Relatos


Relatos04 Mar 2008 04:02 pm

Al oír ruidos en la planta de abajo se tiró al suelo, sobre el frío terrazo gris, y pegó la oreja. Se levantó luego con la oreja fría y el corazón acelerado. Aquel estruendo no podía ser otra cosa que un disparo. Quiso llamar a la policía pero antes quería cerciorarse de sus sospechas. Llamó al timbre sin despegar el pulgar. Nadie le abrió. Subió de nuevo a casa y marcó el número de su amigo Vicente que allí vivía. No hubo respuesta. Pegó entonces la oreja a la puerta y creyó oír un leve murmullo, una voz entrecortada, suplicante, que iba y venía del más allá. Se abalanzó con el hombro repetidas veces sobre la puerta, pero ésta no cedió. Sacó entonces una tarjeta plastificada sustraída del bolso de la madre, y tras hacerla pasar por la cerradura tras varios intentos, la puerta se abrió. Sin relamerse con su proeza, se encaminó hacia la voz. Detrás de una cortina una figura se recortaba, los brazos en alto, la voz ahogada. Tropezó con el fleco de la alfombra, descorrió la cortina y fue a caer sobre el ser agonizante, adelantando las manos a modo de protección. El plástico cortante le rebanó la garganta al abuelo de Vicente, que murió en el acto, con la cabeza flotando sobre un charco de sangre. En el suelo su madre le miraba, con afecto, denotando un amor infinito. Recogió la tarjeta, la limpió bajo el chorro del grifo, recuperando su inmaculada presencia, pero manteniendo la consistente sonrisa de su propietaria, y la guardó en su bolsillo. Cerró la puerta de la calle tras él y bajó las escaleras. En el rellano estaba Vicente al que estrechó en su brazos depositando un beso en su mejilla derecha. Entonces Vicente no sabía nada de Judas, tampoco de sus besos. Despidió a su amigo extrañado tratando de adivinar que contenía esa mirada licuada, vaporosa, esquiva, más propia de un adulto que de un niño.

Relatos04 Mar 2008 04:01 pm

Regresó del rastro callejero exultante, aferrando en su mano un ejemplar que había buscado durante años sin éxito en un sinfín de librerías. Un trasunto del que fuera el libro de cabecera de su abuelo, extraviado en sucesivas mudanzas. Se acomodó en el sofá, pasó las páginas con extremo cuidado, como si las yemas fueran bisturís en una intervención a vida o muerte. Algunas estaban pegadas y le costó trabajo separarlas con el abrecartas. El papel amarillento certificaba la vida apurada, las horas empolvadas. Halló pelos, pétalos secos de rosas blancas, manchas ocres más vividas en su centro, recortes de prensa y sintió un escalofrío al coger una fotografía en blanco y negro de una pareja que miraba al objetivo con las corvas vacías, que hacía de linde entre las dos partes de las que constaba el volumen.

La dejó en su sitio, pero la visión instantánea había alterado sus sentidos, astillado su equilibrio, amenazado su cordura y moldeado sus miedos. Cogió de nuevo la foto, esta vez con los ojos cerrados y al voltearla y abrirlos, leyó la inscripción en la que un tal Cesáreo les deseaba un feliz enlace, allá por el mes de abril del año 68. Sobrepuesto a la angustia, examinó la fotografía, reconoció la habitación, la lámpara de ocho brazos, el espejo barroco, el cortinaje suntuoso, a la pareja casada vestida para la ocasión, su idéntica sonrisa, su mirada ausente (ahora vacía).

En el rastro, el tendero se negó a devolverle el dinero a pesar de no que había transcurrido ni una hora desde la provechosa venta, pero él se empeñó en dejarle allí el libro, quitándose de encima la fuente de sus desvelos, alejándose sin volver la vista atrás. De vuelta a casa, mientras subía las escaleras sudoroso, decidió que nunca jamás compraría libros de segunda mano, dado que su corazón no aguantaría sorpresas similares, así como tampoco haría que le fuesen devueltos los libros prestados, porque a saber que esconderían estos en sus vientres paginados.

Relatos03 Mar 2008 04:04 pm

Han llegado a casa dando bandazos y ahora está sobre ella a horcajadas y musita algo, palabras balbuceantes, mancas, mostrencas, jadeantes. La voltea y se funden los cuerpos desnudos; fricción de pieles, de carnes mórbidas, bamboleantes, flanes de deseo, amortajados en sábanas blancas. Tira airada el despertador de un manotazo contra la pared, que cae desnucado, abierto en canal, eviscerado de baterías. Quiero algo de luz dice, no seré horadada por la oscuridad, por un empuje funerario y encrespado, y enciende la lámpara de forma fálica, que cubre con la tanga. Frotan sus caras, tornándose rojas; pelea de lenguas, que besan, que lamen, prologando la intermitencia del colmado. Quiero que se calle, grita una de ellas. Estamos sólas mi amor, le dice al oído, introduciendo la punta de su lengua serpentina hasta el yunque de su amante, dejándola sorda y muda de placer, provocándole vértigos de ansiedad y herrumbre en el paladar. !Que se calle!, no lo soporto más y ella también quiere que ella se calle, porque esos gritos la horripilan y pone su mano en la boca de ella, que momentos después resulta incompleta. Echa en falta el meñique. Cesan los gritos y mana la sangre. En su entrepierna, mientras, su amante toca las teclas de una sinfonía apasionada “in crescendo“, sin principio ni final. Quiere aplaudir, festejar el evento, pero solo tiene un brazo que mueve con desgana. Sigue la música y la intérprete llega al punto cenital y su escuchante gime y jadea, se vierte, y grita !Dios por qué me has abandonado!, porque le encanta decir eso cuando llega al climax, creerse también una Diosa, y cae sobre la cama con una sola pierna, nublados los sentidos por la pasión, y gritan al unísono !al demonio la luz!, y las abrasa el tizón nocturno, y siente la levedad del cuerpo evanescente, pero consigue pulsar el interruptor y su cuerpo, sólo es un rostro, ya sin boca, ni ojos, ni nariz, únicamente un matojo de pelo cejijunto, que el polvo consumado dispersa, devorada finalmente por sí misma.

Relatos01 Mar 2008 12:31 pm

Cuando contaba la edad de 63 años, a punto de jubilarse, finalmente logró que le publicaran un libro. Si tienes un título ya tienes la novela, o el poema había oído siempre. Él tenía su novela de 123 páginas, incluyendo las que van en blanco, pero no tenía título. Lo consultó con su editor. Barajaron varios nombres, pero algo había en su obra que no hermanaba bien con ninguna denominación. Un título, unas pocas palabras, eran una burla, un ultraje a su obra, densa, compleja, universal. De pronto vio la luz, corrió hacia su manuscrito y escribió en un folio en blanco el título, no ya provisional, sino definitivo, porque el flechazo fue tal, que creía haber sido picado con una lanza como Jesús en la cruz, y se llevó la mano al costado para comprobar que todo estaba en orden y el único derramamiento había sido un corrida sensorial y abstracta. Meses después “Las obras completas” de Agustín, que así fue como finalmente se tituló, copaban los escaparates de todo el país.

Relatos29 Feb 2008 07:36 pm

Votó con todas sus fuerzas, siguiendo las indicaciones de los lemas electorales, con tal ahínco que se desgarró. En urgencias, la médico interno residente, se entiende que con papeles, le dio más puntos que en una episectomía. El interventor electoral aseveró que la papeleta había sido introducida con éxito antes del desgarro, por lo que el ciudadano había ejercido en perfectas condiciones su derecho al voto. Al día siguiente, mientras ojeaba la prensa local sentado sobre un flotador, supo que su partido había ganado por un sólo voto las elecciones. Sus ojos se humedecieron. Veinticinco años después de que Don Cipriano llegara al poder, finalmente había llegado la hora de la alternativa, así que desinfló el flotador, y haciendo de uñas corazón, a falta de traje de luces, se puso su sombrero, su camisa blanca y su pantalón de pana, se aferró a sus dos cachavas y se fue al bar a celebrarlo, con la cabeza erguida y henchido de orgullo lo que hizo que sus puntos se saltaran, para su mal.

Relatos29 Feb 2008 02:40 pm

Salió de dudas entonces, tras leer la poesía que su hijo de doce años había escrito. Lo miró, no ya con amor filial, sino como se mira un montaña de cumbres nevadas, que podemos tapar con las manos a simple vista pero que siempre será inaccesible. El niño no entendía por qué su padre lloraba, cubriendo su cara con las manos, tratando de esconderse, cuando todos decían que la suya era una poesía alegre. Ese día perdió un hijo y su mujer se quitó un peso de encima, carga que le torturaba desde hacía más de una década.

Relatos21 Feb 2008 10:15 am

Después de recibir la llamada telefónica, con el móvil aun en la mano, perplejo, decidió esperar a sus compañeros de piso para hacerles partícipes de la misiva. Cuando los tres hermanos Rodríguez, aparecieron en tropel por la puerta, procedentes de la facultad, Manuel les dijo en la cocina, a bocajarro, sin preámbulos, que le iban a dar un accésit. Los ojos inquisitivos, mezcla de angustia y pesar, inquirían más información, pues a todas luces nadie sabía de qué estaba hablando. Procedió entonces a detallar todo el proceso, su afición por la poesía, cómo había enviado unos poemas a multitud de concursos por toda la geografía nacional, y cómo hacía menos de dos horas, le habían llamado para comentarle lo del accésit. El tiempo se detuvo, los minutos desaparecieron entre nubes de humo, y el mundo detenido sobre su eje, comenzó de nuevo a girar, cuando a la palabra accésit se sumó la palabra premio y el término dinero, con la cantidad exacta del mismo. La algarabía destronó el silencio reinante, se sucedieron los abrazos, los gritos de júbilo, el ¡coño, así que eres un jodido poeta!, el ¡joder, esto hay que celebrarlo a lo grande! el ¡cagüen la puta, hoy cerramos todos los bares y va a arder Troya! y sin más dilación, quitaron el cazo con agua del fuego, dejaron los spaguettis en la alacena, y bajaron al bar de la esquina. Dieron cuenta de unos bocatas de calamares y a las once, se encaminaron a la zona de bares. Sólo había un par de ellos abiertos, algo normal tratándose de un martes. Manuel corría con los gastos y la alegría era manifiesta, abrazados, cantaban las canciones que el camarero gustosamente o no tanto, ponía atendiendo a sus peticiones, sin objeciones, siendo ellos los únicos usuarios, moviendo las cabezas al compás de los guitarrazos e imitando la voz perruna del cantante. Afortunadamente para ellos, el karaoke abría todos los días del año, y a medianoche, achispados, viva estampa del gozo entraron en el local. Estaban los de siempre, unos acodados en la barra, con la mirada fija en el brocal de sus vasos entre vapores etílicos, que los transportaban a otros lugares, otros en las mesas, extáticos como figuras de bronce, o sobre el escenario, cantando esas canciones que formaban parte de sus vidas y finalmente de las de los demás escuchantes que como fumadores pasivos habían inhalado esas melodías durante años.
Después de tres rondas de chupitos, alternando tequila y orujo, subieron los cuatro al escenario y pidieron una canción de Los Suaves. El más alto de los tres hermanos llevaba la voz cantante y su voz cazallera se extendió por el local, como el lametazo de una vaca, viscoso y pegadizo. No se le entendía nada, a lo que contribuía la mala acústica del local y el estado lastimero del micrófono, pero los allí congregados sobre el escenario, tanto como los espectadores, conocían la canción al dedillo, así que entre unos y otros, en una sola voz, cantaban

….Corre el tiempo y vuelan prisas y poco a poco la gente se marcha solo ‘Pardao’ en su acera mojada guarda sus cosas despacio con calma, unas monedas en su gorra raída en su bolsa una botella mediada y en sus noches pensiones baratas. Y nadie sabe cómo pasa su vida nadie se entera cómo su vida pasa. ‘Pardao’ le llaman en la plaza porque aunque llueva el canta y no se marcha…..

Al finalizar la canción, sonaron las palmas y aplausos, no tanto por la destreza vocal del mayor de los Rodríguez, sino por lo acertado de canción elegida. Cogió este el micro y como colofón dijo que su amigo les iba a leer una poesía, y pidió un tema instrumental para acompañarle en su travesía. El Himno Nacional, Vangelis, Hevia, era los grupos propuestos para embadurnar con música la lírica del presunto poeta. Finalmente, y a fin de contentar a personal se optó por Hevia, y Manuel más corto que perezoso, se arrimó al micrófono con cautela como si éste estuviera electrificado, lo cogió con cuidado, como si tuviera en sus manos un miembro, y lo acercó a su labios, agarrando la parte no prepucial, con sendas manos . Carraspeó y al oír las gaitas comenzó a declamar tímidamente. La música eclipsaba su voz, así que el pequeño de los Rodríguez le asestó un codazo en el costado a Manuel, que le hizo proferir unos insultos, que alguien entre el público creyó a él destinado, y el cual replicó lanzando su botella coronita sobre el escenario, con certera puntería, pues cinco segundos después de que la botella sobrepasara el umbral del escenario, Manuel caía el suelo redondo. Sus amigos extrañados decían que estas cosas sólo pasaban en los estadios de fútbol, pero asustados ante la inconsciencia de su amigo, y la sangre que manaba de su ceja derecha, llamaron a un taxi y se dirigieron al hospital. La sangre explícita, aceleró los trámites. Quiso saber la enfermera si había sido el accidente consecuencia de la práctica deportiva y si en ese caso estaba federado. Manuel que ya había vuelto en sí, dijo no encontrarse muy bien, no estar en plenitud de facultades, físicas ni mentales, pero que lo último que recordaba era la visión de una botella dirigida a su cabeza, cuando estaba en un escenario recitando su poema “viagra para un amor hiperbólico”. Mientras le vendaba la cabeza, la enfermera que afirmó estar más aburrida que una ostra se interesó por la historia de Manuel, el cual le habló de su accésit. Al oír esta palabra, le cortó en seco, dispuso su mano gorda y blanca sobre la suya y le miró con una expresión bovina, desde del muro de hormigón de sus ojos grises, con expresión maternal. No es grave dijo. Mi hijo los tiene a menudo y se recupera enseguida. Manuel la miró tratando de entrever una señal oculta, un mensaje en clave que ella trataba de transmitirle, pero no había rastro de dobles sentidos, de mensajes capeados o encebollados, sino palabras nucleares, sin más abrigo que su significado directo. Ya, replicó él, sin saber qué decir. Luego le comentó lo sucedido en el bar. Le cosieron la brecha abierta sobre la ceja y le dieron el alta. Los hermanos, que aprovecharon el tiempo para dormitar en la sala de espera frente a un pantalla de plasma apagada, lo acogieron como al héroe que vuelve de una batalla sangrienta, dejando atrás piras de cadáveres y terrenos humeantes, y notaron algo nuevo en su mirada, que achacaron a los nueve puntos que llevaba en la ceja. Tío, un nueve, dijo el mediano, un puto sobresaliente, que cabronazo. Manuel que no tenía cuerpo para bromas, cerró los ojos y de dejó llevar. Los cuatro regresaron al piso, cuando comenzaba a clarear. Se repartieron por las habitaciones. Manuel cerró la puerta tras de sí, se quitó los zapatos, comprobó el estado del vendaje y antes de acostarse cogió su diccionario de dos volúmenes y se fue a la letra a. Halló la palabra accésit y dirigió su dedo anular a la palabra siguiente, encontrando así la respuesta, la llave de ese cofre de incertidumbre que la enfermera había puesto sin saberlo en sus manos, rompiendo entonces a reír estentóreamente La cabeza del mediano de los Rodríguez se asomó por el hueco dejado por la puerta entreabierta. Estoy bien, dijo Manuel.
En la cama reflexionó si no era mucho el precio a pagar por sus aficiones literarias, si acaso le convenían, si no era más cómodo dedicarse a otros menesteres, dejar de ser un maldito poeta, o un poeta maldito y solazarse con otras aficiones menos peligrosas. Había consumido más de la mitad del dinero que recibiría a cuenta por su premio esa noche y mientras sus ojos se cerraban, su cerebro iba generando, frases, palabras, rimas, sonidos, una sintaxis onírica que al día siguiente le conduciría como cada mañana a su mesa de escritorio, donde los bolígrafos y el papel esperaban sus caricias y su calor.

Relatos17 Feb 2008 12:17 am

Rompió con su anillo de oro de 24 quilates el escaparate de la pobreza y murió bajo un cristal que le atravesó el corazón. Lo curioso del caso es que no derramó ni una gota de sangre, y el anillo desapareció de la escena del crimen, y digo crimen ya que el inspector aseveró que aquello no era casual, sino que era algo premeditado, quizá el asesinato perfecto. Una manera de equilibrar la balanza, de restablecer el equilibrio natural, el estado de las cosas.

Relatos17 Feb 2008 12:10 am

Se conocían tan bien que no necesitaban hablarse, ni tocarse, ni mirarse a los ojos, ni intercambiar fluidos, hasta que el silencio los volvió sordos y luego mudos y aquejados de anorexia emocional se exiliaron de sus vidas y acabaron juntos en un panteón sin dirigirse entonces tampoco la palabra. Eran una pareja encantadora, según cuentan, o acaso no lo son todas.

Relatos15 Feb 2008 03:22 pm

Decía ser un ecologista radical, uno de esos que de tanto beber cervezas danesas acabaron pensando en verde, cuyas acciones en esa materia eran tan inanes como el eslogan referido. Libraba una batalla interna porque a pesar de su espíritu medioambiental no conseguía materializar ninguna de sus ideas naturistas. Así se desplazaba al trabajo en su cuatro por cuatro, mientras fumaba por la ventanilla, dejando en la guantera el bocata de atún que cada mañana su mujer le preparaba, reemplazándolo por un emparedado que extraía de una máquina, forrado de plástico, al igual que la botella de refresco que bebía y los cuatro cafés que ingería durante la mañana y hasta las tres de la tarde. Quería cambiar las cosas, iniciar una revolución mundial, y quería comenzarla por sí mismo, pero la desidia y la comodidad ceñida a sus músculos como un guante le impedían llevar a cabo sus propósitos. Mañana cambio, se decía al acostarse, mientras se quitaba los calcetines e incluso dejaba la bicicleta en la entrada, con las llantas relucientes, las ruedas infladas, y el mono fosforescente que lo haría visible entre los penachos de sombras y las primeras luces incipientes del día, la misma bicicleta que su mujer tras llevar a los hijos al colegio, guardaría en el armario.
Su batalla tenía varios frentes abiertos, porque ante su jefe nunca encontraba la frase exacta, aquella que plasmara su sentir, su aburrimiento sideral, su escasa motivación, sus horas amontonadas junto a la planta de plástico que flanqueaba el monitor, y en su presencia, asomaba a su rostro una mueca cómica, algo parecido a una sonrisa, propiciada por el estiramiento de los labios en direcciones contrarias y decía a todo que sí, era entonces el más servil, el más obediente, el escuchante perfecto, el secretario ideal, una pieza insustituible en boca de su superior.
En casa era su mujer la que acentuaba su pesar, ella le adoraba, y él se sentía dichoso y afortunado, pero infeliz, si es que tal cúmulo de sensaciones podían definirse con ese adjetivo. Desde el día después de la boda, hacía ocho años, había querido romper con ella. Se ofuscó con los monosílabos y dijo sí, cuando quería decir no y mientras traían al mundo al que sería su primer hijo, cuando él en el lecho iba a confesarle a ella sus sentimientos, abrir su corazón y su cerebro a la luz de la verdad, buscando la fuerza en las membranas del deseo, ella le tapó la boca con su tanga rosa, comprado para la ocasión, y lo copuló toda la noche hasta dejarlo exhausto. La segunda vez que ella propuso aumentar la familia, él estaba pero no era y el barrio ganó una familia modelo, a la vieja usanza, remembranza de años en los que todos eran como uno, y la única unidad debía ser nacional.
Ante sus progenitores su angustia se acrecentaba, ya que él siempre sería el pequeño. Lo era con diez años, lo fue con veinte y lo seguiría siendo con cuarenta y creía y sentía como tal que los diminutivos eran una sutil ofensa, una mofa incruenta, de la que él no quería formar parte. El conocimiento mutuo le resultaba frustrante, sabía que aunque se presentara antes ellos como un pellejo arrugado, calvo y gordo, desdentado y ojeroso, con el mundo colgado de las pestañas y los cinco continentes en el arcón de sus pupilas, seguiría siendo su niño, su retoño en flor, la sangre de su sangre. Su madre lo miraba con ojos felinos, entre exclamaciones y frases hechas, ojos que radiografiaban e incluso escaneaban su alma, cual cosa que sea, al instante, sin recabar cita previa. El dictamen era tan raudo como veraz y dejaba el visitante la casa abatido abrumado bajo el peso de las certezas y apuntillado por su impotencia y cobardía, sin poder ocultar su desamparo, rumiando su desdicha, mascullando palabras ininteligibles. Pensaba a modo de consuelo lo bonito que era el preludio del amor, las incendiarias caricias, las confesiones al oído, los datos ofrecidos con cuentagotas, los paseos por los parques, el arrullo de las miradas cómplices, instantes donde todo era nuevo y cada palabra, cada confesión, eran piedras que cimentaban un refugio común que el sexo atechaba.
No quería dirigirse a su casa porque sabía lo que ocurriría. Ella, a pesar de su bondad, no exenta de condescendencia, cogería su cabeza, como un melón maduro y lo reposaría sobre su regazo, rebuscaría en su cabello buscando el fantasma de algún piojo, calmándolo con su hablar quedo, envolvente y beatífico, y él se dejaría ir, abandonando poco a poco la orilla de la tragedia, el holocausto de sus pesares, para desempolvar la balanza e ir situando las cosas a cada lado, y llegar a la misma conclusión de siempre. Pero esa tarde, mientras su madre le despedía desde la ventana, diciendo algo inaudible tras el cristal, no se dirigió al coche, sino que echó a andar, sin rumbo fijo, paladeando la inminente libertad, que ofrecía el desconocimiento de sus actos posteriores. Dejó su teléfono móvil apagado sobre el lomo de una papelera, a la vista. A un señor que afirmaba desde un trozo de cartón con letras vacilantes y ebrias que tenía hambre, le entregó su cazadora y su corbata. A medida que se despojaba de parte de su patrimonio el gozo le alimentaba más que la desazón, así que a lo largo de la avenida, fue regalando objetos, llegando a la conclusión de que sus bolsillos eran dos diminutos bolsos de viaje. Alguien hizo amago de saludarle, incluso le dijo hola, pero al instante se retrajo, pidiendo excusas por la confusión. Supo entonces que la transformación estaba siendo efectiva, que bastaba un leve cambio de imagen, la perdida de unas cuantas señas de identidad, para obrar la transformación. La barba negreaba su rostro y su pelo sudado por la carrera, le conferían un aspecto desgreñado. Así fue como poco a poco, esa noche acabaría casi desnudo, dormitando bajo unos cartones, reclamando el frío de la noche para sí, y para los que dormían próximos a él. Lo había dejado todo, pero no había ido detrás de ningún Dios crucificado. Nadie anduvo sobre las aguas para convencerlo de su divinidad, ni multiplicó los panes duros que ingirió como cena, ni tampoco convirtió el agua en vino. Allí no había dioses ni crucificados ni resucitados, sólo ecologistas urbanos, que cómo él habían dado el paso, roto los lazos, y poco a poco escarbando, hasta dejar las uñas a ras de la cutícula, habían despedido el mundo real, para morar ya y quien sabe si por siempre en el subsuelo, en el humus libertario, donde no había jornadas programadas, ni reuniones familiares. Tampoco profesores, correos electrónicos, ni comidas frente al televisor. Un mundo sucio, herrumbroso, herido de podredumbre y soledad, del que quería formar parte, para demostrarle que era capaz de cambiar su destino por el desatino de sus acciones. No sabía si volvería alguna vez a la superficie, a los días de cemento. No se alimentaría ya más de la basura de la tele, de esos residuos visuales, sino de basura tangible, olorosa, nauseabunda. Sintió en su interior una fuerza inaudita, propia del ímpetu de la adolescencia, y halló así constatación a su desvarío. Su naturaleza le mandaba señales de agradecimiento, señales que cualquiera que lo viera en ese estado, tiritando, asomado entre los cartones sería incapaz de interpretar como un renacimiento sino más bien como un estertor. Pero a él, que a pesar del frío se mantenía lúcido no le importó ver esos rostros, porque su Nuevo Mundo nada tenía que ver con el de ellos.

Relatos08 Feb 2008 08:21 pm

hasta en los lugares comunes se perdía

Relatos04 Feb 2008 03:38 pm

El día de la ceniza ella sólo deseaba echar un polvo.

Relatos04 Feb 2008 12:00 am

Después de su muerte sus herederos rebuscaron en el disco duro de su ordenador. Encontraron un documento de texto, que una vez imprimido arrojó casi doscientas páginas. El editor se frotó las manos. Le importaba poco o nada, la calidad del texto, el muerto estaba caliente y una obra póstuma se vendería como rosquillas. Así que dos semanas después de la muerte, ya estaba en las librerías El alma incandescente. Fue un éxito de ventas, superando los cien mil ejemplares con creces. Cuando el ordenador portatil del escritor fue atacado por un virus, uno de sus hijos lo llevó a un servicio técnico. Parte del disco duro se había perdido pero buena parte de los documentos se recuperaron. En una usb le entregaron los ficheros recuperados. Mientras los analizaba constató que uno de ellos llevaba por nombre El alma incadescente. Al abrirlo comprobó que el texto había sido descargado de internet, e incluso en cada página venía el nombre del autor, que no coincidía con el del laureado escritor. Su padre nunca les había hablado de ese libro, nunca comentó que tuviera nada entre manos, y en todo caso les dejó claro que si quedaba algo sin publicar ellos se enterarían durante el testamento. Al hacer partícipe al editor de la sorprendente revelación, éste dijo que lo mejor era esperar posibles reclamaciones. El asunto a dilucidar era qué de lo encontrado en el disco duro era propiedad del escritor y que no.

Relatos22 Jan 2008 06:08 pm

Hay fachadas clónicas de colores chillones, con balcones oxidados, en los cuales la gente fuma, tose y esputa, que en el verano se convierten en espejos. Una abuelilla rijosa que con mucho cuidado espera a que no pase nadie bajo su balcón para darle un meneo a su alfombra, lo que su exangüe salud le permite, todos los días a la misma hora ejecuta su tarea, con la precisión de un reloj suizo. Así sabe que son las diez y media. El señor barrigudo del tercero lanza su cigarro a la calle una vez terminado, impactando contra la luna de los coches sin haber provocado aún ningún accidente.
Cofrade de la desidia ha llegado a confraternizar con todos y cada uno de los píxeles de su monitor, y el ratón se ha convertido en su animal de compañía preferido. Lo arriesgó todo y lo cambió por uno inalámbrico pero él siguió a su lado, sobre la mesa, junto al teclado, esperando que lo acaricie cada día con las yemas resecas.
Frente a él ve un trozo de cabeza asomando tras un monitor, luego desaparece y sólo queda el culo del aparato, defecando cables. Se demora, contiene la respiración y aguanta así casi un minuto, rozando su record de 1´03”, luego inserta sus imágenes preferidas en el disco duro de su cerebro, como salvapantallas para al cerrar los ojos verlas.
“Estamos tan cerca de usted” que saltan chipas con la energía estática que atesora. Se siente eléctrico y chisporrotea en su quehacer.
Los cajones gruñen, emitiendo chirridos al cerrarse, reivindicando la jornada completa y la silla se yergue hacia la izquierda. Un día se fue al suelo de bruces y lo ha solucionado con media docena de tuercas autoblocables. El agua además de insípida es blanca y cargada de cal, por eso el jefe dice que en su casa tienen que cambiar de plancha cada año.
La única planta que tenían en la oficina pidió el traslado y se quedaron huérfanos de natura. Lo único verde son las gomas de borrar y el letrero de “salida”. Tras hibernar, en un estado de semiinconsciencia inducida, se ha encerrado en el baño, que no es sino un zulo de dos por dos tratando de encontrar una rendija, una llave, un clic que le transportase a otra realidad. Ha palpado la pared y el suelo al detalle y se ha dado por vencido. Al abrir los ojos nada había cambiado. Olía igual de mal y no había papel higiénico. Examinó el rostro del espejo al detalle y lo imaginó veinte años después, más arrugado, con una tristeza aún mayor en sus ojos, depositada en unas ojeras cada vez mayores, en esa misma oficina, con los mismos compañeros de “hola y adiós”, con el mismo jefe “esto lo quiero para ayer”, con su sueldo de mil raquíticos euros, sentando sus posaderas en esa taza inmunda y sintió un peso que lo abrumaba, que bien podía ser la punzada de la frustración, un ahogo del que surgió un sudor frío, que dio paso a un sonrisa amplia al tiempo que imaginaba el balsámico mar, el rumor las olas, el chiringuito en la playa que regentaba su hermano Ramón que llevaba dos décadas apremiándole para que trabajara con él los meses veraniegos en tierras alicantinas. Salió del baño y sus pasos lo dirigieron de nuevo a la oficina, con la mano sobre la puerta, giró sobre sus talones, bajó las escaleras al trote, corrió por la Gran Vía, con punzadas en el estómago y un flato que le impedía separar la mano del costado. Sacó un billete de autobús que estaba listo para dejar la estación. Por la ventanilla iba dejando una vida, pero creía ir ganando otra, porque pensaba que al igual que la energía, la vida ni se creaba ni se destruía, hasta que uno estaba bajo tierra. Cerró los ojos y durmió con una bandada de ángeles acolchando su reposo de agradables y reconfortantes pensamientos.

Relatos and Humor20 Jan 2008 12:29 pm

En el supermercado Rodrigo fue a la estantería donde se encontraban los huevos en cajas dispuestos por docenas y decenas. Cogió una caja y sacó un huevo al azar, no encontraba la fecha de puesta por ningún lado, así que le preguntó al huevo, si era fresco. El huevo dijo que esa información era confidencial y que si la decía violaría su intimidad, así que guardó silencio. El hombre, alterado, cogió el huevo y se dirigió a la comisaría. El policía tomó buena nota de la declaración del comprador de huevos y el huevo fue puesto en libertad, sin cargos, devuelto a su caja. Los huevos venían con la cascara límpida a este mundo y eran los humanos los que luego garabateaban su piel con dígitos y letras.
Como revancha por el tiempo perdido, esa misma noche Rodrigo, que al final compró la caja con el huevo misterioso, se hizo una tortilla de patata y cebolla con seis huevos y se fue a dormir. No despertó más. La autopsia arrojó datos tales como que el difunto la había palmado por una salmonelosis. La familia del difunto, puso una querella al supermercado por no poner estos la fecha de puesta en los huevos. Se defendieron los imputados diciendo que todos, salvo el huevo en cuestión, tenían la fecha perfectamente indicada con letras verdes. Quizá se trató de un acto de sabotaje de algún grupo fundamentalista que reivindicaba el consumo de piensos no transgénicos o de la travesura de un chiquillo. El juez sobreselló el caso y Rodrigo desde el más allá, juró que en su próxima vida sería más respetuoso con los derechos fundamentales de todos los humanos y también de las cosas. En su ataúd, se devanaba los sesos preguntándose qué hubiera pasado si hubiera abordado al huevo de otra manera, con mayor educación o si sencillamente lo hubiera introducido en un vaso lleno de agua y hubiera comprado si flotaba o se iba al fondo. Tenía toda la eternidad para hacerse esta clase de preguntas y otras muchas, mientras los gusanos afilaban sus dientes de aire.

Relatos10 Jan 2008 03:46 pm

Tenía todas las de ganar. Una semana antes de las elecciones aventajaba a su rival en 20 puntos. Había combatido en Vietnam, no se sabía si en el frente de batalla o pelando patatas en la cocina. Tenía una mujer que al finalizar los mitines lo abrazaba por detrás y le mostraba todo su cariño. Llevaba casado 32 años. En ninguna entrevista se le preguntaba si era feliz. Tenía también dos hijos que adoraban a su padre del que decían era su heróe doméstico. Hacía deporte todas las mañanas y así lo habían retratado los fotógrafos a menudo, corriendo junto a sus guardaespaldas. Su perfil no tenía fisuras. Los fondos privados invertidos en su promoción a lo largo de la campaña había resultado un buen negocio. Caía simpático a unos y a los otros, demócratas y republicanos. Se confesaba un patriota al que no le gustaba perder ninguna guerra.
Dos días antes de las elecciones en un periódico de tirada nacional salía él junto a un chico besándose, los dos vestidos de militar, delante de un helicóptero con las hélices en movimiento. Hacía 40 años de aquello. Esa fue la primera y la única vez que sintió deseos de besar a un hombre. Al verse retratado, supo que todo se había acabado. No se equivocó. Perdió las elecciones y nunca más se supo nada de él, devorado por el anonimato.

Relatos09 Jan 2008 03:35 pm

En su carta a los Reyes Magos Bruno no pidió una consola, un patinete con motor, un viaje a Disneylandia, no, pidió un trabajo. No un trabajo cualquiera. Bruno quería ser funcionario, pero no un funcionario del montón, sino un funcionario importante, un técnico, un Jefe de servicio, de esos que empiezan por la primera letra del abecedario. Los Reyes Magos, vía paterna y oralmente le transmitieron al niño que ellos regalaban cosas físicas, objetos materiales, no puestos de trabajo. Bruno no lo entendió, dijo que la magia de los reyes era una mierda, que los deseos de los niños había que cumplirlos, que no se podía ser tan tiquismiquis ni jugar así con los sueños e ilusiones de los demás.

Sus padres visto que Bruno rumiaba las horas cabizbajo le compraron un libro de psicotécnicos con más de 8.000 ejercicios prácticos y se lo dieron a su hijo que miró el tocho con extrañeza. Dado que los Reyes Magos no pueden hacer nada por ti, esto te ayudará en tu carrera al funcionariado, le dijeron los progenitores expectantes. El niño ojeó el libro y se lo llevó a su cuarto. Dos meses después les dijo a sus padres que quería más, así que estos le compraron un par de volúmenes donde se recogían leyes autonómicas y estatales, decretos y órdenes, reglamentos y disposiciones generales. Bruno dormía agarrado a su libros, a los que quería más que a los peluches que lo miraban con desdén desde las estanterías.

El caso es que el niño dejó de serlo, se convirtió en un adolescente retraído, que pasaba las tardes en la biblioteca memorizando artículos y sacando notas brillantes en el instituto. Pocos meses después de cumplir los dieciocho años Bruno llegó a casa y dijo a sus padres que su deseo se había cumplido. En el Boletín oficial autonómico venía un listado con la relación de nombres de los opositores que habían obtenido la plaza de técnico en la última convocatoria. En lo más alto de la lista estaba él, Bruno Martínez Pellicer. Sus padres lo abrazaron conmovidos, ya que nunca pensaron que la tozudez de su vástago diera semejantes frutos. La madre sacó del bolsillo una carta amarillenta y se la entregó a Bruno. Reconoció éste su letra infantil en el membrete. Releyó su contenido, aunque sabía de memoria todas y cada una de las palabras de la misiva. No dijo nada, sólo dirigió una mirada de dulzura expansiva hacia sus padres.
Se dirigió luego a su cuarto y en cajas fue introduciendo los libros, más de tres docenas, que le habían acompañado todos estos años de estudio. Sólo dejo un libro, El hombre que veía amanecer. El también se sentía como ese juez del libro. Había perseguido un sueño y finalmente le había dado alcance.

Dejó las cajas en la calle junto al contenedor azul, destinado al papel. No sabía que le depararía el futuro, su nuevo trabajo, sus nuevos compañeros, pero se sentía satisfecho, no por lo que había conseguido a su corta edad, sino por haber franqueado unos límites, unas fronteras, unos muros que parecían insalvables, donde el único aliento que había recibido era la hediondez de los que le decían entre risas que nunca lo conseguiría. Sus padres le concedieron esas tres semanas que quería de vacaciones hasta su nombramiento. Nadie le llamó para felicitarlo, no lo necesitaba, se había hecho fuerte en la soledad, había endurecido su cuerpo y su mente, no había en su naturaleza un resquició para el virus del desánimo y la buena nueva generó una fuerza en su interior que le embargaba y templaba su ánimo como el acero. Llamó a una chica del instituto que le gustaba, sin vacilar y lo hizo con tal confianza y decisión que obtuvo un sí por respuesta. Iría con él al cine. Había mucho por hacer. Tenía que recuperar el tiempo ¿perdido?.

Relatos09 Jan 2008 10:39 am

Mira quién ha venido, saluda a tu tía, anda. No sé que le pasa últimamente pero ya no se ríe tanto como lo hacía antes, que era un cascabel. Al menos ahora nos deja dormir. La echamos a las nueve y no sale hasta las nueve del día siguiente. Llevaba nueve meses sin dormir de un tirón y tenía unas ojeras que creía irrecuperables. La sábana fantasma ha sido todo un invento. Se puede poner de pie, y a veces lo hace, pero es mano de santo. Al final cae rendida y se duerme, en posiciones muy extrañas, la verdad. A las tantas de la madrugada cuando voy al baño siempre la encuentro destapada, con la cabeza sobre el nórdico, así que no hay manera de que cure el catarro. Ahora ya come de todo, al año nos dijo el pediatra que podíamos darle cualquier cosa, y nos resulta más cómodo, además creo que está ya harta de los biberones. Les ha debido coger paquete. No come, engulle. El jamón cocido y el yogur le privan. Ayer le di tortilla francesa, y siempre ante lo nuevo pone cara rara, pero da buena cuenta de todo. Ya ves que no está de no comer.
Cuando se dispersa y comienza a trastear en la trona hay que darle su tiempo, porque si la fuerzas, no consigues nada. Es pequeña pero matona, no veas que genio tiene el micuco. Te mete unos manotazos cuando se calienta que si no estás al tanto hace volar el bol de las verduras en un santiamén. Lo que peor llevo es cambiarla, se coge unas jatas que la hacen temblar como una hoja en día de ventisca. Es ver el cambiador y romper a llorar como una descosida. No llegamos pronto a ningún lado. Trato de organizarme pero es que no hay manera. Estás en la puerta y sino vomita, se ha cagado y hay que volver a repetir todo el proceso. Eso me crispa, es como caminar con muletas, por más que lo intentas nunca vas tan rápido como cuando no las llevas y la fustración se hace notar. Es una lucha lenta, inocua, que te balda. Y encima seguimos sin hacer obra en el portal, y estoy hasta las narices de subir con el carro a cuestas los diez escalones. No sé como me lo monto, pero siempre voy con bolsas, sino es fruta son verduras, o pescado, pero lo raro es ir con las manos vacías.
No va a la guardería y no sé que pensar, porque antes parecía un delito y ahora lo raro es no llevarlos. Tengo conocidas que a pesar de no trabajar llevan sus hijos a la guardería porque dicen que así se socializan, que les viene bien estar con otros niños de su edad, que así se espabilan, y cogen antes esas enfermedades propias de los bebés que tarde o temprano acaban agarrando.
Pero es que pasa todo tan rápido, que si no aprovechas estos meses, no hay manera de recuperarlos. Ya sabes, el primer diente que le sale, cuando comienza a hacer palmitas, a pestañear, el “pa y el ma”, el encogerse de hombros, esas sonrisas desde la cuna al despertarse, todas esas nimiedades que a los mayores, padres y abuelos nos vuelven chochos. A mi madre nunca le había visto tanto hacer el indio como con su nieta. Ya sabes que tiene reuma y artrósis. Pues se tira en el suelo con la niña y echan carreras las dos, gateando por el pasillo. Luego para incorporarse pone el grito en el cielo pero la sonrisa no la pierde y cada vez que vamos de paseo le compra ropa y tiene la niña más ropa en el armario que yo, sin contar toda la ropa que nos han prestado, mucha almacenada bajo la cama en bolsas sin abrir. Hablamos de tener otro y a mí me da pena, porque dejaría de ser la nena el centro de atención. Nadie repara en los hijos mayores cuando hay un recién nacido. Es triste pero es así, me pasa a mí con los hijos de mis amigos, sin poder evitarlo todas las atenciones y detalles van para el churumbel, además mis padres dicen que si con uno nos ahogamos con dos no te quiero ni contar lo que podría ser.
Disculpame, me llaman al móvil. Sí, estoy en el parque, con tu hermana. Bien, voy tirando para casa. Venga, a ver como le dices adiós a tu tía. Nos vemos. Pásate una tarde de estas por casa y tomamos un café, ciao.

Relatos09 Jan 2008 10:38 am

Iban caminando cuando unos agentes les dieron el alta. Tras identificarlos quisieron ver el contenido de sus mochilas. Echaron entonces a correr hasta que les dieron alcance. Se resistieron, braceando y pataleando. Entre varios agentes los arrastraron por el suelo, se abalanzaron sobre ellos como si de un jabalí en celo se tratase y una vez esposados fueron a las dependencias judiciales. El forense observó las magulladuras en uno de los detenidos, una costilla rota, así como contusiones y hematomas por lo que ordenó que les practicasen las pruebas médicas pertinentes y su posterior ingreso hospitalario. Se organizaron manifestaciones en las calles de San Sebastián con pancartas y gritos en los que decían que la Guardia Civil torturaba y asesinaba, pidiendo justicia y la libertad para los presos. Se reunieron los familiares de los presuntamente torturados (digo presuntos porque la Guardía Civil alega que las lesiones son compatibles con una detención violenta tanto de sujeción cmo de contención) con el Defensor del Pueblo, pidiendo que todo el peso de la ley cayera sobre los torturadores. Amnistía Internacional, veladora de los derechos humanos, de cualquier ser humano, pidió una investigación independiente, exhaustiva e imparcial.

Cuando detuvieron a los jóvenes, en sus mochilas éstos no llevaban bocatas de chistorra, ni camisetas sudadas, sino dos pistolas con balas de verdad. Tras tomarles declaración, la Guardia Civil encontró dos zulos con 125 kilos de explosivos. No los querían al parecer para los fuegos artificiales de las fiestas patronales de Lesaka, sino para sembrar el pánico, el miedo, y quien sabe si llevarse unos cuantas vidas por delante, en pos de esa construcción nacional que paradójicamente pasa por destruir, tanto bienes materiales como personas. Estos presuntos torturados, con los que el pueblo y sus seres queridos se vuelcan, son también unos presuntos etarras, que presuntamente en cualquier momento podrían haber cometido algun atentado, sino les hubieran dado el alto, presuntamente apalizado y puestos a disposición judicial.

Si hubo tortura, los torturadores deberán pagar por ello y los jóvenes una vez en la calle volverán a sus andadas y en un futuro no muy lejano las próximas acciones bélicas llevarán su sello macabro que lamentaremos con minutos de silencio. Cada cual tiene un fin en esta vida. Unos tienen las manos blancas, también sus corazones y a otros les huelen las vísceras a polvora.

Relatos08 Jan 2008 10:15 pm

En el trabajo perdió los papeles, recibió la reprimenda de su superior y buscó algo de aire en la calle. Un policía de paisano lo pegó a la pared y le pidió la documentación. Balbuceó y recibió una patada en las costillas. Había perdido los papeles y la cartera. En la celda rascó las paredes con sus largas uñas, creyendo volverse loco. En 24 horas estarás fuera del país dijo una voz vigorosa, perteneciente a un señor con bigote y pomulos rasurados. No entiendo nada, replicó el indocumentado.
-Es fácil de entender. Sin papeles aquí no puedes estar. Volverás a tu país.
-Mi país es este dijo dando una voz, antes de que le saltaran dos dientes,, como perdigones, de un moquetón.
-De mí no se ríe ni Dios dijo el uniformado, sacando pecho, haciendo un ángulo perfecto sobre la silla giratoria.

Esa misma noche en el aeropuerto compartió asiento con gente negra. No entendía nada, ni la situación, ni las palabras de esos hombres altos, de dientes blancos y ojos perdidos. Sintió rugir los motores y creyó descomponerse. A través de los altavoces les dijeron que tenían suerte porque no iban a ser arrojados al mar y en pocas horas estarían en un campo de refugiados durmiendo a pierna suelta. Pellizcó sus pectorales, tragó saliva, frotó sus ojos y el avión iba tomando altura. Su ciudad eran un puñado de luces blancas, cada vez más insignificantes.

Tomás estaba casi dormido. Su padre acabó de contarle el cuento del indocumentado y el niño cayó de brazos abiertos sobre el colchón. Apagó la luz y oyó a su hijo revolverse bajo las sábanas. No era un cuento infantil pero era su preferido.

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