Ikea lo veo todo azul y amarilloApenas me reconocía esta tarde en ese tipo ojeroso frente al espejo. Agotamiento es la palabra que mejor resumía mi estado anímico. Maldigo a los Suecos, y maldigo el día que decidieron plantar un Ikea en Barakaldo, por no hablar del que han abierto recientemente en Zaragoza, que afortunadamente aún no conozco. A las mujeres Ikea les encanta, todo es chupi, está fenomenal, calidad-precio es el no va más y tiene todo un aire desenfadado que rompe con los muebles clásicos de toda la vida.

Así que aunque a mí el bricolaje me deja indiferente y aunque el amor no entiende de menaje, hay que hacer concesiones o atenerse al ultraje. En resumen que había que pagar peaje e ir de compras al Ikea. Cuando menos el día salío pocho y eso era positivo. El cielo estaba encapotado y no había más de veinte grados. Por autopista te presentas en Bilbao desde Logroño en poco más de un hora.

Pasadas las diez de la mañana ya estábamos en el aparcamiento subterráneo del Ikea. Dejamos el coche en el lugar G8, afortunadamente en nuestra plaza no había convocada ninguna manifestación contra este odiado grupo ni ningún antiglobalización apedreó nuestro coche o le prendió fuego.

Con más paciencia que el Santo Job, entramos por la puerta grande, al tiempo que una chica nos daba un plano para ubicarnos. Cogimos varios lapiceros, de esos que dan gratis, de ahí digo yo, su escaso tamaño y nos pusimos a la tarea. Internet permite mirar el catálogo de todos los productos on-line y ver también si hay existencias o no (cosa que no hicimos). Esto nos permitió ir como se suele decir a tiro hecho. Luego en el suelo te ponen varías flechas, para que todo el mundo hagamos el mismo recorrido, en romería, alabando al Dios del consumo, si bien hay atajos.

En los dormitorios un joven sentado en un sofá leía El señor de los anillos y una pareja muy acaramelada se acercaba hacia una cama de matrimonio con intenciones nada claras. De dormitorio en dormitorio íbamos apuntando las referencias, el pasillo y la sección donde se encontraba aquello que luego compraríamos. Como algunos de los productos estaban sin existencias hubo que hacer una readaptación sobre la marcha para que el viaje fuera provechoso y sobre todo para no tener que volver, así que a mí todo me parecía maravilloso.

Las horas se iban sucediendo y a eso de las doce tuvimos que hacer una parada estratégica en la cafetería para reponer fuerzas, pues el esfuerzo iba haciendo mella en nuestros cuerpos y en cualquier momento corríamos el riesgo de coger una pájara y requerir asistencia médica. Nos metimos para el cuerpo un bocata de jamón serrano y pimiento verde y un emparedado con unos cafés y ya estábamos recuperados de nuevo para la batalla, para el largo caminar, para los kilómetros de pasillos que nos esperaban.

Ya casi en la salida está el almacén y ahí es donde hay que poner los músculos a trabajar, descubriendo alguno que no sabía ni que existía, pero que se manifestó prestamente en forma de pinchazos y molestas varias. Acarreé tropecientos kilos de maderas sobre un carro cuya carga máxima era 65 kilos, pero como en el País Vasco todos tienen fama de ser más duros que nadie, los carros aguantaron el tipo sin sobresalto, ni se abrieron en canal. A ese carro había que sumar otros dos más, así que me lo pasé pipa, moviendo los carros, pocos metros cada carro, cada vez, hasta llegar a la caja habilitada para el transporte.

Por unos eurillos o eurazos según el importe de la compra, te lo suben a un camión y te lo mandan a tu casita. La señorita me preguntó si Berceo, se escribía con be o con uve. Digo yo que Gonzalo de Berceo le sonaba a Chino. Será que el primer poeta que escribíó unos versos en lengua castellana ya no se estudia en los institutos.

Así lo hicimos porque en el coche dadas las dimensiones del vehículo apenas entraban media docena de almohadas y un peluche. Ahí nos demoramos otro tanto. No acababa ahí la cosa. Pasado el peor trago ahora llegaba el postre, en forma de accesorios varios. Así que había que volver de nuevo al frente, recorrer el camino ya conocido e ir cogiendo un poco de todo: una copa cervecera por aquí, unas perchas por allá, unas lámparas por acullá y de nuevo a la caja a soltar unos euros. Mientras miraba los carteles donde te dicen que si hay tres personas esperando en una caja, ellos abren más cajas y si no lo cumplen te dan un perrito caliente, que no vale ni un euro. Puestos a tirarse el moco, propongo que en lugar de perritos calientes den garrafas de aceite de oliva extra virgen o paletas de ibérico, o vales de cinco euros. Porque los perritos calientes no son nada del otro mundo, como pude comprobar.

Con el estómago a rabiar y los jugos gástricos a la altura del perejil, pero con la buena sensación que deja el trabajo bien hecho, dimos cuenta de un perrito caliente y un burrito de salmón. Unos jóvenes alemanes se ponían las botas, rellenando sus vasos, primero de cocacola y luego de helados.

Antes de irnos queríamos rendir tributo a la gastronomía Sueca (de la que ya hablaré en su día). Para ello han habilitado junto a la salida una tienda de productos de ese país: galletas de avena, galletas con mermelada, chocolate Marabou, patatas fritas y cómo no, salmón ahumado.
Como necesitábamos reponer el nivel de glucosa tras una comida frugal, nos pusimos tibios a galletas de chocolate, que parecían llevar arroz hinflado y resultó ser avena. Eran las cinco de la tarde cuando nos dirigimos al coche, con el cuerpo hecho una piltrafa, la mirada perdida que no distraída y las piernas tan cargadas como cuando he hecho la Valvanerada. Al final, en nuestro haber, siete horas gozando en el Ikea y kilómetros andados como una media maratón. Teniendo muy claro qué es lo que quieres comprar aun se puede hacer un bel lavoro, pero si decides ir a la aventura, el paso por el Ikea se puede convertir en una experiencia traumática o salir muy calentito del lugar.

Aviso para navegantes. Ikea tiene un enlace en el que te dice cómo comprar en Ikea.