Creía que si tenía un sueño que cumplir su vida valdría algo. No sabía cuánto, pero intuía que algo más que esa sensación de vacío que lo hacía levitar desde que se había jubilado. Probó con la música, con la literatura, con las partidas de cartas e incluso con los bailes de salón. Se inscribió en todos los cursos que ofrecía el ayuntamiento para los de su condición y de su rendimiento a pesar de ser óptimo, no derivó ninguna satisfacción más allá del trabajo bien hecho y las felicitaciones de sus profesores.
Un día perdido en la sierra, en una excursión de fin de semana, mientras contemplaba el cielo azul, sin impurezas, contempló obnubilado un olivo. Se acercó a él con cautela, como si alguien lo estuviera observando. Con pasos cortos llegó hasta la corteza del árbol y pegando la oreja entendió su soledad, su gritar silencioso, su firmeza arrebujada. Supo que lo amaba, y el olivo a pesar de su timidez acusó la caricia con un agitar tremolante de sus ramas. Cayeron al suelo algunas olivas, que llevó a su boca lentamente, como si la ofrenda carnal no requiriese más apremio que la sensación de placidez que le embargaba. El zumo de las olivas se desparramó por sus labios, una agua dorada y alimenticia cuyo amargor le hizo ensalivar más de la cuenta. Comprendió que era su alma gemela, su trasunto vegetal y sin demora buscó alguna caseta, desandando el camino que le había llevado al olivar. El sol de justicia le hacía abrazar las escasas sombras que dejaban los árboles. Finalmente llegó a un cortijo donde un señor menguado le miraba desde el umbral. El extraño quiso saber de quién eran esos olivos y obtuvo una respuesta inmediata y monosilábica. Míos, replicó el hombre. La oferta del extranjero a todas luces desmedida, era propia de una furor capitalino, habitual en esos señoritos de ciudad que se creían capaces de comprarlo todo, pero el lugareño, no tenía prisa, sabedor de que la muerte rondaba cerca, así que lo invitó a echar unos tragos del botijo, a tomar asiento en una mecedora e incluso a pasar unos días con él. El extraño dio por buenas las explicaciones del viejo y su interés por tenerlo allí confinado el tiempo necesario para saber si sería capaz de superar la prueba. Durante tres meses el extraño acompañó al viejo al campo, le ayudó en las labores agrícolas y dio testimonio de su pulcritud en sus acciones del perfeccionamiento en cada una de sus tareas, revestidas de un esmero y devoción que el viejo no había conocido nunca antes en su años en el campo.
Una noche después de cenar, mientras la noche devoraba las últimas luces, el viejo dijo haber tomado una decisión. Aceptaba la oferta pero se reservaba el derecho a pasar cuando quisiera a ver sus dominios así como a retirar 30 litros de aceite al año. El extraño asintió y lloró como nunca antes había llorado o quizá sí lo hubiera hecho antes, pero nunca por esas razones. Sintió que la felicidad le embargaba y que si no lloraba se ahogaría, así que lloró sin miedo, sin contemplaciones, sin remordimientos, lloró y lloró durante toda la noche y a la mañana siguiente encontró al viejo tieso sobre la cama. Bajo el jergón asomaba un papel. El extraño leyó con los ojos empañados una caligrafía embriagada como helechos borrachos
“te esperé durante media vida y finalmente apareciste. Ahora puedo dormir en paz”.
Enterró al viejo en un promontorio detrás de la caseta, con dos ramas de olivo improvisó una cruz y se encaminó al olivar con una sensación en el estómago que le empañó los ojos de nuevo.