el planeta, el techo, giraban sobre él como las manecillas de un reloj al que no pensaba dar cuerda.

Relatos04 Mar 2008 04:02 pm

Al oír ruidos en la planta de abajo se tiró al suelo, sobre el frío terrazo gris, y pegó la oreja. Se levantó luego con la oreja fría y el corazón acelerado. Aquel estruendo no podía ser otra cosa que un disparo. Quiso llamar a la policía pero antes quería cerciorarse de sus sospechas. Llamó al timbre sin despegar el pulgar. Nadie le abrió. Subió de nuevo a casa y marcó el número de su amigo Vicente que allí vivía. No hubo respuesta. Pegó entonces la oreja a la puerta y creyó oír un leve murmullo, una voz entrecortada, suplicante, que iba y venía del más allá. Se abalanzó con el hombro repetidas veces sobre la puerta, pero ésta no cedió. Sacó entonces una tarjeta plastificada sustraída del bolso de la madre, y tras hacerla pasar por la cerradura tras varios intentos, la puerta se abrió. Sin relamerse con su proeza, se encaminó hacia la voz. Detrás de una cortina una figura se recortaba, los brazos en alto, la voz ahogada. Tropezó con el fleco de la alfombra, descorrió la cortina y fue a caer sobre el ser agonizante, adelantando las manos a modo de protección. El plástico cortante le rebanó la garganta al abuelo de Vicente, que murió en el acto, con la cabeza flotando sobre un charco de sangre. En el suelo su madre le miraba, con afecto, denotando un amor infinito. Recogió la tarjeta, la limpió bajo el chorro del grifo, recuperando su inmaculada presencia, pero manteniendo la consistente sonrisa de su propietaria, y la guardó en su bolsillo. Cerró la puerta de la calle tras él y bajó las escaleras. En el rellano estaba Vicente al que estrechó en su brazos depositando un beso en su mejilla derecha. Entonces Vicente no sabía nada de Judas, tampoco de sus besos. Despidió a su amigo extrañado tratando de adivinar que contenía esa mirada licuada, vaporosa, esquiva, más propia de un adulto que de un niño.

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