En el nuevo aplicativo informático que implantó la biblioteca descubrió que se podían pedir libros, en la sección dedicada a las desideratas, así que ni corto ni perezoso, introdujo el nombre del libro y del autor, así como la editorial y el año de publicación, que deseaba que la biblioteca adquiriese. Pasó unos días, inició sesión introduciendo su número de usuario y su contraseña y en el apartado destinado a las desideratas hechas por el usuario constató desolado que la petición del libro solicitado había sido denegada.
Se personó minutos después en la biblioteca y con todo el buen ánimo del que era capaz fue a dar con la persona que se encargaba de autorizar las compras, la Sra. Cenzano. Le pidió cortesmente que se sentara y le preguntó si se encontraba bien, pues sus ojos desorbitados, iracundos y su respiración agitada, al tiempo que le preocupaban le hacían sentir incómoda.
Si no hemos comprado ese libro que nos ha solicitado es porque el autor es un perfecto desconocido, y en las cuatro librerías con las que trabajamos en esta ciudad no estaba disponible. De todos modos, si en esta biblioteca no lo hemos adquirido siempre le queda la posibilidad de comprarlo por internet, o directamente a la editorial.
¿Cómo dijo que se llamaba?, le preguntó la señora.
No importa respondió él, con los ojos apuntando a la papelera, como si quisiera desintegrarla.
Quisiera saberlo dijo ella.
Él le pasó el carnet y ella sonrió bamboleando la testa adelante y atrás.
Supongo que tendrá algún ejemplar en su casa.
Catorce.
¿comprados?

¿todos?

Guarda las facturas.
No.
Lo suponía.
Traígame un par de ellos y veremos si puedo conseguirle unos euros y colocarlo entre las novedades.
El dinero me es igual, no escribo por dinero.
Ya, respondió la señora, como todos, al tiempo que le entregaba un libro de poesías de una tal Paloma Cenzano Aguirre.