En nuestro país se celebran nada menos que 1.600 concursos literarios al año. Un número considerable teniendo en cuenta que en Alemania, donde hay más lectores y se lee más que aquí apenas son 700. Tan abultada cifra permite editar un libro titulado Guía de Premios y Concursos literarios en España 2006-2007.

Vemos que todas las editoriales, Planeta, Alfaguara, Destino, tienen sus propios premios, lo que les permite aumentar considerablemente las ventas de las obras premiadas, y no se cortan en poner en la portada de sus libros, esas etiquetas donde se nos dice que la obra es “magistral“, como en la última obra premiada de Francisco Casavella, Lo que sé de los vampiros.
No creo que para vender un libro sea preciso mentar el número de ejemplares que lleva vendidos, el número de ediciones o recoger los elogiosos halagos de otros autores que trabajan para la misma editorial.
Igual que se pueden encontrar halagos extraordinarios, podemos encontrar vituperios hacia esas obras, en revistas literarias, los cuales claro está no aparecerán en ese caso por ninguna parte. Si partimos de la base asumida pero incierta en el mercado de que lo bueno es caro y hay que pagarlo, en tema de libros nos quieren convencer de que si un libro ha vendido mucho es porque inexorablemente es bueno, lo cual no es verdad.
La editorial Planeta da 600.000euros en premios cada año al ganador y 150.000 al finalista, pero el negocio le sale redondo, porque sabe de antemano que las ventas del libro finalista y semifinalista a razón de 20 euros el ejemplar le dará unos beneficios que superarán con creces esos 750.000 euros dados como premio. A la hora de comprar un libro “El planeta” ya es un categoría de libros en sí, que se vende como rosquillas y abarrota las estanterías y escaparates de las librerías, las semanas posteriores al fallo.
He de decir que a mí El Planeta hace tiempo que me parece un camelo. Tras leer libros como La mirada del otro, El desencuentro, La tempestad o el último premiado, El Mundo de Juan José Millas, todos ellos mediocres, que esos libros vendan diez o cien mil ejemplares es pura cuestión de marketing.
A las editoriales se suman también las diputaciones provinciales, ayuntamientos y demás entes territoriales, que convocan certámenes literarios, así hoy sin ir más lejos frente al escaparate de una librería vi como se daban cita más de una docena de libros, todos ellos ganadores de algún certamen literario. Como las más de las veces las convocatorias no pueden quedar desiertas, hay que premiar lo que sea, y a falta de obras magistrales, premiar lo menos malo, así que el mercado se llena de libros mediocres, de nulo interés, avalados por la obtención de un premio, que actúa como cebo para el comprador y alimenta el ego del artista que ve así recompensada su labor intelectual con un reconocimiento público aunque sea concedido por el concejal de cultura de su pueblo de 25 habitantes.

La literatura, como la música o la televisión, hoy no es otra cosa que un negocio y curiosamente aunque se lee muy poco cada vez se publican más títulos, si bien son cuatro los que viven desahogadamente del oficio de escribir.
Se publica lo que vende, lo que genera dinero, lo que tiene un “interés inducido” para eso detrás hay un consejo de accionistas al que rendir cuentas, así que cada vez me cuesta más encontrar libros que me sorprendan, más allá de los que están en boca de todos y que me resultan mortalmente aburridos. Ahora estoy leyendo “Paradoja del interventor“, y “Los príncipes valientes“, libros que nunca había oído nombrar, como tampoco a sus autores pero que me están saciendo en buena medida. Bajo la hojarasca y las toneladas de papel que envuelven el suelo que pisamos, a costa de los bestseller, aún quedan buenos libros, que cada vez cuesta más encontrar. Así que si tienes alguna recomendación hazla, ilumina esta porción de sombras. Soy todo oídos y ojos.