Destrozada por la muerte de Coqui vagaba con los ojos acuosos por la casa. Fue al velatorio arrastrando los pies por la calles de Lorquí, al encuentro de cada esquina como si cada roce, por fricción, aliviase su pena y permaneció allí toda la tarde, recibiendo las muestras de afecto de todos aquellos que habían conocido a la dicharachera Coqui siempre alegre y juguetona, esa compañera fiel incapaz de dejar tirada a nadie. Por la noche, sin más que hacer que asumir los hechos consumados y dispuesta a acumular días y meses que cauterizarán las heridas del alma, recogió las cenizas de su perra en el tanatorio y las dejó en un bote de conserva junto a un retrato sobre el televisor, en el que aparecían las dos juntas, en una playa, una moviendo el rabo y la otra con una sonrisa propia de una niña ensimismada. Cada ladrido vertido en la calle era una remembranza de su Coqui y se durmió pensando si las perras irían al cielo y si en ese caso valdría la pena irse al más allá en su búsqueda o al más aquí al día siguiente, a la perrera municipal en busca de una sustituta, porque su casa devorada por un silencio sin eco, ni ladridos era como el primer fascículo de la muerte, buzoneado a su pesar, titulado Soledad.