Biblioteca British MuseumCaminaba entre hileras de libros, desde las estanterías los rostros me miraban desde sus contraportadas. Apenas conocía a algunos de esos escritores de esa biblioteca, que no era otra cosa que un cementerio de libros. Pregunté a una mujer que trabajaba allí si podía traer mis libros. Me miró con resquemor. No cogemos cualquier cosa, dijo molesta. Tienes otras asociaciones donde llevarlos. ¿por qué aquí?, añadió. No entendí que alguien que vive de la cultura, en un camposanto de celulosa, para quien los libros habrían de ser retoños de papel mostrara ese frialdad ante mi ofrecimiento. Están bien, repliqué, no están pintarrajeados, ni tienen hojas arrancadas, simplemente sé que no los volverá a leer y quiero darles otro uso que ser acumuladores de polvo. No quería recurrir a los golpes bajos y decirle que si tenían libros de Ricardo Boffil como Perséfone, los míos no serían peores, y que en todo caso el gusto es algo subjetivo de ahí que hubiera tanta pluralidad de autores y de libros que nadie lee ni conoce. Me dijo que hablara con otra compañera y se quitó el muerto de encima. La vi irse entre los pasillos y pensé que quizá se tratara de un personaje del libro Fahrenheit 451 y que en su bolsillo escondía los fósforos.