En el trabajo perdió los papeles, recibió la reprimenda de su superior y buscó algo de aire en la calle. Un policía de paisano lo pegó a la pared y le pidió la documentación. Balbuceó y recibió una patada en las costillas. Había perdido los papeles y la cartera. En la celda rascó las paredes con sus largas uñas, creyendo volverse loco. En 24 horas estarás fuera del país dijo una voz vigorosa, perteneciente a un señor con bigote y pomulos rasurados. No entiendo nada, replicó el indocumentado.
-Es fácil de entender. Sin papeles aquí no puedes estar. Volverás a tu país.
-Mi país es este dijo dando una voz, antes de que le saltaran dos dientes,, como perdigones, de un moquetón.
-De mí no se ríe ni Dios dijo el uniformado, sacando pecho, haciendo un ángulo perfecto sobre la silla giratoria.

Esa misma noche en el aeropuerto compartió asiento con gente negra. No entendía nada, ni la situación, ni las palabras de esos hombres altos, de dientes blancos y ojos perdidos. Sintió rugir los motores y creyó descomponerse. A través de los altavoces les dijeron que tenían suerte porque no iban a ser arrojados al mar y en pocas horas estarían en un campo de refugiados durmiendo a pierna suelta. Pellizcó sus pectorales, tragó saliva, frotó sus ojos y el avión iba tomando altura. Su ciudad eran un puñado de luces blancas, cada vez más insignificantes.

Tomás estaba casi dormido. Su padre acabó de contarle el cuento del indocumentado y el niño cayó de brazos abiertos sobre el colchón. Apagó la luz y oyó a su hijo revolverse bajo las sábanas. No era un cuento infantil pero era su preferido.