En las despedidas de soltero cada vez se riza más el rizo. En la última, al amigo que dejaba la soltería para adrentarse en el esotérico mundo del casamiento le brindamos una sesión de paintball, en el que algunos acabamos con moratones por todo el cuerpo y una tarde de barranquismo, tras avituallarnos bien con un cocido montañés. No se me va de la mente, la cuesta que subimos después de comer, con un bochorno infernal, sudando la gota gorda, y luego una vez en la cresta, hubimos de embutirnos en los neoprenos, nuestra segunda piel y descender. La experiencia es divertida, el contacto con el agua es tonificador y al mirar para abajo, te preguntas ¿podré?. Luego vas cogiendo el tono y desciendes las paredes como Catwoman sin despeinarte. Otros al barranquismo le han añadido el arbolismo que aún no se en qué consiste, noches de farra en países extranjeros, despedidas en Ibiza que se prolongan casi una semana. Los guiris también se lo montan bien y con las líneas baratas se vienen a Barcelona a correrse unas juergas de aupa, a bajo precio, donde fluye el alcohol a oleadas.
El último aullido ahora son las despedidas de casado, que celebran esos que ponen fin al matrimonio, con el divorcio y celebran con júbilo y ardor adolescente su vuelta a la soltería, a ese mundo plagado de posibilidades amorosas, de pieles en standby, de cuerpos en flor ansiosos de ser polinizados, o no.