La noticia había causado gran revuelo entre los empleados de la empresa. El director en jefe, un hombre arrogante y déspota, de maneras toscas y carácter voluble, a decir de la mayoría, que atendía al nombre de Tomás, había decidido tomarse un par de meses sabáticos para hacer el Camino de Santiago. Nadie conocía las motivaciones que habían propiciado que el sedentarismo del que hacía gala Tomás se transformara en movimiento, por caminos y senderos polvorientos, al límite del esfuerzo, dispuesto a cruzar día a día el umbral del dolor físico. Costaba imaginarlo ataviado como un peregrino más, con la mochila a la espalda, botas de monte, y bordón en ristre, al encuentro del Santo Santiago.

El único Dios del que Tomás tenía constancia y al que había adorado desde que tuvo uso de razón, era el dinero, del que éste, poseía cantidades ingentes, que a bombo y platillo donaba a múltiples organizaciones benéficas, acreedor entonces de titulares de prensa que propalaban su generosidad, que ni mucho menos era sentida, sino fruto de los cálculos, pura ingeniería financiera, perpetrados por su mano derecha Braulio. Nada es de balde. Ese era su lema, convertido en una actitud vital que se manifestaba en todos sus aspectos. Hasta los saludos entraban en la esfera de sus cálculos.

Tomás, había completado algo más de cien kilómetros desde su salida, hacía ya una semana en Roncesvalles. Sus pies tenían ampollas en cada uno de sus dedos, los tirones musculares hacían preciso las buenas manos de alguna alma caritativa en los albergues, que con fricciones de alcohol de romero lo dejasen listo para el día siguiente. Tomas estaba acostumbrado a los grandes retos, a desafíos imposibles, no conocía la palabra fracaso y el Camino, se le antojaba como una prueba más, mero trámite, una prueba física de la que estaba seguro que saldría airoso. A la noche, en su camastro caía redondo, desarmado por el esfuerzo, sin concesiones a los desvelos, dormía a pierna suelta con su guía del Camino, apenas iniciada, sobre el pecho.

A su paso por la localidad Navarra de Viana se deleitó con el olor a galleta que desprendía el pueblo.Tomás no veía el momento de llegar al albergue y quitarse las botas. Le quedaban apenas ocho kilómetros para llegar a Logroño, donde finalizaría la etapa de ese día.

Había oído cosas muy agradables de esta ciudad, relacionadas con la gastronomía y la franqueza de sus gentes, la cual conocía sobradamente por sus caldos de fama mundial. En los círculos en los que se movía, el vino de Rioja tenía una elevada consideración y él, que era un sibarita de delicado paladar, siempre disponía de un buen vino a la hora de yantar.
Anduvo con cuidado de no ser arrollado por alguno de los coches que pasaban a su lado, por el estrecho arcén de la carretera, y tras cruzar un polígono, el cementerio que se encontraba a las afueras, le dio la bienvenida a la ciudad de Logroño. Contempló el puente de piedra, cuyos ojos lamían el lento discurrir del Río Ebro, que no atravesó sino que enfiló otro, éste hecho de hierro. Ante sus ojos veía las torres de las iglesias, majestuosas, una cuadrada y otra que punzaba el cielo con su afilada estructura en forma de aguja.

Al dejar el puente a sus espaldas, caminó por la Calle Sagasta, dedicada al político del mismo nombre. Alzó la cabeza y sus ojos se posaron en las galerías de madera de los edificios, que daban fe de haber sido ésta, una calle importante en su día. Compró una bota de piel en una tienda dedicada únicamente a la fabricación de las mismas, donde Félix, el tendero le dio las indicaciones precisas para llegar al albergue, que afortunadamente no estaba lejos, lo que agradeció en su fuero interno, porque el tramo comprendido entre el cartel que anunciaba la llegada a una ciudad y el albergue se le había hecho eternos los días pasados. A esas horas tempraneras el albergue estaba casi vacío. Dejó su pesada mochila sobre la cama de la habitación y tras sellar la credencial fue a dar una vuelta.
Por calles estrechas, de edificios venidos a menos, muchos de ellos en ruinas o en proceso de derribo, fue a dar a una plaza grande y porticada en uno de sus lados, con un enorme árbol en el centro de la misma. Un cartel asalmonado, le invitaba a visitar la catedral que tenía en frente, la Concatedral de la Redonda, la cual se limitó a observar por fuera, en la distancia, reparando eso sí en un reloj de tres esferas, que descubrió en una de sus paredes laterales.

El estómago le rugía. En su nuevo rol de caminante las horas de las comidas quedaban al albur de los acontecimientos, al dictado de sus pisadas. Preguntó a la persona que pedía en la entrada a la iglesia, algún sitio donde comer. A cambio de unas monedas, el pedigüeño, con verbo grácil y palabras bañadas en alcohol le explicó como llegar a la calle Laurel.
Tomás no tomó buena nota de las explicaciones recibidas y acabó en otra calle, próxima a la catedral, donde dio buena cuenta de los excelentes pinchos que preparaban los diferentes bares que poblaban la calle, al final de la cual, leyó en un cartel granate que se trataba de la Travesía de San Juan.

Luego tomó asiento en un banco, de una plaza engalanada con flores de vívidos colores, en cuyo centro se erigía la estatua de un señor montado a caballo. Las proporciones de los testículos del caballo, que parecían dos huevos de pascua le impresionaron. El hombre que galopaba a lomos del cojonudo caballo no era otro que el General Espartero.
Antes de regresar al albergue, caminó por la calle Portales. Siempre había sentido ganas de ver el escenario real en el que Juan Antonio Bardem rodó la película Calle Mayor que había visto tantas veces en su niñez.
Venciendo el letargo y los hachazos de Morfeo, que lo hacían dar cabezadas al andar, con un deambular más propio de un borracho que de un modorro, ojeó el plano de la ciudad que guardaba en el bolsillo del pantalón y buscó otros edificios de interés, cercanos a su posición. La casa del Espartero, o Museo de La Rioja lo tenía justo a su izquierda, al fondo, y permanecía cerrado porque las administraciones estatales y locales no se ponían de acuerdo en como financiar las obras que se estaban llevando a cabo para su ampliación. El edificio de color ocre claro que tenía en frente era el de Correos, el cual después de tres años de obras y días antes de su inauguración, habían llegado a la conclusión de que no era seguro así que estaba cerrado a cal y canto.

De la Travesía San Juan había salido servido, pero no pudo resistirse a probar alguno de los afamados pinchos de la Laurel, cuyos curiosos nombres le llamaron la atención: zapatillas, cojonudos, tio agus, pinchos morunos, matrimonios. Se prometió que sólo tomaría un par de ellos que acompañó de unos “crianzas” que le supieron a gloria bendita. En un estado de placidez etílica y ya achispado, dejó muy a su pesar la calle Laurel. Las agujetas habían desaparecido, sentía su cuerpo ligero, capaz de volar, nada importaba entonces, la placidez lo inundó, encharcó su ánimo, anegándolo de placidez y de algo parecido a la felicidad que relamió con su lengua pastosa. Se dejó ir, todo era maravilloso, superlativo, fácil y sencillo. Vivir era eso, no había dolor, no podía ni quería pensar en nada y a duras penas visualizaba el colchón donde reposaría hasta media noche.
Dos chicos mal encarados y bravucones, nada que ver con los seráficos querubines que debían formar parte de ese estado de placidez que lo embargaba, lo agarraron y pegaron a un muro, no visible desde la calle, encañonándolo con un arma que entró sin dificultad en su boca.
Tomás sintió miedo por su vida. El paraíso anterior se vio desplazado por algo más real, era mucho lo que había en juego, cifrado en bonos, acciones y un gran patrimonio que era la envidia de muchos. Mayor era el miedo a perderlo. El sudor perló su frente. La fría piedra al contacto con su piel le produjo un cosquilleo que devino en un tibio temblor. Los jóvenes se mofaron de la cobarde reacción de su víctima. Vaciaron sus bolsillo y sólo encontraron un billete de veinte euros. Putos peregrinos dijo el más bajo de los dos, mientras le quitaba el reloj, lo dejan todo en el puto albergue. Qué pestazo a alcohol, vaya peregrino de mis cojones, este va a ir a Santiago a cuatro patas, con las rodillas desolladas. Anda vamos, míralo, es un pobre hombre y golpeándole repetidas veces en el rostro a modo de despedida se esfumaron.

Tomás cayó al suelo sin oponer resistencia, como el ahorcado al cortar la soga y fue a estamparse en el suelo. Un reguero de sangre manó de su nariz, tiñendo los adoquines de piedra que le servían de almohada. La cabeza le daba vueltas. Los latidos de su corazón retumbaban en su pecho multiplicados en su garganta con el regusto amargo del miedo. Un pobre hombre, se dijo. Le vinieron a la mente las palabras de su abuelo Genaro. “Nada tiene que temer quien nada tiene”, que venían a confirmar su maltrecha situación. Miró la palma de sus manos, cinceladas con infinidad de líneas que se cruzaban, unas profundas, otras apenas perceptibles, algunas emboscadas en cicatrices y postillas, borrosas bajo chorretones de sudor y de roña.
Toda mi vida pensando que era intocable y es mi aspecto desaliñado, bufonesco, rayano en la mendicidad el que me ha salvado el pellejo. En la entrada al albergue frente al espejo apenas se reconoció en aquel eccehomo amoratado.
En su idea de hacer el camino portaba la semilla del cambio. No sabía si germinaría pero después de lo sucedido ese día, creyó que se trataba un buen comienzo.