Mira quién ha venido, saluda a tu tía, anda. No sé que le pasa últimamente pero ya no se ríe tanto como lo hacía antes, que era un cascabel. Al menos ahora nos deja dormir. La echamos a las nueve y no sale hasta las nueve del día siguiente. Llevaba nueve meses sin dormir de un tirón y tenía unas ojeras que creía irrecuperables. La sábana fantasma ha sido todo un invento. Se puede poner de pie, y a veces lo hace, pero es mano de santo. Al final cae rendida y se duerme, en posiciones muy extrañas, la verdad. A las tantas de la madrugada cuando voy al baño siempre la encuentro destapada, con la cabeza sobre el nórdico, así que no hay manera de que cure el catarro. Ahora ya come de todo, al año nos dijo el pediatra que podíamos darle cualquier cosa, y nos resulta más cómodo, además creo que está ya harta de los biberones. Les ha debido coger paquete. No come, engulle. El jamón cocido y el yogur le privan. Ayer le di tortilla francesa, y siempre ante lo nuevo pone cara rara, pero da buena cuenta de todo. Ya ves que no está de no comer.
Cuando se dispersa y comienza a trastear en la trona hay que darle su tiempo, porque si la fuerzas, no consigues nada. Es pequeña pero matona, no veas que genio tiene el micuco. Te mete unos manotazos cuando se calienta que si no estás al tanto hace volar el bol de las verduras en un santiamén. Lo que peor llevo es cambiarla, se coge unas jatas que la hacen temblar como una hoja en día de ventisca. Es ver el cambiador y romper a llorar como una descosida. No llegamos pronto a ningún lado. Trato de organizarme pero es que no hay manera. Estás en la puerta y sino vomita, se ha cagado y hay que volver a repetir todo el proceso. Eso me crispa, es como caminar con muletas, por más que lo intentas nunca vas tan rápido como cuando no las llevas y la fustración se hace notar. Es una lucha lenta, inocua, que te balda. Y encima seguimos sin hacer obra en el portal, y estoy hasta las narices de subir con el carro a cuestas los diez escalones. No sé como me lo monto, pero siempre voy con bolsas, sino es fruta son verduras, o pescado, pero lo raro es ir con las manos vacías.
No va a la guardería y no sé que pensar, porque antes parecía un delito y ahora lo raro es no llevarlos. Tengo conocidas que a pesar de no trabajar llevan sus hijos a la guardería porque dicen que así se socializan, que les viene bien estar con otros niños de su edad, que así se espabilan, y cogen antes esas enfermedades propias de los bebés que tarde o temprano acaban agarrando.
Pero es que pasa todo tan rápido, que si no aprovechas estos meses, no hay manera de recuperarlos. Ya sabes, el primer diente que le sale, cuando comienza a hacer palmitas, a pestañear, el “pa y el ma”, el encogerse de hombros, esas sonrisas desde la cuna al despertarse, todas esas nimiedades que a los mayores, padres y abuelos nos vuelven chochos. A mi madre nunca le había visto tanto hacer el indio como con su nieta. Ya sabes que tiene reuma y artrósis. Pues se tira en el suelo con la niña y echan carreras las dos, gateando por el pasillo. Luego para incorporarse pone el grito en el cielo pero la sonrisa no la pierde y cada vez que vamos de paseo le compra ropa y tiene la niña más ropa en el armario que yo, sin contar toda la ropa que nos han prestado, mucha almacenada bajo la cama en bolsas sin abrir. Hablamos de tener otro y a mí me da pena, porque dejaría de ser la nena el centro de atención. Nadie repara en los hijos mayores cuando hay un recién nacido. Es triste pero es así, me pasa a mí con los hijos de mis amigos, sin poder evitarlo todas las atenciones y detalles van para el churumbel, además mis padres dicen que si con uno nos ahogamos con dos no te quiero ni contar lo que podría ser.
Disculpame, me llaman al móvil. Sí, estoy en el parque, con tu hermana. Bien, voy tirando para casa. Venga, a ver como le dices adiós a tu tía. Nos vemos. Pásate una tarde de estas por casa y tomamos un café, ciao.