Sacó un pitillo, lamió con los ojos la fría y húmeda piedra de los soportales, ajustó los pies y miró al frente, ajustando su mirar con la precisión de un francotirador. A lo lejos unas sugerentes caderas femeninas, embutidas en un ceñido pantalón vaquero, se dirigían hacia él. Cuando ella pasó a su altura, él le dijo. ¿me das fuego?. Faltaba más. Lo rocío con su amor de gasolinera y se prendió a lo bonzo. La piromana había vuelto a actuar.