El día que dejó su casa no sabía que daría la vuelta al mundo. Regresó cinco años después con millares de historias que contar. Sus amigos flipaban con todo cuanto contaba, pero mucho les extrañó a todos ellos que no tuviera ninguna foto para acreditar aquello que decía. Así, conforme iba desgranando su periplo, descubriendo países a sus amigos y conocidos, fue creciendo el rumor que decía que donde había estado el cuentacuentos era en la cárcel y que todo ese alud de aventuras y circunstancias no eran sino fruto de sus lecturas carcelerias, pues todos sabían que muchos aprovechaban su tiempo a la sombra para estudiar una carrera o instruirse. Así que poco a poco cada vez menos gente se fue interesando por sus historias, hasta que se quedó sólo hablándole a una botella vacía. Un día recibió una carta y junto a las letras una foto que se había hecho en la selva amazónica. No reconoció al tipo de la foto y mesándose las barbas dejó irse en el mar etílico que lo acunaba.