Desde Reinosa cogiendo la carretera que lleva a Corconte, bordeando el pantano del Ebro y tras dejar el balneario de tétrica fachada, donde se rodó la película El Coyote, se va dirección Soncillo, ya en provincia de Burgos. Antes de entrar en Soncillo se coge direccion Santelices. La carretera es estrecha y sinuosa y en pocos kilómetros llegamos a Cidad, nuestro destino. Lo primero que se ve una vez en el pueblo, al fondo, es una cadena montañosa kárstica. La que se ve en la fotografía.

Cadena Kárstica

Cidad tiene un bonito torreón venido a menos, pero parece que la Diputación no está por la labor de aflojar la mosca pues hay otros monumentos más prioritarios a los que destinar los fondos. Acompañado de un amigo nos dirigimos cerca de la vía del tren abandonada donde está previsto poner en marcha una vía verde que comunique Burgos con las proximidades de Cantabria. Una vía de 106 kilómetros de extensión. Me habló a su vez del Tunel de la Engaña, el más largo de España. Proyecto comenzado en tiempos de Franco, que nunca llegó a estar plenamente operativo. La idea era comunicar el Puerto de Santander con los puertos marítimos del Mediterráneo. En esta blog se dan todos los detalles.

Hoy el Tunel de la engaña sigue sin usarse y los desprendimientos en su interior lo imposibilitan para recorrerlo andando. Mi amigo me cuenta que en su niñez, cruzar el Tunel de la Engaña suponía dejar de ser niño para convertirse de golpe y porrazo en todo un hombre con pelo en el pecho. Recorrer sus casi siete kilómetros de longitud a oscuras, con un punto luminoso al fondo, que visualizabas desde que entrabas en el tunel pero al que tardabas dos horas en dar alcance, al tiempo que notabas las frías paredes, con restos de animales muertos, hacían de la experiencia algo inolvidable, no apto para miedicas o corazones enquencles.

En Pedrosa está la Casa Rural La engaña, un bonito edificio que según mi amigo es una delicia y he de hospedarme alguna vez antes de palmarla. Tomamos un tentempie (pan crujiente y tostado con pimiento rojo asado en horno de leña y coronado con dos anchoas de Santoña) en un bar frente a la vía del tren.

Dispuestos a conocer algo de la zona, nuestro anfitrión nos llevó a visitar Puentedey. Llegamos y dejamos los coches junto al río. Como bien apuntó la mujer de nuestro anfitrión, Puentedey es más bonito desde la distancia. Así, antes de llegar al pueblo, desde la carretera, se ven las cosas encaramadas sobre la montaña, que no son como las Casas colgantes de Cuenca o las de Frías pero tienen su encanto. Lo más llamativo de Puentedey es que el río cruza un puente que ha hecho el propío curso del río, erosionando la montaña. Como se ve en la fotografía el paraje es propio de una portada de Geo.

Puentedey y su puente natural

En el pueblo, a pesar de no ser muy populoso hay una casa Rural, la de la foto.

Casa Rural en Puentedey

De la cual destaco su reducido tamaño, en especial su reducida anchura.
Al tiempo que nos deleitábamos viendo el paisaje, nos jugamos el tipo para coger unas avellanas frescas, en el puente. Como ocurre en los pueblos pequeños, si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma, ya sea bajo la forma de panadero, frutero, carnicero o pescadero (como el de la foto).

El pescadero ya llegó

Al pueblo llegan con sus furgonetas y los lugareños hacen acopio de víveres, sin tener que perder horas en los centros comerciales y pueden así dedicar su tiempo a contemplar el lento fluir del agua en el río, seguir el recorrido de los pájaros o pegar la hebra con las vecinas y amigas, sin prisas ni agobios.

En Cidad, en casa de nuestros amigos, a la hora de yantar, no se oía ni el zumbido de una mosca. La quietud era total, si me apuran diría que hasta se oía el retumbar de nuestros corazones y su latir perezoso. Fuera, en el jardín, el viento norte te erizaba los pelos del cogote y te sentías en comunión con la tierra, con la fría piedra, con las lejanas e inasibles montañas e incluso me creía capaz entonces de llegar a olvidar hasta mi propio nombre en ese limbo temporal donde nada era urgente y la paz se engullía a cucharadas soperas.