En el pueblo las horas de agosto no pasan,
se detienen entre los rayos solares,
y ahí permanecen enjauladas horas eternas,
en el limbo, mientras nosotros aligeramos
el tedio puteando a las hormigas,
buscando su muerte cruel.

Sobre los escalones buscamos agujeros
en los que escupir y luego,
como verdugos de sonrisa velada,
las dejamos allí, bañadas en espuramajos.

Vemos expectantes como se agitan,
patalean, seguro que gritando,
clamando, pidiendo su último deseo,
cagándose en todos nuestros muertos.

Su silencioso fragor no hace su muerte
menos intrascendente que la nuestra.
Quietas desaparecen bajo ese manto espumoso.

Risas y aplausos, el demonio palmea nuestras espaldas
y nosotros, ufanos, enfilamos la cuesta
a todo meter, a comprar flashes de naranja
adonde la Calixta,
para aliviar la chicharrina
que derrite nuestros cerebros.