Llegó a las calles altas del pueblo coronado por una iglesia abandonada y una muralla con vistas al río, surcado por un puente medieval. El sol le abrasaba y buscó cobijo bajo los anchos contrafuertes de la iglesia. Deambuló y tomó fotos del paisaje. Agradeció estar solo en ese paraje idílico. Abajo, el agua del río se movía contemplativa y calma, sin prisas, quizá porque era domingo y a las tres de la tarde, el tiempo se suspendía y balanceaba en el limbo del ocio y el arrullo de la voz que expedían los televisores. Leyó la información recogida en unos carteles que explicaban el nacimiento de la iglesia, y datos sobre los disciplinantes, conocidos como Picaos, que en ese pueblo en Semana Santa se arreaban en la espalda entre 800 y 1000 zurriagazos para ser luego picados por el práctico, brotando entonces la sangre. Imaginando la escena y con la tensión en los pies buscó cobijo bajo el alero de una casa de piedra, en cuya fachada había un contador monofásico. Metió la mano por la hendidura abierta y desgarrándose la piel, tocó algo que parecía un cable, tiró de él y todo se apagó al instante. Seguía con la mano en el cable, pero con una sola mano no podía deshacer el entuerto. Dos mil ochocientos años después, encontraron a un ser con la mano metida en un artilugio que no supieron identificar, al igual que unos carácteres de una cultura arcaica que aún recurría a la escritura para comunicarse.
March 5th, 2008 at 7:07 pm
El pueblo del hallazgo se llama San Vicente de la Sonsierra, y es una bella alternativa para la noche del Jueves Santo. Soy ateo hasta la médula, pero me sobrecoge la Semana Santa, y lo que la gente es capaz de hacer en aras a su supuesta fe.
March 5th, 2008 at 8:52 pm
!bingo!, bonito pueblo, se come de maravilla y tiene unas vistas espectaculares. Lo de los picaos es algo que nunca he visto, pero estando a 25´de Logroño es para pensárselo.