Hoy fui a una gran superficie y en una de las tiendas, una zapatería, la música que sonaba era bacaladera, más propia de una discoteca. El volumen era alto, así que no me dio tiempo a probarme las zapatillas porque salí escopeteado, ante la mirada sorprendida de dos dependientas de apenas 18 años, con pantalones bajos por los que se asomaba un pedazo de tanga, y varios piercings en sus rostros.
Luego comprobé como la gente conduce fatal. En cada semáforo, desde que se ponía en verde, hasta que el primer vehículo arrancaba pasaban más de seis segundos, lo que hacía que sólo pasaran media docena de coches cada vez.
Me compré también el libro de Larsson, el libro ese del que todo el mundo habla, ese libro que como La catedral del mar, será el único libro que muchos lean en un año, de ahí que haya que escogerlo con mimo, y ahí el marketing juega un papel fundamental. Lo llevo ya por la mitad y su lectura engancha. No está llamado a convertirse en un clásico, ni falta que hace. Entretiene y punto. Lo mejor del caso es que ahora que el escritor ha muerto, sin ser sabedor de los millones de ejemplares que ha despachado y despachará en el futuro, de su trilogía Millennium, al no estar casado, la mujer que lleva con él toda su vida, no cobrará un duro, al parecer, pues así debe funcionar la cosa en Suecia. Hay hombres que no aman a las mujeres, lo suficiente, como para casarse con ellas. De ahí que ahora su “viuda“, esté a verlas venir. En fin, si fuera española seguro que habría un montón de televisiones dispuestas a ofrecerle una buena pasta, porque hablara de sus cositas.
Mientras, sigue lloviendo y los aires, han sido de tal magnitud que diez personas han muerto consecuencia de ello, algunos de ellos niños. El tiempo está loco y si el cambio climático parece que nos lo pintaban con sequía y desertización de momento priman las lluvias, los ciclones y las inundaciones.