Cayó a horcajadas en el sueño. Como hoja otoñal desprendida del árbol. Así se afincó sobre la tierra onnírica. Se elevó luego. Su liviano cuerpo lame las nubes. Se columpia en la bóveda celeste, los bolsillos llenos de estrellas, luminosos los ojos. Volar era divertido, a merced del aire que lo propulsionaba sobre continentes y océanos. Diríase que era una estrella fugaz, un visto y no visto en el gran azul. Lo que dura un pestañeo, un alarido. Dejó el columpio y planeó sobre el trigal, con soles en la boca, aleteó hasta la casa, sita sobre la loma. El suculento aroma de pan recién hecho lo recibió en el portón. Su abuela se desplazaba con resolución. Mesó sus cabellos, besó su cabeza. Dijo algo que el silencio neutralizó. Sus ojos disertaban, centelleaban, la boca abierta, la carcajada entonces estalla. El abuelo tose y aparece saludando inclinando la cabeza, con dos tomates en la mano. Las rebanadas sobre la mesa, los tomates, el aceite, la sal. El paraíso se escribe con ingredientes. Vuela ahora con el estómago lleno, colmado y su padre le hace señas. Lo distingue por su plateada caña de pescar. Juntos uno al lado del otro, ríen y absorben la quietud del río, sus rostros reflejados en el agua. No era así, nunca fue así, pero no puede cambiar los sueños, el mismo sueño que se repite cada noche.