El apicultor de Maxence FerminePara no ser un autor excepcional este es el tercer libro que leo de Maxence Fermine, después de Nieve y El Violín Negro. En esta historia, titulada El apicultor, ambientada de nuevo en siglos anteriores, el XIX en este caso, no hay haikus, ni operas magistrales, ni violines, pero Maxime sigue el mismo esquema narrativo que en sus anteriores trabajos. Hay de nuevo pocos personajes, que se pueden contar con los dedos de la mano y escasos diálogos que se ventilan con frases lapidarias tales como “nunca es demasiado tarde para nada”.

Aurélien se pone en marcha una aventura épica, donde de nuevo el personaje principal debe asentar su genialidad, su ánimo de trascendencia llevando a cabo una tarea singular. Si en Nieve era la poesía y en el Violín negro la música ahora Aurélien descubre su pasión por las abejas (capaces estas de crear la ópera de la abejas) y por su oro líquido.

De nuevo hay una mujer lugareña que desea al protagonista, basada en una amor a primera vista. Aurélien tiene en mente un sueño y corre tras él, dejando su pueblo de la Provenza encaminándose a África, en busca de oro. Allí conocerá una galería de personajes misteriosos y enigmáticos, todos ellos sorprendidos de la vitalidad del veinteañero Aurélien que vence la sed, el hambre, las plagas y todo lo que se pone en su camino en pos de su sueño dorado.

De nuevo en su deambular por el continente Africano hallará un mujer de la que se enamorará y a la que buscará denodadamente. A su regreso, con el rabo entre las piernas, más viejo y cansado decidirá poner en marcha otro proyecto de una enjundia y magnificencia nunca antes vista.

El apicultor, es algo más extenso que los anteriores libros del autor, pero de nuevo se lee en un suspiro, sin la menor exigencia, donde Maxence que ha vivido en África explicita como es Adén, el desierto Somalí, Harar, lugares que parece conocer bien. La sensación que deja su lectura es pobre, porque todo queda narrado de una manera vaga, superficial sin la menor hondura, donde no se crean atmósferas sino que todo se despacha con pocos adjetivos, de un plumazo, sin darnos tiempo a imaginar lo que leemos, a volar con la imaginación a embebernos con la historia y con un hálito poético que no llega a explicitarse, una búsqueda de quimeras de pies de barro.

Ahora sólo me resta leer Opio y así habré comentado toda la obra blibliográfica de Maxence Fermine en castellano (porque tiene otros no traducidos al castellano como Sagesses et malices de Confucius le roi sans royaume(2001) Billard blues et Jazz blanc poker (2003) Amazone (2004) Tango Massaï (2005) Le labyrinthe du temps (2006)) y buscaré algún otro autor/a al que hincarle el diente. El siguiente que tengo en la cola de espera de lectura, sobre la mesilla, es Los amantes de silicona, de Javier Tomeo, que promete.