Baja a la calle con la bata de andar por casa y las zapatillas de felpa. Su cabeza coronada con rulos y redecilla y en las manos varias bolsas de basura. En la escalera dos niños comen pipas alfombrando el suelo de cáscaras. Los recrimina y la mandan a tomar por culo. Que te follen dice el pelirrojo con voz de pito y luego el otro apostilla que es imposible que alguien se la quiera trapiñar, porque es más fea que la bruja de Blair. Se ríen como si hubieran pergeñado el chiste del siglo y Dionisia sale a la calle con los ojos inyectados en sangre y estrecha la bata contra su cuerpo, habida cuenta del viento norte que barre las calles desiertas. Sus pelos enhiestos son alfileres capilares que impiden cualquier ceñimiento. Bajo unos cartones oye unos ronquidos similares al de una taladradora, pero nada que ver con los de su difunto Cipriano. Eso era roncar, todos los demás son vulgares imitadores, sin la menor gracia, ni pulmones. De buena gana le hubiera mandado al quirófano para que le hubieran hecho algo en la napia que alejase de sus oídos ese pertinaz ruido diario nocturno, ese infierno de decibelios en el que iba acumulando noches en vela y una mala sangre que se le revolvió dentro hasta pasarle factura y dejarle el alma en números rojos.
Cuando va a introducir las botellas de cristal en el contenedor verde con forma de iglú, siente que alguien le coge las caderas, aupándola. Puedo sola se defiende. Recibe un pestazo a vinacho rancio y sudor que le hace agarrarse al iglú para no caer vencida por ese maremoto de hediondez expelida por ese mefítico ser. Dame de beber dice la voz. Saca Dionisia las botellas de la bolsa y se las muestra. Me apaño con un culín dice el borracho. Duda si estrellarle la botella en la cabeza o acceder a sus deseos. Le pasa la botella y él se la lleva a la boca. Chupa el gollete y unas gotas formando un reguero oscuro van a parar a su interior. Se relame, sus ojos giran como bolas de billar hasta fijar un punto negro en el centro y tira entonces la botella al suelo. Dionisia censura su proceder. Finalmente el borracho logra atinar y meterla por el agujero. Oyen juntos el ruido del vidrio al romperse. Se le ofrece alguna cosa más al señorito dice Dionisia guasona. Una cabeza de pulpo viscoso se sumerge entre las latas con restos de latas aceitosas y refresco. Rebaña con la lengua los restos de atún, bebe unas gotas de coca cola y cerveza. Se apaña un bocata con mendrugos de pan del día anterior y jamón cocido con una patina blancuzca en la superficie. Engulle con la avidez propia de la última cena. Dionisia lo mira desde el bordillo, a una distancia prudencial que permita correr el aire. Finalmente el borracho se echa un buen regüeldo, da las gracias por el inopinado banquete y se cubre con su nórdico de cartón entre almohadas de cemento.
Dionisia vuelve al portal y allí siguen los dos diablos jugando con sus móviles de última generación, fijando sus caretos en videos improvisados y mientras espera el ascensor piensa cuanto tiempo pasará antes de que el mendigo reciba la visita de esos dos rufianes.