Relatos


Relatos02 Jun 2008 03:40 pm

Al abrir los ojos sentía su cuerpo mojado, los músculos apelmazados, entre muros de agua. Los minutos oficiaban su rito secreto lastrándolo hacía el reino de las sombras. Miró a su alrededor, sin molestarse en bucear en los recuerdos nutricionales, impelido por su ánimo práctico y dejando el trozo de madera al que estaba agarrado optó por otro de mayor tamaño. Ningún vestigio quedaba de embarcación alguna a ras de sus ojos. El vientre de la nao difunta había poblado la superficie de objetos flotantes, antes de dirigirse a la región abisal, pero nada había a la vista de comer o de beber.
Era consciente de que su horizonte vital se ceñía a una poquedad de días, de que su suerte estaba en manos del destino, bajo la apariencia de algún barco que lo viera perdido en ese laberinto marino y se aviniera a rescatarlo.
Su madero salvador le brindaba unas dimensiones que le permitía disponer su cuerpo sobre la superficie, un reducto que lo protegía de la voracidad marina. La bastedad del espacio abierto, los confines repetidos, el linde húmedo lo asfixiaba y mareaba, porque como en una casa de espejos sin reflejo todo era lo mismo y sólo su figura ponía una nota de color en aquel lienzo cerúleo.
Durmió horas. No sabía cuantas ni quería averiguarlo. Su vida se regiría por un código binario: luz y oscuridad. Su cuerpo seco y calentado por el sol, mostraba síntomas de desentumecimiento. Estiró las extremidades, sintió el rugido del estómago y con la palma de la mano a modo de visera, barrió con su mirar trazando un círculo. Algo reclamó su atención. Nadó hasta una madera con destellos acerados. Sobre una astilla halló una escarcela. Miró en su interior con pupilas fulgurosas. Miró al cielo y de haber encontrado rastro de El Señor le hubiera dado las gracias. Regresó a su feudo oscilante, sobre las piernas la escarcela de la que extrajo tres botellas de agua a medio llenar y una docena de latas de conserva desvestidas de su manto de cartón. Su horizonte vital se dilataba con el hallazgo tanto como sus ansias por permanecer. Decidió dejarlo donde la había encontrado, ya que en su guarida no había saliente donde acomodar la mercancía y se demoró en las frías aguas, hasta que tembloroso volvió a la soleada superficie.
La primera noche apenas durmió. El riesgo de caerse en plena noche, de mezclar sueños con agua, de irse al más allá al menor traspié se impuso al pertinaz sueño, dejó un cuerpo extenuado, que ante la contemplación del rosicler se abandonó como un bebé entre los senos maternos….

Tuvo mucha suerte, si el premio gordo consiste en estar vivo. No le esperaba nadie en su hogar. Ningún ladrido, tampoco abrazos de reencuentro en el umbral. Ninguna llamada, correo o SMS. Estaba más solo que la una cuando se fue y nada había cambiado a su regreso, salvo montones de cartas y peticiones de los medios públicos y escritos para contar su historia.

Sobre el colchón sus ojos se empañaron de agua salada. Como si una cama de agua fuera su catre, sentía el oleaje en el cuerpo y echaba de menos su reciente vida binaria. No es que deseara estar allí de nuevo, ante las fauces húmedas del destino, pero allí, durante esos días sintió las entrañas de la vida sobre su piel tostada y reseca, el deseo irrefrenable de ir pasando las páginas de un cuaderno mojado que cada día le ofrendaba.
Y cerró los ojos y no le hubiera importado no abrirlos más porque no se había sentido nunca así de confortado.

Relatos26 Apr 2008 10:23 am

Ese día el sol caía a plomo sobre las desiertas calles del pueblo. Hacía seis años que no sabía de Laura, la única mujer a la que había amado de verdad. El resto de las mujeres que habían ocupado su vida y por ende su cama sólo habían sido apaños, arreglos, costurones en el alma.

Cuando la herida estaba casi cerrada y no supuraba desesperanza, ahora que estaba casado y tenía dos niños preciosos que inundaban su vida de alegría, recibió una llamada, que lo dejó al teléfono sin palabras. Laura quería verlo de nuevo.

Acordaron verse en un pueblecito equidistante de sus lugares de residencia al que ninguno de los dos había ido anteriormente. Se miraron sin verse, se tocaron sin manos, se reconocieron en la dilatación de las púpilas. Sus cuerpos se abrazaron. Se olieron, se relamieron con el perfume del amor ya perdido.

Ella le confesó que se iba al otro barrio, que en seis meses poco más o menos habría muerto, que ya no había vuelta atrás y que en una de esas tonterías típicas de las mujeres quería verlo de nuevo, sentirlo otra vez, ceñir su cuerpo al suyo.

Él no atinaba a decir palabra, una presa se había fortificado en su garganta, ahogándolo. De sus ojos húmedos manaban goterones que bañanan el rostro de Laura.

Si quieres podemos volver, le dijo. Subirnos a tu coche y hacer juntos esas cosas de las que siempre hablábamos y que luego cualquier excusa impedía. Yo iré detrás tuyo, pero no te vuelvas. Una vez dentro, seré tuya hasta el final de mís días. Tú me llevarás hacia la luz e iluminarás mis días.

Él comenzó a andar según lo acordado. El coche distaba a apenas trescientos metros. Pasó las llaves de mano en mano, nervioso. La oportunidad soñada tanto tiempo se había presentado finalmente y la sensación que experimentaba era una felicidad que escocía, la propia de una erección que resulta placentera y dolorosa al mismo tiempo. Sentía al principio el aliento caliente de Laura en su cuello. Luego no sintió nada y el vacío le colmó. Necesitaba verla una vez más, saber que estaba ahí detrás suyo y sin pensar en nada se volvió.

Laura le miraba desde el medio de la plaza, sabedora de lo que iba a pasar. Le despidió con la mano.

Volvieron a encontrarse meses después. Él le dijo palabras de fuego, que bañaron sus lágrimas, le entregó jirones de su alma, pero ella no podía oirle allí abajo, envuelta en madera, amortajada en tierra.

Relatos24 Apr 2008 06:53 pm

Desde que sufre de insomnio tiene más horas extras para pensar que su vida es insignificante.

Relatos23 Apr 2008 03:04 pm

- ¿cuánto?

- a lo sumo seis meses.

Se barruntaba esas luctuosas palabras, había ensayado mil reacciones, pero en el fatídico momento rompió a llorar, mientras el médico lo miraba detrás de sus gafas de pasta.

- ¿opciones?

- Ninguna que sepamos.

- no quiero sufrir.

- Le entiendo, perdí a mi padre en condiciones similares.

Le acercó un ejemplar de El Quijote sin huellas ni dedicatorias, limpio como los chorros del oro.

- Con ochocientas páginas este fin de semana bastará. Si por el contrario decide hacer vida normal, sufrirá dolores, el mal se extenderá por todo su cuerpo, las palabras se reproducirán y finalmente la tinta afectará todos y cada uno de los órganos hasta matarle.

Miró el libro, pasó las yemas de los dedos por la frente, rascó el mentón y agarró el ejemplar con ambas manos.

- Lo siento dijo el doctor despidiéndose.

- Yo también, no crea que no me jode irme así.

Relatos23 Apr 2008 01:52 pm

Baja a la calle con la bata de andar por casa y las zapatillas de felpa. Su cabeza coronada con rulos y redecilla y en las manos varias bolsas de basura. En la escalera dos niños comen pipas alfombrando el suelo de cáscaras. Los recrimina y la mandan a tomar por culo. Que te follen dice el pelirrojo con voz de pito y luego el otro apostilla que es imposible que alguien se la quiera trapiñar, porque es más fea que la bruja de Blair. Se ríen como si hubieran pergeñado el chiste del siglo y Dionisia sale a la calle con los ojos inyectados en sangre y estrecha la bata contra su cuerpo, habida cuenta del viento norte que barre las calles desiertas. Sus pelos enhiestos son alfileres capilares que impiden cualquier ceñimiento. Bajo unos cartones oye unos ronquidos similares al de una taladradora, pero nada que ver con los de su difunto Cipriano. Eso era roncar, todos los demás son vulgares imitadores, sin la menor gracia, ni pulmones. De buena gana le hubiera mandado al quirófano para que le hubieran hecho algo en la napia que alejase de sus oídos ese pertinaz ruido diario nocturno, ese infierno de decibelios en el que iba acumulando noches en vela y una mala sangre que se le revolvió dentro hasta pasarle factura y dejarle el alma en números rojos.

Cuando va a introducir las botellas de cristal en el contenedor verde con forma de iglú, siente que alguien le coge las caderas, aupándola. Puedo sola se defiende. Recibe un pestazo a vinacho rancio y sudor que le hace agarrarse al iglú para no caer vencida por ese maremoto de hediondez expelida por ese mefítico ser. Dame de beber dice la voz. Saca Dionisia las botellas de la bolsa y se las muestra. Me apaño con un culín dice el borracho. Duda si estrellarle la botella en la cabeza o acceder a sus deseos. Le pasa la botella y él se la lleva a la boca. Chupa el gollete y unas gotas formando un reguero oscuro van a parar a su interior. Se relame, sus ojos giran como bolas de billar hasta fijar un punto negro en el centro y tira entonces la botella al suelo. Dionisia censura su proceder. Finalmente el borracho logra atinar y meterla por el agujero. Oyen juntos el ruido del vidrio al romperse. Se le ofrece alguna cosa más al señorito dice Dionisia guasona. Una cabeza de pulpo viscoso se sumerge entre las latas con restos de latas aceitosas y refresco. Rebaña con la lengua los restos de atún, bebe unas gotas de coca cola y cerveza. Se apaña un bocata con mendrugos de pan del día anterior y jamón cocido con una patina blancuzca en la superficie. Engulle con la avidez propia de la última cena. Dionisia lo mira desde el bordillo, a una distancia prudencial que permita correr el aire. Finalmente el borracho se echa un buen regüeldo, da las gracias por el inopinado banquete y se cubre con su nórdico de cartón entre almohadas de cemento.

Dionisia vuelve al portal y allí siguen los dos diablos jugando con sus móviles de última generación, fijando sus caretos en videos improvisados y mientras espera el ascensor piensa cuanto tiempo pasará antes de que el mendigo reciba la visita de esos dos rufianes.

Relatos and Humor23 Apr 2008 12:41 pm

Córrete un poco, le dijo sentados sobre el sofá. Cuando se llevó la mano a la bragueta recibió un tortazo.

Relatos and Humor23 Apr 2008 09:20 am

Ha corrido hacia el portátil y buscando en la red ha encontrado la página que quería, cuandopares.com. Ha introducido la fecha de su última regla, y ha comenzado a blasfemar. Finales de diciembre, dice cabeceando. Joder, otra vez. El día de Nochevieja que no habrá ni Dios en los hospitales habla consigo misma. Lo comenta con Jacobo, su marido, recién llegado del turno de noche y este mira su cara y luego su vientre y le dice que se alegra mucho, aunque su rostro según ella no lo confirme y no sabe si achacarlo a la nocturnidad, quien sabe si también con alevosía o a su pasotismo pero lo deja correr y comienzan los preparativos y las discusiones porque ella con el inalámbrico en la mano quiere decirlo a sus familiares y él todavía no, porque sabe por conocidos que los abortos son normales los primeros meses y no quiere difundirlo a los cuatro vientos y luego pasar un mal rato cada vez que alguien le pregunte sobre el tema, en el caso de que vengan mal dadas.

Y ella lo piensa y a regañadientes acepta, pero deciden fijar una fecha, a comienzos de junio, que apuntan con un rotulador negro sobre el calendario de la cocina, allá después de la primera ecografía y dice acto seguido no encontrarse bien y él deja la casa y viene al poco con una caja de madera con dos kilos de fresones de Palos del tamaño de un riñón, que ella devora mientras el jugo tiñe su boca, y él va a la cocina y trae la leche condensada y la nata montada y tanto monta monta tanto que al final acaban arracimados sobre el sofá, él excitado como nunca porque los pechos de su mujer sin recurrir al aumentax tienen un tamaño soberbio, que a duras penas logra ponderar en las palmas de sus manos y acaban rezongando sobre la alfombra de Ikea, exhaustos, con trozos de fresa debajo del sofá y entre los cojines.

El pequeño Matías llora al fondo del pasillo y tras ponerse los calzones Jacobo sale al rato de su cuarto diciendo que era una falsa alarma; el chupete que se le ha caído. Y ella desde el suelo levanta su pie derecho hacia el arco del triunfo Jacobino. El soldado sin nombre siempre en guardia se da por aludido y presenta armas. Recoge el tubo de nata, y ve que aún queda lo suficiente como para otro asalto, y vuelven a la tarea, él ahora con aprensión pues tiene la sensación de sentirse observado a medida que va entrando en ella, como si ésta tuviera una cámara oculta en las gónadas que registrare sus acometidas, lo cual le inhibe de tal modo que acaba echándose a un lado descorazonado, la mirada anclada en el techo, mientras ella le anima diciéndole y clavando el codo en sus costillas que nunca había comido unas fresas con leche tan a gusto.

Relatos and Humor23 Apr 2008 09:19 am

Marta tras estar toda la noche haciendo largos en la cama, trastabillando sobre su colchón de latex, y desayunar con los ojos como platos soperos estaba a las ocho de la mañana en la puerta de la farmacia, con horario de seven eleven, para comprarse un predictor. El segundo en dos días, a razón de trece euros cada uno. Ha subido las escaleras al galope hasta la cuarta planta, se ha quitado la ropa entre jadeos, con la urgencia de un polvo y ha depositado sus posaderas sobre el retrete, donde tras orinar encima del chisme, ha ido a dar una vuelta por el pasillo, a esperar los cuatro minutos que indicaba el prospecto, pero que se han visto reducido a dos y conteniendo la respiración se ha acercado hasta el lavabo donde le esperaba el veredicto, luego los ojos irrigados, ha notado un calor que le abrasaba las pantorrillas y le subía por la columna como una serpiente juguetona. Ha roto a gritar, sin importarle los vecinos, levantando las manos, como si su equipo hubiera marcado el gol que les diera un título y luego las ha dejado caer sobre su rostro humedecido para finalmente reposarlas sobre su vientre.

Las dos líneas rosas, paralelas, que hubiera deseado que confluyeran en algún punto, por aquello de la significación lo confirmaban.

Lo está.

Relatos22 Apr 2008 02:11 pm

No quería llenar la mesa del escritorio de migas y decidió salir a almorzar a la calle, para lo cual cogió el cuchillo que guardaba en el armario. Lo oculto en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero y se acercó a la panadería donde cumplió el ritual diario. Con un panecillo redondo y hueco dejó la tienda, sacó el cuchillo en plena calle e hizo un corte limpio en el pan que amortajó con una servilleta y guardó en la mochila. Proceder a rellenar el bocadillo era una operación que precisaba hacerse sentado sino quería acabar lleno de lamparones. Lo hizo apoyado en la balaustrada que rodeaba un árbol centenario en el medio de la plaza del Mercado. A su lado, un peregrino le miraba hacer, mientras su mirada se repartía entre la contemplación del mapa de la ciudad, donde afanosamente buscaba como llegar al albergue y los quehaceres de aquel personaje que con mimo iba disponiendo las sardinillas sobre el pan, como quien acicala a un muerto. Las bañó con aceite vegetal, tras horadar la miga y proceder con los dedos a impregnarla. Se levantó y dejó al peregrino con la mirada buceando en el mapa.

Antes de llegar a la biblioteca ya había finiquitado el bocata, se limpió los dedos de aceite y entró en la sala de lectura. Se sentó con cuidado de que el cuchillo no le cercenase media nalga y leyó el periódico. No encontró nada interesante en la sección por palabras, ni a nadie conocido en las esquelas, pero su corazón le pinchaba como si una sombra negra le aguijonease el ánimo y se encaminó a la estantería donde convivían pacíficamente los libros dedicados a las religiones. De un tiempo a esta parte había aflorado en su interior un interés desmedido por conocer la historia de las mismas y al igual que el alumno que busca la luz en el maestro, él quería ir a las fuentes para saciar su sed de conocimiento. Vio el Corán de Mahoma y al agacharse a cogerlo de las baldas inferiores, el cuchillo salió de sus escondrijo y cayó al suelo. Agarró el libro y una señora achaparrada que estaba detrás suyo, desde sus ojos anegados de cataratas, vio por este orden; su rostro barbudo, El Corán en la mano derecha, las asas de la mochila, y un cuchillo que se le antojó como una cimitarra. Despavorida echó a correr, arrastrando la pierna derecha por el pasillo, gritando como una loca que había un terrorista en la sala con una bomba. El subalterno se puso las gafas de cerca y al verla venir embalada se apartó y la señora como si tuviera las astas de un toro a un centímetro saltó sobre la mesa y dio a estrellarse de bruces contra los periódicos de los meses anteriores que amortiguaron su caída.

Sin perder un segundo el subalterno presionó el botón verde que había en el borde debajo de la mesa, junto a dos chicles secos. Un botón previsto únicamente para elementos terroristas. Sonó la alarma. Los que estaban más cerca de la puerta sin esperar más detalles, azuzados por el pitido zumbón de la sirena salieron pitando escaleras abajo hasta agolparse en portón, como si de un día de rebajas se tratara, sin poder salir, como toros bravos en el chiquero, porque el protocolo establecía que en casos así nadie debía salir del recinto, pues se corría el riesgo de que el terrorista no actuara solo.

Siete minutos más tarde las fuerzas de seguridad rodearon el edificio. Un helicóptero desalojó a media docena de hombres que se dispersaron por la azotea, descendiendo luego por las tres plantas del inmueble. En esos momentos Manuel que así se llamaba el presunto terrorista no daba crédito a cuanto veía y miraba con cara de circunstancias el circo que se estaba organizando, mientras su horizonte mental se poblaba de nubarrones cada más negros. Una voz que atronó por un megáfono le instó a no levantarse, a tirar el cuchillo y a poner las manos sobre la cabeza, pero Manuel quería llegar andando hasta el subalterno al cual conocía de sobra, para que diese éste cuenta a las autoridades de aquel malentendido. Con el Corán en un mano y el cuchillo en la otra, avanzó hasta la barricada donde cuatro agentes mantenían aferrados sus fusiles de asalto apuntándole. Esperaban instrucciones. No sabían lo que había dentro de la mochila pero los más suspicaces hablaban de kilos de explosivos, de que esto se veía venir con tanto moro en la ciudad… Murmullos que las fuerzas del orden hacían lo posible por acallar.

A través de los ventanales finalmente dos agentes lograron entrar en la sala, de espaldas al terrorista, y fueron sorteando los estantes hasta quedar a apenas medio metro del sujeto. Manuel siguió avanzando con el arma y el libro en alto. Se paró. Sintió la insoportable levedad del no ser, un eco sordo en comparación con el fragor de la pólvora, escuchó las respiraciones agitadas, la calma chicha y tensa que precede a la tragedia y se dispuso a guardar el cuchillo y el libro en la mochila, y entonces sonaron disparos y antes de que el cuerpo de Manuel tocara el suelo, dos agentes sujetaron su ser moribundo por los hombros, manteniéndolo de pie. Abrieron la mochila y hallaron un libro: Fe, verdad y tolerancia : el cristianismo y las religiones del mundo de Joseph Ratzinger. Miraron en su pecho y sólo encontraron un páramo frío, sin cables ni vida. Sonaron palmas desde el fondo de la sala y todos los allí presentes se felicitaron por la eficaz resolución del conflicto. Dejaron salir a los retenidos, que se fueron aliviados para sus casas con una historia que contar a sus mujeres, hijos, nietos o perros.

El subalterno se acercó hasta los agentes, y entre un amasijo de brazos y piernas azules metió la cabeza y vio a Manuel con barba de dos semanas exangüe y deseó estar él también muerto y dejó el edificio y cruzó el puente y sintió envidia del agua que lamía sus ojos y aunque todos le felicitaran ese día y los sucesivos, porque había hecho lo correcto, cumpliendo con el protocolo según lo establecido en estos casos, sentía las manos llenas de sangre y sobre el pretil miró de soslayo su dedo índice, ese dedo acusador que había supuesto la muerte de su amigo. Todo por un puto libro del que todos hablaban pero que nadie había leído.

Relatos21 Apr 2008 03:23 pm

En la biblioteca, mientras tecleaba alegremente y mis dedos corrían sobre el teclado, hilando palabras, frente a mí un hombre tomó asiento. De vez en cuando yo movía el cuello, ladeaba la cabeza y veía su rostro recortándose tras el monitor y como este iba adoptando tonalidades rojizas. Murmuraba por lo bajini, luego movía los brazos, y después de unos minutos sin conseguir entrar en el ordenador, empezó a pegar voces, lo que hizo que una funcionaria de la biblioteca llegase hasta su puesto. Recibió la ayuda con la tez encrespada, su ser furibundo, agitado, sin creerla merecedora de sus miradas de desprecio, dedicándola puyazos visuales, agijonazos de condescendencia, mientras comentaba que los cambios en el nuevo sistema informático sólo habían servido para complicar aún más las cosas. La funcionaria miró el monitor, luego la torre y sin entrar al trapo, como si su ánimo pétreo no estuviera a la intemperie de las desacreditaciones o injurias dijo:

- El ordenador no va porque no está desconectado.

Dicho lo cual, sin añadir adverbios que podían haber empeorado las cosas, como sencillamente, llanamente o simplemente, aplicó el dedo sobre el botón de encendido y el ordenador se puso en marcha.

El hombre ante su impotencia, crecido en su desatino, se defendió atacando:

- parece mentira que dejen los ordenadores apagados.

- Señor, lo habrá apagado el anterior usuario, para que el siguiente que entre lo haga con su propia contraseña, que es el fin de este nuevo sistema, a fin de mantener la privacidad. Ahora introduzca su nif y su contraseña y podrá usarlo durante una hora seguida o bien en dos veces durante el día que sumen como máximo una hora.

Mientras volvía a su mesa de trabajo, dejó al hombre cabeceando, murmurando de nuevo, incapaz de proferir una palabra cordial. Miré a la encendedora de ordenadores como se mira a una Diosa, a un negociador, a un funambulista desafiando el vacío, en resumidas cuentas a un profesional que debe lidiar cada día con una panda de desaprensivos que van con la escopeta cargada, sin atender a razones, recrecidos en su atalaya de imbecilidad desde donde mirar a los demás por encima del hombro.

Relatos16 Apr 2008 12:48 pm

Algo le embistió lanzándolo contra un árbol, que se perdió monte arriba. Podía tratarse de un jabalí pero fue todo tan rápido que no podría aseverarlo. A pesar del empellón, no tenía ningún hueso roto, así que se incorporó como buenamente pudo y fue hasta su bicicleta, hecha trizas, reducida a un amasijo de hierros. La cubrió con hojas y follaje y buscó de nuevo el sendero por el que circulaba antes de ser arrollado. La casa rural no estaba lejos, pero el mapa lo había olvidado en un bolsillo del sillín, así que deshizo la escasa distancia recorrida. Su equilibrio era inestable y tuvo que agarrarse a la corteza de un pino para no irse al suelo. Los pájaros sobre su cabeza, revoloteaban alegres, en su mundo aéreo y Mateo no sabía si estaban fuera o dentro de su testa, porque le pitaban los oídos, y su trinar era un chirrido, que le arañaba los tímpanos, provocándole náuseas. Su cuerpo iba manifestándose en el dolor y sentía pinchazos y malestar en piernas y brazos, así como en el vientre y en los pulmones. Tosió y manchó el dorso de la mano de sangre. Tras un estudio minucioso del mapa, toda vez que se hubo orientado, el plan a seguir consistía en seguir las marcas blancas sobre las cortezas de los árboles, que le llevarían a la casa Rural. Miró a su alrededor y encontró una marca. Respiró aliviado, pero sólo fue un espejismo, porque al instante oyó disparos en sordina, monte abajo. Nadie le dijo que aquello fuera un coto de caza, así que debía tratarse de furtivos. Cada pocos metros encontraba la marca y a pesar del malestar generalizado y de los vahídos que le obligaban a descansar a cada rato, sabía que estaba cada vez más cerca de su destino y si bien esta circunstancia no lograba distraer el dolor, al menos le ayudaba a sobrellevarlo sin derrumbarse.

Retazos del sol inasibles como pompas de jabón que dejan de ser tales antes de llegar al suelo, se adivinaban en lo alto, entre las copas de los árboles, dejando el espacio que ocupaba Mateo, entre sombras húmedas. Sonaron más disparos. El ruido era cada vez más intenso y se agachó por miedo a ser de dueño de alguna bala perdida. La espesura le ofrecía múltiples lugares donde guarecerse, desde donde vio a dos personas con pasamontañas y uniforme militar, corriendo entre los árboles, arrastrándose por la tierra, subiendo a las cuerdas amarradas a las dilatadas ramas, ejercitando una coreografía que culminaba con ráfagas de disparos sobre unas dianas blancas con aros negros concéntricos. A su derecha dos personas cavaban una zanja, intercalando las paletadas. No vio una quinta, la que le abordó por detrás, le dio un toque en el hombro y le arreó un culatazo, cuando su rostro estupefacto se giró.

Abrió los ojos y ante sí halló un manto negro que lo envolvía. Esperó unos minutos y cuando sus pupilas se hicieron a la oscuridad, divisó una rendija que filtraba algo de claridad. Hizo amago de levantarse y recibió un coscorrón con una superficie dura que le instó a sentarse. Con las manos en cruz, supo que la estancia apenas tendría dos metros de largo por dos de ancho y algo menos de 1,80 m de altura, lo cual le obligaba a inclinar la cabeza en sus desplazamientos. No había hecho nada que justificara el encierro, así que sin mucha convicción quiso pensar que se trataba de una broma pesada o de una fatal equivocación. Buscó una salida y en el techó vio una trampilla, del tamaño de un ventanuco que golpeó con ambas manos. Era de madera y sus acometidas no consiguieran alabearla, como si hubiera toneladas de cemento sobre ella.

Se sentó entonces sobre el suelo, de tierra y esperó acontecimientos. Una cabeza asomó finalmente en la trampilla.

- Esta noche morirás, perro, le dijo y desapareció.

Mateo cabeceó, como si quisiera así despojarse de su fatal desenlace ¿Morir?, ¿por ir andando en bicicleta por un bosque?¿por haberme perdido?¿por haber visto a unos hombres disparando?. Las preguntas fluían incesantemente, y sólo conseguían sumirlo cada vez más en la desesperación. Si no le habían atado cuando lo apresaron en un principio pensó que era porque entonces no sabían qué hacer con él. Buscó su documentación en los bolsillos y no la halló. Nada había relevante entre sus objetos personales, más allá de la cartera con unos billetes y las tarjetas de crédito. Algo debía haber no obstante, pensó, en sus enseres que había encolerizado a sus raptores, tanto como para querer verlo muerto, pero no debía pensar en ello porque cada minuto que dedicaba a ello, era tiempo baldío. Antes de que la trampilla se cerrase, y sabedor de su sentencia de muerte, había mirado el reloj y visto que eran poco más de la una de la tarde. Le quedaban más o menos siete horas antes de que anocheciera.

Aplicó entonces las manos por la superficie. Comprobó que las paredes eran de tierra y que rascando con las uñas, se desprendía fácilmente y que esa estancia no parecía diseñada para retener a un ser humano sino para acopiar otros avíos, como alimentos, herramientas o municiones.
Dadas las dimensiones de la madriguera, de apenas 6 metros cúbicos, no podía escarbar demasiado porque entonces se anegaría de tierra, y moriría ahogado. Debía por tanto hacer un agujero estrecho, lo justo como para caber estirado y con la suficiente holgura como para poder desalojar la tierra al interior de la guarida. Debía ser también un túnel bien equilibrado que no se alejase de la superficie sino que guardara cierto paralelismo dado que si se sumergía demasiado luego no podría salir.

Una vez decidido el lugar por donde cavaría, aplicó las manos, hizo un agujero que poco a poco le permitió meter la cabeza, luego los brazos y finalmente el cuerpo, hasta que solo se veían las suelas de unas zapatillas deportivas, que luego dejaron la estancia vacía. Convertido en un topo gigante pero sin los pies anteriores cavadores de este, ni su destreza, fue arañando la tierra, horadándola con sus manos. Sentía el aliento terrenal de la muerte, la falta de oxígeno, el cerebro cargado, pero quería morir luchando, y estuvo minutos y horas sin otro quehacer que ir avanzando hacia la salvación, o hacia la muerte, pero en todo caso avanzando, con el único fin de que la parca, dado el caso no le encontrase con la cabeza entre los piernas maldiciendo su suerte, pasivo y contemplativo de su final y cuando creyó que ya había taladrado lo suficiente en sentido horizontal como para alejarse unos metros de su prisión, buscó la salida cavando hacía arriba.

Ahora le caía la tierra sobre la cara, como una lluvia dura y asfixiante de limo y cieno. Cogió todo el aire que sus pulmones le permitieron y movió las manos, arañó el vientre de la tierra con tanta furia, que sentía las cutículas en carne viva, y tragó saliva aderezada con tierra y escuchó los latidos de su corazón a punto de estallarle, y tocó algo duro y rugoso, y filamentos más endebles, y supo que eran las raíces de un árbol y empleó los puños y dio golpes y su cabeza se le iba, los ojos cerrados, y las imágenes se le agolpaban en el cerebro, fogonazos de luz lechosa, los ojos fijos de su hija mirándole desde la cuna, el rostro de su mujer y en su último estertor, el puño salió al exterior y en el último esfuerzo que sus finiquitadas fuerzas le permitían, clavó bien los pies en el interior de su tumba terrenal, cogió impulso y se lanzó hacia arriba, donde la cabeza quedó allí literalmente plantada, como un brote divino, con un sombrero de musgo, de cuya boca se derramaba una lengua de barro y sangre. Vomitó. Alzó los ojos y vio que el cielo perdía brillo, que las últimas luces se apagaban y que el atrezzo estaba ya casi preparado para la función nocturna.

Si pasa la cabeza pasa el cuerpo. Era cierto. Pasó un brazo y luego el otro. Redivivo en ese flotador de tierra. Oyó voces. No se incorporó y arrastrándose llegó hasta una álabe. Sus captores estaban a poco más de una decena de metros. Reptó hasta que las voces se acallaron. Entonces, ya de pie, echó a correr, y vio un río que serpenteaba ladera abajo y decidió seguir su curso, así que se introdujo en él, y lo fue remontando, sorteando las piedras pequeñas y grandes, que le obligaban a subir a ellas a horcajadas para evitarlas. Si la inminente oscuridad se cernía sobre él, estaría de nuevo perdido y para eso no restaba más de media hora. Por el río no podrían seguir su rastro. Tras un salto de agua, vio lo que parecía una cueva, y chorreando entró en ella. Era lo suficientemente espaciosa como para darle cabida, así que se despojó de la ropa y buscó hacer fuego con piedras y palos. No lo consiguió. El frío le hacía tiritar y sentía punzadas en el estómago a las que se sumaban los pinchazos provenientes de sus falanges. Los esputos seguían arrojando su lastre de sangre. Se pegó a la pared, protegido del viento y del chapoteo del agua, y con los brazos sobre la piernas, ovillado, tratando de conservar su escaso calor corporal, dejó que pasaran los minutos, hasta que las primeras luces del alba, iluminaron su escenario vital, y sin haber pegado ojo en toda la noche, muerto de frío y con la mirada perdida, con una determinación que se había hecho añicos pero que aún no le había partido en dos, salió de la cueva, buscó los rayos solares, extendió los brazos y sintió un cosquilleo, un placer tan intenso que le hizo llorar de impotencia.

El cielo estaba raso, y todo hacía indicar que el día sería caluroso, lo que jugaba en su contra. Estrujó la ropa, la secó lo mejor que pudo con las fuerzas propias de un difunto y se la puso de nuevo, como una segunda piel. Dejó el río y caminó por un sendero. Encontró un refugio vacío, donde alguien había hecho fuego tiempo atrás, habida cuentas de los leños tiznados. No encontró alimento. Desde la ventana se veía el valle y los tejados de las casas y sin demora dejó el albergue y se lanzó en esa dirección en la línea recta, y campo atraviesa, por senderos señalizados, trochas y campo abierto, vio vacas y caballos, pero no a sus dueños. Vio algo centellear, un quitamiedos, que asumió como una alucinación, pero al que el ruido de un motor le hizo regresar sobre esa quimera, siguió el sonido como si una banda de ángeles tocaran su liras sólo para él, y llegó hasta el quitamiedos, y entendió porque los llamaban así, porque al acariciar su filo cortante, que tantas vidas quitaba a los motoristas, sintió una felicidad tal que se le quitó de cuajo el miedo, renovado en sus ganas de vivir y saltó sobre el arcén y caminó embobado, la mirada fija y codificada entre los aladares ocres y apelmazados, en las líneas discontinuas y un camionero hizo sonar su bocina y él movió los brazos y convertido en un eccehomo sin cruz ni corona de espinas, pero dueño de un calvario similar, se desplomó.

Meses después Mateo leyó una noticia en la que La Guardia Civil había encontrado varios zulos en bosques de la provincia de Huesca. Miró el mapa con atención y sintió un escalofrío y el café le supo a tierra mojada y la lengua a barro y su hija sentada en sus rodillas, quiso saber por qué lloraba y él que sabía que algún día debía hablar de su experiencia, tremolante, se dispuso a contarle a su niña un cuento, cuyo final feliz no lo hacía menos terrorífico, si bien ya se encargaría él de adornarlo con duendes, elfos y hadas, con árboles que hablasen y libros mágicos, plantas carnívoras y brujos malos con pasamontañas que hacían daño a los demás, pero donde al final y a pesar de no llevar armas siempre vencían los buenos.

Las entrañas de la Tierra
Chufowski ©2008

Relatos10 Apr 2008 04:49 pm

En el lugar convenido se reunieron. Besos apasionados en la calle y ella le indicó con el índice la fachada del edificio donde pasarían la noche. Él no conocía la ciudad, y aparcó su coche en una calle en rampa próxima al inmueble.Cogidos de la mano subieron en el ascensor al tiempo que amasaban su cuerpos, sin amansar el deseo que los consumía, sino espoleándolo.
Sobre el frío terrazo se enzarzaron en un cuerpo a cuerpo, al tiempo que sus ropas iban dejando un reguero de prendas, que les indicaría el camino de vuelta llegado el caso, hasta el baño, un reducto mínimo donde una bañera con churretes les esperaba. Desnudos entraron en la bañera, que llenaron y ella demostrando sus habilidades vegetales, jugó con la alcachofa de la ducha, luego con el pepino de su amante, que fue cogiendo tal volumen que ella dijo entre gritos “verde que te quiero verde, como el pepino que voy a comerme”. El jabón de ducha corría por sus cuerpos, crecían nubes de espuma, mientras él como un ciego se asía los relieves corporales de ella, hurgaba en sus oquedades, buscando sus pies dolientes como un costalero.
El agua no estaba lo suficientemente caliente y sus zonas capilares se erizaron. Oyeron un ruido, que no supieron si procedía del inmueble. Contuvieron la respiración, oyendo el retumbar de sus latidos y concluyeron que el extraño sonido provenía de la puerta. Ella le miró fijamente y él supo que tenía que ir a echar un vistazo. El pepino era ahora una guindilla roja, huidiza y chorreante y su cuerpo temblaba por el frío y el miedo.

Dudó si debía ir en busca de algún cuchillo o arma blanca con el que repeler un posible ataque. Sin pensarlo entró y salió de la cocina con un rodillo y corrió con los pies descalzos y una toalla como único atuendo hacia la entrada. Alguien estaba tratando de entrar en el piso, arañando la puerta. La llave entró y un cuerpo se desplazó hacia el interior de la vivienda dando tumbos. A pesar de la cogorza, el visitante vio una figura extraña a su lado, con algo en la mano y fue capaz de asestarle un puñetazo en el estómago, a modo de presentación. El rodillo rodó por el suelo, pero para entonces ella ya había salido de la ducha, y había presenciado el ataque y estaba tan nerviosa como asustada y con el rodillo en su mano derecha le arreó un rodillazo al intruso con tal virulencia que de su boca manó sangre y su cuerpo se desplomó hacia atrás golpeando en el radiador. El intruso aun tenía las llaves en la mano.

No había sido buena idea quedar en ese piso de estudiantes para verse, su prima debía haberse asegurado de que nadie les molestaría durante su estancia de fin de semana. El intruso de complexión hercúlea se había reincorporado a trompicones y tenía a la mujer agarrada del cuello, alzándola del suelo con una sola mano mientras su cuello se convertía en una guitarra de seis cuerdas. La balanceó y la lanzó contra el cristal que enmarcaba la cómoda. Ella voló y chocó y cayó trazando un ángulo de noventa grados y su cabeza encontró poco después el suelo formando una línea casi perfecta. Su amante, de nuevo en pie, recrecido en el dolor y la furia, cogió el rodillo y le asestó un golpe en la entrepierna y otro en la cabeza al visitante cuando esté se replegó de dolor, con las manos en los genitales, como si el mero hecho de posar allí sus yemas, calmara el dolor de los huevos. Para asegurarse, le golpeó de nuevo en el suelo repetidas veces con el rodillo y con la rodilla, ejecutando llaves de pressing catch, que le había enseñado su sobrino “El enterrador” y cuando lo vio inmovilizado, pero todavía vivo, cubrió su boca con cinta adhesiva negra y ató su manos a la espalda con un mantel de cocina.
Mientras pensaba cómo solucionar la papeleta, cogió la botella de ron del intruso que milagrosamente permanecía intacta, de pie junto a la puerta, y la despachó a morro, con largos tragos, al tiempo que su cerebro procesaba lo sucedido. Bastante ofuscado llamó al 112, pidió tres ambulancias, y no pudo informar sobre su paradero, a duras penas podía pronunciar el nombre de la ciudad, y la mujer de la centralita creyó que bromeaba, así que le colgó y luego perdería el equilibrio cayendo sobre su amante alineada.

La prima llego dos días después y tuvo que forzar la puerta para entrar, y vio toallas con sangre seca, un amasijo de cuerpos, botellas por el suelo hechas añicos y reconoció a su prima, al novio de su prima y a su novio y a pesar de que parecían muertos les pegó una patada a cada uno en vaya usted a saber la parte y luego golpeó su cabeza contra el marco de la puerta, porque a fin de cuentas todo había sido culpa suya y marcó el 112 y quiso contarles lo que había pasado y no supo determinar el alcance de las lesiones y se aturulló con las preguntas y cuando llegaron los facultativos llamó al 091, y dijo ser culpable de tres crímenes, que no serían tales, porque lo único que allí había fenecido era el afán aventurero propio de las incandescencias adolescentes, reemplazado en el futuro por encuentros reglados, sin sobresaltos, en cualquier Parador de la geografía nacional.

Relatos10 Apr 2008 04:42 pm

A las 9,15 apareció por la consejería con el paraguas chorreando, colgó la chaqueta y prendió el ordenador y una vez hubo introducido la contraseña y bloqueado el terminal, se fue a la salita de reuniones donde le esperaban tres compás con los que estuvo charlando hasta pasadas las diez. Luego, de nuevo en su puesto, un compañero la requirió para echar un cigarro, y ella que no estaba acostumbrada a dar un no por respuesta le acompañó a la calle, donde fumaron bajo los soportales y a las diez y media pasadas, finalmente, se acomodó en su silla giratoria, miró con desdén la pila de papeles que había encima de la mesa, y que asomaban como chiquillos traviesos entre los cajones y se afanó con unos expedientes que sobre una silla se alzaban más de metro y medio sobre el suelo.

Pasadas las once y media decidió darse una tregua. Estiró los brazos y las piernas, se desperezó y decidió salir a almorzar. Regresó pasadas las doce y ya estaba de nuevo su amigo jugueteando con dos centelleantes monedas entre sus dedos invitándola a una café solo en la maquina contigua a la sala de reuniones. A su regreso de café tras el chute de cafeína y la impresión de documentos varios, poco antes de las doce y media, el compañero situado frente a ella a un costado del pasillo, le hizo una señal con los ojos y ella como un resorte cogió la chaqueta y los dos se perdieron por el pasillo en dirección al ascensor, buscando la calle.

Tras el cigarro ya era la una, y con las pilas cargadas, excitada por la cafeína y por los cigarros de antes, durante y después, cogió fuerzas para seguir peleando con los expedientes hasta las dos de la tarde. Mientras, atendió unas cuantas llamadas, hastiada, porque todas las llamadas, dos en una hora, una del marido y otra del hijo a los que atendió simultáneamente con el fijo y el móvil, eran para ella, acabando baldada, arrellanada sobre la silla. Miró entonces aliviada su reloj y su rostro se distendió al comprobar que las manecillas indicaban las dos. Fue entonces a la salita a tomarse un café solo en compañía de otros menesterosos, comentando la marcha del día, las andanzas de los hijos universitarios en época de exámenes, la sequía que se avecinaba. Pasadas las dos, ya no había que atender al público, luego no había requerimientos personales, y el teléfono en caso de sonar podía esperar. Pasadas las dos y media regresó a su puesto y estuvo leyendo con grandes risotadas los correos electrónicos recibidos en su buzón, la mayoría powerpoint donde se mostraban fotos de un polaco fornido, mensajes de autoayuda con música de piano o mensajes encadenadas en pos de la salvación no sólo personal sino mundial

Los más madrugadores fueron abandonando la oficina. Poco antes de las tres, le pidió a su compañero que no apagara el ordenador al irse, porque quería echar unas partidas al tetris y ese emplazamiento le venía mejor, en caso de que algún jefe de servicio se paseara por allí, pasadas las tres de la tarde, hora tras la cual sólo quedaban en la oficina ella y dos compis más. Sacó entonces un libro y entre página y página fueron cayendo los minutos hasta las cuatro y cuarto de la tarde, momento en el cual, después de siete horas en la oficina y muchas menos en su puesto de trabajo, se alzó, cogió la chaqueta y el paraguas y se fue para su casa.

Relatos09 Apr 2008 11:17 am

No ganaba mil euros al mes, sino muchos más gracias a las ventas de sus libros, sus charlas y conferencias, sus columnas en los periódicos y revistas, pero escribió un libro sobre los Mileuristas, que generó una segunda y última parte, La generación de las mil emociones y ella lo asumió como un libro de ficción, como quien escribe un libro de viajes con un mapamundi en el sobaco o habla del amor sin haberse enamorado. Ella nos iba a hablar con detalle de ese grupo de personas heterógeno unidos por un sueldo parejo, de como vivían con sus familias, de cómo vivían estos jóvenes el auge de lo gay, de la delgadez, de lo orgánico y lo ecológico y aspectos similares de transcedental importancia, y quizá ese distanciamiento, exento de pesadumbres, acaloramientos, reproches, estrecheces y cuentas infinitas, fuera la clave para alcanzar la verdad, para examinar el problema en toda su extensión y magnitud y por eso Manuel que tuvo la suerte de encontrarse un libro de la autora dejado por ésta junto a 39 ejemplares más en la línea 6 del metro, cuando se dirigía al trabajo, decidió que quería también su parte del pastel y escribiría entonces un ensayo sobre los maltratos, al que llamaría “Lista sangrienta: goteo sin final” , él, que lo único que aporreaba era el teclado de su ordenador cuando su jefe le apremiaba para cerrar el mes contable cada mes, él, que había recibido más cariño del que nunca podría dar, él, que sabía de maltratos lo mismo que las flores de desfiles, él que nada sabía de melocotones helados sino de subidones de speed.

Relatos07 Apr 2008 09:03 pm

Miraba los tejuelos de los libros deambulando entre las estanterías, de país en país, de estilo en estilo. Arribó a la sección de la literatura italiana y encontró un puñado de autores para él desconocidos, excepto Camilleri, Baricco y los clásicos. Cogió uno al azar de un tal Piglia, y leyó sobre su vida, y el escritor era argentino, el cual como muchos otros argentinos tenía apellido itálico, algo nada extraño si nos atenemos a los jugadores de fútbol argentinos que hay en nuestra liga Española. Se encaminó con el libro hacia el mostrador. Cuando le llegó su turno, le comentó a la funcionaria que ese libro de un tal Piglia estaba en la sección destinada a los escritores Italianos cuando ese señor lo único que tenía de tal, era el apellido. La funcionaria cogió el libro, miró al usuario, volvió de nuevo la mirada al libro y sentenció con los ojos como dos brasas que aún son capaces de dar un buen plato de chuletas al sarmiento:

- no siempre depende de eso.

El usuario cabeceó atónito ante una contestación que no se esperaba. Si le hubiera replicado que ella no tenía competencias sobre el asunto, que debía hacer un escrito dirigiéndolo a la sección correspondiente, o que no le viniese con chorradas con la mañana que llevaba, se hubiera conformado, replegado, asumiéndolo con naturalidad, y quiso entonces preguntar de qué dependía, porque sino dependía el emplazamiento de los libros en sus respectivas estanterías y países, de la nacionalidad del escritor, aquello sería un caos y tendría que echar mano del ordenador, lo cual detestaba, pero la funcionaria ya lo había despachado, había dejado el libro junto a los libros devueltos y bajando las escaleras se preguntó si había hecho lo correcto, si acaso le importaría a alguien el que Piglia hubiese sido sentenciado a un exilio administrativo por culpa de un error funcionarial.

Se tomó un café solo en la máquina de la planta baja y regresó. El subalterno ya había devuelto los libros a sus estanterías, a Piglia también. Lo liberó sin miramientos, cogiendo las nueve obras del autor, en tres veces, retornándolo a su hogar, un hogar incompleto, porque no había ninguna estantería dedicada a los escritores argentinos, pero los dejó en el vientre de una estantería donde se apilaban aquellos libros pertenecientes a la literatura en lengua castellana. La probabilidad de que alguien se percatase del cambio era un riesgo a asumir, pero cuando salió de la biblioteca, respiró aliviado, porque sabía que Piglia llegado el momento, se lo agradecería, aunque él no fuese “El último lector” ni tampoco el primero, porque de hecho no había leído nada suyo.

Relatos and Humor04 Apr 2008 02:57 pm

Hacía un calor de mil demonios sobre la campa desierta y todavía faltaba un rato antes de que el sol fuera borrado del firmamento. Sonó entonces sobre el escenario una batería, a la que se sumó el bajo y las guitarras eléctricas. Poco después el cantante con una capa púrpura por si había que salir volando, un gorro mexicano y el rostro pintado de blanco como una geisha, comenzó a cantar provocando el delirio. El humo de los porros creaba una bruma artificial, nubes embriagadoras, que velaban los movimientos del cantante, que en el suelo asemejaba una culebra, la cual giraba sobre sí mismo y se enroscaba, lo cual en la distancia podía entenderse como una autofelación o una invitación a su ejercicio. Sonaban las palmas y los gritos y las gargantas del público ayudaban y a menudo reemplazaban a la del cantante, que dejaba hacer, gozoso, al comprobar como sus canciones ya eran himnos generacionales que los allí congregados se sabían a pies juntillas, hasta el último gemido y requiebro de su voz arcillosa.

Cayeron bragas sobre el escenario, que el cantante olisqueó y luego hizo como si escupiera, como si se hubiera tragado media docena de pelos, lo cual encendió al público aún más, luego se las puso en la cadera y giró sobre ellas, dando pasos de baile sobre el escenario mientras cantaba el clásico “Putitas para el amor

“…siempre fuiste una putón, putón verbenero arrabalero, pero se me acabó el dinero y se me acabó el amor y lo que es peor el ron, así que adiós”…

cayeron también plátanos que impactaron sobre el cuerpo del cantante, que los cogió y peló con cuidado, como si fuera fruta madura cuando de hecho era un arma arrojadiza. Ayudó luego a una chica a subir con él al escenario y se tumbó en el suelo y la chica se puso a horcajadas sobre él mientras le pelaba el plátano y le arrancaba la braga a mordiscos y cubiertos por la capa la gente cantaba el estribillo de otro temazo “cuervo negro”..

“cuervo negro, bicho, déjame en paz, o te arrancaré las plumas y los ojos y tu sangre y me haré un gazpacho…”

Se levantó entonces un aire fresco que hizo encogerse a la concurrencia, frotarse las palmas y luego arrejuntarse los unos contra los otros, buscando algo de calor y todos juntos cantaron “El blues del chupapollas”, con los móviles en lo alto echando fotos en todas las direcciones, creando un climax de procacidad desmedida que se desató cuando el cantante llegó al momento cumbre con el tema ”chupa como una mujer lo que nunca tendrás como el hombre” y las parejas entonces se acaramelaron, y los que estaban solos buscaron a alguien huérfano como ellos y se rebozaron en el suelo reseco, las manos se buscaron, en frenesí de cremalleras, en fricciones de minifaldas, en bocas anhelantes, en cuerpos en pos de un deseo vertical, y el cantante que se dio cuenta del asunto, ante un público entregado al deseo, quiso añadir más leña al fuego y se derramó con un tema que fue un exitazo en el 69 “Los orificios del amor” y al tiempo que explicaba en su canción la funcionalidad de cada uno de ellos, el público que se la sabía de memoria se iba anticipando a la letra, y cuando llegaba el momento aquel bacanal era una masa informe de piel desnuda, reseca y resoplante, una bestia agonizante de placer, saciando un deseo atávico, entregado al delirio de la carne, a la impureza del desatino, llenando la campa de polvos, en una orgía que luego algunos vieron en sus casitas en internet, en lo que se conocería luego, como el “Revolcón Rock” que dado su habida repercusión social, solo tuvo una edición, pero donde sus asistentes confesaron haber vivido una experiencia incomparable, única e irrepetible.

Relatos04 Apr 2008 12:19 pm

Destrozada por la muerte de Coqui vagaba con los ojos acuosos por la casa. Fue al velatorio arrastrando los pies por la calles de Lorquí, al encuentro de cada esquina como si cada roce, por fricción, aliviase su pena y permaneció allí toda la tarde, recibiendo las muestras de afecto de todos aquellos que habían conocido a la dicharachera Coqui siempre alegre y juguetona, esa compañera fiel incapaz de dejar tirada a nadie. Por la noche, sin más que hacer que asumir los hechos consumados y dispuesta a acumular días y meses que cauterizarán las heridas del alma, recogió las cenizas de su perra en el tanatorio y las dejó en un bote de conserva junto a un retrato sobre el televisor, en el que aparecían las dos juntas, en una playa, una moviendo el rabo y la otra con una sonrisa propia de una niña ensimismada. Cada ladrido vertido en la calle era una remembranza de su Coqui y se durmió pensando si las perras irían al cielo y si en ese caso valdría la pena irse al más allá en su búsqueda o al más aquí al día siguiente, a la perrera municipal en busca de una sustituta, porque su casa devorada por un silencio sin eco, ni ladridos era como el primer fascículo de la muerte, buzoneado a su pesar, titulado Soledad.

Relatos03 Apr 2008 03:30 pm

Él lo entiende todo a la primera, algo nada extraño si las conversaciones tratan de chismorreos, pero su compañera de trabajo le explica las mismas cosas cuatro o cinco veces, sin modificar ni un ápice su exposición, introduciendo continuamente ese “escuuuucha” que a él le sabe a rayos. Se lo dijo la primera vez, que ella le contó todo sobre los amores de Pacorrón. Pero ella siguió erre que erre, y él la mira entre el enfado y la condescendencia porque no sabe si le repite las cosas tantas veces porque ella es así o porque cree que él es corto de entendederas de ahí que ella deba emplearse a fondo. Desgraciadamente para él cuando debe solucionarle alguna duda informática a su compañera, no bastan las palabras, porque ella lo quiere todo por escrito, porque los informáticos son unos pesados, que se explican fatal de mal.

Relatos03 Apr 2008 03:28 pm

Le quedaban pocos metros para llegar a su hogar cuando vio en la calle a una niña mirando en todas las direcciones con gesto contrariado. La calle estaba en obras y las zanjas y las vallas amarillas estaban dispuestas a lo largo de la acera. Examinó los pies de la niña, y vio que ésta estaba situada sobre la acera en una baldosa roja con ornamentos florales que asemejaban una hoja de vid. Algo había que le impedía continuar. No vio ninguna herida o lesión aparente que imposibilitasen a la niña seguir su camino, ni ningún familiar cerca, así que pensó que debía tratarse de otra cosa, algo más propio del mundo infantil, dotado de un corpus normativo que los adultos ignoran.

Lo comprendió enseguida, no hacía mucho que él también había sido expulsado de la república de la infancia y campeaba ahora por los cascos rotos y estridencias de la adolescencia. Se agachó entonces hasta situarse su cabeza a la altura de la de la niña y golpeó su hombro derecho con los dedos de la mano izquierda al tiempo que le hacía una inclinación con la cabeza como si estuviera pescando y el hilo fuera su cuello. A la niña, recelosa, le pudo más el amor propio que la desconfianza y subió a las espaldas del chico. Atravesaron la zanja, sortearon dos vallas y pasaron de largo las baldosas blancas. Entonces la niña apretó el hombro del joven que se agachó desalojando la carga. La niña se lo agradeció sonriendo en un lengua que desconocía y la vio marchar delante de él a la pata coja, sobre las baldosas rojas, hasta llegar a su portal y desaparecer.

Miró entonces a ambos lados de la calle desierta e hizo un amago que rectificó a tiempo, pues llevaba meses con molestias en su pierna derecha y su miedo venció al amor propio y caminó hasta el portal e introdujo las llaves en el bombín con la sombra de la derrota tiznando su ánimo.

Relatos01 Apr 2008 09:12 pm

Creía que si tenía un sueño que cumplir su vida valdría algo. No sabía cuánto, pero intuía que algo más que esa sensación de vacío que lo hacía levitar desde que se había jubilado. Probó con la música, con la literatura, con las partidas de cartas e incluso con los bailes de salón. Se inscribió en todos los cursos que ofrecía el ayuntamiento para los de su condición y de su rendimiento a pesar de ser óptimo, no derivó ninguna satisfacción más allá del trabajo bien hecho y las felicitaciones de sus profesores.

Un día perdido en la sierra, en una excursión de fin de semana, mientras contemplaba el cielo azul, sin impurezas, contempló obnubilado un olivo. Se acercó a él con cautela, como si alguien lo estuviera observando. Con pasos cortos llegó hasta la corteza del árbol y pegando la oreja entendió su soledad, su gritar silencioso, su firmeza arrebujada. Supo que lo amaba, y el olivo a pesar de su timidez acusó la caricia con un agitar tremolante de sus ramas. Cayeron al suelo algunas olivas, que llevó a su boca lentamente, como si la ofrenda carnal no requiriese más apremio que la sensación de placidez que le embargaba. El zumo de las olivas se desparramó por sus labios, una agua dorada y alimenticia cuyo amargor le hizo ensalivar más de la cuenta. Comprendió que era su alma gemela, su trasunto vegetal y sin demora buscó alguna caseta, desandando el camino que le había llevado al olivar. El sol de justicia le hacía abrazar las escasas sombras que dejaban los árboles. Finalmente llegó a un cortijo donde un señor menguado le miraba desde el umbral. El extraño quiso saber de quién eran esos olivos y obtuvo una respuesta inmediata y monosilábica. Míos, replicó el hombre. La oferta del extranjero a todas luces desmedida, era propia de una furor capitalino, habitual en esos señoritos de ciudad que se creían capaces de comprarlo todo, pero el lugareño, no tenía prisa, sabedor de que la muerte rondaba cerca, así que lo invitó a echar unos tragos del botijo, a tomar asiento en una mecedora e incluso a pasar unos días con él. El extraño dio por buenas las explicaciones del viejo y su interés por tenerlo allí confinado el tiempo necesario para saber si sería capaz de superar la prueba. Durante tres meses el extraño acompañó al viejo al campo, le ayudó en las labores agrícolas y dio testimonio de su pulcritud en sus acciones del perfeccionamiento en cada una de sus tareas, revestidas de un esmero y devoción que el viejo no había conocido nunca antes en su años en el campo.

Una noche después de cenar, mientras la noche devoraba las últimas luces, el viejo dijo haber tomado una decisión. Aceptaba la oferta pero se reservaba el derecho a pasar cuando quisiera a ver sus dominios así como a retirar 30 litros de aceite al año. El extraño asintió y lloró como nunca antes había llorado o quizá sí lo hubiera hecho antes, pero nunca por esas razones. Sintió que la felicidad le embargaba y que si no lloraba se ahogaría, así que lloró sin miedo, sin contemplaciones, sin remordimientos, lloró y lloró durante toda la noche y a la mañana siguiente encontró al viejo tieso sobre la cama. Bajo el jergón asomaba un papel. El extraño leyó con los ojos empañados una caligrafía embriagada como helechos borrachos

“te esperé durante media vida y finalmente apareciste. Ahora puedo dormir en paz”.

Enterró al viejo en un promontorio detrás de la caseta, con dos ramas de olivo improvisó una cruz y se encaminó al olivar con una sensación en el estómago que le empañó los ojos de nuevo.

Relatos12 Mar 2008 03:39 pm

En el nuevo aplicativo informático que implantó la biblioteca descubrió que se podían pedir libros, en la sección dedicada a las desideratas, así que ni corto ni perezoso, introdujo el nombre del libro y del autor, así como la editorial y el año de publicación, que deseaba que la biblioteca adquiriese. Pasó unos días, inició sesión introduciendo su número de usuario y su contraseña y en el apartado destinado a las desideratas hechas por el usuario constató desolado que la petición del libro solicitado había sido denegada.
Se personó minutos después en la biblioteca y con todo el buen ánimo del que era capaz fue a dar con la persona que se encargaba de autorizar las compras, la Sra. Cenzano. Le pidió cortesmente que se sentara y le preguntó si se encontraba bien, pues sus ojos desorbitados, iracundos y su respiración agitada, al tiempo que le preocupaban le hacían sentir incómoda.
Si no hemos comprado ese libro que nos ha solicitado es porque el autor es un perfecto desconocido, y en las cuatro librerías con las que trabajamos en esta ciudad no estaba disponible. De todos modos, si en esta biblioteca no lo hemos adquirido siempre le queda la posibilidad de comprarlo por internet, o directamente a la editorial.
¿Cómo dijo que se llamaba?, le preguntó la señora.
No importa respondió él, con los ojos apuntando a la papelera, como si quisiera desintegrarla.
Quisiera saberlo dijo ella.
Él le pasó el carnet y ella sonrió bamboleando la testa adelante y atrás.
Supongo que tendrá algún ejemplar en su casa.
Catorce.
¿comprados?

¿todos?

Guarda las facturas.
No.
Lo suponía.
Traígame un par de ellos y veremos si puedo conseguirle unos euros y colocarlo entre las novedades.
El dinero me es igual, no escribo por dinero.
Ya, respondió la señora, como todos, al tiempo que le entregaba un libro de poesías de una tal Paloma Cenzano Aguirre.

Relatos09 Mar 2008 04:59 pm

Pronunció las tres palabras del tirón y la piedra se movió, permitiendo su acceso al húmedo interior.

Relatos09 Mar 2008 04:48 pm

A fin de pagar unas deudas vendió sus secretos en eBay. No sabía que su marido había sido el comprador, oculto bajo el nick de El sepulturero. Sin más demora, una vez los tuvo en poder procedió a incinerarlos. Esa noche su mujer tuvo pesadillas ahumadas, jaquecas y a la mañana siguiente se levantó con los ojos fuera de las órbitas y con la cabeza, según su palabras, como si le hubieran practicado una lobotomía.

Relatos09 Mar 2008 12:50 pm

Después de votar, le embargó la misma sensación que obtenía cuando se masturbaba; la propia de una acción estéril.

Relatos and Humor07 Mar 2008 10:43 pm

Cuando nació Lucía en el año 2014, su padre tuvo que ir a hacer los papeles del libro de familia y pagó religiosamente la tasa que la SGAE imponía a los recién nacidos, toda vez que quedó demostrado, que un bebé era una unidad de almacenamiento, como lo eran reproductores de MP8, los soportes de grabación como casetes, cintas de vídeo, tarjetas de memoria o los discos duros, incluso un señor de Alcorcón tuvo que pagar dicha tasa, porque su loro, se sabía algunas canciones de Bisbal que reproducía una y otra vez, sin el permiso, claro está, del artista.

Relatos and Humor07 Mar 2008 05:07 pm

Dio la vuelta al mundo con la esperanza de que a su regreso tuviera material suficiente para escribir un par de libros, tras dos años en el dique seco. Los tres meses siguientes a su llegada los pasó ordenando 745.678 fotos digitales. Las clasificó por años, meses y días, por continentes y países. Separó las dedicadas a los paisajes, de otras en las que aparecía él o la gente que había conocido en su aventura, incluso puestos a perder el tiempo las clasifico por el sexo de los retratados. Sentado en su escritorio, recordó las anécdotas vividas, las amistades hechas, los bellos amaneceres y las puestas de sol, los mares de plata, la sensación de felicidad y libertad que le había acompañado y supo que recrear todo aquello en un papel, sería echarlo todo a perder y movido por su egoismo se tomó la tarde libre, dispuesto al día siguiente a reemprender su viaje hacia ninguna parte, o hacia todas las partes, según se mire.

Relatos07 Mar 2008 04:08 pm

…una pequeña parte de mí….
- ¿pequeña?
- ¿has dicho pequeña?
- pequeña no, eres un vulgar ente mononeuronal micropénico…

Relatos07 Mar 2008 02:03 pm

Iban los dos en el vagón, mirando a través de la ventana. Los rayos solares espejeaban sobre los árboles, nutrían las huertas, creaban policromías al lamer el río. Cándida dirigía la mirada a la ventana y luego a su marido Cándido, sentado frente a ella, él cual comenzaba a dormitar, cerrando los ojos y tratando de abrirlos pesarosamente, como el naufrago opugnando a su fatal destino. El traqueteo de la locomotora sobre los raíles, permitió en Cándida la eclosión de pensamientos negros, tristes, desoladores, macabros, a los que no sólo no puso freno, sino que alentó, tratando de recordar, de abonar esa flor del mal que se abría paso en su interior, fantaseando si era necesario. Esa semana había sido una más, nada especial, a pesar de las festividades. Si antaño la playa le resultaba irresistible, cautiva del sol, doblegada y mecida por las olas salvajes, ensimismada en la música de los chiringuitos, esposada al tedio complaciente de los días de hotel y playa, ahora todo aquello no hacía sino enervar su ánimo, encresparla, en una confrontación y alteración constante, donde Cándido era el acreedor mudo de todos sus reproches, de todas las pataletas, el culpable de los sueños irrealizados, de las esperanzas evaporadas, de las promesas incumplidas. Sí, ese que tenía en frente suyo y no otro, era el responsable único de su desazón, de su pesar, de encontrarse en vía muerta, desde hacía ya unos meses, emplazada en una tristeza que se alimentaba día a día, de rencor, de odio y encono hacia su marido. Miró sus manos y las imaginó sobre el cuello de él, cómo este se retorcería, la miraría extrañado, creyéndola incapaz de hacer algo así, y poco después, una vez muerto, sola, recorrería el mundo a su libre albedrío, reina y señora de sus momentos y acciones. Vio entonces un túnel que se aproximaba y sin pensarlo dos veces se abalanzó sobre él. El vagón, se demoró unos minutos en el vientre de la montaña para dejar luego la oquedad, buscando la luz. En el vagón, iluminado de nuevo, yacía el cuerpo inerte de Cándida, sobre el que Cándido, arrodillado lloraba desconsolado. En otras circunstancias, hace cuarenta y cuatro años, cuando se enamoraron, no le hubiera importado lo más mínimo morir en sus brazos, sin importarle el cómo, sin oponer resistencia, pero ahora, en ese cara a cara continuo, ya no se trataba de dos corazones latiendo cómo uno sólo, sino de dos vísceras sonrosadas que libraban un cuerpo a cuerpo donde sólo podía quedar uno en pie, en ese amor aciago, no ya complementario, sino excluyente. Cándido, avisó al revisor y confesó su crimen. El perito médico dictaminaría poco después, que fue un paro cardiaco, la causa de la muerte de Cándida, y que el estrangulamiento, sin pruebas fehacientes del mismo, en el caso de haber tenido lugar fue a posteriori, por lo que ya no sería un caso criminal, sino moral, que su confesor habría de resolver. Entre las pertenencias de Cándida el viudo halló un bote de pastillas precintado y una prescripción médica, fechada una semana antes, en la que el Doctor Roldán había escrito algo con una letra tan enmarañada, que Cándido sólo entendió una única palabra, que venía en rojo y doblemente subrayada; corazón.

Relatos06 Mar 2008 02:01 pm

Rodrigo quería ser Director General de Tránsitos y Pasillos, pero el cometido encomendado fue ir al archivo a preparar la documentación que había que envíar al Archivo General a finales de la semana. Subió las escaleras, ya que no había ascensor, y accedió a la planta siguiente. Esta tenía una estructura similar a la de un laberinto, lo que explicaba que tres personas que no se conocían de nada, hermanadas en su perdición, le pidieran encarecidamente, no que les dijera cómo salir de allí, sino que les llevara hasta la mismísima puerta, donde estaba el cartel verde plastificado con la palabra Salida. Hecha la buena obra del día, sin tiempo que perder, fue a las estanterías destinadas para el archivo de la documentación de su área administrativa. Su labor consistiría en ordenar las 300 cajas de los cinco últimos años, quitar los clips, las gomas, los papelitos amerillos y poner a lapicero una codificación especial, tanto en la caja, como en las carpetas que las completaban. Las dos primeras horas trabajó afanado, sin levantar la vista de la mesa, donde reposaba su trabajo, sin reparar en quienes le saludadan, le invitaban a tomar café, y se presentaban estrechando su mano o anticipando sus mejillas al tratarse de su primer día.

Antes de las once, sentía pinchazos en el cuello, que le crujía al moverlo, y decidió recoger las cajas dispersas por el suelo, guardarlas y tomarse un respiro. Las estanterías se corrían sobre unos raíles, las cuales costaba trabajo mover, dado el peso que soportaban, y la falta de aceite. Apoyado sobre una de ellas, hizo fuerza y la desplazó medio metro. Hecho el hueco necesario, se tumbó en el suelo e introdujo la caja en la señal dejada junto a la pared. Veía sus pies sobresaliendo por la popa de la estantería, vertida en el pasillo. El Director General de Tránsitos y Pasillos para su mal, no los vio, tropezó con ellos y salió despedido, impactando su cabeza contra la encuadernadora, con tal fario que sus rostro quedó inserto en las espirales metálicas. Cuando lo sacaron de allí, aún respiraba, aunque moriría minutos después camino del hospital. Antes de que Rodrigo pudiera incorporarse, recibió un pisotón en la tibia que le hizo perder el sentido. No encontraron mala fe, dolo, ni responsabilidad alguna de Rodrigo en la muerte de Martín, resumida como una circunstancia trágica, pero una investigación llevada a cabo por la Inspección de Servicios esa misma mañana, determinó que Rodrigo estaba llevando a cabo tareas que no eran de su competencia, lo cual dado que tenía un contrato temporal y vulneraba claramente lo establecido en el convenio, la ley obligaba a sus empleadores a hacerle un contrato indefinido. A fin de evitar un escándalo, le ofrecieron un trato. Rodrigo, vuelto en sí, pero con el rostro blanco y afectado por la muerte de Martín, al que apreciaba, conocedor de todos los planes de éste para la jubiliacón que obtendría el año próximo, llevándose la mano al tobillo, manifestó su deseo de ser Director General de Tránsitos y Pasillos, ofreciéndose a realizar al menos la misma excelsa labor que había hecho Martín durante sus años en el cargo. Los mandamases se miraron, y pidieron un receso antes de tomar una decisión. Firma aquí, le dijeron poco después, el puesto es tuyo. A Rodrigo lo llevaron en camilla a la planta inferior, y de allí al hospital. Detectaron, en las pruebas practicadas, un pequeño trombo que requería hospitalización. Tenía unos pocos días por delante para construir una historia, si es que alguien mostraba curiosidad por su meteórico ascenso. Ya se veía con su uniforme azul, su gorra de plástico, dirigiendo el tráfico por el pasillo, haciéndolo más fluido, manejando las manos como un director de orquesta. Así se durmió, para siempre, con una amplía sonrisa. El trombo, fue un trombón que subió hasta su cerebro a la velocidad del rayo, fulminándolo horas después de su ingreso.

Relatos05 Mar 2008 04:21 pm

contador monofásico 46Llegó a las calles altas del pueblo coronado por una iglesia abandonada y una muralla con vistas al río, surcado por un puente medieval. El sol le abrasaba y buscó cobijo bajo los anchos contrafuertes de la iglesia. Deambuló y tomó fotos del paisaje. Agradeció estar solo en ese paraje idílico. Abajo, el agua del río se movía contemplativa y calma, sin prisas, quizá porque era domingo y a las tres de la tarde, el tiempo se suspendía y balanceaba en el limbo del ocio y el arrullo de la voz que expedían los televisores. Leyó la información recogida en unos carteles que explicaban el nacimiento de la iglesia, y datos sobre los disciplinantes, conocidos como Picaos, que en ese pueblo en Semana Santa se arreaban en la espalda entre 800 y 1000 zurriagazos para ser luego picados por el práctico, brotando entonces la sangre. Imaginando la escena y con la tensión en los pies buscó cobijo bajo el alero de una casa de piedra, en cuya fachada había un contador monofásico. Metió la mano por la hendidura abierta y desgarrándose la piel, tocó algo que parecía un cable, tiró de él y todo se apagó al instante. Seguía con la mano en el cable, pero con una sola mano no podía deshacer el entuerto. Dos mil ochocientos años después, encontraron a un ser con la mano metida en un artilugio que no supieron identificar, al igual que unos carácteres de una cultura arcaica que aún recurría a la escritura para comunicarse.

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